Poesía Universal

Jorge Rojas

Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

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Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Jorge Rojas

15 poemas seleccionados
1.

Acción de gracias por el beso

Gracias, 
		amor, de nuevo tu criatura
se inclina al vasallaje de tu peso.

		Encadenado estoy, me tienes preso
entre la red sin par de tu 
		hermosura.


		Gracias, 
		amor, por esta cosa pura
que a través de la carne te alza ileso.

		poder la boca convertirse en beso
es ser el fruto sólo la dulzura.


		No 
		importa, amor, que el labio ante el abismo
del gozo haya quedado 
		silencioso
si es casi el pasmo como el verso mismo.


		Gracias, 
		pues tu lenguaje me ha enseñado
que en el silencio todo es más 
		hermoso
y lo callado es más que lo cantado.
2.

Aire de entonces

El aire de 
		un abrazo de ríos sin deseo.
Los árboles, un aire vegetal de palomas.

		La tarde era un ligero movimiento del párpado,
y la escarcha, la 
		espuma fácil de tu sonrisa.


		La veleta 
		era el viento clavado en una espina.
Tu niñez, la distancia que había 
		entre los lirios.
Orilla de tu sueño y pestañas de música
era 
		entonces el ojo limpio de la mañana.


		Venías de 
		más lejos que un hombre de un olvido.
En tu lejana sangre había 
		brumas y mástiles.
Entonces yo era triste y miraba el silencio

		creyendo que el silencio era la oscuridad.


		Todo mi 
		afán de viajes ancló sobre tu piel
que iba bajo el sol sosteniendo la 
		luz;
proa, el pecho hendía dulcemente los días
y el corazón sabía 
		cómo es de azul el mar.


		Por cada 
		rosa un sitio en el aire tus hombros
dejaban redondeado por dónde tú 
		pasabas,
y el viento en tus cabellos era sólo un pañuelo
estampado 
		de aromas y soplos de colores.


		Tus ojos 
		no tenían color que yo pudiera
decir como palabras: «saúz»  o  
		«golondrina».
corrías como el agua y el agua de tu risa
subía a 
		los tejados a hacer la tarde clara.


		Hoy que ni 
		los espejos saben cómo mirabas
cuando tu edad de lino te daba a las 
		rodillas;
yo te recuerdo y digo simplemente las cosas
como si las 
		sacara de una gota de agua.


		Era 
		entonces el tiempo dulce de nuestro encuentro.
La saeta era un rumbo 
		sin ¡ay! en la llegada.
El jazmín, un recuerdo de olor en tu memoria.

		Y el bronce era una brisa con olor de campana.
3.

Angustia del amor

Bajo mi 
		piel, ¡qué viento enloquecido,
por valles de la sangre y sus colinas,

		estremece un rosal, de más espinas
que de fragantes rosas florecido!


		¡Qué 
		agreste furia, qué hórrido sonido
de árbol cayendo y ciegas 
		golondrinas
convoca su ulular entre las ruinas
de un efímero beso 
		consumido!


		¡Qué 
		amargo mar su desatado llanto
encrespa entre mi ser! ¡Qué tolvanera

		de angustia envuelve el hálito del canto!


		¡Amor, 
		fugaz Amor! Sin ti no fuera,
dentro de mí, un vértice de espanto

		la hora, en cada instante pasajera.
4.

Confidencia

Somos el uno para el otro, ¡mujer!
Nuestros corazones se encuentran

		en la misma palabra del libro que leemos,
va nuestra mano trémula,

		en busca de una misma rosa.

		
A veces no me atrevo a mirarte
pues tus ojos límpidos
no 
		soportarían el resplandor que me ciega.
Y de repente nuestros labios 
		se juntan
y no los separa ni el rayo.

		
Y nuestra propia muerte tiene que esperar
hasta que nuestros 
		cuerpos
den paso a cualquier otro designio.
5.

