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Jaime Torres Bodet · Amor
Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Torres Bodet. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Torres Bodet. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Para escapar de ti no bastan ya peldaños, túneles, aviones, teléfonos o barcos. Todo lo que se va con el hombre que escapa: el silencio, la voz, los trenes y los años, no sirve para huir de este recinto exacto -sin horas ni reloj, sin ventanas ni cuadros- que a todas partes va conmigo, cuando viajo. Para escapar de ti necesito un cansancio nacido de ti misma: una duda, un rencor, la vergüenza de un llanto; el miedo que me dio -por ejemplo- poner sobre tu frágil nombre la forma impropia y dura y brusca de mis labios...
Se nos ha ido la tarde en cantar una canción, en perseguir una nube y en deshojar una flor. Se nos ha ido la noche en decir una oración, en hablar con una estrella y en morir con una flor. Y se nos irá la aurora en volver a esa canción, en perseguir otra nube y en deshojar otra flor. Y se nos irá la vida sin sentir otro rumor que el del agua de las horas que se lleva el corazón...
Amada, en las palabras que te escribo quisiera que encontraras el color de este pálido cielo pensativo que estoy mirando, al recordar tu amor. Que sintieras que ya julio se acerca -el oro está naciendo de la mies-, y escucharas zumbar ]a mosca terca que oigo volar en el calor del mes... Y pensaras: "¡Qué año tan ardiente!", "¡Cuánto sol en las bardas!"... y, quizás, que un suspiro cerrara blandamente tus ojos... nada más... ¿Para que más?
Un hombre muere en mí siempre que un hombre muere en cualquier lugar, asesinado por el miedo y la prisa de otros hombres. Un hombre como yo; durante meses en las entrañas de una madre oculto; nacido, como yo, entre esperanzas y entre lágrimas, y -como yo- feliz de haber sufrido, triste de haber gozado, hecho de sangre y sal y tiempo y sueño. Un hombre que anheló ser más que un hombre y que, de pronto, un día comprendió el valor que tendría la existencia si todos cuantos viven fuesen, en realidad, hombres enhiestos, capaces de legar sin amargura lo que todos dejamos a los próximos hombres: El amor, las mujeres, los crepúsculos, la luna, el mar, el sol, las sementeras, el frío de la piña rebanada sobre el plato de laca de un otoño, el alba de unos ojos, el litoral de una sonrisa y, en todo lo que viene y lo que pasa, el ansia de encontrar la dimensión de una verdad completa. Un hombre muere en mí siempre que en Asia, o en la margen de un río de África o de América, o en el jardín de una ciudad de Europa, una bala de hombre mata a un hombre. Y su muerte deshace todo lo que pensé haber levantado en mí sobre sillares permanentes: La confianza en mis héroes, mi afición a callar bajo los pinos, el orgullo que tuve de ser hombre al oír -en Platón- morir a Sócrates, y hasta el sabor del agua, y hasta el claro júbilo de saber que dos y dos son cuatro... Porque de nuevo todo es puesto en duda, todo se interroga de nuevo y deja mil preguntas sin respuesta en la hora en que el hombre penetra -a mano armada- en la vida indefensa de otros hombres. Súbitamente arteras, las raíces del ser nos estrangulan. Y nada está seguro de sí mismo -ni en la semilla en germen, ni en la aurora la alondra, ni en la roca el diamante, ni en la compacta oscuridad la estrella, ¡cuando hay hombres que amasan el pan de su victoria con el polvo sangriento de otros hombres!
Esta noche tu amor me penetra como llanto de lluvia en negrura, o, más bien, ese ritmo sin letra que de un verso olvidado perdura; y me torna profundo y sencillo como el oro del sol tamizado que renueva, en hipnótico brillo, el barniz de algún cuadro apagado.
Vuelves de andar a solas por la orilla de un río. Estás llena de música, como un árbol al viento. Has dejado correr tu pensamiento viendo en el agua el paso de una nube de estío... Traes tejido al alma el olor de una rosa. En lo blando del césped te prolonga tu huella... Has vivido ¡has vivido!... Y vas, como la estrella, a perderte en el mar de un alba silenciosa.
¡Huyes, pero es de ti!
J. R. Jiménez
Huías... pero era en mí
y de ti quien huías.
¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para
qué?
Por todo lo que es vial,
ascensor, tragaluz, puerto
para
fugarse del hombre
en el hombre: por la voz,
por el pulso, por el
sueño,
por los vértigos del cuerpo...
Por todo lo que la vida
ha puesto de catarata
-en el alma y en el alba-
huías... Pero era
en mí.
Invitación al viaje Con las manos juntas, en la tarde clara, vámonos al bosque de la sien de plata. Bajo los pinares, junto a la cañada, hay un agua limpia que hace limpia el alma. Bajaremos juntos, juntos a mirarla y a mirarnos juntos en sus ondas rápidas... Bajo el cielo de oro hay en la montaña una encina negra que hace negra el alma: Subiremos juntos a tocar sus ramas y oler el perfume de sus mieles ásperas... Otoño nos cita con un son de flautas: vamos a buscarlo por la tarde clara.
Era de noche tan rubia
como de día morena.
Cambiaba, a cada momento
de color y
de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como al niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la
puede tocar
porque su mano la quiebra.
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un
despertar
de pájaros en la selva;
y si cantaba en el sol
se
hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas
iluminaba
el sitio que, entre la hierba,
alumbra al amanecer
el
brillo de una luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!
Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas,
y puesta frente a
la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la
hoja seca,
y -tal vez por eso- no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
¿Qué palabras dormidas en páginas de líricos compendios -o al contrario, veloces, azules, verdes, blancas, recorriendo los tubos de qué eléctricos letreros- debo resucitar para expresarte, cielo de un corazón que a nadie aloja, anuncio incomprensible, mujer: adivinanza sin secreto?
Amanecía tu voz tan perezosa, tan blanda, como si el día anterior hubiera llovido sobre tu alma... Era, primero, un temblor confuso del corazón, una duda de poner sobre los hielos del agua el pie desnudo de la palabra Después, iba quedando la flor de la emoción, enredada a los hilos de la voz con esos garfios de escarcha que el sol desfleca en cintillos de agua. Y se apagaba y se iba poniendo blanca, hasta dejar traslucir, como la luna del alba, la luz tenue de la madrugada. Y se apagaba y se iba, ¡ay!, haciendo tan delgada.
A través de las frases que dices, adivino las que callas como, bajo los versos de un pergamino antiguo -mal borradas por la mano del monje que para un jefe gótico miniara en su blancura el trance de un martirio- aparecen de pronto, a contraluz de un sueño, las líneas de un colérico epigrama.
No nos diremos nada. Cerraremos las puertas. Deshojaremos rosas sobre el lecho vacío y besaré, en el hueco de tus manos abiertas, la dulzura del mundo, que se va, como un río...
Tu amor es todo de ausencia.
Llegan a mi alma
-como el aroma de un jardín oculto-
tus palabras,
vagas .
No sabes durar. Tu esencia
como el agua pasa.
Como el agua el alma del cielo que miras
es, sólo, tu alma.
Para otros fuera como arcilla dócil,
como
yedra blanda.
Yo no logré verte quieta un solo instante
en la
misma rama...
Nos hemos bruscamente desprendido y nos hemos quedado con las manos vacías, como si una guirnalda se nos hubiera ido de las manos; con los ojos al suelo, como viendo un cristal hecho pedazos: el cristal de la copa en que bebimos un vino tierno y pálido... Como si nos hubiéramos perdido, nuestros brazos se buscan en la sombra... Si embargo, ya no nos encontramos. En la alcoba profunda podríamos andar meses y años, en pos uno del otro, sin hallarnos
Penetro al fin en ti, mujer desmantelada. que -al terminar el sitio- ya sólo custodiaban monótonos tambores y trémulas estatuas. Penetro en ti, por fin. Y, entre la luz delgada que filtran, por momentos, estrellas y palabras, encuentro a cada paso que doy sobre los fríos peldaños que conducen al centro de tu alma -un cuerpo junto a otro- cien horas derrotadas. Me inclino... Una por una las reconozco, a tientas. Contra una jaula exacta en ésta, oscuramente, un ruiseñor estuvo rompiéndose las alas. En ésa... No sé ya lo que en esa existencia moría o principiaba: esquivas formas truncas, presencias instantáneas, deseos incompletos, dichas decapitadas...
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« Un hombre muere en mí siempre que un hombre / muere en cualquier lugar, »
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