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Jacinto Verdaguer
Jacinto Verdaguer es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primera...
Vida
Jacinto Verdaguer es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Jacinto Verdaguer
1.
A
A
Barcelona (fragmentos) Cuando te miro en la falda de Montjuïc sentada, me parece verte en los brazos del gigantesco Alcides que por proteger a la hija de su costado nacida transformándose en sierra se hubiese quedado aquí. Y al ver que siempre sacas rocas de sus montañas para tu caserío, que crece cual árbol en sazón, parece que le diga a las olas y al cielo y a las montañas: ¡Miradla; carne de mi carne, y ya tan mayor! Para que tus naves, que vuelven con alas de golondrina, hacia el Cap-del-Riu, a la sombra no vayan a encallar, él levanta todas las noches un faro con su mano derecha y por guiarlas entra andando en el mar. El mar duerme a tus plantas besándolas cual vasalla que escucha de tus labios el código de sus leyes; y si dices «¡atrás!», hace sitio a tu muralla como si Marquets y Llances aún fuesen sus reyes. Al nacer amazona, de murallas te coronaste. Mas pronto tu crecimiento rompió el estrecho tres veces te lo ceñiste, tres veces 10 rompiste, saltando por encima del recinto de piedra cual un león. ¿Por qué atarte los brazos con ese cinto de torres? No cuadra a una matrona la faja de los niños; es mejor que las derribes de un manotazo, y las borres. ¿Ciclópeas murallas quieres? Dios te las da mejores. Dios te las da de una hilera de cimas que te coronan, gigantes de la marina de los de montaña al pie, de firmes de uno en otro las ásperas manos se dan, formando a tus espaldas un nuevo Pirineo. Con Montealegre encaja Nou-pins; con Finestrelles, Olorde; con Collserola, Carmel y Guinardons; los lechos de los ríos que siegan ese muro son las puertas; Garraf, Sant Pere Martir y Mongat, los torreones. El alto Tibidabo, roble que a sus plantones domina, es la soberbia acrópolis que domina a la ciudad; el agudo Montcada, un hierro de lanza gigantesca que una estirpe de héroes allí clavada dejó. Sean ellos los eternos términos de tus ensanches; los ruinosos muros ofrécelos, a pedazos, al mar, en donde de un puerto sin medida serán los anchos brazos que puedan un bosque de naves aprisionar. Como tú, devoran ribazos y campos, y se tornan pue las alquerías que te rodean, ciudades los caseríos, como niñas hacia sus madres corriendo a grandes ¿a dónde llevarán sus aguas los ríos, sino al mar? Y creces y te derramas; cuando la planicie te falta trepas por las laderas amoldándote a sus vertientes; en todas las que te rodean un barrio tuyo se esparce que, ola tras ola, hacia arriba tú vas empujando. Gigantes que hacia la serranía hoy tus brazos tiendes, cuando allí llegues mañana, ¿qué harás? Harás como una inmensa hiedra que, abrigando las tierras, sube a ceñir un árbol del bosque con cada brazo. ¿Ves extenderse a Poniente un prado de esmeralda? Otro Nilo lo forma con sus arenas de oro, donde, si no te basta la falda de Montjuic, podrían ensancharse tus tiendas y tu corazón. Aquellas verdes riberas floridas que dora el sol, Sant Just Desvern, al que sombrean naranjos y pinos, los bosques de Valldoreix, de Hebron y Valldaura, tejen tu futura corona de jardines. ¿Y esa bandada de pueblos que viven en la costa? Son ninfas catalanas que vienen a abrazarte, blancas gaviotas que el viento del siglo acerca para que con tus alas de águila las enseñes a volar. Un día, La Murtra, la Verge del Port, la Bonanova serán tus templos, si son ahora el nido de tus amores; los Agudells, mudando en blanco su verde ropaje, inclinarán sus te~tas para ser tus miradores. Uncidos querrían besar tus pies con sus olas, esclavos de tu grandeza, Besòs y Llobregat, y ser de tus