Poesía Universal

Jaime Siles

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Siles. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Siles. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Jaime Siles

10 poemas seleccionados
1.

Acis

y Galatea

Ese cuerpo labrado como plata,
ese oro, esa 
		túnica, esa piel,
ese color que tiñe la escarlata
corola del 
		pistilo de un clavel;

		
ese cielo de cárdenos espacios,
esa carne que tiembla en el 
		vaivén
de las rodillas y de los topacios
nos dicen que este cuadro 
		es de Poussin.

		
El resplandor del sol en los minutos
del gris del agua sobre el 
		gouache del gres,
el césped de corales diminutos
que puntean las 
		puntas de sus pies;

		
el placer de los vicios absolutos,
el maquillado estambre, el 
		cascabel
de sus tacones, los ojos resolutos
disueltos en vidrieras 
		de bisel;

		
las dunas de su cuerpo y esas manos
que la luz difumina en el 
		papel
de este poema dicen que eran vanos
ese oro, esa túnica, esa 
		piel.

		
La chica que los mira aquí a mi lado
es más real que el lienzo y 
		que el pincel:
hace un gesto de geisha emocionado,
más certero, 
		más cierto, más rimado
de rimmel que la estrofa del clavel.

		
El cuadro del museo que miramos
no está en la sala, ni en el 
		Louvre, ni en
la Tate Gallery, el Ermitage o Samos,
y no es -ni 
		por asomo- de Poussin.

		
El cuadro del museo que miramos,
Acis y Galatea, ella y 
		él,
somos nosotros mismos mientras vamos
-ojo, labio, boca, 
		lengua, mano-
sobre la carne del amor humano
ensortijando flores, 
		cuerpos, ramos
de un verano mejor que el del pincel.


		De "Semáforos, 
		semáforos" 1990
2.

Biografía

Mi ayer son algas de pasión,
luces de espuma.
Y una arena 
		insaciable que devora
los cuerpos submarinos.
Un cielo blando 
		donde beben
las palomas sin rumbo del estío.


		De "Biografía sola" 
		1971
3.

Canción de los espías cultos en el momento de envejecer

Mi vida a cambio de dos o tres cerillas.
Mi vida a cambio de 
		sorbos de cognac.
Mi vida a cambio de dos o tres colillas.
Mi vida 
		a cambio de este cul-de-sac.
Mi vida a cambio de litros de bencina.

		Mi vida a cambio del cónico coral.
Mi vida a cambio del tul de 
		muselina.
Mi vida a cambio de códices de cal.
Mi vida a cambio de 
		luces opalinas.
Mi vida a cambio del cúfico cristal.
Mi vida a 
		cambio de sienes serpentinas.
Mi vida a cambio del fuego en un 
		portal.
Mi vida a cambio de túneles de mina.
Mi vida a cambio de 
		cámaras de gas.
Mi vida a cambio del zinc de una bocina.
Mi vida a 
		cambio del dado de este as.
Mi vida a cambio de nieve derretida.

		Mi vida a cambio del ritmo de un compás.
Mi vida a cambio de carne 
		atardecida.
Mi vida a cambio del cine al que tú vas.
Mi vida es 
		esta cifra de la vida.
Mi vida es esta clave y este imán.
Mi vida 
		es la pistola y es la herida
abierta por la ley de un alacrán.
Mi 
		vida es recorrer las avenidas,
pasar por las fronteras como sal

		disuelta en las mareas y crecidas
sin que una gota sienta el 
		temporal.
Mi vida es un andar por las esquinas
y en los pasos de 
		cebra atravesar
un semáforo rojo entre bocinas
y uno a uno los 
		coches sortear.
Mi vida son el metro y el tranvía,
y el avión y el 
		tren y el huracán: 
		
son el paso a nivel sin guardavía
y el lapilli que lanza su 
		volcán.
Mi vida es la partida de la luna
al póker de las lenguas y 
		el disfraz
de todas las vocales y de alguna
consonante compuesta 
		por el caz
de la garganta y de la galante
fonemática suma 
		artificial 
		
que los peligros ponen cimbreante
como un tallo de tersura 
		vegetal.

