Biografía

Vida

Poemas de Guillermo Valencia deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Guillermo Valencia

Modernismo hispanoamericano (1873–1943)

Modernismo hispanoamericano · Sonoridad parnasiana, pulcritud marmórea y clásica solemnidad

Lírica y Versos

Poemas de Guillermo Valencia

7 poemas seleccionados
1.

Osefina

A la memoria de Josefina


		1

		De 
		lo que fue un amor, una dulzura
sin par, hecha de ensueño y de 
		alegría,
sólo ha quedado la ceniza fría
que retiene esta pálida 
		envoltura.

		
La orquídea de fantástica hermosura,
la mariposa en su policromía

		rindieron su fragancia y gallardía
al hado que fijó mi desventura.

		
Sobre el olvido mi recuerdo impera;
de su sepulcro mi dolor la 
		arranca;
mi fe la cita, mi pasión la espera,

		
y la vuelvo a la luz, con esa franca
sonrisa matinal de 
		primavera:
¡Noble, modesta, cariñosa y blanca!


		2

		Que te amé sin rival, tú lo supiste

		y lo sabe el Señor; nunca se liga

		la errátil hiedra a la floresta amiga

		como se unió tu ser a mi alma triste.


		En 
		mi memoria tu vivir persiste

		con el dulce rumor de una cantiga,

		y la nostalgia de tu amor mitiga

		mi duelo, que al olvido se resiste.


		
		Diáfano manantial que no se agota,

		vives en mí, y a mi aridez austera

		tu frescura se mezcla gota a gota.


		Tú 
		fuiste a mi desierto la palmera,

		a mi piélago amargo, la gaviota,

		¡y  sólo morirás cuando yo muera!
2.

Anarkos

De todo lo escrito amo solamente lo que 

                                           
		el hombre escribió con su propia sangre.

                                              
		Escribe con sangre y aprenderás que la 

                                                                                                 
		sangre es espíritu.

                                                                                               
		Federico Nietzsche.

		

		En el umbral de la polvosa puerta

		sucia la piel y el cuerpo entumecido,

		he visto, al rayo de una luz incierta,

		un perro melancólico, dormido.

		¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre

		cual un espino sus entrañas hinca

		o le finge los pasos de una liebre

		que ante sus ojos descuidada brinca.

		Y cuando el alba sobre el Orbe mudo

		como un ave de luz se despereza,

		ese perro nostálgico y lanudo

		sacude soñoliento la cabeza

		y se echa a andar por la fragosa vía,

		con su ceño de inválido mendigo,

		mientras mueren las ráfagas del día

		para tornar a su fangoso abrigo.

		Hundido en la cloaca

		la agita con sus manos temblorosas,

		y de esa tumba miserable, saca

		tiras de piel, cadáveres de cosas.

		Entretanto, felices compañeros

		sobre la falda azul de las princesas

		y en las manos de nobles caballeros

		comparten el deleite de las mesas;

		ciñen collares de valioso broche,

		y en las gélidas horas de la noche

		tienen calor, en tanto que el proscrito

		que va sin dueño entre el humano enjambre,

		tropieza con el tósigo maldito

		creyendo ahogar el hambre,

		y en las hondas fatigas del veneno

		echado sobre el polvo se estremece,

		fatídico temblor le turba el seno,

		y con el ojo tímido, saltado,

		sobre la tierra sin piedad, fallece.

		Todos vuelven la faz, nadie le toca:

		al bardo sólo que a su lado pasa,

		atedia la frescura de su boca

		"donde nítidos dientes

		se enfilan como perlas refulgentes"...

		

		Mísero can, hermano

		de los parias, tú inicias la cadena

		de los que pisan el erial humano

		roídos por el cáncer de su pena;

		es su cansancio igual a tu fatiga;

		como tú se acurrucan en los quicios

		o piden paz, sin una mano amiga,

		al silencio de oscuros precipicios.

		Son los siervos del pan: fecunda horda

		que llena el mundo de vencidos. Llama

		ávida de lamer. Tormenta sorda

		que sobre el Orbe enloquecido brama.

