Jesús Aguado

Biografía y amplia selección de poemas de Jesús Aguado. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (9 poemas seleccionados)

1. Lo que dices de mí...

Lo que dices de mí:
un
extraño camino que nunca he recorrido,
un camino que enlosan tus palabras

y que si miras bien se corresponde
con una de las líneas de tu mano.

Lo que dices de mí

eres tú misma,
eres tú de repente bifurcada,
una parte de ti que se
queda a tu lado,
otra parte de ti que se viene conmigo.

Lo que dices de mí va borrando mis huellas

Lo que dices de mí me
prepara emboscadas.

Lo que dices de mí
es saliva y es tierra que amasas para darme

figura de caballo, figura de montículo,
figura de lunar, figura de tu
espalda,
figura de cualquiera de mis dedos
cerrando uno por uno todos
tus orificios
(más saliva y más tierra que coges para darme
figura de
cabaña, figura de murciélago.

Lo que dices de mí
es mentira que acierta a decir la verdad.

Lo que dices de mí
se acuesta junto a mí donde estaré,
se acuesta
junto a un hueco que llama por mi nombre
y al que besa y aplasta hasta
que nazco.

Lo que dices de mí
es telaraña, es red, pero tú no las tensas,

pero nadie las tensa pues nadie está al acecho,
es red, es telaraña
frenando una caída
que no se ha producido.

Lo que dices de mí me desconoce
del modo más perfecto imaginable,

me desconoce más que el desconocimiento
que me tienen las vetas de una
mina,
que me tienen los kraken,
que me tienen las aguas cenagosas,

que me tienen los cientos de tejados
que guarda el huracán en su gruta
secreta.

Lo que dices de mí se va probando mundos.

Lo que dices de mí me
multiplica.

Lo que dices de mí estira mis pulmones,
catapulta mis ojos,

despierta a los caimanes de mi sangre.

Lo que dices de mí me acelera y me vuelve
más lento.

Lo que
dices de mí no lo dices de mí,
no lo dices siquiera, no soy yo,
es
raíces de un árbol cuya fruta
se deshace en tu boca y la refresca,
es
un malentendido que tu voz
provoca en nuestro sexo

(el fosfeno y la noche es lo que dices
cuando dices de mí no importa
lo que digas.)

Lo que dices de mí no son tus opiniones,
es el dulce apagón de la
conciencia,
es la locuacidad de lo que existe,
es un puente colgante
entre nosotros,
son ardillas que roen las cuerdas de ese puente,
son
cáscaras de nueces, un arca abandonada,
maderos embreados que alimentan
el fuego
de un náufrago asustado.

Lo que dices de mí

es estaca que busca
con avidez al ávido corazón de ese muerto
que
ronda mis castillos y se duerme en sus sótanos,
ese muerto no muerto que
llamamos amor.

Lo que dices de mí no necesita
de mí para encontrarme.

Lo que
dices de mí no se viene conmigo
a menos que yo firme una página en
blanco.

Lo que dices de mí lo dices simplemente
con estar en el mundo, lo
dice tu deseo,
esa energía pura que hace pasar las nubes.

Lo que dices de mí

obliga al horizonte
a tenderse a tus pies y lamerte sumiso.

Lo que
dices de mí se escribe en las paredes
con tizones calientes de tus
muslos.

Lo que dices de mí
es la jaula y el mapa
en el acto preciso de
aprender
a vendarse los ojos y saltar al vacío.

Lo que dices de mí me pone en marcha,
un loco mecanismo
de huesos
astillados como sables
que va retando a duelo a todos los que dicen

que nunca has dicho nada de mí, que estás callada,
que un mutismo feroz
te ha comido la lengua.

Lo que dices de mí

es manada de lobos
hambrientos y atrapados en páramos nevados,
lobos
que se devoran entre aullidos
mientras hila la luna bufandas para el No.

Lo que dices de mí me traduce a un idioma
que aún no conocemos.

Lo que dices de mí me resucita.

Lo que dices de mí:
una
orquesta sonámbula
de músicos que tocan concentrados
y miran sin
rencor sus partituras
mientras todo el pasaje
ya abarrota los botes
salvavidas.

Lo que dices de mí me deja solo.

Jesús Aguado

2. Tus palabras...

Tus palabras:
me envuelven en una
placenta y
me colocan delicadamente
en tu
interior para gestarme.

Me trasladan, las
traslado, vamos
abriendo surcos
desde dentro hacia
afuera.

