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Jaime Gil de Biedma · A una dama muy joven, separada
Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Gil de Biedma. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jaime Gil de Biedma. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
En un año que has estado casada, pechos hermosos, amargas encontraste las flores del matrimonio. Y una buena mañana la dulce libertad elegiste impaciente, como un escolar. Hoy vestida de corsario en los bares se te ve con seis amantes por banda -Isabel, niña Isabel-, sobre un taburete erguida, radiante, despeinada por un viento sólo tuyo, presidiendo la farra. De quién, al fin de una noche, no te habrás enamorado por quererte enamorar! Y todo me lo han contado. ¿No has aprendido, inocente, que en tercera persona los bellos sentimientos son historias peligrosas? Que la sinceridad con que te has entregado no la comprenden ellos, niña Isabel. Ten cuidado. Porque estamos en España. Porque son uno y lo mismo los memos de tus amantes, el bestia de tu marido.
Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.
Despiértate pensando vagamente
que el portero
de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al
trabajo.
Es el amanecer.
Irán amontonándose las flores
cortadas, en los
puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde
los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la
cama
después de amanecer.
Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el
frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,
y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de
traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras
cosas que se anuncian
desde el amanecer.
Aunque a tu lado escuches el susurro
de
otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de
ser dulce
hecho al amanecer.
-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.
Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego
hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.
Mirad:
somos nosotros.
Un destino condujo diestramente
las
horas, y brotó la compañía.
Llegaban noches. Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más:
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña.
Ahora sí. Pueden alzarse
las
gentiles palabras
-ésas que ya no dicen cosas-,
flotar ligeramente
sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo,
sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos
plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa,
el campo, la distancia.
Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que
estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo
sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay
paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo trajimos
nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos con los
otros
en el rincón hablamos, tantos meses!
que nos sabemos bien, y
en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el
dolor es tierno.
Ay el tiempo! Ya todo se comprende.
La misma calidad que el sol de tu país, saliendo entre las nubes: alegre y delicado matiz en unas hojas, fulgor de un cristal, modulación del apagado brillo de la lluvia. La misma calidad que tu ciudad, tu ciudad de cristal innumerable idéntica y distinta, cambiada por el tiempo: calles que desconozco y plaza antigua de pájaros poblada, la plaza en que una noche nos besamos. La misma calidad que tu expresión, al cabo de los años, esta noche al mirarme: la misma calidad que tu expresión y la expresión herida de tus labios. Amor que tiene calidad de vida, amor sin exigencias de futuro, presente del pasado, amor más poderoso que la vida: perdido y encontrado. Encontrado, perdido...
o mi paseo solitario en primavera
A Fabián Estapé
Este despedazado anfiteatro,
impío honor de los dioses, cuya afrenta
publica el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo! representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.
Rodrigo Caro
En los meses de aquella primavera
pasaron por aquí seguramente
más de una vez.
Entonces, los dos eran muy jóvenes
y tenían el Chrysler amarillo y negro.
Los imagino al mediodía, por la avenida de los tilos,
la capota del coche salpicada de sol,
o quizá en Miramar, llegando a los jardines,
mientras que sobre el fondo del puerto y la ciudad
se mecen las sombrillas del restaurante al aire libre,
y las conversaciones, y la música,
fundiéndose al rumor de los neumáticos
sobre la grava del paseo.
Sólo por un instante
se destacan los dos a pleno sol
con los trajes que he visto en las fotografías:
él examina un coche muchísimo más caro
-un Duesemberg sport con doble parabrisas,
bello como una máquina de guerra-
y ella se vuelve a mí, quizá esperándome,
y el vaivén de las rosas de la pérgola
parpadea en la sombra
de sus pacientes ojos de embarazada.
Era en el año de la Exposición.
Así yo estuve aquí
dentro del vientre de mi madre,
y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae
por estos sitios destartalados.
Más aún que los árboles y la naturaleza
o que el susurro del agua corriente
furtiva, reflejándose en las hojas
-y eso que ya a mis años
se empieza a agradecer la primavera-,
yo busco en mis paseos los tristes edificios,
las estatuas manchadas con lápiz de labios,
los rincones del parque pasados de moda
en donde, por la noche, se hacen el amor...
Y a la nostalgia de una edad feliz
y de dinero fácil, tal como la contaban,
se mezcla un sentimiento bien distinto
que aprendí de mayor,
este resentimiento
contra la clase en que nací,
y que se complace también al ver mordida,
ensuciada la feria de sus vanidades
por el tiempo y las manos del resto de los hombres.
Oh mundo de mi infancia, cuya mitología
se asocia -bien lo veo-
con el capitalismo de empresa familiar!