		Y son sus hijos pálidas legiones

		de espectros que en la noche de sus cuevas,

		al ritmo de sus tristes corazones

		viven soñando con auroras nuevas

		de un sol de amor en mística alborada,

		y, sin que llegue la mentida crisis,

		en medio de su mísera nidada

		¡los degüellan las ráfagas de tisis!

		

		Los mudos socavones de las minas

		se tragan en falanges los obreros

		que, suspendidos sobre abismo loco,

		semejan golondrinas

		posadas en fantásticos aleros.

		Con luz fosforescente de cocuyos,

		trémula y amarilla,

		perfora oscuridad su lamparilla;

		sobre vertiginosos voladeros

		acometen olímpicos trabajos,

		y en tintas de carbón ennegrecidos,

		se clavan en los fríos agujeros,

		como un pueblo infeliz de escarabajos

		a taladrar los árboles podridos.

		Sus manos desgarradas

		vierten sangre; sarcástica retumba

		la voz en la recóndita huronera:

		allí fue su vivir; allí su tumba

		les abrirá la bárbara cantera

		que inmóvil, dura, sus alientos gasta,

		o frenética y ciega y bruta y sorda

		con sus olas de piedra los aplasta.

		

		El minero jadeante

		mira saltar la chispa de diamante

		que años después envidiará su hija,

		cuando triste y hambrienta y haraposa,

		la mejilla más blanca que una rosa

		blanca, y el ojo con azul ojera,

		se pare a remirarla, codiciosa,

		al través de una diáfana vidriera,

		do mágicos joyeles

		en rubias sedas y olorosas pieles

		fulgen: piedras de trémulos cambiantes,

		ligadas por artistas

		en cintillos: rubíes y amatistas,

		zafiros y brillantes,

		la perla oscura y el topacio gualda,

		y en su mórbido estuche de rojizo peluche,

		como vivo retoño, la esmeralda.

		La joven, pensativa,

		sus ojos clava, de un azul intenso,

		en las joyas, cautiva

		de algo que duerme entre el tesoro inmenso

		no es la codicia sórdida que labra

		el pecho de los viles:

		es que la dicen mística palabra

		las gemas que tallaron los buriles:

		ellas proclaman la fatiga ignota

		de los mineros; acosada estirpe

		que sobre recio pedernal se agota,

		destrozada la faz, el alma rota,

		sin un caudillo que su mal extirpe:

		

		El diamante es el lloro

		de la raza minera

		en los antros más hondos de la hullera:

		

		¡loor a los valientes campeones

		que vertieron sus lágrimas

		entre los socavones!

		

		Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,

		tiñeron el filón con el desangre

		que hurtó la vida a sus hinchadas venas:

		

		¡loor a los valientes campeones

		que perdieron sus vidas

		entre los socavones!

		

		El zafiro recuerda

		a los trabajadores de las simas

		el último jirón de cielo puro

		que vieron al mecerse de la cuerda

		que los bajaba al laberinto oscuro:

		

		¡loor a los sepultos campeones

		que no verán ya el cielo

		entre los socavones!

		

		Y el topacio de tinte amarillento

		es recóndita ira

		y concreciones de dolor; lamento

		que entre el callado boquerón expira;

		

		¡ loor a los cautivos campeones

		que como fieras rugen

		entre los socavones!

		

		La joven pordiosera

		huyó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

		

		¿Que formidable vocerío

		pasa volando por el azul esfera,

		con el lejano murmurar de un río?

		Es una turba de profetas. Vienen

		al aire desplegando los pendones

		color de cielo; sus cabezas tienen

		profusas cabelleras de leones.

		En sus labios marchitos se adivina

		el himno, la oración y la blasfemia;

		llama febril sus ojos ilumina

		de sacros resplandores;

		pálidos como el rostro de la Anemia,

		llegaron ya: son los conquistadores

		del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!