Una flecha que viaja por el interior de
una
diana: para ella acertar consiste en
encontrar la
salida (y sólo tiene una
oportunidad, un tiro):
para ella la diana
es un laberinto. Así que finge
dormirse
hasta que la salida, que coincide con el

centro, pasa distraída
por su lado.
Entonces sí: se alza, se tensa y le
dispara
por la espalda.

Todo recién nacido lleva
tatuado un
laberinto y una diana
que la vida se
encargará de ir haciendo visibles trazo
a
trazo.

Vivir es reparar los
efectos de esa
emboscada
original que supuso la

muerte del centro, es hacerle el boca a

boca al centro hasta
que vuelva a
respirar. Pero el
centro no es Dios (el
centro no es
el Centro) sino tú,
yo,
cualquiera de nosotros.

Cuando te tanteo en la oscuridad
mis
manos ecorren
las paredes del

laberinto. Y el modo en
el que tus
gemidos
rebotan, se amplifican o
se
duermen por sus corredores me enseña
las
dimensiones y el
dibujo del
laberinto.

Cuando me lames en la oscuridad
una
diana se pone a rodar cadera abajo,
un
blanco en movimiento
al que sólo
puede acertar
una flecha perfectamente
inmóvil.

Tus palabras son un líquido cálido:
al
bucearlas me duermo.

Al hablar desenrollas los caminos
del
mundo para que
yo los explore.

Cuando callas los vuelves a
enrollar,
pero queda una tenue huella de
cada
uno de ellos gracias a lacual
siempre
puedo reconstruir algunos.

Me has enseñado a serpeligroso
para
mí mismo y a ser inofensivo
para los
demás.

Después de
muchos abrazos no somos
una
pareja sino un atlas.
Si alguien
quiere saber dónde se encuentra
o hacia
dónde queda el lugar
al que planea
viajar,
sólo tiene que abrirnos y poner
un
dedo sobre el punto de destino.

Si no fuera por lo
que dices de mí, y
porque me
llevas en tu interior como
una
madre al feto, mi laberinto estaría

en ruinas: cascotes en vez de
muros,
montones de
piedras en vez
de
elegantes revueltas, ratas comedoras de

ojos en vez de minotauros,
polvo en
suspensión en vez de corrientes
de aire
fresco filtrándose por las
grietas.

El cordón umbilical:
el hilo de la

madeja.

Dejarse nacer en otro es un acto de
fe,
una locura. Y también: un pacto
con el
silencio que fuimos
para que no

irrumpa en el silencio que seremos.

Sólo soy
una sombra proyectada en la

pared: existo porque tú eres
cuerpo y
bombilla. Existo
porque nada
se
interpone entre nosotros.

Tus fluidos me
escriben, me dibujan el
modo de
salir. Dibujo que he de
beber
para que tenga sentido.

Jesús Aguado

3. Algo dice de mí...

Algo dice de mí
la labor del orfebre,
el arcoiris doble, los anzuelos,

las diecisiete formas que tiene el esquimal de nombrar

a la nieve y el tibetano a la conciencia,
los pechos comparados con
cúpulas o cántaros,
la barra de los bares, las películas,
los cables
de la luz parcelando el paisaje,
las etimologías inventadas,
la tala
de las selvas, las bombas nucleares,
la estupidez, el odio, la mentira,

el mal gusto, el dolor, las equivocaciones,
las hambrunas, las guerras,

el asombro, el camino, la retama,
la piedad, la emoción, la fiebre de un
bebé,
el aguardiente, el sol, la desmemoria,
los delfines, el saxo.

(Algo dice de mí cada ser, cada cosa
que ocurre, todo dice
un
aspecto de mí

y lo señala,
y quiere despertarlo y que yo aprenda
a llegar hasta el
nido donde incuba sus ojos,
y me invita a probarme

esos ojos,
a mirar de otro modo lo que soy.)

Algo dice de mí
el
ruido, el brutal ruido
que hace casi imposible escuchar lo que dicen

de mí las cataratas o el silencio.

Jesús Aguado

4.

Lo que dices de mí...

Lo que dices de mí
me posee a horcajadas detrás de unos arbustos.

Lo que dices de mí
me aprieta la cintura en medio del océano.

Lo que dices de mí
me araña de los muslos a la nuca
mientras un
elefante nos transporta en la selva.

Lo que dices de mí
me tira de los pelos en un piso catorce.

Lo
que dices de mí
me saliva la oreja en un vagón.

Lo que dices de mí
me embadurna de aceites aromáticos
dentro de un
telescopio enfocado a Saturno.