reductos avanzadas troneras los pechos de Cataluña, Montseny y Montserrat. Entonces, temiendo entonces que los quieras por cabecera, volviendo los ojos a los Alpes, el Pirineo vecino preguntará, secándose la blanca cabellera, si el París del Sena aquí se trasplantó. (...) -Adelante, ciudad de los Condes, de río a río extendida ya, adelante, hasta donde tope tu nave con el Omnipotente; te arrebataron la corona; mas no el mar; del mar aún eres reina; tu cetro es un tridente. El mar, un día de tu poder esclavo, te llama, cual dos portones abriéndose Suez y Panamá: cada uno con una India riente te invita, con Asia, las Américas, la tierra y el océano. No te arrebataron el mar, ni el llano ni la montaña que se levanta a tu espalda como un manto, ni ese cielo que un día fuera mi tienda de campaña, ni ese sol que un día fuera faro de mi nave; ni el genio, esa estrella que te guía, ni esas alas, la industria y el arte, prendas de un bello porvenir, ni ese dulce aroma de caridad que exhalas, ni esa fe... ¡y un pueblo que cree no puede morir! Aún tiene tu cielo todas sus fl0res diamantinas; sus héroes tiene la patria, sus liras el amor; aún Clemencia Isaura rosas y englantinas da cada primavera como presente al trovador. Tu espléndido presente de nuevos tiempos es aurora; soñando hojea el libro del pasado; trabaja, piensa, lucha, mas cree, aguarda y reza. Quien levanta o hunde los pueblos es Dios, que los creó. Versión de José Batlló
2.
A mi Dios
A mi Dios
Confitebor tibi in cithara, Deus,
Deus meus (Salmo XLII)
Por derramarme sobre la frente rosadas perlas
se mecen el pino y el madroño,
por mí trinan tórtolas y mirlos,
mas yo canto por vos.
Por vos que el canto pusisteis en mis labios,
la cítara en mis dedos,
y en mi vacío corazón la dulce fe de los abuelos
que el espíritu ensancha.
Llenarémelo de amor para dároslo,
lo veréis entero aquí;
harémelo huerto florecido para coronaros;
¿queréis más de mí?
¿Queréis que con vuestra Cruz haga la guerra,
la guerra del amor?
¿Que descalzo recorra toda la tierra,
buscándoos amadores?
¿Queréis gota a gota la sangre de mis venas?
¡A chorros os la daré!
¿Mis miembros uno a uno, más entretelas?
¡Todo yo me lo arrancaré!
Mis pensamientos, afectos y memoria
quitádmelos si queréis;
¿queréis que renuncie hasta a la Gloria?
¡Señor, no me la deis!
Mas, ay, no queráis tanto, dulcísimo Jesús;
de quien os ha sido traidor ,
cual un amable hijo amadisimo,
quered tan sólo el amor .
Quered que ensaye aquí los trinos
del ave del paraíso,
para hacéroslos luego más regalados
con sistro de oro feliz.
Quered que deje las mundanas rosas
por las de eterno aroma,
que ponga los pies sobre todas las cosas,
y a Vos sobre mi corazón.
Al Rey del cielo que a todos nos invita,
¿quién el corazón le negará?
A un Dios que ama con ese amor sin medida,
¿quién no lo querrá?
¡Quién fuese aire de abril, del llano y de la sierra
para juntaros el incienso!
¡Quién fuese torrente, para inundar la tierra
con vuestro amor inmenso!
Oh, si se pudiese en vuestro fuego arder,
no se diluiría tanto,
ni serían las grandezas polvo y ceniza
que el aire va aventando.
A vuestro aliento que omnipotente la lleva
latiría como un corazón,
ahriendo del vuestro a cada poco la puerta
sus latidos de amor.
Su dulce perfume, al subir a las nubes,
deshecho llovería como miel,
y el morir tan sólo sería volar
de un cielo a otro cielo.
Mas, ay, la tierra al canto de vuestra gloria
aún no se despierta, no;
pero cantemos; el idilio que aquí moría
ya halla en el cielo resonancia.
La cigarra en verano, ¡pobre cigarra!,
se afana cantando,
y yerta y colgada en los romeros de un ala
suele en invierno brillar.
Así, al ver alguien mi fosa cavada
no lejos de mi cuna,
dirá: «¡Pobre cigarra enamorada,
murió cantando al Sol!»
Versión de José Batlló
3.