		Ebrios todos de un vino luminoso

		que no beben los bárbaros, y envueltos

		en andrajos, son almas de coloso,

		que treparán a la impasible altura

		donde afilan sus hojas los laureles

		conque ciñes de olímpica verdura

		en tu vasto proscenio

		a los ungidos de tu Crisma, ¡oh Genio!

		Aquel muestra su aljaba

		de combate, repleta de pinceles;

		el otro vibra, como ruda clava,

		un cuadrado amartillo y dos cinceles;

		se interrogan, se dicen sus proyectos

		de obras que dejarán eternos rasgos;

		aunque sean insectos,

		el mármol y el pincel los harán astros.

		Un escultor ofrece

		pulir la piedra como fino encaje

		para velar un seno que florece

		bajo la tenue morbidez del traje;

		aquése de fosfórica pupila,

		que las del gato iguala,

		discurre solo en actitud tranquila

		con el azul cuaderno bajo el ala,

		y el bardo decadente,

		el bardo mártir que suscita mofas,

		levantará la frente,

		alto nido de férvidas estrofas,

		y de sus labios, que el reír no alegra,

		brotará el pensamiento

		como un águila negra,

		con las alas enormes

		desplegadas al viento,

		para cantar la Venus Victoriosa

		cuya violenta juventud encarne

		el espíritu alegre de la diosa

		en las melancolías de la carne.

		

		El músico, doblando la cabeza

		sobre la débil caja

		de su violín sonoro,

		dice la voz que de los cielos baja

		como un perfume del jardín de oro,

		y, agarrando del cuello enflaquecido

		al tísico instrumento,

		lo hace gritar con trágico alarido;

		y con ahogados trémolos simula

		el sollozo de un mártir que se queja

		bajo el negro dogal que lo estrangula:

		y sobre todos flota,

		como un sueño de amor en la noche larga,

		la paz del arte que su duelo embota

		y su llagado corazón embarga.

		

		Desventurada tribu

		de miserables, vuestro ensueño vano

		vuela solo entre sombras como vuelan

		las grullas en las noches de verano.

		Esa lumbre asesina de los focos

		que doran las soberbias capitales,

		arderá vuestras frentes inmortales

		y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos!

		Sin pan, ni amor, ni gruta

		donde dormir vuestras febriles horas,

		sucumbís a la bárbara cadena,

		sin más visión que la chafada ruta

		que os empuja a los légamos del Sena...

		¡Canes, minero, artistas,

		el árido recinto que os encierra

		consume vuestros míseros despojos;

		y en el agrio Sahara de la tierra

		sólo hallasteis el agua ... de los ojos!

		Huíd como una banda tenebrosa

		de pájaros nocturnos que entre ramas

		hienden la oscuridad sin voz ni huella;

		morid: ¡para vosotros

		no se despierta el día

		ni se columpia en el Zenit la estrella

		que llamaron los hombres Alegría!

		Cuan lejos de vosotros se levanta,

		sobre columnas de marfil bruñido,

		la ciudad de los Amos, donde canta

		su canto de ventura

		el gozo entre las almas escondido.

		Allí todos olvidan

		vuestra angustia. Los árboles no dejan

		-de silencio cargados y de flores-

		llegar, de los vencidos que se quejan,

		el treno funeral de sus dolores;

		allí, cual un torrente

		que dé sus ondas a dormidas charcas,

		resbala fríamente

		con ruido sonoro

		el oro, a los abismos de las arcas.

		Allí las sedas crujen

		como crujen las carnes sacudidas

		por las fieras: son fieras que no rugen

		los seres sin piedad. Ved como pasa

		sobre el marmóreo suelo,

		con su capa de pieles la hembra dura

		cual un oso gigante sobre hielo.

		¿Por qué se abren sus ojos

		desmesuradamente?

		¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos

		el astro de la sangre por Oriente.

