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Irene Sánchez Carrón · Al final
Biografía y amplia selección de poemas de Irene Sánchez Carrón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Irene Sánchez Carrón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
"Los ojos ven, el corazón presiente."
Octavio Paz
Que pocas cosas duelen. Digamos, por ejemplo,
que se puede no amar de repente y no duele.
Duele el amor si pasa
hirviendo por las venas.
Duele la
soledad,
latigazo de hielo.
El desamor no duele. Es visita esperada.
No duele el desencanto.
Es tan sólo algo incómodo.
Somos así, mortales
irremediablemente,
sin duda acostumbrados
a que todo termine.
De "Porque no somos dioses" 1998
Mientras duermes te miro. Me recuerdas el frío de las fuentes en los labios, el prado debajo de la espalda, la indescifrable danza de las nubes, el dulce sabor de diminutos dedos en la masa, la tierra en las uñas, los pies mojados en los charcos, los bolsillos repletos. Contigo junto a mí los días recobran la suave textura de la cera y repiten mil veces el amanecer. Contigo junto a mí veo pasar de largo la tristeza. De "Escenas principales de un actor secundario" 2000
Diem para un
amante indeciso
Tómame ahora que aún es temprano
Juana de Ibarbourou
No entiendo tus palabras
ni los goces que ofreces
siempre para más tarde,
siempre un poco más lejos,
como una cena fría
tras el castigo impuesto.
Sólo sé dar razón de aquí,
de este momento,
de tus labios frutales
saliendo del invierno,
de mis manos hambrientas
rebuscando en el fuego,
del sabor de tu espalda
cuando empieza el deshielo.
Gocemos todo aquí,
si puede ser ahora,
lo presente y concreto,
lo seguro y lo cierto,
los placeres del alma
con el cuerpo.
No entiendo tu lenguaje
de promesas al viento.
Sólo quiero saber:
¿te quedarás más tiempo?
De "Ningún mensaje
nuevo" Editorial Hiperión 2008
senectute Cuando yo era muy niña las viejas se peinaban como diosas. Me gustaba acercarme y contemplar el sencillo ritual de cada día: las viejas, sentadas a la puerta, esperaban tranquilas a sus hijas que llegaban alegres, bulliciosas, a deshacer el moño del día anterior. Con la mirada absorta de la infancia, observaba caer los escasos cabellos sobre los hombros secos y la espalda abatida. Las viejas elevaban hacia el cielo su rostro con los ojos cerrados y no podía yo quitar mis ojos de la piel transparente de sus sienes, de la azulada red de duras venas, de los largos mechones apagados. Así avanzaba otro día, se tejían las trenzas con esmero, se trataban asuntos de mujeres, a veces susurrados, a veces relatados con viveza, mientras peinas y horquillas flotaban en la blanca palangana. Cuando yo era muy niña las viejas iban siempre de negro y vivían cara al sol en silencio y con los ojos cerrados, y se peinaban como si fueran diosas. Pero aquel elegante recogido que tanto me gustaba acababa cubierto por un pañuelo negro, un día más, oculto. un día más, perfecto. De "Ningún mensaje nuevo" Editorial Hiperión 2008
La costumbre me trae hasta tu cuerpo o la necesidad de los planetas. Esa costumbre ciega de semilla, la que hace descender por las gargantas el agua ciegamente, la que guía a las aves migratorias año tras año por la misma ruta, la que impulsa en algún lugar remoto esta brisa que ahora desordena tu pelo. Y sonríes, con costumbres de sol en su sistema.
Tengo miedo. Jugábamos al escondite. Yo me ocultaba y tú me perseguías. Pasaron largas horas y tú no me encontrabas. Pasó la primavera, se esfumaron los largos días de verano y vino el otoño con su crujir de madera seca y vino el invierno con su dolor de corazón sepultado en la nieve. Te espero en mi rincón y tengo miedo.
(Estudio de escritor. Mesa de gran tamaño. Estanterías llenas de libros. Puerta al fondo entreabierta. El personaje camina de un lado a otro del escenario.) Que alguien recomponga los jarrones rebosantes de rosas. Necesito más luz sobre el brazo desnudo que ahora escribe. Los libros, que se vean desde todos los ángulos. Unas hojas tiradas por el suelo pueden crear ambiente. Si es posible, que caiga por completo la noche. Una luna entre nubes podría sugerir un halo de misterio. En la calle que parezca que la lluvia ha caído. Ella entrará por la puerta del fondo. Traerá el cabello húmedo -podría haber un fuego donde secarlo lenta, muy lentamente-. No hablará. No hablaré. El silencio es lo más apropiado. No elevaré los ojos para verla hasta pasado un rato. Ella irá hacia las rosas con aire ensimismado y mirará la luna caminar por mi cielo. Necesito más luz sobre mi mano. Necesito más luz sobre las rosas y un fuego y una luna y un cielo antes de que ella llegue. Y que haya llovido.
"Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina."
J. L. Borges
Todo se ha ido borrando tiempo adentro
y he
vuelto al sur inmóvil de la siesta.
Tú tal vez dormirás en la penumbra
de altos techos de cal. Te
estoy buscando
entre el calor sin horas de la tarde
mientras muere
de sed la vieja fuente
y vomitan geranios los balcones.
Vine porque las noches se llenaban
de un sol loco vertido por
las calles.
Vine porque volví a escuchar los cascos
de caballos sin rumbo por
el pecho.
Todo se ha ido borrando tiempo adentro.
Vine para morir.
Llamo a tu puerta.
En otoño era fácil darnos a la emoción de deambular sin rumbo y disfrutar pisando las hojas en los parques. Fue antes de que supiéramos que sólo caen las hojas secas, envejecidas, amarillas y muertas, como marchitas páginas. Si fuésemos capaces aquí, en este momento, de sujetar las riendas y frenar el galope, sin querer llegar nunca, acariciando el suelo, el aire acariciándonos, sin saber hacia dónde, sin pensar en el cuándo, sin final ni principio, y en un girar continuo de palabras al viento, cerrar todos los libros, quedarnos detenidos, tender el alma al sol tenue de los recuerdos que alguna vez quemaron los labios y los ojos, y que ya sólo son desorden de papeles.
Mantén, camino, tú, la esperanza.
Van cayendo los días
en
las secas cunetas de mis años,
pasan las estaciones,
otros son los
viajeros que hoy marchan a mi lado,
ha caído algún árbol que estuvo
antes erguido
y las aves que perdieron el rumbo
vuelan ya de
regreso.
Manténte tú, camino,
con cansancio y con sed, con hambre y con
deseo,
y dame tus placeres,
tu empinada hermosura hacia el ocaso.
De "Atracciones de feria" 2002
Duermo bajo tu luz y me despierta un eco de latidos que viene de muy lejos. Dejo caer mis dedos por el caudal crecido de tu inmóvil cabello y acaricio tu rostro, tus mejillas, tus labios, con mis ojos cerrados, en lo oscuro, despacio, voy a tientas, recorro la nieve antes no hollada de tu carne. Quiero sellar las grietas que el tiempo helado forma y cerrarte los ojos sobre sueños y tenerte por siempre en mi hermosa mentira. Quiero habitar tus brazos que sólo viste el aire y entrar al cielo inmóvil de tu alma y ver mi soledad reflejada en tu pecho. Bajo mis manos eres la luz del primer día.
"Eres libre" -dijiste. Yo te miré en silencio con la expresión absurda de esas viejas muñecas que se pierden un día tras haberse arrastrado por todos los caminos sin rumbo de la infancia. "Puedes ir donde quieras" -dijiste. Y de repente encogieron los mapas, no hubo puertas abiertas, una goma invisible borró todas las calles y entonces fue el dolor un camino sin tierra y sin orillas.
Soñaba el corazón… ¡Oh sueños de la escuela! Concha Méndez Calles estrechas, balón, cristales rotos, la rodilla escociendo sobre el suelo, última fila en clase, solitarias vocales buscando consonantes, los números en serie bajo las uñas sucias y un nombre escrito en todos los cuadernos, en todas las paredes, sobre tu propio aliento en el espejo, tu mano en el alféizar alimenta a los pájaros mientras repites que España limita al norte con el mar Cantábrico y alguien te clava espigas en el jersey de lana. De "Ningún mensaje nuevo" Editorial Hiperión 2008
No pudrirse: imposible deseo de las frutas. No pararse: ambición y condena de las fuentes. Los pastos van cerrando el camino sin nombre del collado por el que tú volvías. Conozco bien las piedras desde donde tus ojos oteaban los tesoros del valle. Subo la cuesta y nadie va delante. Bajo y tu sombra no me sigue los pasos. Mi corazón se ha vuelto charco turbio de lluvia donde tiembla tu rostro.
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