Poesía Universal

Jaime Torres Bodet

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Torres Bodet. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Torres Bodet. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Jaime Torres Bodet

16 poemas seleccionados
1.

Amor

Para escapar de ti
no 
		bastan ya peldaños,
túneles, aviones,
teléfonos o barcos.
Todo 
		lo que se va
con el hombre que escapa:
el silencio, la voz,
los 
		trenes y los años,
no sirve para huir
de este recinto exacto

		-sin horas ni reloj,
sin ventanas ni cuadros-
que a todas partes 
		va
conmigo, cuando viajo.

		
Para escapar de ti
necesito un cansancio
nacido de ti misma:

		una duda, un rencor,
la vergüenza de un llanto;
el miedo que me 
		dio
-por ejemplo- poner
sobre tu frágil nombre
la forma 
		impropia y dura
y brusca de mis labios...
2.

Canción de las voces serenas

Se nos ha ido la tarde
en cantar una canción,
en perseguir una 
		nube
y en deshojar una flor.

		
Se nos ha ido la noche
en decir una oración,
en hablar con una 
		estrella
y en morir con una flor.

		
Y se nos irá la aurora
en volver a esa canción,
en perseguir 
		otra nube
y en deshojar otra flor.

		
Y se nos irá la vida
sin sentir otro rumor
que el del agua de 
		las horas
que se lleva el corazón...
3.

Carta

Amada, en las palabras que te escribo
quisiera que encontraras el 
		color
de este pálido cielo pensativo
que estoy mirando, al 
		recordar tu amor.

		
Que sintieras que ya julio se acerca
-el oro está naciendo de la 
		mies-,
y escucharas zumbar ]a mosca terca
que oigo volar en el 
		calor del mes...

		
Y pensaras: "¡Qué año tan ardiente!",
"¡Cuánto sol en las 
		bardas!"... y, quizás,
que un suspiro cerrara blandamente
tus 
		ojos... nada más... ¿Para que más?
4.

Civilización

Un hombre muere en mí siempre que un hombre
muere en cualquier lugar, 
		asesinado
por el miedo y la prisa de otros hombres.

		
Un hombre como yo; durante meses
en las entrañas de una madre 
		oculto;
nacido, como yo,
entre esperanzas y entre lágrimas,
y 
		-como yo- feliz de haber sufrido,
triste de haber gozado,
hecho de 
		sangre y sal y tiempo y sueño.

		
Un hombre que anheló ser más que un hombre
y que, de pronto, un 
		día comprendió
el valor que tendría la existencia
si todos cuantos 
		viven
fuesen, en realidad, hombres enhiestos,
capaces de legar sin 
		amargura
lo que todos dejamos
a los próximos hombres:
El amor, 
		las mujeres, los crepúsculos,
la luna, el mar, el sol, las 
		sementeras,
el frío de la piña rebanada
sobre el plato de laca de 
		un otoño,
el alba de unos ojos,
el litoral de una sonrisa
y, en 
		todo lo que viene y lo que pasa,
el ansia de encontrar
la 
		dimensión de una verdad completa.

		
Un hombre muere en mí siempre que en Asia,
o en la margen de un 
		río
de África o de América,
o en el jardín de una ciudad de 
		Europa,
una bala de hombre mata a un hombre.

		
Y su muerte deshace
todo lo que pensé haber levantado
en mí 
		sobre sillares permanentes:
La confianza en mis héroes,
mi afición 
		a callar bajo los pinos,
el orgullo que tuve de ser hombre
al oír 
		-en Platón- morir a Sócrates,
y hasta el sabor del agua, y hasta el 
		claro
júbilo de saber 
		
que dos y dos son cuatro...

Porque de nuevo todo es puesto en 
		duda,
todo se interroga de nuevo
y deja mil preguntas sin 
		respuesta
en la hora en que el hombre
penetra -a mano armada-

		en la vida indefensa de otros hombres.
Súbitamente arteras,
las 
		raíces del ser nos estrangulan.

		
Y nada está seguro de sí mismo
-ni en la semilla en germen,
ni 
		en la aurora la alondra,
ni en la roca el diamante,
ni en la 
		compacta oscuridad la estrella,
¡cuando hay hombres que amasan
el 
		pan de su victoria
con el polvo sangriento de otros hombres!
5.

Confianza

Esta noche tu amor me 
		penetra
como llanto de lluvia en negrura,
o, más bien, ese ritmo 
		sin letra
que de un verso olvidado perdura;


		y me torna profundo y 
		sencillo
como el oro del sol tamizado
que renueva, en hipnótico 
		brillo,
el barniz de algún cuadro apagado.
6.

Final

Vuelves de andar a solas por la orilla de un río.
Estás llena de 
		música, como un árbol al viento.
Has dejado correr tu pensamiento

		viendo en el agua el paso de una nube de estío...

		
Traes tejido al alma el olor de una rosa.
En lo blando del césped 
		te prolonga tu huella...
Has vivido ¡has vivido!... Y vas, como la 
		estrella,
a perderte en el mar de un alba silenciosa.
7.

Fuga

¡Huyes, pero es de ti!
                                                               
		J. R. Jiménez


		Huías... pero era en mí

		y de ti quien huías.


		¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para 
		qué?
Por todo lo que es vial,
ascensor, tragaluz, puerto
para 
		fugarse del hombre
en el hombre: por la voz,
por el pulso, por el 
		sueño,
por los vértigos del cuerpo...