		Bajo el odio del viento y de la lluvia

		por la frígida estepa se adelantan

		los domadores de la Bestia rubia:

		ya los perros sarnosos

		se tornaron chacales. De ira ciego

		el minero de ayer se precipita

		sobre los tronos. Un airado fuego

		entre sus manos trémulas palpita,

		y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,

		¡ruge la tempestad de dinamita!

		¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,

		con reverberaciones de locura,

		evoca ruinas y predice males:

		parecen tigres de la Selva oscura

		con nostalgias de víctima y juncales.

		El furioso caer de sus piquetas

		en trizas torna la vetusta arcada

		que erigieron al Bien nuestros mayores;

		y por la red de las enormes grietas

		va filtrando, con tintes de alborada,

		un sol de juventud sus resplandores.

		

		Aquél un arma ruda

		pide, que parta huesos y que exprima

		el verbo de la cólera; filuda

		por el trabajo, recogió su lima

		de fatigado obrero,

		y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda

		cayó la Emperatriz como un cordero!

		

		Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,

		vuestro valor ante la muerte espanta;

		negros emperadores del cuchillo,

		que rendís la garganta

		como débil mendrugo

		a las ávidas fauces del verdugo;

		de duques y barones

		no circundó plegada muselina

		vuestros cuellos. Allí donde culmina

		el dorado listón de los toisones

		os dio la guillotina

		su mordisco glacial: vendimiadora

		que la tez y las almas descolora.

		

		Aún parece vibrar en mis oídos

		la voz de Emile Henry: ya bajo el hacha

		iba la a rodar su juvenil cabeza,

		como la flor al soplo de la racha,

		y exclamó: "Germinal",

                                                             
		y de su herida

		corrió una fuente de licor sagrado

		que bautizó la historia dolorida

		de los siervos, con óleo ensangrentado.

		Y ese fue dulce al comenzar; renuevo

		de razas de alto nombre.

		¿Quién me dirá si un huevo

		son de torcaz o víbora? La mente

		no sabe leer lo que en el tiempo asoma:

		el hombre, como el huevo,

		en nidos de dolor será serpiente,

		¡en nidos de piedad será paloma!

		

		Por dondequiera que mi ser camine

		Anarkos va, que todo lo deslustra;

		¡un rito secular que no decline

		ante el puño brutal de Bakunine,

		y el heraldo feroz de Zarathustra!

		

		No puede ser que vivan en la arena

		los hombres como púgiles; la vida

		es una fuente para todos llena;

		id a beber, esclavos sin cadena;

		potentado, ¡tu siervo te convida!

		¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula

		de la miseria se resisten fieros,

		y con brazo de adustos domadores

		y el ojo sin ternura, ¡los enjaula

		la codicia sin fin de los señores!

		

		¿Quién los conciliará? Tibios reflejos

		de una luz paternal y vespertina

		visten de claridad el linde vago:

		es que el Patriarca de los Ritos viejos,

		de sapiencia cubierto, se avecina,

		con la nerviosa palidez de un mago.

		Es flaco y débil: su figura finge

		lo espiritual; el cuerpo es una rama

		donde canta su espíritu de Esfinge;

		y su sangre, la llama

		que los miembros cansados transparenta;

		de su nariz el lóbulo movible

		aspira lo invisible,

		son sus patricias manos una garra

		febril y amarillenta

		es de los griegos la gentil cigarra

		¡que con mirar el éter se alimenta!

		Impalpable se irgue -melancólico espectro-

		y de la cuerda blanca

		a su místico plectro

		la melodía arranca.

		Impalpable se irgue;

		hay algo de felino

		en su trémula marcha,

		hay mucho de divino

		en la nítida escarcha

		que su cabeza orea.

		Cruza sin otras galas

		que la túnica nívea

		que semeja las alas

		rotas de un genio de celeste coro,

		y sobre el pecho una

		cruz de pálido oro.

		Alza el brazo. La Europa

		lo aguarda como a antiguo caballero,

		debajo de una bóveda de acero;

		calla sus labios la soberbia tropa

		de esclavos y señores:

		el Pontífice augusto

		trae el bálsamo santo que redime,

		y calma la batalla de panteras;

		revalúa lo justo;

		ya va a decir el símbolo sublime ...

		y de sus labios tiernos

		salió, como relámpago imprevisto,

		a impulso de los hálitos eternos

		esta sola palabra: 
		"Jesucristo."
3.

