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Jenaro Talens · A batallas de amor, campos de pluma
Biografía y amplia selección de poemas de Jenaro Talens. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jenaro Talens. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
(a la manera de R. D. Laing) Ella No le gustaron nunca los encuentros furtivos, con jóvenes muchachas de alquiler, de modo que inventó una amante mecánica. Podía encenderla y apagarla. Con ella se sentía relajado y feliz. Colocaba un espejo sobre el rostro, y la besaba sin cesar, con furia, penetrando el abismo de su alteridad. Su cuerpo era de plástico, con una piel suave no del todo insincera. Sólo su voz metálica anunciaba la monotonía. En noches como ésta solía sonreír y él la abrazaba con desenvoltura manteniendo, no obstante, una cierta distancia para evitar el riesgo de la dependencia. La había construido con toda precisión y también él, por tanto, podría destruirla caso de no cumplir con sus obligaciones (por ejemplo decirle con ternura "bienvenido al hogar; heme aquí, tuya soy", o anotar las llamadas del teléfono). Una tarde de marzo, discutiendo con ella, le rompió el corazón en mil pedazos. Nunca encontró la pieza de repuesto. y ahora que ya no está, mira el muro vacío, los objetos de mimbre que tanto le gustaran, sus huellas imprecisas sobre el aparador. Siente un olor difuso, melancólico. Él No me gustaron nunca sus encuentros furtivos con jóvenes muchachas de alquiler, ni entendí el modo en que trató de amarme. El poder de apagarme y encenderme fue levantando un muro entre nosotros, frágil como la brisa junto al mar. Nunca fue su mecánica nada importante para mí. Me colocaba espejos sobre el rostro, y me besaba sin cesar, con furia, lanzándome al abismo de su alteridad. Mi cuerpo era de plástico en sus manos, y yo sentí mi piel como una sábana hecha de desencuentros y monotonía. En noches como ésta solía sonreír y él me abrazaba con desenvoltura manteniendo, no obstante, una distancia para evitar el riesgo de depender de mí. Me había imaginado con tanta precisión que también él podría destruirme caso de no cumplir con mis obligaciones (por ejemplo decirle con ternura "bienvenido al hogar; heme aquí, tuya soy", o anotar las llamadas del teléfono ). Una tarde de marzo, (ya he olvidado por qué), me rompió el corazón en mil pedazos. Nunca encontró la pieza de repuesto. y ahora que ya no estoy, me siento frente a él, lo miro absorta cómo me contempla, cómo busca mi cuerpo en la pared vacía, en objetos de mimbre donde nunca estaré, cómo reconstruye mis huellas sobre el aparador. Siento un olor difuso, melancólico. Ella A tus soledades voy, de mis soledades vengo. Como una imagen sin ningún volumen, sigo las huellas que la noche borra sobre la arena del desierto. Para saber el dónde por quien somos sólo dispongo de este cuerpo. No soy presencia que te cubre, sé la paradoja de ofrecer sin pausa el espesor de un mundo que no tengo. No eres presencia que me cubra. Mírame: no ser sino un lugar para el encuentro no nos hace un nosotros, sólo dice cómo el camino es largo y tortuoso y que una primavera nacerá de las cenizas del invierno.
A Jean-Marie Roosbroeck
I
Contemplar un jardín.
Tras la cancela un vago
rumor de
sombra: impune
amanecer, ya casi
luz vencida, y más luces
que
se insinúan. Dalias
y moluscos, gaviotas y jazmines
tu plenitud
asumen,
tu soledad. Los muros,
encalados, encubren
la noche en
pie, su historia.
Ver la nube
lacia, como si el mar
fuese a la tarde un buque
encallado entre labios
de espuma. El mar. ¡Qué dulce
silencio!
Inmensidad
sin nombre. En ti concluye
todo, el amor, el tiempo,
el chamariz que cruje
bajo el zarpazo tímido del sol
y ese
insomnio de piedra
que ha de fluir y acrece
lo que es dolor, y
duele, y se consume.
II
Contemplar un jardín.
O el mar. Mejor el mar.
Qué importa
la vastedad del cielo
en esta hora
frágil. Qué
importaría.
Sientes la
luz herirte y aprisionas
su sonido tenaz.
Si una palabra
hubiera, si una sola
palabra, que bastase.
Como
a estas aguas quietas,
para existir, sus olas.
"Víspera de la destrucción" 1966 - 1968
La muerte es como el sueño, parecida a ti: no puede ser pensada. Abro los ojos y amanece el día. No hay obsesión impune, ni fantasmas que la luz no devore sin más imperio que su voluntad, ni otro poder que el sol que nos despoja. Cómo olvidar que fuimos lo innombrado, lo que negaba oscuridad a un mundo hecho, como tú y yo, de sueños rotos. No, no duermas. El pájaro del alba dice que ayer no existe. No hay memoria, ni significa nada. Sólo, mira esta pasión que nos acoge, que ha estallado, de pronto, insobornable, como las ganas de vivir. "La mirada extranjera" 1984-1985
A Chús Visor Vuelve a tu nada, dijo el sol a la noche quebrando el alba. "De una obra en marcha" 2001
I Abra tu luz mi niebla a sus engaños, pues no he nacido para compartir el odio, sino el amor. He ahí las huellas de la nieve, el mar donde todo concluye, briznas de azul al pie de las colinas. La ola en la que fui, mi duración, el muro es una sombra informe que se aleja camino de otras playas. De un cuerpo a otro hay el tiempo de una vida, de su soledad a mis ojos hay la distancia de la muerte. Juntos en un paisaje aterido de sed vemos el sol de julio que se descompone, cómo cae gota a gota desvistiéndote incluso del color que oscurece mis palabras, un viola emborronado por el muslo del día. Vienes desde el sonido de una vieja ciudad (agua oculta que llora entre arrayanes), para darle otro nombre a la aventura: un mar sin mar y al fondo los cipreses, ese silencio que me hace diferente de ti. II Recorrerte sin pausa, como quien se despereza al sol; ser el sendero donde inscribir tus huellas. Heme aquí, acurrucado junto al estallido que amaga el roce de tu piel. Cobijo mi pasión a la intemperie bajo el árbol frondoso de tus sensaciones, esa implosión de un cuerpo en el que busco anclarme. Vieja luz que alumbra, sin embargo, todavía. III Piensa si todo esto terminase. La floración del día y de la noche, de este día preciso, de esta noche precisa, lo fortuito de un azar que surge inevitablemente. Piensa si fuese sólo el principio de otro final que ya no espero, que vuelve a decirme que si todo esto terminase, por qué. Piensa. No, toca la luz de nuevo, sin pensar, el borde de una quietud donde se desmorona cuanto nos hizo islas. Si acabase todo, el fulgor, la sed, la opacidad de un territorio que no es cuerpo, que nos vuelve cuerpo, sin limitaciones, piensa, tanto estupor ¿cabría en un poema? IV Daré tu nombre a cuanto vea, me aferraré a la imagen de tu cuerpo como la yedra al sol de mediodía. Igual que el mirlo al recorrer las hojas busca en la nervadura los gusanos, iré a trabajar los surcos, a sembrar la memoria si es cierto que para morir, como dijo el anciano, basta sólo un ruidillo: el de otro corazón (¿mío, tuyo?) al callarse. V Pero, a decir verdad, no sabemos morir. En el fluir del día que no acaba oigo un murmullo circular, el labio que bebo sorbo a sorbo. Tócame. He atravesado océanos de tiempo para llegar a ti, la noche sin raíces. La tierra fue el principio, la tierra devastada que repite sus sueños. Me hicieron renacer como quien siembra entre los intersticios de una roca y espera sin dudar hasta que crezca el fruto. Luego vino la lluvia desde un cielo cansado de oscurecerse sin razón. ¿Comprendes ahora? No fui yo. VI Lo que sucede, al cabo, son colores. El rojo sangre de quien nada olvida, el amarillo de la indecisión, o el verdiazul que surge como un soplo desde una noche que no fue derrota sino confín. El blanco de reconocerte entre las huellas menos personales de un alba compartida: sólo tú, las variaciones de la luz y el peso de una certeza incomprensible. VII Suspende el año enti sus estaciones. En esta antigua selva donde estoy el tiempo se abre paso con dificultad. Discurre a solas sin tu nombre y no envejece ni se instaura, sólo finge avanzar a tientas por un túnel hecho de azar y de pasión, de todo cuanto nos hace vagamente humanos. La vasta tierra que recorro me descubre en el trazado de tu piel, y ese hueco dormido que llaman corazón es un chorro de agua brotando en el desierto del último verano que perdura.