		
Mi vida de después es la de antes.
Mi vida son el mapa, el 
		telefax,
el télex, la pistola y el vibrante
telegrama enviado por 
		las FAS.

		
Ahora que no haya nadie aquí delante,
ahora que me hago viejo 
		nada más,
quiero tallar aquí como un diamante
este informe unívoco 
		y cambiante
cifrado en una copa de cognac.
El parte de mi vida sí 
		con arte.
El arte de mi vida en el compás
del tiempo que me parte 
		cuando parte
de mi vida en el dado no es el as.
Mi vida es la 
		película de Marte
que ponen en el cine al que tú vas.
Mi vida es 
		el punto del que parte
la ácida nada que deja el aguarrás.

		
Hoy quiero recordar sólo el diamante.
Hoy quiero recordar sólo el 
		final
de la mano que escribe con un guante
la plenitud total de 
		aquel instante
borrado por la aurora boreal.
Que sus manos me 
		digan el cuadrante;
el azimut, el cenit, el dial
del punto fijo e 
		inmóvil con que Dante
pintó el tiempo en forma de sextante
el 
		mismo día en que cumplió mi edad.
Quiero creer que soy aquel instante

		que pintaba un poeta medieval.
Quiero creer que soy la consonante

		estrofa de la aurora boreal.

		
Ahora que la sangre forma parte
de la bala que veo bajo el chal

		y la camisa me tiñe con el arte
de la flor que se extiende por mi 
		ojal
quiero decir el mudo teorema
mi vida cifrada en el poema

		del espía que expía su final.


		De "Música de agua" 
		1983
4.

Comisión de servicios

En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena

		de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
La arena de los mares suena, 
		suena.

		Régates a Argenteuil de ClaudeMonet
se mueven en mis ojos y 
		la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet:
Henri 
		Fantin-Latour hizo su Breda
de Rimbaud, de Verlaine. De Baudelaire

		era el 
		foulard sonoro de la seda
que bordaba en el aire aquel 
		vaivén.
De todo aquel momento s6lo queda
lo que pienso sentado en 
		el andén
mientras el autobús me dice que sí queda

		El Oro de sus cuerpos de Gauguin.
El oro de sus cuerpos en 
		la acera
son balandros que flotan en mi sien.
Son un mástil, las 
		velas, la carena,
los veloces tacones de sus pies.
Los veloces 
		tacones de sus pies
son las medias que suben, las caderas,
el 
		collar en el cuello, las hombreras
con el bolso en el brazo como 
		bies.
En un escaparate reverbera
una figura que es y que no es

		o de carne o de lienzo o de cera
o la Gala del pintor de Cadaqués.

		He de tomar un autobús. Y un tren.
Y un avión. Y un barco, por el 
		Sena, 
		
deja en el agua escrita la carena
de las quillas que pasan por mi 
		sien.
Soy el avión y el barco y soy el tren.
Soy esta sensación 
		que me encadena
con la cabeza llena, llena, llena
de imágenes y 
		ritmos en vaivén.
Para que entiendas todo tú también
te escribo 
		esta postal. Tú no la leas.
Has de venir aquí para que veas
con 
		tus ojos mis ojos: note creas
que esta postal lo dice todo bien.

		Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.

		Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven!, 
		¡ven!
Cenaré en la Embajada con las damas
y no en Maxim's. Te 
		compraré Chanel.
No traigas camisones ni pijamas:
te cubriré de 
		tinta y de papel
Tengo en la mesa cinco telegramas,
dos despachos 
		urgentes y, en la piel,
resueltos todos los crucigramas
del 
		diluvio a la Torre de Babel.
Si me llamas, hazlo por la mañana
de 
		seis a siete, no de nueve a diez.
Estoy aquí al pie de la ventana

		esperando el télex color grana
cifrado sobre el tacto de tu tez.