Ella

Sumida entre la lóbrega cantera
de mi cerebro calcinado, pura
como 
		el diamante en el carbón, fulgura
su faz como la vi por vez primera.


		Y, 
		cual rendido lapidario, espera
mi amor, ciña la humilde vestidura

		en que hoy envuelvo su ideal figura
de artista, de mujer y de 
		hechicera.


		Si 
		algo palpita en mi Poema, gota
de agua en el arenal, si deja huella

		o consigue ligar un alma rota;


		si 
		desgarra las sombras la centella
de un verso -luz que en el olvido 
		flota,
es su lejana irradiación: ¡es Ella!
4.

En

un álbum


		Hay Damas que 
		nacieron para mostrarse un día
ceñidas en coronas de lírico florón;

		para vivir tus sueños, gentil Caballería,
en brazos de un mancebo de 
		golas y toisón:


		Nacieron bajo 
		el astro de la Galantería
a perfumar un siglo, como la Maintenon,

		o ennoblecer su tribu con la raza bravía
que mancha de cien águilas 
		el oro de un blasón.


		Hay manos que 
		pudieran regir con áureas bridas
el cisne que conduce las almas 
		elegidas,
¡por lagos perezosos, a olímpico País!


		Hay dedos que 
		transforman cuanto palpan sus yemas:
en gemas los guijarros, las 
		prosas en poemas,
¡y la flor de los trivios en heráldico Lis!
5.

Esfinge

A.M.G.


		
		Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña,
desde tu boca, donde 
		la pasión se adivina
que empurpura los pétalos de esa rosa felina,

		hasta la rubia movilidad de tu pestaña.


		
		Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña
como un hechizo, y en tu 
		plática divina
por un campo de flores la falacia camina
fríamente 
		cual una ponzoñosa alimaña. (1)

		
Con tu rostro de mártir eres una venganza.
Tus manecitas 
		estrangularon mi esperanza,
y es tu flor un eufobio semioculto entre 
		tules.


		Tu 
		lámpara alimentan alas de mariposa,
arda en ella este verso que me 
		inspiró tu prosa:
¡eres una mentira con los ojos azules!


		(1) 
		Reminiscencias de Góngora. -N.del A.
6.

Hay

un instante del crepúsculo...


		
		Hay un instante del crepúsculo
en que las cosas brillan más,
fugaz 
		momento palpitante
de una morosa intensidad.

		
Se aterciopelan los ramajes,
pulen las torres su perfil,

		burila un ave su silueta
sobre el plafondo de zafir.

		
Muda la tarde, se concentra
para el olvido de la luz,
y la 
		penetra un don süave
de melancólica quietud,

		
como si el orbe recogiese
todo su bien y su beldad,
toda su 
		fe, toda su gracia
contra la sombra que vendrá...

		
Mi ser florece en esa hora
de misterioso florecer;
llevo un 
		crepúsculo en el alma,
de ensoñadora placidez;

		
en él revientan los renuevos
de la ilusión primaveral,
y en él 
		me embriago con aromas
de algún jardín que hay ¡más allá!...
7.

As dos cabezas

Las 
		dos cabezas


		
		                                                    
		Omnis plaga tristitia cordis est et
                                                     
		omnis malitia, nequitia mulieris.
                                                                                                  
		El Eclesiástico


		I

		Judith y Holofernes
                                                                                                   
		

		Tesis

		
Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso
de la hebrea se 
		mueven bajo el ritmo sonoro
de las ajorcas rubias y los cintillos de 
		oro,
vivaces como estrellas sobre la tez de raso.

		
Su boca, dos jacintos en indecible vaso,
da la sutil esencia de 
		la voz. Un tesoro
de miel hincha la pulpa de sus carnes. El lloro

		no dio nunca a esa faz languideces de ocaso.