Lo que dices de mí
mordisquea mi sexo en la estela de un barco.

Lo que dices de mí
jadea en una mesa de un albergue.

Lo que
dices de mí
se bebe mi sudor en la calle más céntrica
(en el
escaparate de una agencia de viajes).

Lo que dices de mí
tapona con su lengua mi ombligo en una tundra.

Lo que dices de mí
se toca los pezones más allá del espejo.

Lo
que dices de mí
dilata su vagina en el arcén
de una autopista en
obras.

Lo que dices de mí
grita en un diccionario abierto por la «p».

Lo que dices de mí
se arquea hasta romperse en una alcantarilla.

Lo que dices de mí
me eriza en una lámpara.

Lo que dices de mí

me da masajes rápidos y suaves
en la fuente de un río.

Lo que
dices de mí
te besa las axilas en el filo de un hacha.

Lo que dices de mí
acaricia tu pubis en una enredadera.

Lo que
dices de mí
desoculta tu clítoris en un alto trapecio.

Lo que dices de mí
me gira y me retuerce en un vaso de vino.

Lo que dices de mí
me amorata en un puerto
asolado después de un
maremoto.

Lo que dices de mí
olfatea mi semen dentro de un espejismo.

Lo
que dices de mí
se pellizca la piel en un frutero.

Lo que dices de mí
pone un índice mío detrás y otro delante
en un
viejo astrolabio.

Lo que dices de mí
pierde el conocimiento en un poema.

Jesús Aguado

5. Todo lo que decimos...

Todo lo que
decimos
inaugura
distancias,/
estructura de modo distinto lo
que somos/ y nuestra
relación
con lo que existe,/ cambia de
decorado y
cambia de guión,/
modifica el
sentido de las
leyes/
y nos hace asumir

actitudes y fines/ que antes ni
siquiera imaginábamos.

Por eso las
palabras nos
escriben,/ es
decir, nos
tornean,
nos labran,
nos
dibujan./ Para
ser más
exactos: las palabras,/
lejos de
ser pasivos instrumentos/ en
nuestras
manos, son gigantas
poderosas/ desde
aquí puedo
ver el
grosor de
sus
músculos,/
sus ojos
inyectados,
la determinación/
que demuestran sus
gestos)
que nos usan/ como materia

prima para hacerse sus casas.

Las palabras nos hablan,
las
palabras/ nos habitan. Por eso
decir
lo que nos dice/
(o
hablar lo que nos habla, callar
lo
que nos calla,/ escribir lo

que escribe nuestra vida)/ es
mucho
más que un acto/ de
aceptación
de la existencia;
es/
poner una semilla en la
palabra/
para que diga lo que
somos; es/
seducir la palabra y
penetrarla/ para
que nos
alumbre y nos
lleve a su casa:/
y nos lleve a una casa que es la

nuestra.

Frente a todos aquellos/
que
están donde no
están y no
están donde
están,/ frente a
todos aquellos
que al vivir/en
una casa
ajena en realidad/
habitan
una cárcel,/ la poesía
y
el amor nos hacen/
libres
para elegir una
casa y un
mundo/
y nos dejan abiertos
para
ser elegidos/ por la casa y
el mundo que elegimos.

Y cuando
afirmo «todo lo que
decimos»
quiero/ decir la que
decimos
con sentido:/ aquello
que
se dice por
medio de
nosotros/ (la
poesía y el amor,
la luz/ y los
bosques y el mar,
la nada y
el olvido...),/ aquello
que bautiza
las medidas del
mundo/
(rediseña la planta de
la
casa),/ aquello que le da
al
mundo otra
apariencia/ sin
por
ello impedir
que siga
intacto/,
aquello, en fin,
que
afirma la que es/
en vez de
destrozarlo,
de ignorarlo,/ de
pasar
a su lado con
los ojos
borrándose.

Jesús Aguado

6. Lo que dices de mí me obliga a contestarte...

Lo que dices de mí me
obliga a contestarte,
lo que digo de ti te obliga a contestarme:
de
tanto tú venir hasta mi casa,
de tanto yo acudir hasta la tuya
se va
abriendo un camino.

* * *

Se va abriendo un camino

que recoge tus huellas y las mías
y las cura y las mima y les da de comer

y cuando ya están fuertes y seguras de sí
las lleva a la espesura

Se va abriendo un camino
que nos anda
y dice lo que dices y dice lo que digo.

* * *

Y cada vez son más: un
millón de caminos
(un millón de palabras, un millón de silencios),
el
mapa de una historia que al vivirla nos vive.