Crepãšsculo

Crepúsculo


		Intuyo tu 
		presencia.
Silencio de tu voz.
Vives en el paisaje.
Pura 
		prolongación.


		Nos 
		llaman. Despertamos.
Van tus cabellos sueltos
-estandartes de sol-

		comandando los vientos.


		Los 
		caballos galopan
y la tarde agoniza.
¿Brisa? Ciclón al frente

		de rosas amarillas.
6.

Cuerpo en la oscuridad

Te adivino 
		tendida
bajo la leve túnica
de aroma que te cubre,
mientras el 
		sueño mide
el espacio profundo
que hay del párpado al alma.


		
		Respiración y nieve
hacen bajo el perfume
invisibles colinas;

		la oscuridad me llena,
la ansiedad de tus formas:
montes de lilas 
		pálidas,
desmayadas palomas.


		Trino de 
		amanecer,
sombra de arbusto fresco,
eres nueva en mis manos

		sólo por el milagro
del mundo en las tinieblas.


		¡Qué rosas 
		de tu cuerpo
florecen al hallazgo
múltiple de mis dedos!
Te 
		palpo y eres mía
y mis manos son cestas
para el fruto del tacto

		maduro ya, en la rama
trémula del deseo.
7.

Declaración de amor

¡Oh! mi enemiga,
a medida que me cuentas tu vida
cómo hierve 
		dentro de mí un veneno dulce,
un humor amargo, una uva terrible.

		No he debido saber ni de dónde venías.
¿Qué más daba, un remoto país

		o un reciente amante?
Quiero exterminar todos los sitios
donde 
		estuvo tu corazón o tu piel.

		
Mas, oh encadenado, sólo puedo volver añicos
este mapa de colores 
		que pinté cuando niño.
¿Qué más debo destruir? ¿Nada más?

		
Sí, también, cada día, morderé en tus labios
todos los besos que 
		ahí han quedado
junto a los nombres de las ciudades.
8.

El agua

Beso sin 
		labio, novia en tu desvelo
esperando una boca que te beba;
y niña 
		aún si un cántaro te lleva
arrullada en los brazos bajo el cielo.


		Llueve, y el mundo goza 
		de tu vuelo;
danza la espiga, ábrese la gleba
y es más dulce 
		cantar cuando se prueba
tu líquido que sabe a nuestro suelo.


		Saltando 
		entre los juncos extraviada
en busca de la sed, corza ligera,
has 
		quedado en mi mano aprisionada.


		No importa 
		que quien te haga prisionera
te dé su forma, corre alborozada

		persiguiendo tu forma verdadera.
9.

El

amor


		Estar 
		nuestro querer
gozándose en sí mismo
al pasmo de un instante
no 
		soñado. Vivido.


		Sin pedir 
		ni dar nada
ver mi fondo en tu fondo.
Ser objeto e imagen
como 
		el agua del pozo.


		Beatitud 
		de lo cierto:
aquiescencia de Dios.
Nescencia de la duda:

		presencia de tu amor.
10.

Ella

Poma en 
		sazón. Y el tallo estremecido
de la vida se alza tan ileso
que 
		parece tan sólo el claro peso
de la luz el volumen florecido.


		Nada más 
		dulcemente sometido
que el aire a su existir, hay algo en eso,

		como de pulpa prodigando el beso
de aroma su contorno diluido.


		El aroma 
		no es más que la distancia
entre la fruta y ella. Si muriera,
¿ya 
		para qué el perfume? Sin fragancia,


		¿para qué 
		la manzana? Si pudiera
ella ocultar su cálida sustancia
el cuerpo 
		de las frutas no existiera.
11.

En su clara verdad

"...porque había derramado mi alma sobre la arena,
                                         
		amando a un mortal como si no fuera mortal".
                                                           
		San Agustín, Confesiones. IV-VIII-13


		Perdóneme 
		el Amor haberlo amado
en el cuajado sol de los racimos;
en la 
		pronta vendimia de los labios;
en el cristal en fuga de los días.