Ahora ya sé que el júbilo aún existe, que tu rotundo vientre me unifica en esta dispersión que ha sido mi ceguera. Fuiste verdad visible, combustión, palabras que mis manos llovían sin descanso desde el temblor de un vértigo insondable. Una mirada acuosa me sigue desde entonces y, como quien no cede a tentación, sepulta mi memoria bajo un humus de tiempo, donde el amor en llamas borra las sombras. Mírame, desnudo de tu calor. No hay muerte ni amargura sino un sol extranjero que pronuncia tu nombre, su música callada, su delicadeza, con el fervor de un viento que no olvida. Sé que este martes de noviembre, mientras paseo atravesando el frío del otoño, tu voz me grita desde su silencio, desde otro cielo y en ningún lugar. No pude oír desde tan lejos el sonido del aire pero aprendí a mirarte en cada rostro, en la agonía verde de los árboles, en su inasible luz, sabiéndote despierta de tu profundo sueño, no de mí. "La mirada extranjera" 1984-1985
Está sentada en medio de la alfombra, con una mano sobre sus cabellos y en la otra un anillo que hace girar con un furor mecánico bajo la luz escueta de la lámpara. Murmura con excesiva lentitud, oigo su voz, golpea como la lluvia contra los cristales, empañando sus gafas con una incómoda humedad. Ah, la emoción del trance, o quizá sólo es el calor que viene de la estufa. Él se levanta, dice, cuánto sufres; dice, perdona, voy a hacer café, necesitamos un descanso; vuelve; es hora, piensa, de una pausa; y ella no escucha, dice, mi tragedia es no saber si el sexo satisface o si es prescindible en su ilusión; escúchame, ignoro incluso en quién o dónde estoy cuando hago o digo cosas como ésta, todo resulta tan confuso, intenta comprender. Él pone azúcar en la taza, dice, admiro tanto tu sinceridad.
espejo
Tiene la
blanca mano
apoyada en el libro pequeño,
sobre las pequeñas hojas
blancas
donde, absorta, se pierde.
Hundida en
el sillón, los ojos
tibiamente impregnados de sensación de ver,
aunque sin forma; en torno los objetos
se alzan como muros
a los
que sólo la incansable
profundidad de las pupilas
puede ahondar en
plenitud, y observa
el modo simple en que se acopla el mundo
a su
tacto, sin queja.
Cuanto sus dedos asen
fuertemente lo tiñen de
lucidez. Del cerco
nunca insalvable de la lejanía
en que hasta las
palabras
más repentinamente próximas participan
la protege este
libro pequeño,
en cuyas pequeñas hojas blancas sus blancas manos se
posan.
Y algún vago deseo
le asalta: «cuerpo hermoso
para ofrecer,
quién sabe, blando muslo,
labios acaso con temblor de aurora».
Pero apenas si el brazo, febrilmente extendido,
roza el sereno
cristal que nada responde.
Ciego el espejo es
para el que en su pulida entraña no consigue
iniciarse
con claridad. Y vuelve
a acariciar su cuerpo, que, de
nuevo, insensible,
se funde en la lejana realidad envolvente.
Cuando ha dejado de sentir el apacible mordisco de las
últimas luces
cierra con lentitud el libro. Y comienza otra noche,
en donde los objetos, incluso los más cercanos, también a ella
la ignoran.
"Víspera de la destrucción" 1966 - 1968
El
testamento de Drácula
(según F. F. C.)
Estas son mis palabras,
mis últimas
palabras.
