« Somos como son los que se / aman. »
Jorge Gaitán Durán · Amantes
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Gaitán Durán. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Gaitán Durán. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Somos como son los que se aman. Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos desconocidos que se estrechan a tientas, cicatrices con que el rencoroso deseo señala a los que sin descanso se aman: el tedio, la sospecha que invencible nos ata en su red, como en la falta dos dioses adúlteros. Enamorados como dos locos, dos astros sanguinarios, dos dinastías que hambrientas se disputan un reino, queremos ser justicia, nos acechamos feroces, nos engañamos, nos inferimos las viles injurias con que el cielo afrenta a los que se aman. Sólo para que mil veces nos incendie el abrazo que en el mundo son los que se aman mil veces morimos cada día.
El sol abrasa toda vida. No mueve el viento un árbol. Fuera del tiempo está el fasto del día. La canícula absorbe las horas, los colores, el silencio. De repente óyese una gota de agua, y otra, y otra más, en la tarde. Es la música.
La dulce tolvanera del silencioso otoño va anegando tu imagen en su vaga humareda, encendiendo en el tiempo la hoguera del olvido para borrar la última ceniza de la ausencia. Nadie sabrá que vivo para ti, que defiendo contra las llamas trémulas tu desnudo recuerdo, que lucho en el otoño de vientos desolados y en sus ondas sombrías te reclaman mis sueños. Nadie sabrá que fuiste mía bajo el otoño de estrellas delirantes y crepúsculos vagos, que llenaste mis labios con tu fuego de siempre, que cayó mi tristeza sobre ti como un canto. Porque nada resiste la invasión del olvido cuando llega a mi alma su humareda de otoño. Todo se va de mí, se fuga de mi vida, tú también te me vas y permanezco solo.
La pura luz que pasa por la calle desierta. Nada humano bajo el cielo abolido. La blancura absoluta de la ciudad confunde la muerte y el sigilo. De repente la música, la sombra de los amantes en el agua.
Ardió el día como una rosa. Y el pájaro de la luna huyó cantando. Nos miramos desnudos. Y el sol levantó su árbol rojo en el valle. Junto al río, dos cuerpos bellos, siempre jóvenes. Nos reconocimos. Habíamos muerto y despertábamos del tiempo. Nos miramos de nuevo, con reparo. Y volvió la noche a cubrir los memoriosos.
El regreso para morir es grande. (Lo dijo con su aventura el rey de Itaca.) Mas amo el sol de mi patria, el venado rojo que corre por los cerro, y las nobles voces de la tarde que fueron mi familia. Mejor morir sin que nadie lamente glorias matinales, lejos del verano querido donde conocí dioses. Todo para que mi imagen pasada sea la última fábula de la casa.
No he podido olvidarte. He conseguido que este inútil desorden de mis días solitarios, concluya en las porfías de un corazón que da cada latido a tu memoria. En tu mundo abolido, he luchado por ti contra las pías obras de Dios. Cuanto ayer le exigías será invención del hombre que ha nacido. Tantas razones tuve para amarte que en el rigor oscuro de perderte quise que le sirviera todo el arte a tu solo esplendor y así envolverte en fábulas y hallarte y recobrarte en la larga paciencia de la muerte.
Tanto te amé ese día que la muerte voló por la ciudad como mil soles, abeja de mi duelo en el definitivo verano que te llama. Fui descubriendo un astro en tu desnudo tras de mis pasos ciegos por tu sombra, presente, ocio feroz, donde toda la sangre al hombre exige lo que para el cielo es imposible. El mundo, espejo de mi mano iba como una joya opaca por tus ojos, te miraba mirar rostros, reinos, memoria súbita, nube que como una desdicha pasa por la carne de donde me retiro desterrado a la ajena imagen que te asalta. Te fui quitando abrazos, conquistas, el peso de una dinastía que ahora habita la noche. Yo te hice habitar en las estrellas. A ti, arrogancia, cuerpo impenetrable, la pena de todos vencedora te ha penetrado.
Ãnicamente por reunirse con Sofía Kühn, amante de trece años, Novalis creyó en el otro mundo; mas yo creo en soles, nieves, árboles, en la mariposa blanca sobre una rosa roja, en la hierba que ondula y en el día que muere, porque solo aquí como un don fugaz puedo abrazarte, al fin como un dios crearme en tus pupilas, porque te pierdo, con la tierra que era mía.
Miré el tiempo y conocí la noche. Mi mente puso incendios en la nada. Fueron soles, miríadas, que llenaban el cielo. Todo era cielo. Tuve todo, menos dioses en impasible felicidad. Viví con embeleso en el radiante concierto de los mundos. De astro en astro, hasta el infinito pudieron ojos mortales medir al fin la pequeñez humana. De galaxia en galaxia, iba el alma tras la vista, hacia firmamentos en donde nada medra ni concluye. Cantó en el cielo el azul de la noche y el ruiseñor huyó al umbral del tiempo. Los cerros llamaron con música de vuelo a las estrellas. Pasó un ciervo blanco por el sigilo húmedo del bosque, y en la sombra despertó tu desnudo. la tierra fue de nuevo mi deseo.
« Somos como son los que se / aman. »
« El sol abrasa toda / vida. No mueve el viento »
« La dulce tolvanera del / silencioso otoño »
« la calle desierta. / Nada humano »
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