Don Jaime en San Jerónimo
Don Jaime en San Jerónimo
Por ver bien a Cataluña, Jaime primero de Aragón sube al pico de San Jerónimo a la salida del sol: ¡qué pedestal para la estatua! ¡Para el gigante, qué mirador! Las águilas que anidaban en la cumbre la hacen sitio; sólo el cielo miraban ellas, él mira a la tierra también; ¡qué grande y hermosa le parece, amada de su corazón! En su cielo tiene pájaros y ángeles, en sus campos flores y verdor, en sus cuadrillas la alegría, en sus familias, amor, guerreros en sus murallas, veleros en sus puertos, naves de paz y de guerra ansiosas de emprender el vuelo. Las olas besan sus plantas, la estrella besa su frente bajo un cielo de alas inmensas que es su real pabellón. En su trono de montañas tiene el Pirineo por refugio, por almohada verdes bosques, por alfombra prados de flores por donde juegan y se deslizan torrentes y arroyuelos, como por un campo de esmeraldas anguilas de plata y oro. Del Llobregat ve las orillas, las vegas del Besos que conoce por las arboledas como las rosas por el olor. Las villas a su alrededor parecen rebaños de corderos que, abrevando al atardecer, aguardan la luz del nuevo día. Llena le habla de Lérida que el granero de Roma fue; Albiol, de Tarragona, tan antigua como el mundo; Puigmal, de las dos Cerdañas, como dos canastos de flores; Montseny, de Vic y Gerona; Albera, del Rosellón; Cardona, de sus salinas; Urgel, de sus mieses de oro; Montjulc, de Barcelona, a la que ama por encima de todo. Mirando a Cataluña se siente tomado el corazón. «¿Qué puedo hacer por mi amada?» se repite lleno de amor, «si del cielo desea una estrella, desde aquí se la alcanzo yo». «No desea una estrella del cielo», le responde una dulce voz, «la más bella que existía le fue colocada en la frente. Devolvedle a dos hermanas que tomó el moro traidor, una yendo a coger perlas junto al mar de Montgó, la otra nadando entre cisnes cerca de donde volaba el buitre». Volvió los ojos hacia Mallorca, como un palomo la divisó, nadando entre cielo yagua, vestida con un rayo de sol; a Valencia no la avistó, mas sí los alcores que del huerto de la sultana son muralla y mirador. Desenvaina la espada y levanta el trueno de su voz: «¿Hermanas de Cataluña y aún llevan el yugo? Rey moro que las tomaste, a mis rodillas quiero verte.» Si los moros lo avistasen, las dejarían por miedo, como dejaron a Cataluña cuando, de Otger entre los leones, Rolando les lanzó una maza desde la cumbre del Canigó. Cuando vuelve los ojos a la sierra, busca a quien le respondió: en la ermita más alta tiene la Virgen un altar de oro, nadie hay en la capilla y ella tiene el labio abierto. Poniendo a sus pies la espada, cae en tierra de rodillas: «A rescatar las cautivas, María, conducidme vos: A mi pecho daréis coraje, a mi brazo, fuerza y brío, y si al subir a la sierra me llamaban rey hermoso, cuando vuelva a visitaros ¡me llamarán el Conquistador!» Versión de José Batlló
4.
El canto materno
El canto materno
Postrado el padre en miserable lecho está por espantosa y cruel dolencia; cercano halla el final de su existencia y sollozos exhala de su pecho. Piensa que, bajo el hoy paterno techo, mañana su familia, en la indigencia, por siempre llorará su eterna ausencia, de duelo horrible el corazón deshecho. Allí, mientras se queja el infelice, la dulce esposa canta, y él le dice: -¿Cómo cantas, mujer, mientras me aflijo? Muestra el niño que tiene entre los brazos, y dice -con el alma hecha pedazos:- -Canto... porque no llore nuestro hijo. Versión de Ots y Lleó
Versos y pensamientos de Jacinto Verdaguer
4 citas« Confitebor tibi in cithara, Deus, / Deus meus (Salmo XLII) »
« Por ver bien a Cataluña, / Jaime primero de Aragón »
« Postrado el padre en miserable lecho / está por espantosa y cruel dolencia; »
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