Crecen en torno a mí sin que yo las vigile,
luego
retornan a mi boca
y en ella se aposentan para pasar la noche.
Las
digo en voz tan baja que ni tú las escuchas
a ras de suelo, tan
inaprensibles
que hasta las piedras las absorben.
Todo es posible
aquí. Tan sólo yo
soy imposible, un rostro
sin color ni volumen
por estas galerías donde se repiten
espejos en espejos. Todos están
deshabitados.
Nada devuelve su espesor, salvo una luz confusa,
dibujando mi ausencia entre los vidrios rotos.
Narciso fui cuando
vivía.
Mientras no estuve en el arcén del tiempo,
lo miraba pasar.
La muerte ahora
es la venganza de los otros, de
esos otros
extraños a quienes amé
sin proyectarme en ellos. Ven a mí.
No te
haré ningún daño. Sabe que
de soledad en soledad
huí de un cúmulo
de eternidades
para cruzar la tierra. Fui viajero,
me deslicé
hasta sombras que antes no conocí,
y en este exilio, cuando miro
atrás,
pienso en el sueño de los justos:
un islote de espuma
saturada de azul.
Tal vez los fríos del invierno sean piadosos
conmigo.
Sé que sobre mi tumba nacerán flores amarillas.
Surges
de un cielo antiguo,
del frescor crispado
con que la nieve
repentina azota la ciudad.
Te cubre un halo, como en una foto
en
la que se ha perdido el claroscuro
y los contornos y tan sólo el frío
te reconforta y te protege.
sobre la cartulina
mis dedos acarician
lo que intuyen de ti
y se demoran, impacientes, como quien espera
que se abra una puerta.
y le inviten a entrar.
"Profundidad de campo" 1997 - 2000
Cuánta ceniza ardiente llueve el cielo, ecos antiguos de una voz que pasa, ese enemigo que inventó el espejo y me instaló sin verme en su mirada. Dando bandazos, el invierno cae; no me permite desdecirme. Calla para obligarme a oír desde el silencio el rumor con que anula las palabras y hace hablar a los árboles, a las piedras desnudas, a los puentes, con el lenguaje del agua. Burlón y regio por las galerías, el aire muerde sin cesar las ramas; ellas me enseñan a mirar sin odio: el sol es siempre nuevo cuando se levanta. El frescor de las cosas desmiente mi agonía, y en este cuerpo imán de tu memoria inscribo el lastre fiel de un monólogo en calma. La noche apoya su cabeza en mi hombro, su materia sensible. No hay nostalgia, sino copos de tiempo que la noche aventa en un espacio vuelto madrugada. Mis ideas acerca del futuro crecen como burbujas de sustancia. Por qué seguir; la escena ha terminado, y ahora que ya no necesito nada (si acaso respirar la luz del día), ahora, cuando descubro que esa luz no acaba, sé que el camino existe porque por él avanzo: soy camino. Sobrevivir ha sido mi venganza. De "Tabula rasa" 1985
yesca me han hecho de invisible fuego
Francisco de la Torre
Fui un viejo juglar, y conté historias.
Mi nombre os es indiferente.
Sólo dejo constancia de mi oficio
porque fue oficio quien dictó mis versos
no la pequeña vida que viví,
ni su dolor, ni su insignificancia.
Ella murió conmigo, y aquí yace,
desnuda como yo, bajo esta piedra.