		Por todo lo que la vida

		ha puesto de catarata
-en el alma y en el alba-
huías... Pero era 
		en mí.
8.

Invitaciã“n

Invitación al viaje


		Con las manos juntas,
en la tarde clara,
vámonos al bosque
de 
		la sien de plata.

		
Bajo los pinares,
junto a la cañada,
hay un agua limpia
que 
		hace limpia el alma.

		
Bajaremos juntos,
juntos a mirarla
y a mirarnos juntos
en 
		sus ondas rápidas...

		
Bajo el cielo de oro
hay en la montaña
una encina negra
que 
		hace negra el alma:

		
Subiremos juntos
a tocar sus ramas
y oler el perfume
de sus 
		mieles ásperas...

		
Otoño nos cita
con un son de flautas:
vamos a buscarlo
por 
		la tarde clara.
9.

La doble

Era de noche tan rubia
                                                       
		como de día morena.

Cambiaba, a cada momento
de color y 
		de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,

		como al niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la 
		puede tocar
porque su mano la quiebra.

		
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un 
		despertar
de pájaros en la selva;
y si cantaba en el sol
se 
		hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas 
		iluminaba
el sitio que, entre la hierba,
alumbra al amanecer
el 
		brillo de una luciérnaga.

		
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!


		Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas,
y puesta frente a 
		la dicha,
se equivocaba de puerta.

		
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la 
		hoja seca,
y -tal vez por eso- no
supe jamás entenderla,

		
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
10.

Mujer

¿Qué palabras dormidas

		en páginas de líricos compendios
-o al contrario, veloces,
azules, 
		verdes, blancas, recorriendo
los tubos de qué eléctricos letreros-

		debo resucitar para expresarte,
cielo de un corazón que a nadie 
		aloja,
anuncio incomprensible,
mujer: adivinanza sin secreto?
11.

Música

Amanecía tu voz
tan perezosa, tan blanda,
como si el día 
		anterior
hubiera
llovido sobre tu alma...

		
Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de 
		poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra

		
Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los 
		hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol

		desfleca en cintillos de agua.

		
Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,

		como la luna del alba,
la luz
tenue de la madrugada.

		
Y se apagaba y se iba,
¡ay!, haciendo tan delgada.
12.

Palimpsesto

A través de las frases
que dices, adivino las que callas
como, 
		bajo los versos
de un pergamino antiguo -mal borradas
por la mano 
		del monje
que para un jefe gótico miniara
en su blancura el trance 
		de un martirio-
aparecen de pronto,
a contraluz de un sueño,

		las líneas de un colérico epigrama.
13.

Paz

No nos diremos nada. 
		Cerraremos las puertas.
Deshojaremos rosas sobre el lecho vacío
y 
		besaré, en el hueco de tus manos abiertas,
la dulzura del mundo, que 
		se va, como un río...
14.

Retrato

Tu amor es todo de ausencia.
    Llegan a mi alma

		-como el aroma de un jardín oculto-
    tus palabras, 
		vagas .

		
No sabes durar. Tu esencia
    como el agua pasa.

		Como el agua el alma del cielo que miras
es, sólo, tu alma.

		
Para otros fuera como arcilla dócil,
    como 
		yedra blanda.
Yo no logré verte quieta un solo instante
en la 
		misma rama...
15.

Ruptura

Nos hemos bruscamente desprendido

		y nos hemos quedado

		con las manos vacías, como si una guirnalda

		se nos hubiera ido de las manos;

		con los ojos al suelo,

		como viendo un cristal hecho pedazos:

		el cristal de la copa en que bebimos

		un vino tierno y pálido...

		

		Como si nos hubiéramos perdido,

		nuestros brazos

		se buscan en la sombra... Si embargo,

		ya no nos encontramos.

		

		En la alcoba profunda

		podríamos andar meses y años, en pos uno del otro,

		sin hallarnos
16.

Sitio

Penetro al fin en ti,
mujer desmantelada.
que -al terminar el 
		sitio-
ya sólo custodiaban
monótonos tambores
y trémulas 
		estatuas.

		
Penetro en ti, por fin.
Y, entre la luz delgada
que filtran, 
		por momentos,
estrellas y palabras,
encuentro a cada paso
que 
		doy sobre los fríos
peldaños que conducen
al centro de tu alma

		-un cuerpo junto a otro-
cien horas derrotadas.

		
Me inclino... Una por una 
las reconozco, a tientas.
Contra 
		una jaula exacta
en ésta, oscuramente,
un ruiseñor estuvo

		rompiéndose las alas.
En ésa... No sé ya
lo que en esa existencia

		moría o principiaba:
esquivas formas truncas,
presencias 
		instantáneas,
deseos incompletos,
dichas decapitadas...

Versos y pensamientos de Jaime Torres Bodet

4 citas
« bastan ya peldaños, / túneles, aviones, »
Jaime Torres Bodet · Amor
« Se nos ha ido la tarde / en cantar una canción, »
Jaime Torres Bodet · Canción de las voces serenas
« Amada, en las palabras que te escribo / quisiera que encontraras el »
Jaime Torres Bodet · Carta
« Un hombre muere en mí siempre que un hombre / muere en cualquier lugar, »
Jaime Torres Bodet · Civilización
Biblioteca poética

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