* * *

Un mapa que exploramos para
que nos explore:
dos territorios anchos como el cielo y la tierra
que
se buscan, se abrazan, se respiran,
se logran vehementes, se confunden,

se duermen enlazados.

* * *

Un mapa que estudiamos para
que nos estudie
(piratas codiciosos interpretando signos)
porque ambos
escondemos un tesoro
que el otro ansía tanto descubrir.

* * *

Lo que dices de mí

es un collar de huellas,
y un vestido de huellas, y un cinturón de
huellas,
y pendientes de huellas, y sandalias de huellas.

* * *

Lo que dices de mí

es un reloj de huellas
que al consultarlo anuncia
la hora en punto de
la eternidad.

* * *

Lo que dices de mí me lleva
a la espesura
y me abandona; luego
me canta una canción para
orientarme
y canta otra canción para ahuyentar las fieras.
Yo me
embarco en su voz hasta que fluye
bajo mis pies un río que me deja a su
lado.

* * *

Cuando una huella vuelve
como río al camino
que la había llevado a la espesura
ya no es ella la
alumna que temblaba.
Ahora ya es más sabia que el camino
y le ayuda a
aprender esta lección:
cómo ir por el mundo
sin pagar el peaje de unas
huellas.

* * *

Lo que dices de mí
son
monedas de huellas que debo devolverte
como mar, como río, como lluvia,

como dardo de agua estallando en tu boca,
como dardo de lágrimas
acertando en tu boca,
como dardo de nieve acallando tu boca.

* * *

De tu casa a la mía hay un
camino:
si lo miras atento es el de siempre,
si lo miras atento y
además
permites que el camino te observe atentamente
cada día es
distinto.

* * *

Quien le venda los ojos al
camino
que va desde su casa a otra casa cualquiera
queda a merced del
zombi,
a merced de las zanjas de la muerte
(Que convierten entonces el
camino
en trincheras, en tumbas, en túneles, en trampas).

* * *

Lo que dices de mí
le
abre los ojos al camino
que va desde tu casa hasta mi casa.

* * *

Lo que dices de mí me lleva
a donde estás
(una parte de mí que se queda conmigo,
otra parte de mí
que se marcha a tu lado)
y me aloja en su casa y me llena de huellas

que un río fugitivo borrará turbulento.

* * *

Lo que dices de mí
pone
un mapa en mis manos,
me empuja con dulzura
y me pone en camino en un
camino.

Jesús Aguado

7. Lo que veo pasar me ve pasar...

Lo que veo pasar me ve
pasar
y por eso estoy vivo.
Lo que veo
detenido me ve quedarme
quieto
y por eso no muero.
En mis ojos,
los ojos de los árboles y
el río
se miran para ser y darme el ser.
No espejos sino luz.
No
parentesco
o relación sino lo mismo.
No
el tiempo desplegándose
despacio
para extender su red
sino la araña
devorando a la araña
para hacerse
tan grande como el tiempo y devorarle.

Lo que veo pasar me deja ciego
y por eso estoy vivo.
Lo que veo

detenido me aparta de mis ojos
y por eso no muero.
!Sigo aquí!

Jesús Aguado

Como aquel alfarero que rompía las jarras...

Como
aquel alfarero que rompía las jarras
nada más terminarlas.

Sin perder la sonrisa
destrozaba los platos y los vasos

y
luego se ponía a decorar
los fragmentos dispersos por el suelo
con
sangre que sacaba gota a gota
de sus dedos y brazos, de sus muslos,
de
las callosas plantas de sus pies.

Extraía de sí los pigmentos del alma
hasta quedar exhausto
y
venir los insectos

a chupar sus heridas.
Los vecinos,
por compasión, ponían monedas
en el torno
y se llevaban trozos de loza hasta sus casas.

Al despertar seguía sonriendo
y de nuevo amasaba en el barro
mojado
las formas de lo informe,
los diminutos cuencos donde cabe lo
eterno.

Vikram Babu pregunta:
¿dónde bebes?

Jesús Aguado

Como un águila...

Como un águila,
Dios
también de vez en cuando necesita
descansar de
Sí Mismo
y replegar Sus alas
y dejar de volar por un instante.

Nosotros somos árboles plantados por Sus manos,
apenas una mancha en el
paisaje
de lo Eterno:
lugares
para que Dios repose.

Vikram Babu pregunta:
¿qué crueles leñadores os talaron?

De "Los poemas de
Vikram Babu"

Jesús Aguado

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