		Perdóneme 
		el Amor haberlo amado
sobre la rosa que meció su vida
pendiente de 
		la luz
y en pétalos de sombra se deshizo.


		Perdóneme 
		el Amor haberlo amado
en el azoro de pupilas húmedas:
en fáciles 
		paréntesis de abrazo;
sobre entregados hombros me llevaron
sin 
		devoción el peso de mi sangre.
Perdóneme el Amor, siendo tan puro,

		haberlo amado en la caída sombra
que limita la piel de las criaturas,

		y haber vertido en sus oscuros ríos
mi sangre de campanas navegantes

		y mi gozo que abría las mañanas
azules, en los ojos del rocío,

		para fundar la luz sobre la hierba.


		Y le 
		ofrezco al Amor el tierno tallo
de sollozo en mi cuello florecido.

		Y la semilla de mi sal doblando
la espiga horizontal de las pestañas.

		Y mi verdad tan claramente mía,
oscurecida por buscarla blanda

		hechura de materias derrumbables.
Y le ofrezco al amor haber tenido

		un transparente corazón de agua
y haberlo dado pródigo en mis manos

		a la sed de los otros, y dejado
sólo a mi sed la piedra de su cauce.

		Y le ofrezco al Amor volver al ancho
lugar de soledad donde me espera

		y dice su silencio, sin garganta
para expresar su voz que no limita

		ni acento, ni palabra, ni sentido.


		Y prometo 
		borrar bajo mis ojos
el rostro de mujer que pintó el sueño
en los 
		lienzos purísimos del alba;
y su cuerpo de ardidas geometrías
con 
		su sombra de lirio entre mis brazos;
y la callada curva de su alma

		que en el maduro instante del encuentro
pesaba blandamente contra el 
		hombro.


		Y prometo 
		arrancar del leve tacto
la sensación de fruta que me daba
la 
		tierna pelusilla de la carne,
cuando pasaba yo sobre su cuerpo
la 
		cóncava frecuencia de mis manos;
y su oculta tibieza y sobresalto,

		y el casi pensamiento de los senos
en la quietud redonda de sus 
		mieles.


		Y prometo 
		también que los pequeños
cálices que florecen en su lengua,
y los 
		racimos de viscosos jugos
que cogen los sabores y los hacen
una 
		insistente flora submarina
donde recuerda el beso los corales,
no 
		me darán su hiel de verde espada,
ni sus dulces violines derretidos,

		ni las rendidas sales de su llanto,
ni el limón sorprendente a que 
		sabía
la piel bajo los vellos que ocultaban
su minuciosa red de 
		escalofríos.


		Y prometo 
		arrojar sobre una playa
-a orillas del silencio y del sollozo-
el 
		caracol sin mar de mis oídos,
para olvidar su voz entrecortada
por 
		sirenas de música y espumas
de risa en las riberas de su labio.


		Y prometo 
		que el aire que la envuelve
no dejará que yo bajo la noche,
pueda 
		medir, basado en el aroma,
el alto sueño y el profundo abrazo
de 
		su cuerpo entreabierto dulcemente,
ni que sus muslos como dos rosales

		en perfumada laxitud me digan
el olor de sus sangre enamorada.


		Y prometo 
		también no ver la noche
para abolir la sombra de su sexo;
y 
		destruir el fondo de mí mismo
donde crecen columnas en mis huesos

		y el silencio se comba como un templo
sobre el arco tendido de la 
		sangre.


		Y qué 
		rumor de lienzos desgarrados
rodará del recuerdo. Qué vitrales
de 
		partido color mostrará el ojo
caídos bajo el polvo de las lágrimas.

		Y cuánta dura arista habrá en la dulce
huida redondez de las 
		imágenes.
Y cuánta soledad contra los muros
donde estuvo mi 
		lámpara alumbrando.
Y cuánto corazón bajo las ruinas
de tantos 
		corazones destrozados.