		No me digas la clave: sé que emana
de la combinación del diorama

		de música, de labios y de cama
con la carne inventada cada vez.

		Como las letras, si, del anagrama
del saturnio que somos, ama, ama

		estos signos que sobre las semanas
de tu cuerpo militan como grama

		de mi vegetación sobre el cuartel
de la memoria, que tendrá sus canas

		-tu cintura, tu zinc, tu cronograma-
en las olas de todas las mañanas

		de la espuma que fui sobre tu piel.
Escrito por los días en las 
		granas
pestañas y pistilos y ventanas
de la vidriera virgen del 
		papel,
el oro de tu cuerpo se derrama
en tacto, en tinta, en 
		texto, en tez, en trama
sobre la lengua líquida que llama
con un 
		rumor de ríos y de rama
la basa, el plinto, el fuste, el capitel

		del gótico jinete que reclama
la enseña y la divisa de su dama,

		los colores, la cinta, la retama
para el torneo y justo redondel,

		combinación de música y de cama
con ese delicado diorama
que, bajo 
		las enseñas de la grama, 
		
gleichzeitig langsam und gleichzeitig schnell,
ejecuta 
		en nosotros -pentagramas, 
		
hiperbólicas sumas, cronoramas-
el vidriado Bolero de Ravel.

		El ministro firmó. Una llamada
dice que el protocolo es de chaqué.

		Toma el avión y tráeme, planchada,
la camisa de seda y, RESERVADA,

		manda por la valija, bien lacrada,
la chequera, la Visa y tu corsé.

		Acaba de llegar un telegrama
que dice que decreta una semana
el 
		gobierno de fiesta. ¡Ven!, ¡ven, ¡ven!

		El Oro de sus cuerpos es un falso
engendro tahitiano de 
		Gauguin.
El Oro de tu cuerpo -also, also!-
el oro de tu cuerpo y 
		tu vaivén,
tu ritmo de amazona y tu melena
abierta porel aire en 
		una E.
La arena de tus mares suena, suena.

		Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y 
		la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil, las 
		velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
Con los 
		ojos llenos de gasolina
y del vapor del Sena sé y no sé
si el 
		autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quaid'Orsay.

		Navegaré al compás de la bolina,
grímpolas en los estayes izaré.

		Por tu carne -como una golosina,
un circuito de nata, un canapé-

		navegará mi lengua submarina
las escotas, las jarcias, el bauprés

		en el 
		cock-tail de la carta marina
-entremeses, ahumados y 
		terrina,

		Gänsleber, caviar, Cháteau Sauternes
y, de postre, 
		tarta de mandarina, 
		
Peras Duquesa con hojaldre y miel
polvorones de almendra y 
		espumosa
Viuda servida en copa. Minué 
		
para ti, mandarina de la China.
Para ti, mi Duquesa, este proel

		ha trazado tu mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz 
		que le pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
En esta 
		sala sola, sin salida,
donde la craquelada simetría
que veo 
		dibujada en el pincel
del oro de tu cuerpo y no en la guía
del 
		museo, ni en la idolatría
de los lejanos mares ni en Gauguin,
me 
		hacen saber que la soberanía
del territorio está en la monarquía

		de la carne del cuerpo de la vida
y no en el bronce pensante de 
		Rodin.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía

		a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida

		no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel

		de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía

		que en un ritmo de imágenes desvía
la cortina y la saca del riel.

		Ese grisú de gas de cada día
es el que quiero hoy para el pincel:

		no la nata montada ni la fría
ordenación de la caballería
en un 
		desfile militar. Plein air!
La dotación de mi artillería
no 
		dispara sus salvas, sino envía
la munición contra la batería
del 
		tiempo atrincherado en el cuartel
de la memoria y del mediodía
que 
		soy en este instante de mi vida
ante este cuadro. Junto al Quai 
		D'Orsay
quiero que sepas que no sé si sé
si el autobús me lleva o 
		la ballena
de Jonás me conduce. ¿Quién, cuál, qué
quedará en la 
		orilla junto al Sena:
si tú, si yo, si el barco o la sirena.
Pero 
		esto -sólo esto- sí lo sé:
tu ritmo de amazona, tu melena
abierta 
		por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
La arena 
		de tus mares son los pies
que sostienen el ritmo del poema
con el 
		mismo fulgor de diadema
que las manos sostuvieron el pincel.
¿Qué 
		importa que Gauguin ya no lo vea,
si la imagen es centro de la idea

		y, en la idea, respira aquel vaivén?
El oro de sus cuerpos en la 
		acera
es la inmovilidad de la tijera
que nos corta y recorta en el 
		andén.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del 
		Sena,
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
Ya ves que todo es 
		una cadena
de símbolos, y suena, suena, suena
el codaste, la cofa, 
		la carena
de la turgente urgencia de tu piel.
En este mediodía 
		junto al Sena
la tijera que corta la cadena
me ha dejado escrita 
		en el papel
toda la carta que es este poema
y, en el aire, abierta 
		la melena,
tu nombre resumido en una E.
Tu nombre como una diadema

		que destella en la ele de tu Ela
mientras no sé si viene o vuelve o 
		vuela
este tan kilométrico poema
pintado por un mástil sin su vela

		en el agua del Sena en Quai D'Orsay.
Hazme caso: no quiero que lo 
		leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te 
		creas
que este poema lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el 
		tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una 
		litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven, ¡ven!
Arroja al fuego 
		esta postal-poema.
Yo sé que mis jazmines en tu gema
son el mejor 
		salón que tiene el tren.
El tren es lo que corta la tijera.
Y el 
		oro de tu cuerpo en la acera,
la única razón para mi espera
sobre 
		el gres, gris de nieve, del andén.
Por eso, mientras vienes, mientras 
		llegas,
construyo este edificio, esta quimera
de palabras que 
		trazan la frontera 
		
en el tiempo que soy sobre el papel
con la tinta de tantas noches 
		ciegas
de leer en tu cuerpo la primera
sombra de luz y página de 
		cera
del día que, en su día, vio Gauguin.
Sobre la margen gélida 
		del Sena,
tahitiana miniada, niña buena, 
		
bailaremos sin fin un minué
antes de que la muerte -la tijera

		que recorta las sombras en la acera- 
		
nos deje sin la la vida y sin vaivén.
Antes de que te hagan 
		prisionera
los faros y la niebla y la fea
escala en el viaje a la 
		vejez;
antes de que seamos anagrama
del telegrama que fuimos una 
		vez;
antes de todo eso, ama, ama,
mandarina, duquesa, tú, mi dama,

		este vagón que somos y este tren
que correrá por las mañanas granas,

		por los años, los días, las semanas
y dejará, en las estaciones 
		canas,
grises gotas de grasa en el andén.
Grises gotas de grasa 
		dicen: «Ven, ven
por los años, los días, las semanas,
Por el coral 
		pezón de las mañanas
y el traqueteo zíngaro del tren».
Tiene la 
		luz vegetación de alas,
cromatismo de olas, hilos, balas

		disparadas al aire. ¿Contra quién
nos herirán los aros de las horas,

		los relojes de arena, las auroras
y el sonido del zinc en esta sien?

		En esta sien donde una caracola
la sucesión del mar tiene, y de ola

		que bate en nieve púrpura tu piel.
Tu piel y tu clavel y tu corola

		que pinto sobre el lienzo solo, sola
mientras en la memoria la 
		moviola
del Danubio como una pianola
de címbricos corales en 
		vaivén
me deja en las esloras de las horas
las espuelas y espinas, 
		amapolas
del oro de tu cuerpo y de tu piel
en una floración del 
		rompeolas
de las bombas, fusiles y pistolas
que el tiempo pone 
		dentro de mi sien.
Contra esos misiles de las horas,
contra esos 
		proyectiles, el proel
que he sido por el mar de las auroras
de la 
		página, la tinta y el papel,
dispara hoy las cargas niqueladas,

		los torpedos, obuses y granadas
que defienden tu carne cincelada,

		el oro de tu cuerpo y la nevada
acuarela de líquenes pintada
que 
		dejaron mis días sobre él.