Era ya un poco tarde
incluso en Cataluña, pero la pax burguesa
reinaba en los hogares y en las fábricas,
sobre todo en las fábricas - Rusia estaba muy lejos
y muy lejos Detroit.
Algo de aquel momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.
Todo fue una ilusión, envejecida
como la maquinaria de sus fábricas,
o como la casa en Sitges, o en Caldetas,
heredada también por el hijo mayor.
Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,
de sus fosos quemados por los fusilamientos,
dan señales de vida los murcianos.
Y yo subo despacio por las escalinatas
sintiéndome observado, tropezando en las piedras
en donde las higueras agarran sus raíces,
mientras oigo a estos chavas nacidos en el Sur
hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,
en mi pasado y en su porvenir.
Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.
Porque son ya seis años desde entonces, porque no hay en la tierra, todavía, nada que sea tan dulce como una habitación para dos, si es tuya y mía; porque hasta el tiempo, ese pariente pobre que conoció mejores días, parece hoy partidario de la felicidad, cantemos, alegría! Y luego levantémonos más tarde, como domingo. Que la mañana plena se nos vaya en hacer otra vez el amor, pero mejor: de otra manera que la noche no puede imaginarse, mientras el cuarto se nos puebla de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo, y de historia serena. El eco de los días de placer, el deseo, la música acordada dentro del corazón, y que yo he puesto apenas en mis poemas, por romántica; todo el perfume, todo el pasado infiel, lo que fue dulce y da nostalgia, ¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces soñabas y soñaba? La realidad -no demasiado hermosa- con sus inconvenientes de ser dos, sus vergonzosas noches de amor sin deseo y de deseo sin amor, que ni en seis siglos de dormir a solas las pagaríamos. Y con sus transiciones vagas, de la traición al tedio, del tedio a la traición. La vida no es un sueño, tú ya sabes que tenemos tendencia a olvidarlo. Pero un poco de sueño, no más, un si es no es por esta vez, callándonos el resto de la historia, y un instante -mientras que tú y yo nos deseamos feliz y larga vida en común-, estoy seguro que no puede hacer daño.
Jaime Gil de Biedma De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, dejar atrás un sótano más negro que mi reputación -y ya es decir-, poner visillos blancos y tomar criada, renunciar a la vida de bohemio, si vienes luego tú, pelmazo, embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, zángano de colmena, inútil, cacaseno, con tus manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa? Te acompañan las barras de los bares últimos de la noche, los chulos, las floristas, las calles muertas de la madrugada y los ascensores de luz amarilla cuando llegas, borracho, y te paras a verte en el espejo la cara destruida, con ojos todavía violentos que no quieres cerrar. Y si te increpo, te ríes, me recuerdas el pasado y dices que envejezco. Podría recordarte que ya no tienes gracia. Que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de treinta años, y que tu encantadora sonrisa de muchacho soñoliento -seguro de gustar- es un resto penoso, un intento patético. Mientras que tú me miras con tus ojos de verdadero huérfano, y me lloras y me prometes ya no hacerlo. Si no fueses tan puta! Y si yo no supiese, hace ya tiempo, que tú eres fuerte cuando yo soy débil y que eres débil cuando me enfurezco... De tus regresos guardo una impresión confusa de pánico, de pena y descontento, y la desesperanza y la impaciencia y el resentimiento de volver a sufrir, otra vez más, la humillación imperdonable de la excesiva intimidad. A duras penas te llevaré a la cama, como quien va al infierno para dormir contigo. Muriendo a cada paso de impotencia, tropezando con muebles a tientas, cruzaremos el piso torpemente abrazados, vacilando de alcohol y de sollozos reprimidos. Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, y la más innoble que es amarse a sí mismo!
Conversación Los muertos pocas veces libertad alcanzáis a tener, pero la noche que regresáis es vuestra, vuestra completamente. Amada mía, remordimiento mío, la nuit c’est toi cuando estoy solo y vuelves tú, comienzas en tus retratos a reconocerme. ¿Qué daño me recuerda tu sonrisa? ¿Y cuál dureza mía está en tus ojos? ¿Me tranquilizas porque estuve cerca de ti en algún momento? La parte de tu muerte que me doy, la parte de tu muerte que yo puse de mi cosecha, cómo poder pagártela... Ni la parte de vida que tuvimos juntos. Cómo poder saber que has perdonado, conmigo sola en el lugar del crimen? Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas en el rincón más triste de mi cuarto?
Ya soy dichoso, ya soy feliz
porque triunfante llegué a Madrid,
llegué a Madrid.
La viejecita, Coro
Lo primero, sin duda, es este
ensanchamiento
de la respiración, casi angustioso.
y la especial
sonoridad del aire,
como una gran campana en el vacío,
acercándome
olores
de jara de la sierra,
más perfumados por la lejanía,
y
de tantos veranos juntos
de mi niñez.
Luego está la glorieta
preliminar, con su pequeño intento de jardín,
mundo abreviado, renovado y puro
sin demasiada convicción, y al fondo
la previsible estatua y el pórtico de acceso
a la magnífica avenida,
a la famosa capital.
Y la vida, que adquiere
carácter panorámico,
inmensidad de
instante también casi angustioso
-como de amanecer en campamento
o
portal de belén-, la vida va espaciándose
otra vez bajo el cielo
enrarecido
mientras que aceleramos.
Porque hay siempre algo más, algo espectral
como invisiblemente
sustraído,
y sin embargo verdadero.
Yo pienso en zonas lívidas, en
calles
o en caminos perdidos hacia pueblos
a lo lejos, igual que
en un belén,
y vuelvo a ver esquinas de ladrillo injuriado
y pasos
a nivel solitarios, y miradas
asomándose a vernos, figuras diminutas
que se quedan atrás para siempre, en la memoria
como peones
camineros.
Y esto es todo, quizás. Alrededor
se ciernen las fachadas, y hay
gentes en la acera
frente al primer semáforo.
C' est une chanson
qui nous ressemble.
Kosma y Prévert: Les feuilles mortes
Os acordáis: Europa estaba en ruinas.
Todo un mundo de imágenes
me queda de aquel tiempo
descoloridas, hiriéndome los ojos
con los
escombros de los bombardeos.
En España la gente se apretaba en los
cines
y no existía la calefacción.
Era la paz -después de tanta sangre--
que llegaba harapienta,
como la conocimos
durante cinco años.
Y todo un continente
empobrecido,
carcomido de historia y de mercado negro,
de repente
nos fue más familiar.
¡Estampas de la Europa de post-guerra
que parecen mojadas en
lluvia silenciosa,
ciudades grises adonde llega un tren
sucio de
refugiados: cuántas cosas
de nuestra historia próxima trajisteis,
despertando
la esperanza en España, y el temor!
Hasta el aire de entonces parecía
que estuviera suspenso, como si
preguntara,
y en las viejas tabernas de barrio
los vencidos
hablaban en voz baja...
Nosotros, los más jóvenes, como siempre
esperábamos
algo definitivo y general.
Y fue en aquel momento, justamente
en aquellos momentos de miedo
y esperanzas
-tan irreales, ay- que apareciste,
oh rosa de lo
sórdido, manchada
creación de los hombres, arisca, vil y bella
canción francesa de mi juventud!
Eras lo no esperado que se impone
a la imaginación, porque es así
la vida,
tú que cantabas la heroicidad canalla,
el estallido de
las rebeldías
igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,
la
intensidad que aflige al corazón.
Cuánto enseguida te quisimos todos!
En tu mundo de noches, con el
chico y la chica
entrelazados, de pie en un quicio oscuro,
en la
sordina de tus melodías,
un eco de nosotros resonaba exaltándonos
con la nostalgia de la rebelión.
Y todavía, en la alta noche, solo,
con el vaso en la mano, cuando
pienso en mi vida,
otra vez más sans faire du bruit tus músicas
suenan en la memoria, como una despedida:
parece que fue ayer y algo
ha cambiado.
Hoy no esperamos la revolución.
Desvencijada Europa de post-guerra
con la luna asomando tras las
ventanas rotas,
Europa anterior al milagro alemán,
imagen de mi
vida, melancólica!
Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,
aunque a veces nos guste una canción.
¿Fue posible que yo no te supiera... ¿Fue posible que yo no te supiera cerca de mí, perdido en las miradas? Los ojos me dolían de esperar. Pasaste. Si apareciendo entonces me hubieras revelado el país verdadero en que habitabas! Pero pasaste como un Dios destruido. Sola, después, de lo negro surgía tu mirada.
ending
Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo
el azar nos dirá
si es definitivo.
Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.
a la juventud
Heu! quantum per se candida forma valet!
Propercio, II, 29, 30
A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la
vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños
imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.
De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y
ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con
sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que
sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la
insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al
nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,
donde posar la frente derramando lágrimas.
Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño
con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar
y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.
Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más
intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin
deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.
Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento
conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla
entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,
oh bella indiferente,
por la playa camines como si no supieses
que
te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los
arcángeles,
los tronos, las abominaciones...
en el café
Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo,
ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los
párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada.
Pesan las pestañas.
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como
en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con nosotros vivientes?
La
tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba,
mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.
« En un año que has estado / casada, pechos hermosos, »
« Despiértate. La cama está más fría / y las sábanas sucias en el suelo. »
« Pasan lentos los días / y muchas veces estuvimos solos. »
« La misma calidad que el sol de tu país, / saliendo entre las »
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