Poesía Universal

Jaime Gil de Biedma

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Gil de Biedma. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Gil de Biedma. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Jaime Gil de Biedma

14 poemas seleccionados
1.

A una dama muy joven, separada

En un año que has estado
casada, pechos hermosos,
amargas 
		encontraste
las flores del matrimonio.

		
Y una buena mañana
la dulce libertad
elegiste impaciente,

		como un escolar.

		
Hoy vestida de corsario
en los bares se te ve
con seis amantes 
		por banda
-Isabel, niña Isabel-,

		
sobre un taburete erguida,
radiante, despeinada
por un viento 
		sólo tuyo,
presidiendo la farra.

		
De quién, al fin de una noche,
no te habrás enamorado
por 
		quererte enamorar!
Y todo me lo han contado.

		
¿No has aprendido, inocente,
que en tercera persona
los bellos 
		sentimientos
son historias peligrosas?

		
Que la sinceridad
con que te has entregado
no la comprenden 
		ellos,
niña Isabel. Ten cuidado.

		
Porque estamos en España.
Porque son uno y lo mismo
los memos 
		de tus amantes,
el bestia de tu marido.
2.

Albada

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.

		Por los montantes de la galería
              
		llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
              
		y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero 
		de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose

		hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al 
		trabajo.
               
		Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los 
		puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde 
		los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la 
		cama
               
		después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.

		Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el 
		frío
               
		que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
               
		en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.

		Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de 
		traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras 
		cosas que se anuncian
                
		desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de 
		otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos

		medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de 
		ser dulce
                 
		hecho al amanecer.

-Junto al cuerpo que anoche me gustaba

		tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
                 
		en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
                 
		y no por el placer.
3.

Amistad a lo largo

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego 
		hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.

		
                                       
		Mirad:
somos nosotros.

Un destino condujo diestramente
las 
		horas, y brotó la compañía.
Llegaban noches. Al amor de ellas

		nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos

		para subir a más:
empezamos a ser los compañeros
que se conocen

		por encima de la voz o de la seña.
Ahora sí. Pueden alzarse
las 
		gentiles palabras
-ésas que ya no dicen cosas-,
flotar ligeramente 
		sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo, 
		sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos 
		plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa, 
		el campo, la distancia.

		
Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que 
		estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo 
		sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay 
		paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo trajimos

		nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos con los 
		otros
en el rincón hablamos, tantos meses!
que nos sabemos bien, y 
		en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el 
		dolor es tierno.

		
Ay el tiempo! Ya todo se comprende.
4.

Amor más poderoso que la vida

La misma calidad que el sol de tu país, 
saliendo entre las 
		nubes: 
		
alegre y delicado matiz en unas hojas, 
fulgor de un cristal, 
		modulación 
		
del apagado brillo de la lluvia. 

La misma calidad que tu 
		ciudad, 
		
tu ciudad de cristal innumerable 
idéntica y distinta, cambiada 
		por el tiempo: 
		
calles que desconozco y plaza antigua 
de pájaros poblada, 
la 
		plaza en que una noche nos besamos. 
		

La misma calidad que tu expresión, 
al cabo de los años, 

		esta noche al mirarme: 
		
la misma calidad que tu expresión 
y la expresión herida de tus 
		labios. 
		

Amor que tiene calidad de vida, 
amor sin exigencias de 
		futuro, 
		
presente del pasado, 
amor más poderoso que la vida: 
perdido 
		y encontrado. 
		
Encontrado, perdido...
5.

«Barcelona ja no es bona»

o mi paseo solitario en primavera

		

		                                                                                                         
		A Fabián Estapé

		

		                                                                                   
		Este despedazado anfiteatro,

		                                                             
		impío honor de los dioses, cuya afrenta

		                                                                                 
		publica el amarillo jaramago,

		                                                                                    
		ya reducido a trágico teatro,

		                                                                          
		¡oh fábula del tiempo! representa

		                                                                
		cuánta fue su grandeza y es su estrago.

                                                                                                                    
		Rodrigo Caro

		

		En los meses de aquella primavera

		pasaron por aquí seguramente

		más de una vez.

		Entonces, los dos eran muy jóvenes

		y tenían el Chrysler amarillo y negro.