		De tal 
		destrozo quedaré yo solo
de pie, pero tendidos en el alma,
cuántos 
		alzados ríos de voz clara,
cuánto dolor caído de mi gozo,
cuántas 
		vidas marchitas en mi vida,
cuánta perdida fe y oscura grieta,
del 
		odio en los cimientos quebrantados.


		Tú solo, 
		Amor, me prestarás tu nuevo
labio perennemente preparado;
tu 
		estambre de cristal que clarifica
con azúcar de soles la mañana,

		tu espacio de milagro donde flota,
perdido el peso y dolorosamente.

		el corazón del hombre como un barco
de sollozo en un agua de saetas.

		Te buscaré en el quieto movimiento
de mi ansiedad que espera tu 
		llegada;
bajo el caído párpado del sueño
donde guardas tus luces 
		esenciales;
en el follaje de la interna noche
pugnando por cubrir 
		tu inmensidad.
Sabré de tu presencia, sin sentidos
que te tiendan 
		espacios, ni volumen
para medir tu aliento imponderable.
En el 
		cambio ordenado de las cosas
el llanto será mar o enredadera,

		vendrás amor, y encontrarás más limpia
y oreada mi voz en los 
		collados
de mi eterna esperanza que se abre
de par en par al  
		«aire de tu vuelo»".


		Tú solo, 
		Amor, me plantarás la rosa
fuerte, que, con sus pétalos de instante

		temblorosa de júbilo y de esfuerzo,
detenga y pasme en mágico 
		equilibrio
la inminente llegada de la muerte.
12.

Epístola moral a mí mismo

…tal soy llevado

		                                       
		al último suspiro de mi vida

		                                                     
		Anónimo. Siglo XVII

		

		Que fácil es vivir: un ascenso continuo

		sin que nos turbe el viento, la llovizna, las hojas

		que mueven dulcemente los aires del camino,

		e impasibles seguir la cuesta rumorosa.

		

		Que fácil es vivir: marchar siempre adelante

		dejando los jirones del sueño entre las zarzas;

		no regresar al sitio donde el trino de un ave

		traspasaba la luz virgen de la mañana.

		

		Que fácil es vivir: no beber del arroyo

		que calmaba mi sed y contuvo sus labios;

		no hallar entre su linfa nuestro antiguo contorno

		y amar más lo presente que todo lo pasado.

		

		Que fácil es vivir: si al galope del transcurso

		los árboles amados cayeron en el bosque,

		no indagar por los nidos, ni buscar el dibujo

		que en su tronco trazamos de nuestros corazones.

		

		Que fácil es vivir: no tornar las pupilas

		para ignorar dónde cayeron nuestras lágrimas,

		callar que a nuestro paso quedan sólo cenizas,

		cenizas de minutos, de besos, de manzanas.

		

		Que fácil es vivir: no vagar en la noche

		solo, bajo las frondas, mientras cae la lluvia

		con un verso insistente en los labios o un nombre

		de mujer que tal vez no conocimos nunca.

		

		Que fácil es vivir: decir súbitamente

		"Cuan tibia está mi casa" "qué hermosos mis caballos"

		mostrar como los trigos y los honores crecen

		y saber desde ahora qué viene cada año.

		

		Que fácil es vivir: no perder un instante

		tendido sobre el césped contemplando las nubes

		ni extasiarse mirando la estrella de la tarde

		mientras del campo suben las sombras y el perfume.

		

		Que fácil es vivir: tallar el pensamiento

		como frío diamante y hacer de las facetas

		puras de la razón, un conjunto perfecto

		más por número y orden que por su iridiscencia.

		

		Que fácil es vivir: buscar solo la luna

		cuando es noche de luna. Y la perla y la rosa

		tenerlas en la mano. Desechar la locura

		de ambicionar las gracias perdidas o remotas.

		

		Que fácil es vivir: deshacer las estatuas

		de sal que alzó el recuerdo a espaldas de la vida.

		No dar un paso atrás. Ni una simple palabra

		repita cuanto ayer pudo ser nuestra dicha.