G. lonas, Untitled poem # 3 Dice que sólo duerme con extraños, que gracias a los extraños puede dormir en paz y permitirles ser amables anfitriones siendo a su vez una invitada amable. Ellos no pueden tomar nada que le pertenezca, ella tampoco nada que les pertenezca salvo lo más externo de su piel y el café con tostadas en el desayuno. Tras noches como ésas se siente tan feliz. Dice que sólo duerme con extraños, que de ese modo resultan más sinceros. Saben que ella está hoy, sin que jamás se hable de un mañana. Si se lleva consigo algún objeto, es relativamente fácil perdonar. Y si olvida algo suyo sobre la mesita pueden tirarlo luego sin problemas. Es un dedo en un timbre después de atardecer, o una voz dulce en el teléfono. La promesa, tal vez, de una postal que no suele firmar, y sin remite alguno. Dice que sólo duerme con extraños, que ellos así reservan para ella sus más limpios manteles y su mejor sonrisa. De "Tabula rasa" 1985
Fabulación sobre fondo de espejo La realidad. El tiempo. Ves tu mano sobre una taza. El humo difumina las cosas. Tu cigarro. Aquí termina tu verdad, cuanto tocas. Sabes vano el amor, puro viento de verano que el otoño deshace e ilumina con dejadez. La sombra que declina envuelve los objetos, como un vano rescoldo de luz pura. Vuela intacto a la viscosa oscuridad de donde surgió. La paz, de nuevo. Sosegada notas el alma en ti. Borroso, el tacto desdibuja tu cuerpo y te lo esconde bajo otro cielo gris. No sientes nada. "Víspera de la destrucción" 1966 - 1968
Con Marta y Andrés Sánchez Robayna ¿Qué me ofrece el silencio de esta noche, este amor sin excusa, vuelto aprendizaje? Paseo por las calles de esta ciudad extraña donde incluso las flores tienen dueño. Miro las nubes grises, el aire iluminado por una luna artificial, y escucho el parpadeo de los claxons en la carretera. Los grajos llueven en bandadas, vierten su humosa niebla sobre las ardillas, pero el olor que brota de la hierba no es un olor distinto del olor con que noviembre ahora irrumpirá en tu cuarto diciéndote que empieza a amanecer, aunque sea otro el mar, otros los árboles y otro el azul que inunde tu mirada. El día muere en Austin y estoy solo. Aquí, de pie, junto al Brick Oven, pienso en tu cuerpo, en ti- ¿ Qué podría ofrecerme esta noche de otoño que no me ofrezcas tú? "La mirada extranjera" 1984-1985
La del alba sería
La grímpola en el mástil y el cincel diminuto,
el estilete, el fuste
y la magnolia:
todo materia de dolor.
(¡Abridme
las puertas de la noche!)
Pero dónde el cendal,
dónde la encubridora
sierpe, el misterio dónde
está que por el
aire
sola tu ausencia en sombra
como olvido transcurre.
Nada pasa, amor mío.
En la ciudad desierta, el humo del alcohol
como la lluvia es breve; es un cuchillo
helado, o una forma
que
pesa; pero acaba,
(todo acaba, amor mío)
como la lluvia, sobre tu
soledad.
Mira el voluble y cálido sopor de los escaparates,
el triste
parpadeo sin destino de las luces eléctricas.
No recorras las calles
ahora que en las paredes, ciegas de tanta cal, unos labios resbalan
y
en el aire agoniza el último murmullo de una balada del amanecer.
Escúchame,
no temas
la quemazón hiriente de los focos,
la luz dispuesta en
cajas sobre los anaqueles.
No es verdad, amor mío.
Todo es júbilo
aquí: la alegre máscara
del bailarín inmóvil y el asombro
de la
muchacha sorprendida al borde del acantilado,
mientras el viento
sueña
con alacranes rubios y alfileres
que la niebla diluye.
Cuánto
espacio mudable en avenidas.
En el húmedo césped, como verdor que
estalla,
hay celajes de púrpura
y acrisoladas flores de papel.
Ven, ven.
Tus ojos brillan.
Bajo la abrumadora sombra de los parques beso un
cuerpo dormido.
El aire
gime y tiembla como azulada llama de un antiguo quinqué.
¿Sabes? La
lluvia arrecia
sobre esta humosa floración de bruma
mientras
el boj repite sin límites
sin límites
dulce cuerpo desnudo
sobre el que desemboco
como en
la mar, o el mar, o un mar: tragaluz de las olas.
Mar total
que es un nombre,
un
nombre perseguido sobre un labio.
De
"Una perenne aurora" 1969
« (a la manera de R. D. Laing) / Ella »
« Contemplar un jardín. / Tras la cancela un vago »
« La muerte es como el sueño, / parecida a ti: »
« tu nada, / dijo el sol a la noche »
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