		Los imagino al mediodía, por la avenida de los tilos,

		la capota del coche salpicada de sol,

		o quizá en Miramar, llegando a los jardines,

		mientras que sobre el fondo del puerto y la ciudad

		se mecen las sombrillas del restaurante al aire libre,

		y las conversaciones, y la música,

		fundiéndose al rumor de los neumáticos

		sobre la grava del paseo.

		Sólo por un instante

		se destacan los dos a pleno sol

		con los trajes que he visto en las fotografías:

		él examina un coche muchísimo más caro 

		-un Duesemberg  sport con doble parabrisas, 

		bello como una máquina de guerra-

		y ella se vuelve a mí, quizá esperándome,

		y el vaivén de las rosas de la pérgola

		parpadea en la sombra

		de sus pacientes ojos de embarazada.

		Era en el año de la Exposición.

		

		Así yo estuve aquí

		dentro del vientre de mi madre,

		y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae

		por estos sitios destartalados.

		Más aún que los árboles y la naturaleza 

		o que el susurro del agua corriente 

		furtiva, reflejándose en las hojas 

		-y eso que ya a mis años

		se empieza a agradecer la primavera-,

		yo busco en mis paseos los tristes edificios,

		las estatuas manchadas con lápiz de labios,

		los rincones del parque pasados de moda

		en donde, por la noche, se hacen el amor...

		Y a la nostalgia de una edad feliz

		y de dinero fácil, tal como la contaban,

		se mezcla un sentimiento bien distinto

		que aprendí de mayor,

		este resentimiento

		contra la clase en que nací,

		y que se complace también al ver mordida,

		ensuciada la feria de sus vanidades

		por el tiempo y las manos del resto de los hombres.

		

		Oh mundo de mi infancia, cuya mitología

		se asocia -bien lo veo-

		con el capitalismo de empresa familiar!

		Era ya un poco tarde

		incluso en Cataluña, pero la pax burguesa

		reinaba en los hogares y en las fábricas,

		sobre todo en las fábricas - Rusia estaba muy lejos

		y muy lejos Detroit.

		Algo de aquel momento queda en estos palacios

		y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,

		cuyo destino ya nadie recuerda.

		Todo fue una ilusión, envejecida

		como la maquinaria de sus fábricas,

		o como la casa en Sitges, o en Caldetas,

		heredada también por el hijo mayor.

		

		Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,

		de sus fosos quemados por los fusilamientos,

		dan señales de vida los murcianos.

		Y yo subo despacio por las escalinatas

		sintiéndome observado, tropezando en las piedras

		en donde las higueras agarran sus raíces,

		mientras oigo a estos chavas nacidos en el Sur

		hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,

		en mi pasado y en su porvenir.

		

		Sean ellos sin más preparación

		que su instinto de vida

		más fuertes al final que el patrón que les paga

		y que el salta-taulells que les desprecia:

		que la ciudad les pertenezca un día.

		Como les pertenece esta montaña,

		este despedazado anfiteatro

		de las nostalgias de una burguesía.
6.

Canción de aniversario

Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, 
		todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si 
		es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que 
		conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,

		cantemos, alegría!

		
Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena

		se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera

		que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla

		de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia 
		serena.

		
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada

		dentro del corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por 
		romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue 
		dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que 
		entonces
soñabas y soñaba?

		
La realidad -no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser 
		dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,

		que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus 
		transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

		
La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a 
		olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta 
		vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
-mientras 
		que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-, estoy seguro

		que no puede hacer daño.
7.

Contra

Jaime Gil de Biedma 
		


		De qué sirve, quisiera 
		yo saber, cambiar de piso, 
dejar atrás un sótano más negro 
que 
		mi reputación -y ya es decir-, 
		
poner visillos blancos 
y tomar criada, 
renunciar a la vida 
		de bohemio, 
		
si vienes luego tú, pelmazo, 
embarazoso huésped, memo vestido 
		con mis trajes, 
		
zángano de colmena, inútil, cacaseno, 
con tus manos lavadas, 

		a comer en mi plato y a ensuciar la casa? 
		


		Te acompañan las barras 
		de los bares 
		
últimos de la noche, los chulos, las floristas, 
las calles 
		muertas de la madrugada 
		
y los ascensores de luz amarilla 
cuando llegas, borracho, 
y 
		te paras a verte en el espejo 
		
la cara destruida, 
con ojos todavía violentos 
que no quieres 
		cerrar. Y si te increpo, 
		
te ríes, me recuerdas el pasado 
y dices que envejezco. 
		


		Podría recordarte que 
		ya no tienes gracia. 
Que tu estilo casual y que tu desenfado 

		resultan truculentos 
		
cuando se tienen más de treinta años, 
y que tu encantadora 

		sonrisa de muchacho soñoliento 
		
-seguro de gustar- es un resto penoso, 
un intento patético. 

		Mientras que tú me miras con tus ojos 
		
de verdadero huérfano, y me lloras 
y me prometes ya no hacerlo. 
		


		Si no fueses tan puta! 
		
Y si yo no supiese, hace ya tiempo, 
que tú eres fuerte cuando yo 
		soy débil 
		
y que eres débil cuando me enfurezco... 
De tus regresos guardo 
		una impresión confusa 
		
de pánico, de pena y descontento, 
y la desesperanza 
y la 
		impaciencia y el resentimiento 
		
de volver a sufrir, otra vez más, 
la humillación imperdonable 
		
de la excesiva intimidad. 


		A duras penas te 
		llevaré a la cama, 
		
como quien va al infierno 
para dormir contigo. 
Muriendo a 
		cada paso de impotencia, 
		
tropezando con muebles 
a tientas, cruzaremos el piso 

		torpemente abrazados, vacilando 
		
de alcohol y de sollozos reprimidos. 
Oh innoble servidumbre de 
		amar seres humanos,
		
y la más innoble 
que es amarse a sí mismo!
8.

Conversaciã“n

Conversación


		Los muertos pocas veces libertad 
		
alcanzáis a tener, pero la noche 
que regresáis es vuestra, 

		vuestra completamente. 
		

Amada mía, remordimiento mío, 
la nuit c’est toi cuando estoy 
		solo
		
y vuelves tú, comienzas 
en tus retratos a reconocerme. 


		¿Qué daño me recuerda tu sonrisa? 
		
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos? 
¿Me tranquilizas porque 
		estuve cerca 
		
de ti en algún momento? 

La parte de tu muerte que me doy, 
		
la parte de tu muerte que yo puse 
de mi cosecha, cómo poder 
		pagártela... 
		
Ni la parte de vida que tuvimos juntos. 

Cómo poder saber que 
		has perdonado, 
		
conmigo sola en el lugar del crimen? 
Cómo poder dormir, mientras 
		que tú tiritas 
		
en el rincón más triste de mi cuarto?
9.

De aquí a la eternidad

Ya soy dichoso, ya soy feliz
                                                             
		porque triunfante llegué a Madrid,
                                                                                                   
		llegué a Madrid.  
		
                                                                                                
		La viejecita, Coro

Lo primero, sin duda, es este 
		ensanchamiento
de la respiración, casi angustioso.
y la especial 
		sonoridad del aire,
como una gran campana en el vacío,
acercándome 
		olores
de jara de la sierra,
más perfumados por la lejanía,
y 
		de tantos veranos juntos
de mi niñez.

		
                    
		Luego está la glorieta
preliminar, con su pequeño intento de jardín,

		mundo abreviado, renovado y puro
sin demasiada convicción, y al fondo

		la previsible estatua y el pórtico de acceso
a la magnífica avenida,

		a la famosa capital.

		
Y la vida, que adquiere
carácter panorámico,
inmensidad de 
		instante también casi angustioso
-como de amanecer en campamento
o 
		portal de belén-, la vida va espaciándose
otra vez bajo el cielo 
		enrarecido
mientras que aceleramos.

		
Porque hay siempre algo más, algo espectral
como invisiblemente 
		sustraído,
y sin embargo verdadero.
Yo pienso en zonas lívidas, en 
		calles
o en caminos perdidos hacia pueblos
a lo lejos, igual que 
		en un belén,
y vuelvo a ver esquinas de ladrillo injuriado
y pasos 
		a nivel solitarios, y miradas
asomándose a vernos, figuras diminutas

		que se quedan atrás para siempre, en la memoria
como peones 
		camineros.

		
Y esto es todo, quizás. Alrededor
se ciernen las fachadas, y hay 
		gentes en la acera
frente al primer semáforo.
10.

Elegía y recuerdo de la canción francesa

C' est une chanson
                                                                                                
		qui nous ressemble.
                                                             
		Kosma y Prévert: Les feuilles mortes

		
		
Os acordáis: Europa estaba en ruinas.
Todo un mundo de imágenes 
		me queda de aquel tiempo
descoloridas, hiriéndome los ojos
con los 
		escombros de los bombardeos.
En España la gente se apretaba en los 
		cines
y no existía la calefacción.