		

		Que fácil es vivir: llegar a lo más alto

		de la vida y mirar la prometida tierra,

		y ver por fin, o vida, los soles del ocaso

		dorar las yertas torres donde la muerte espera.
13.

Fragante

soledad


		                                              
		"Huelen hasta tus ojos 
                                      
		celestes de cristal..." J.R.J.


		Qué 
		fragante soledad ha dejado tu cuerpo
en este anochecer.


		Regusto el 
		aire.
Olisqueo la almohada
donde se desató tu pelo
Busco tu 
		olor de rosa estrujada,
me hundo en el recuerdo de tu axila,
de tu 
		pubis, donde -eterno Narciso-
persigo la imagen de mis labios.


		Ya es 
		inútil buscarte en el lecho,
en el vano de las ventanas,
entre el 
		marco de los espejos,
entre el dogal de mis brazos.


		Qué 
		fragante soledad.
Huelo mi propio olfato.


		Deambulo 
		por los senderos crujientes
detrás del taconeo de la lluvia
viendo 
		gotas como estrellas
entre los gajos de las acacias.


		A cada 
		paso
siento tu nombre debajo de la lengua
como un granito de 
		azúcar.
Tu nombre que huele a ti
hecho de letras como pétalos.


		¡Aquí no, 
		pienso, todavía no!
Salgo a la vastedad del campo,
encuentro lo 
		más redondo del silencio,
me sitúa en su centro,


		y entonces 
		te llamo a gritos
para que tu nombre
se deshoje
y mi voz se 
		rompa al unísono
contra cada uno de los puntos
que limitan el 
		círculo de mi soledad.
14.

La soledad

Siempre la 
		soledad está presente
donde estuvo la voz y fue la rosa,
en todo 
		lo de ayer su pie se posa
y le ciñe su sombra dulcemente.


		El 
		recuerdo que está bajo la frente
tuvo presencia. Fuente rumorosa

		fue su paso en la tierra, cada cosa
lleva su soledad tras su 
		corriente.


		Es soledad 
		la miel que dora el seno
y soledad la boca que conoce
su entregado 
		sabor de fruto pleno.


		Cada 
		instante que pasa, cada roce
del bien apetecido, queda lleno
de 
		soledad, al tránsito del goce.
15.

La

última forma de su huida


		El humo de 
		mi pipa ya no es humo
sino la fuga azul de mi cerebro
hacia la 
		orilla última del mundo
y hacia el último mundo en que te pierdo.


		Acabando 
		en el mundo del recuerdo,
sin olanes de límite en los brazos,
no 
		nos definen términos los cuerpos,
y tan solo mi pie mueve tu paso.


		Ya no hay 
		brisa que pase entre el abrazo
ni mi sangre suspira por tus venas.

		No hay beso que separe nuestros labios,
ni punteros de instante 
		mientras juegas.


		No hay 
		sombra para dos cuando a mí llegas
en el desvelo de la madrugada,

		porque el límite interno de mi esencia
es el límite externo de tu 
		alma.


		Fuiste la 
		desazón, y eres la calma.
Eras el horizonte, y en el filo
de mi 
		partida anulas mi llegada.
De tanto que eras mía te he perdido.


		El humo de 
		mi pipa ya se ha ido
confundiendo a la niebla del pasado;
desnuda 
		estabas, de humo te he vestido
y el humo que te viste te ha llevado.

Versos y pensamientos de Jorge Rojas

4 citas
« Gracias, / amor, de nuevo tu criatura »
Jorge Rojas · Acción de gracias por el beso
« El aire de / un abrazo de ríos sin deseo. »
Jorge Rojas · Aire de entonces
« Bajo mi / piel, ¡qué viento enloquecido, »
Jorge Rojas · Angustia del amor
« Somos el uno para el otro, ¡mujer! / Nuestros corazones se encuentran »
Jorge Rojas · Confidencia
Biblioteca poética

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