		
Yacente sobre un lecho de sándalo, el Asirio
reposa fatigado, 
		melancólico cirio
los objetos alarga y proyecta en la alfombra...

		
Y ella, mientras reposa la bélica falange
muda, impasible, sola, 
		y escondido el alfanje,
para el trágico golpe se recata en la sombra.

		
* * *

Y ágil tigre que salta de tupida maleza,
se lanzó la 
		israelita sobre el héroe dormido,
y de doble mandoble, sin robarle un 
		gemido,
del atlético tronco desgajó la cabeza.

		
Como de ánforas rotas, con urgida presteza,
desbordó en oleadas 
		el carmín encendido,
y de un lago de púrpura y de sueño y de olvido,

		recogió la homicida la pujante cabeza.
En el ojo apagado, las 
		mejillas y el cuello,
de la barba, en sortijas, al ungido cabello

		se apiñaban las sombras en siniestro derroche

		
sobre el lívido tajo de color de granada...
y fingía la negra 
		cabeza destroncada
una lúbrica rosa del jardín de la noche.

		
* * *

II

		Salomé y Joakanann


		
		Antítesis

		
Con un aire maligno de mujer y serpiente,
cruza en rápidos giros 
		Salomé la gitana
al compás de los crótalos. De su carne lozana

		vuela equívoco aroma que satura el ambiente.

		
Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente:
las que prenden 
		hogueras en la sangre liviana
y a las plantas deshojan de la déspota 
		humana
o la flor de la vida, o la flor de la mente.

		
Inyectados los ojos, con la faz amarilla,
el caduco Tetrarca se 
		lanzó de su silla
tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato:

		
«Por la miel de tus besos te daré Tiberiades» ,
y ella dícele: 
		«En cambio de tus muertas ciudades,
dame a ver la cabeza del Esenio 
		en un plato» .

		
* * *

Como viento que cierra con raquítico arbusto,
en el 
		viejo magnate la pasión se desata,
y al guiñar de los ojos, el 
		esclavo que mata
apercibe el acero con su brazo robusto.

		
Y hubo grave silencio cuando el cuello del Justo,
suelto en 
		cálido arroyo de fugaz escarlata,
ofrecieron a Antipas en el plato de 
		plata
que él tendió a la sirena con medroso disgusto.

		
Una lumbre que viene de lejano infinito
da a las sienes del 
		mártir y a su labio marchito
la blancura llorosa de cansado lucero.

		
Y -del mar de la muerte melancólica espuma-
la cabeza sin sangre 
		del esenio se esfuma
en las nubes de mirra de sutil pebetero.

		

III
La palabra de 
		Dios


		
		Síntesis

		
Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino
( el espíritu y carne de la 
		bíblica ciencia ),
con la risa en los labios me explicó la sentencia

		que soltó la Paloma sobre el Texto divino.

		
«Nunca pruebes , me dijo, del licor femenino,
que es licor de 
		mandrágoras y destila demencia;
si lo bebes, al punto morirá tu 
		conciencia,
volarán tus canciones, errarás el camino» .

		
Y agregó: «Lo que ahora vas a oír no te asombre:
la mujer es el 
		viejo enemigo del hombre;
sus cabellos de llama son cometas de 
		espanto.

		
Ella libra la tierra del amante vicioso,
y Ella calma la angustia 
		de su sed de reposo
con el jugo que vierten las heridas del santo» .

Versos y pensamientos de Guillermo Valencia

Selección destacada
« Dos lentos camellos, elásticos, graves, de un largo desierto trasponen la arena, con paso medido de rítmicas naves que avanzan cargadas de tedio y de pena. »
Guillermo Valencia · Los camellos
« En el bosque sagrado de la mente arde una lámpara pura y encendida; callan las voces de la turba ardiente y brota el manantial de la otra vida. »
Guillermo Valencia · Canto a San Antonio
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Guillermo Valencia, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Guillermo Valencia:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: