Poesía Universal

Joan Maragall

Joan Maragall es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras co...

Biografía lírica

Vida

Joan Maragall es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Joan Maragall

4 poemas seleccionados
1.

Canto

espiritual

Si el mundo es ya tan bello y se refleja,
oh, 
		Señor, con tu paz en nuestros ojos,
¿qué más nos puedes dar en otra 
		vida?

		
Así estoy tan celoso de estos ojos y rostro,
y del cuerpo que me 
		diste, Señor,
y del corazón que en él late... 
		

		¡y tengo tal miedo a la muerte!

		
Pues, ¿con qué otros sentidos me harás ver
este cielo azul sobre 
		las montañas,
y el ancho mar, y el sol que en todo brilla?
Dame en 
		estos sentidos paz eterna
y no querré más cielo que este cielo azul.

		
Aquel que grite tan sólo «¡Detente!»
al instante que le traiga la 
		muerte,
no lo entiendo, Señor, ¡yo, que quisiera
parar tantos 
		instantes cada día
para que eternos fueran en mi corazón! ...
¿O 
		es que este «hacer eterno» es ya la muerte?
Pero entonces, la vida 
		¿qué sería?
Tan sólo sombra del tiempo que pasa,
ilusión de lo 
		cerca y de lo lejos,
cuenta del mucho, el poco, el demasiado,

		engañador, pues ¿ya todo lo es todo?

		
¡Da igual! Del modo que sea, este mundo
tan extenso, tan diverso 
		y temporal,
esta tierra con todo cuanto engendra,
es mi patria, 
		Señor, ¿y no podría
ser también una patria celestial?
Hombre soy, 
		y es humana mi medida
para todo lo que pueda creer y esperar:
si 
		mi fe y mi esperanza aquí se quedan
¿me acusarás por ello más allá?

		Más allá veo el cielo y las estrellas,
y allí también un hombre ser 
		quisiera:
si a mis ojos las cosas has hecho tan bellas,
si mis 
		sentidos y ojos hiciste para ellas,
¿por qué cerrarlos, pues, otro 
		«como» buscando?
¡Si para mí jamás lo habrá como éste!
Ya sé que 
		existes, mas dónde, ¿quién lo sabe?
Cuanto miro se te parece en mí...

		Déjame, pues, creer que estás aquí.
Y cuando llegue la hora temerosa

		en que se cierren estos mis ojos humanos,
ábreme tú, Señor, otros 
		mayores
para tu inmensa faz poder mirar.
¡Nacimiento mayor sea mi 
		muerte!

		
Versión de José Batlló
2.

Escolium

Cual dos que hablando juntos van,
andando por un sendero partido,

		uno por el veril soleado;
otro abajo, en la umbría,
Adelaida y el 
		poeta se han hablado,
cuerpo y espíritu él; tan sólo espíritu, ella.

		
Adelaida:
Ay! ¡Cuánta angustia en este camino!
¡Cuán 
		oscuro y cuán malandado!
Veías siquiera el sol, las montañas,

		brillar las cosas bajo el cielo azul,
y no este limbo de voces 
		extrañas
sin forma ni color... Dime, Arnaldo:
¿Quién es ése que 
		por la triste senda
nos conduce cual sombras sin virtud?
Ya será 
		algún poeta que sueña
el sueño de eterna inquietud.

		
El poeta:
La verdadera vida
del espíritu vives, ¿y 
		aún te quejas?
Hacia lo inmutable caminas.

		
Adelaida:
¡Nada hay como ver el sol!
Llévanos, pues, 
		a la senda
de las cosas corporales,
buen amigo, aunque sea

		sufriendo todos sus males.
Aunque la luz nos deslumbre,
aunque el 
		fragor nos atonte,
y el cuerpo entero nos infierne,
con todos sus 
		sentidos sufriendo,
la vida primera quiero,
ver, oir, gustar y 
		tocar:
no sé vivir de otro modo,
ni tampoco deseo probar.

		
El poeta:
La vida que ahora ansías
es la gran 
		resurrecci6n.
Quizá no fuera la que tenías,
pero tampoco la otra; 
		aún no.

		
Adelaida:
Pues bien te contentas tú
con la vida que 
		ahora tienes.

		
El poeta:
Mientras pueda ver a través del mundo
lo 
		que para ti sólo es puro gozo o tormento,
de mi vida estaré contento,

		ya que en una dos vidas son.
Pero si este ser fuese dividido
y 
		sólo corporales quedaran mis sentidos,
antes preferiría abandonarlos

		y, como tú, ser sólo un espíritu.
No ahora, que todo canta en mis 
		entrañas,
y esposa tengo, e hijos,
y que en la cima de las 
		solariegas montañas
un grito hay de renacimiento entre mil peligros.

		De amor y lucha es éste mi momento,
y ansío brazos para amar, luchar.

		Cuanto tengo, deseo, y a lo hecho pecho.
Mas, ¿qué sé yo de lo que 
		querré mañana? (...)

		
Adelaida:
¿Y qué sabes tú de este mundo o de otros,

		ni lo que un cuerpo es, o un espíritu,
ni el poder que el deseo tiene 
		sobre nosotros,
en el pecho alentando hasta el final?
Si por 
		muerta me tienes, yo me tengo por viva;
si bien, cual enterrada en 
		vida,
mis sentidos furiosamente quiero,
mas algo hay que me 
		oprime.
Si no puedes librarme de ello,
¿de qué os sirve, pues, 
		poetas, la poesía?

		
El poeta:
En tal punto una voz escucho
que escuchar 
		de otro modo no podría.

		
Adelaida:
¡Oh! ¡La voz sin sonido del difunto!
No es 
		esta voz la que querría,
sino la que de mi pecho surgida
en torno 
		mío alegre resonaba:
ésa es, amigo, la que yo te pido,
todo cuánto 
		ella comportaba.
y si tanto no puede tu poesía,
si no puedes 
		volverme al mundo, calla y acaba.

		
El poeta:
Por piedad, Adelaida,
al igual que aún hay 
		cosas no sabidas,
apenas la poesía está iniciada,
y de virtudes 
		desconocidas está llena.
Mas tienes razón, ya basta de hablar.
En 
		silencio aguardemos otra edad.

		
Versión de José Batlló
3.

Insolada

En una casa campesina 
		había
una doncella que tenía
los diecisiete años de amor, y era 
		tan bella
que decían de ella:
«Es una moza como un sol.»
Ella 
		bien sabía
el parentesco que con él tenía:
porque cada mañana,

		de par en par abierta la ventana,
con su fuego ambarino y mañanero

		le llenaba su cuarto por entero,
y ella, toda desnuda, con delicia,

		se entregaba al fulgor de su caricia.
De tanto darse a estas tan 
		dulces mañas,
el sol se le quedaba en las entrañas
y bien pronto 
		sentía
un ardor que en su seno se movía.
«Adiós los míos y mi casa 
		amada:
me voy al mundo, por la luz preñada.»
Abandonada y sin 
		hogar
por la comarca comenzó a vagar.
Alegre como un pájaro 
		volando,
iba sola cantando:
«Yo me soy la alborada,
pues llevo 
		dentro el sol y soy rosada,
mis cabellos rojean,
mis ojos 
		centellean,
mis labios bermejean,
llevo en frente y mejillas su 
		color
y en el pecho su ardor:
toda yo soy claror contra claror.»

		La gente que la oía
se paraba admirada y la seguía:
la seguía por 
		el llano y la montaña
para escucharle su canción extraña,
que poco 
		a poco la iba embelleciendo.
Que su hermosura era cabal sintiendo,

		dijo: «Mi hora ha llegado.»
No canto más y, hallándola a su lado,

		entró en una cabaña que allí había.
La gente que en aquel entorno 
		estaba
sólo veía un resplandor y oía
los gritos de dolor que ella 
		lanzaba.
Las grietas de la puerta, de repente
lucieron como 
		estrellas fuertemente.
En seguida se alzó una llamarada,
toda la 
		gente huyó de allí aterrada,
y en la gran soledad sólo quedaba
un 
		niño igual que el sol, que caminaba
y decía, subiendo por la sierra:

		«Vengo a juntar al cielo con la tierra...»
4.

La vaca ciega

En los troncos topando de cabeza, 
		
hacia el agua avanzando vagorosa, 
del todo sola va la vaca. Es 
		ciega. 
		
De una pedrada harto certera un ojo 
le ha deshecho el boyero, y 
		en el otro 
		
se le ha puesto una tela. La vaca es ciega. 
Va a abrevarse a la 
		fuente que solía, 
		
mas no cual otras veces con firmeza, 
ni con sus compañeras, sino 
		sola. 
		
Sus hermanas por lomas y cañadas, 
por silencio de prados y 
		riberas, 
		
hacen sonar la esquila mientras pastan 
hierba fresca al azar. 
		Ella caería. 
		
Topa de morro en la gastada pila, 
afrentada se arredra, pero 
		torna, 
		
dobla la frente al agua y bebe en calma. 
Poco y casi sin sed; 
		después levanta 
		
al cielo enorme la testuz cornuda 
con gesto de tragedia; 
		parpadea 
		
sobre las muertas niñas, y se vuelve, 
bajo el ardiente sol, de 
		lumbre huérfana, 
		
por sendas que no olvida, vacilando, 
blandiendo en languidez la 
		larga cola.


		Versión de Miguel 
		de Unamuno

Versos y pensamientos de Joan Maragall

4 citas
« espiritual / Si el mundo es ya tan bello y se refleja, »
Joan Maragall · Canto
« Cual dos que hablando juntos van, / andando por un sendero partido, »
Joan Maragall · Escolium
« una doncella que tenía / los diecisiete años de amor, y era »
Joan Maragall · Insolada
« En los troncos topando de cabeza, / hacia el agua avanzando vagorosa, »
Joan Maragall · La vaca ciega
Biblioteca poética

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