		
Era la paz -después de tanta sangre--
que llegaba harapienta, 
		como la conocimos
durante cinco años.
Y todo un continente 
		empobrecido,
carcomido de historia y de mercado negro,
de repente 
		nos fue más familiar.

		
¡Estampas de la Europa de post-guerra
que parecen mojadas en 
		lluvia silenciosa,
ciudades grises adonde llega un tren
sucio de 
		refugiados: cuántas cosas
de nuestra historia próxima trajisteis, 
		despertando
la esperanza en España, y el temor!

		
Hasta el aire de entonces parecía
que estuviera suspenso, como si 
		preguntara,
y en las viejas tabernas de barrio
los vencidos 
		hablaban en voz baja...
Nosotros, los más jóvenes, como siempre 
		esperábamos
algo definitivo y general.

		
Y fue en aquel momento, justamente
en aquellos momentos de miedo 
		y esperanzas
-tan irreales, ay- que apareciste,
oh rosa de lo 
		sórdido, manchada
creación de los hombres, arisca, vil y bella

		canción francesa de mi juventud!

		
Eras lo no esperado que se impone
a la imaginación, porque es así 
		la vida,
tú que cantabas la heroicidad canalla,
el estallido de 
		las rebeldías
igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,
la 
		intensidad que aflige al corazón.

		
Cuánto enseguida te quisimos todos!
En tu mundo de noches, con el 
		chico y la chica
entrelazados, de pie en un quicio oscuro,
en la 
		sordina de tus melodías,
un eco de nosotros resonaba exaltándonos

		con la nostalgia de la rebelión.

		
Y todavía, en la alta noche, solo,
con el vaso en la mano, cuando 
		pienso en mi vida,
otra vez más sans faire du bruit tus músicas

		suenan en la memoria, como una despedida:
parece que fue ayer y algo 
		ha cambiado.
Hoy no esperamos la revolución.

		
Desvencijada Europa de post-guerra
con la luna asomando tras las 
		ventanas rotas,
Europa anterior al milagro alemán,
imagen de mi 
		vida, melancólica!
Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,

		aunque a veces nos guste una canción.
11.

¿fue

¿Fue posible que yo no te 
		supiera...


		¿Fue 
		posible que yo no te supiera
cerca de mí, perdido en las miradas?


		Los ojos me dolían de esperar.
Pasaste.

		
Si apareciendo entonces
me hubieras revelado
el país verdadero 
		en que habitabas!

		
Pero pasaste
como un Dios destruido.

Sola, después, de lo 
		negro surgía
tu mirada.
12.

Happy

ending


		Aunque la noche, conmigo, 
		
        no la duermas ya,
sólo 
		el azar nos dirá 
		
        si es definitivo.


		Que aunque el gusto nunca más
        
		vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
        
		no suelen durar.
13.

Himno

a la juventud


		                                                           
		Heu! quantum per se candida forma valet!
                                                                                                        
		Propercio, II, 29, 30

		
A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la 
		vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores

		y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños 
		imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

		
De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y 
		ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con 
		sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que 
		sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la 
		insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al 
		nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,

		donde posar la frente derramando lágrimas.

		
Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño

		con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar 
		y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.

		
Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más 
		intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin 
		deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden

		la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.

		
Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento

		conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla

		entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,

		oh bella indiferente,
por la playa camines como si no supieses
que 
		te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los 
		arcángeles,
los tronos, las abominaciones...
14.

Idilio

en el café


		Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, 
		ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los 
		párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. 
		Pesan las pestañas.

		
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como 
		en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con nosotros vivientes?
La 
		tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

		
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, 
		mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.

		Queda también silencio entre nosotros,
silencio 
		
              
		y este beso igual que un largo túnel.

Versos y pensamientos de Jaime Gil de Biedma

4 citas
« En un año que has estado / casada, pechos hermosos, »
Jaime Gil de Biedma · A una dama muy joven, separada
« Despiértate. La cama está más fría / y las sábanas sucias en el suelo. »
Jaime Gil de Biedma · Albada
« Pasan lentos los días / y muchas veces estuvimos solos. »
Jaime Gil de Biedma · Amistad a lo largo
« La misma calidad que el sol de tu país, / saliendo entre las »
Jaime Gil de Biedma · Amor más poderoso que la vida
Biblioteca poética

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