		El Oro de sus cuerpos de Gauguin
se resume en una pincelada:

		es el pigmento, el punto, la mirada
que inmoviliza el tiempo en el 
		pincel.
Como él, como tú y como cada
cuerpo que se termina y que 
		resbala
por la página que somos, el papel
de la vida devuelve, 
		bronceada,
la trayectoria roja de la bala
y el recorrido terso de 
		la piel
en fuego graneado que dispara
sobre la posición de nuestra 
		nada
la memoria -el único cuartel
que, dentro de la luz erosionada

		por la ceniza del color, prepara
una ventana que no tiene dintel,

		una coma conífera y un ala
donde la trayectoria de la bala
y el 
		recorrido terso de la piel
se articulan en una sola sala
que la 
		luz en instantes acristala
en un juego de espejos en vaivén,
donde 
		la coma se convierte en ala,
el ala en bala, y la bala en
la 
		munición que el tiempo nos dispara
en fuego graneado que no para

		de recorrer el oro de la piel.
El oro de la piel no para; para
el 
		pintor, y la mano, y el pincel,
pero no la pintura ni el verano
ni 
		la música que es su carrusel.
Lo que detiene el tiempo de la mano,

		lo que detiene el cuadro de Gauguin
es el aire que pasa por el vano

		del instante que pasa por la piel.
La cordillera del amor humano

		está sobre los límites del plano
que, en la aceleración de su 
		aeroplano,
nos inventa la carne cada vez.
El altímetro que mide lo 
		lejano
reduce al escorzo de este plano
la intensidad que fuimos 
		una vez.
Veo cúpulas de todos los veranos,
brújulas, hemisferios, 
		meridianos 
		
escritos en el cuadro de Gauguin. 
Y veo la distancia de mis 
		manos
y siento la distancia del vaivén.
El que yo fui tiene color 
		lejano,
ceniza encima, el cuerpo tatuado
por el color del oro de 
		tu piel.
Lo que el tiempo me deja entre las manos
es el color de 
		todos los veranos
en la 
		Gare Saint-Lazare de Claude Monet.
En la Gare 
		Saint-Lazare de Claude Monet
los colores resultan tan lejanos

		como lo son también los meridianos,
los hem!sferios y las mismas 
		manos
en la distancia que divide al quien.
El quien es dividido 
		por lejanos
colores de veranos y de planos
que vemos reunirse en 
		el andén
un día del otoño cuando vamos
al museo del mundo y lo 
		miramos
como un viajero desde el tren
mira los puntos que le son 
		lejanos
e imagina los montes y los llanos
y entra en un túnel y 
		sale a un terraplén.
Así también nosotros nos quedamos
con el olor 
		de todos los veranos
disueltos en el oro de la piel
y tomamos 
		aviones, hidroplanos,
globos-sondas, cohetes y llegamos
no al 
		corazón de zinc de los veranos
disueltos en el oro de la piel,

		sino al falaz y turbio mecanismo
que devuelve las balas de uno mismo

		repetidas en salvas de papel,
en las que el frenesí de los seísmos

		se queda convertido en solipsismo
de la emoción que abre los abismos

		y nos deja a un lado del arcén.
Por eso digo que nosotros mismos

		somos reflejos de los espejismos
como el poema lo es de este papel

		de este papel que me condena al istmo
de la península de un silogismo

		de imágenes y ritmos en vaivén.
La arena de sus mares suena, suena.

		Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y 
		la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil las 
		velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
En el agua 
		del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el 
		tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto 
		el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este 
		caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que, en un 
		ritmo de imágenes, desvía
la cortina, y la saca del riel.
Ahora 
		que soy aún mi todavía,
ahora que soy aún y que no sé
si el 
		autobús me lleva a la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;

		ahora que soy aún el que te mira,
ahora que soy aún el que te ve,

		ahora que todavía nos admira

		El Oro de sus cuerpos de Gauguin;
ahora que aún ardemos en 
		la pira,
ahora que aún el vértigo es un bien,
ahora que la carne 
		aún delira,
imitemos al mundo en su vaivén.
Con el lujo de goces 
		de la China, 
		
con El Oro de sus cuerpos de Gauguin
he trazado una mapa 
		turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que me pone en la 
		retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
Los dioses griegos y 
		todos los latinos,
los de Acadia, Sumeria e Israel,
los hititas, 
		egipcios y triestinos,
y el Atlántico, donde mojas tus pies,
darán 
		su bendición a este poema
escrito en el estribo de la E
de tu 
		nombre, tu piel y tu melena
por el aire que suena, suena, suena

		con imágenes y ritmos en vaiven
sobre la sucesión de la cadena
de 
		símbolos que pasan por el Sena
como cuchillas pasan por mi sien.

		Como las quillas pasan por el quien,
así también el túnel nos espera

		en la cartografía que encadena
gotas grises de grasa en el andén.

		Gotas grises de grasa dicen «¡ven!, ¡ven!»
En carne o voz o página de 
		cera
quiero llegar hasta la noche ciega
que -mientras viene o va o 
		vuelve o llega-
nos salva del metal de la tijera
y nos lleva, en 
		tu gema, por el tren.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las 
		márgenes del Sena
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
El oro de 
		tu cuerpo es el tesoro
que bato cuando fundo, fijo, doro
el 
		territorio todo de tu piel.
En la orilla del Sena sé y no sé
si el 
		autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsily.

		La arena de tus mares suena, suena.

		Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y 
		la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Contra el tiempo 
		que hace este poema
contra el tiempo que hace que no es,
ante ti, 
		mandarina de la China,
ante ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado 
		el mapa turmalina
en la navegación a la bolina
que disuelve la luz 
		y difumina
sobre el texto del tacto de tu piel
la visión que se me 
		rebobina
en la sesión de cine vespertina
con el lápiz de labios 
		más cruel.
Con los ojos llenos de gasolina
he leído el espacio: 
		una Menina
de Velázquez. Y el tiempo -coronel
de la muerte- me 
		dio, como propina,
el gimnosperma poema de tu piel.


		De 
		"Música de agua" 1983
5.

Convento de las dueñas

A Federico Ordiñana

		
El oscuro silencio tallado sobre el tacto
golpea sin tocar la luz 
		de esta materia,
de esta altura perdida persiguiendo
la eternidad 
		donada a sus figuras.

		
Un sosiego perenne asciende hasta la música.
difumina los ecos 
		sonoros del espacio
y pulsa, impele, domeña, geometriza
la mágica 
		sorpresa del aire en surtidores.

		
Infiel al arbotante, a la jamba convexa,
al ritmo que la mano con 
		claridad impone,
deja un aliento verde para llegar al sueño,
al 
		éxtasis que crece desde la piedra en fuga.

		
Y queda un resplandor, una callada imagen,
un fragmento de tiempo 
		que impreciso se ahonda
y nunca más se ha sido: se está siendo

		porque en su dimensión la forma dura.

		
De "Canon" 1973
6.

Daimon Atopon

A Marifé y Pepe Piera


		I
Se te 
		puede buscar bajo un ciprés de espuma,
en los dedos del aire, 
		metálico del sueño,
en un volcán de pájaros incendiados de nieve
o 
		en las olas sin voz de los peces de plata.

		
Te ocultas en los ríos,
en las hojas de piedra,
en las lunas 
		heladas.
Vives tras de las venas,
al borde de los dientes,

		invisible en la sangre, desnuda, de la aurora.

		
Te he visto muchas veces arder en los cristales,
saltar en las 
		pupilas,
consumirte en los ecos de un abismo innombrable.

		
Tu sombra me dio luz,
acarició mi frente,
se hizo cuerpo en mi 
		boca.
Y tu mirada quema, relámpago de hielo,
humo en las cejas,

		lava.


		
II

		Árbol de olvido, tú,
cuerpo incesante,
paloma suspendida sobre el 
		vértigo.
Hay una sal azul tras de tus cejas,
un mar de abierto 
		fuego en tus mejillas
y un tic-tac indecible que me lleva
hasta un 
		profundo dios hecho de espuma.

		
Y es otear el aire,
arañar el misterio,
acuchillar la sombra.

		
Y te voy descubriendo,
metálica mujer, entre el espino:
un 
		murmullo de sangre transparente
en el rostro perdido del silencio.


		III
Por 
		ti la luz asciende a mediodía, 
		
arena prolongada hasta mis labios, 
hilo de tierra ardiente y 
		presurosa 
		
donde el espacio brota mas intenso. 

Es un géiser de espuma,

		de interrumpida lava,
de paloma incompleta
que multiplica el aire 
		en dimensión de voces.

		
Todo es música, nota, diapasón.
Hasta los cuerpos, en la nada, 
		suenan.

		
De "Canon"  1973
7.

El

corazón del agua


		Remos, mareas, olas.
Un murmullo impreciso perpetúa
la oculta faz 
		del imposible aliento.

		
Una gota de sal disuelta llama
sobre un pecho pretérito

		buscándote.

		
Un párpado de luces diminutas
donde tus dedos tocan el azogue.

		
Un latido oxidado que penetra
y lame y teje y corta claridades.


		Sólo 
		existir perdido
donde el agua
multiplica su rostro en otras ondas.


		De 
		"Canon"   1973
8.

Himno a Venus

Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,

		amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.

		
Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos,

		amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.

		
Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,

		amor en los asientos de algún coche,

		
amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu 
		broche,
gimen gemas de jades y jazmines.


		De "Semáforos, 
		semáforos" 1990
9.

Interiores

I
En el tacto interior de esas gaviotas
hay un eco de sombras que 
		conduce
a una intemperie toda de cristal.

		
Lo que el aire levanta es su presencia
que, en un compás de 
		luces, se diluye
hacia una abierta y sola identidad.

		
¡Qué profundo interior éste del aire, 
cuyas formas modulan su no 
		ser!

		
II
¿Qué puede al hombre cautivar, sino la música
que en la 
		quietud la arena en sí eterniza
y las olas tan sólo que a lo lejos

		una a una, en su olvido, repite sin cesar?

		
Como su cuerpo son, también, de sombra
y entre su voz la sal es 
		lo que dura
y ese rumor del eco en transparencia
de quien no sabe 
		de otra eternidad.

		
¿Puede la música ser algo más que sombras
hechas a medida de una 
		idea,
talladas en cristal por el que olvida
que hace surgir un 
		dios de entre sus notas?

		
¿O lo que aquí llamamos música pudiera
muy bien llamarse el ala 
		de una duda
y el paraíso firme que sostienen
interiores columnas 
		de temblor?

		
De "Alegoría" 1977
10.

La tierra de la noche

La noche te escribe,
                          te transcribe,

		                          te inventa.

		                                     Así,

		                                         sobre el papel,
lienzo tan 
		sólo,
                       tiempo:
papel donde la noche

		abriera sólo
la tierra de su efigie,
la figura,
el cuerpo del 
		que brotan
los invisibles signos.
                   La Tierra 

		de la noche
la Terra della Notte,
terracota o destino
o 
		escritura que inventa
lo distante de ti,
lo más allá de ti:

		alfabeto nocturno de la nada.

Versos y pensamientos de Jaime Siles

4 citas
« y Galatea / Ese cuerpo labrado como plata, »
Jaime Siles · Acis
« Mi ayer son algas de pasión, / luces de espuma. »
Jaime Siles · Biografía
« Mi vida a cambio de dos o tres cerillas. / Mi vida a cambio de »
Jaime Siles · Canción de los espías cultos en el momento de envejecer
« En la orilla del Sena sé y no sé / si el autobús me lleva o la ballena »
Jaime Siles · Comisión de servicios
Biblioteca poética

Libros de Jaime Siles recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: