Poesía Universal

Gonzalo Rojas

Biografía y amplia selección de poemas de Gonzalo Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Gonzalo Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Gonzalo Rojas

27 poemas seleccionados
1.

¿A qué mentirnos?

Vivimos, gran Quevedo, 
	vivimos tiempo que ni se detiene, ni 
tropieza, ni vuelve.


	¿A qué mentirnos con la 
	llama del perfume, con la noche moderna
de los cinematógrafos, antesalas 
	terrestres del sepulcro?
Pongamos desde hoy el instrumento en nuestras 
	manos.
Abramos con paciencia nuestro nido para que nadie nos arroje por 
	lástima al reposo.
Cavemos cada tarde el agujero después de haber ganado 
	nuestro pan.


	Que en esa tierra hay hueco 
	para todos: los pobres y los ricos.
Porque en la tierra hay un regalo 
	para todos:
los débiles, los fuertes, las madres, las rameras.
Caen de 
	bruces. Caen de cabeza o sentados.
Por donde más les pesa su persona, 
	todos caen y caen.
Aunque el cajón sea lustroso o de cristal. Aunque las 
	tablas
sin cepillar parezcan una cáscara rota con la semilla reventada.


	Todos caen y caen, y van 
	perdiendo el bulto en su caída,
¡hasta que son la tierra milenaria y 
	primorosa!
2.

A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Bésense en la boca, 
	lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio 
	de los pelos, largo 
		
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana 
		
perversa,
                y
áureas y serpientes ríanse 
		
del vicio en el
encantamiento flexible, total 
está lloviendo 
	peste por todas partes de una costa 
		
a otra de la Especie, torrencial 
el semen ciego en su granizo 
	mortuorio
del Este lúgubre 
		
al Oeste, a juzgar 
por el sonido y la furia del 
espectáculo.

	                   Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas 
	de alto a bajo, jueguen 
		
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, 
	diástole y sístole 
		
de un mismo espejo.
                                De ustedes

	se dirá que amaron la trizadura. 
Nadie va a hablar de belleza.
3.

Acorde

clásico

	

	Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando

	como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza

	para pasar por el latido precioso

	de la sangre, fluye, fulgura

	en el mármol de las muchachas, sube

	en la majestad de los templos, arde en el número

	aciago de las agujas, dice noviembre

	detrás de las cortinas, parpadea

	en esta página.
4.

Al silencio

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no 
	bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura

	no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se 
	hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas 
	partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y 
	no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más 
	oscuro.
5.

Asma es amor

A Hilda, mi centaura


	Más que por la A de amor 
	estoy por la A 
		
de asma, y me ahogo 
de tu no aire, ábreme 
alta mía única 
	anclada ahí, no es bueno 
		
el avión de palo en el que yaces con 
vidrio y todo en esas 
	tablas precipicias, adentro
	
de las que ya no estás, tu esbeltez 
ya no está, tus grandes 
pies 
	hermosos, tu espinazo 
		
de yegua de Faraón, y es tan difícil 
este resuello, tú 
me 
	entiendes: asma 
		
es amor.
6.

Baudeleriana

Astucias que le son y astucias que no le son
dijera Ovidio: los tacones

	le son, ojalá altos, lo bestial
visible, los pezones, no importa
lo 
	exiguo del formato, el beso
bien pintado, parisino
el aroma, azulosos

	sin exceso los párpados, sigiloso
el zarpazo drogo y longilíneo
de su 
	altivez, visionario
el fulgor, especialmente eso, visionario el fulgor.

	
Y claro, áureos los centímetros
ciento setenta del encanto
del 
	tobillo a las hebras
torrenciales del pelo. -"Piénsese
irrumpe 
	entonces a esa altura Borges con asfixia, ¿quién
sino el Aleph pudiera 
	entera esquiza y
bestia así olfatear, besarla en el hocico,
durarla, 
	perdurarla en su enigma, airearla,
mancharla por lo hondo hasta serla, al 
	galope
tendido del tedio? ¿Quién,
especialmente eso, la hartara?"

	
Especialmente nada, muchachos, ¡videntes
de otra edad! ¡Borges,

	Publio Ovidio!, nada: lo cierto
es que no hay nada, salvo
cada 28, 
	sangre
de parir y ese es el juego. De ahí vinimos viniendo los
poetas 
	malheridos aullando
mujer, gimiendo
hermosura, Eternidad
que no se 
	ve: especialmente eso, muchachos,
que no se ve.

	
París, Noviembre 2003
7.

Carbón

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

	mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho,

	lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces, 

	cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento 

	como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

	

	Es él. Está lloviendo.

	Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor

	a caballo mojado. Es Juan Antonio

	Rojas sobre un caballo atravesando un río.

	No hay novedad. La noche torrencial se derrumba

	como mina inundada, y un rayo la estremece.

	

	Madre, ya va a llegar: abramos el portón,

	dame esa luz, yo quiero recibirlo

	antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

	para que se reponga, y me estreche en un beso,

	y me clave las púas de su barba.

	

	Ahí viene el hombre, ahí viene

	embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso

	contra la explotación, muerto de hambre, allí viene

	debajo de su poncho de Castilla.

	

	Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

	de roble, que tú mismo construiste. Adelante:

	te he venido a esperar, yo soy el séptimo

	de tus hijos. No importa

	que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,

	que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,

	porque tú y ella estáis multiplicados. No

	importa que la noche nos haya sido negra

	por igual a los dos.

	-Pasa, no estés ahí

	mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.
8.

Carmen Cárminis

-Favor, dónde se fabrican por aquí versos con

	hélade y lujuria

	para que vibren transparentes?

	-Dos

	casas más allá pasado ese hueco

	donde se ve ese otro hueco de aire con

	dalias originales de entonces, ahí

	justo a la izquierda doblando

	detrás del puente

	del que no queda vestigio, ahí mismo a un metro

	hay una carpintería etrusca: de ahí

	-arterias y mármol, alta, los pies

	desnudos- salió la muchacha hace tres mil,

	que no ha muerto.

	

	Eso me lo dijo personalmente a mí Catulo en Sirmione

	el 95, Garda sul Lago.
9.

Carta del suicida

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra 
	como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople 
	el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el 
	estomago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,

	así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una 
	piedra bajo la corriente cambiante.

	
Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren 
	diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen

	Unas sobre otras hasta consumirse.

	
Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,

	Me sigue a donde voy y me sirve de hada.
10.

Carta

para volvernos a ver


	Escrita en el mar, el 
	25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec", 

	Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.


	Lo feo fue quererte, mi 
	Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler 
	amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a 
	besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y 
	confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! 
	convertido.


	Porque, vistas las cosas 
	desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de 
	lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay 
	ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor

	antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la 
	ignominia.


	Ignominia es tu sangre, 
	Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
                
	remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que 
	es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa 
	que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te 
	aparecen de golpe los pedazos de la muerte.


	No te perdono, entiéndeme, 
	porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al 
	cadáver: lo rechaza y lo arroja
      

                                                                                                             
	como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, 
	dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el 
	áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.


	Lástima de hermosura. Si 
	hoy te falta de madre justo lo que te sobra 
                         
	de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo 
	empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es 
	posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es 
	posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la 
	corriente, vuelva al coro del Ritmo.


	Tal vez el largo oleaje de 
	esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser 
	océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe 
	por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y 
	toco
tu rara desnudez terrible todavía.


	No hablemos ya de mayo ni 
	de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante 
	tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de 
	aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, 
	seguros de ser uno en el vuelo.


	No. Bajemos de ahí, mi 
	Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles 
	pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará 
	sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que 
	va a morir, mi Dios, descuartizado.


	Digamos bien las cosas. No 
	es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los 
	dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la 
	vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas 
	criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas

	raíces sigilosas del que quiso venir
a vemos, y a besamos, y a juntamos 
	en uno.


	Miro el abismo al fondo de 
	este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra 
	vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la 
	vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el 
	rayo del vidente.


	Mortal contradictorio: 
	cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.

	No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,

	              y océano,
                           y únicamente océano.
11.

Celia

1

	Y nada de lágrimas; esta mujer que cierran hoy

	en su transparencia, ésta que guardan

	en la litera ciega del muro

	de cemento, como loca encadenada

	al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin

	barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta

	es

	únicamente la

	Única

	que nos tuvo a todos en el cielo

	de su preñez.

                           
	 Alabado

	sea su vientre.

	

	2

	Y nada, nada más; que me parió y me hizo

	hombre, al séptimo parto

	de su figura de marfil

	y de fuego,

	en el rigor

	de la pobreza y la tristeza,

	y supo

	oír en el silencio de mi niñez el signo,

	el Signo

	sigiloso

	sin decirme

	nunca

	nada.

             
	Alabado

	sea su parto.


	3

	Que otros vayan por mí ahora

	que no puedo, a ponerte

	ahí los claveles

	colorados de los Rojas míos, tuyos,

                                                                         
	hoy

	trece doloroso de tu martirio,

                                                              
	los

	de mi casta que nacen al alba

	y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo

	Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan

	o no, si prefieren,

                                     
	o que oscura te dejen

	sola,

	sola con la ceniza

                                     
	de tu belleza

	que es tu resurrección, Celia

	Pizarro,

                 
	hija, nieta de Pizarros

	y Pizarros muertos, Madre;

                                                        
	y vengas tú

	al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia

	de la fascinación recíproca.

                                                       
	  Alabado

	sea tu nombre para siempre.
12.

Cítara mía, hermosa...

Cítara mía, hermosa

	muchacha tantas veces gozada en mis festines
carnales y frutales, 
	cantemos hoy para los ángeles,
toquemos para Dios este arrebato 
	velocísimo,
desnudémonos ya, metámonos adentro
del beso más furioso,

	porque el cielo nos mira y se complace
en nuestra libertad de animales 
	desnudos.


	Dame otra vez tu cuerpo, 
	sus racimos oscuros para que de ellos mane
la luz, deja que muerda tus 
	estrellas, tus nubes olorosas,
único cielo que conozco, permíteme

	recorrerte y tocarte como un nuevo David todas la cuerdas,
para que el 
	mismo Dios vaya con mi semilla
como un latido múltiple por tus venas 
	preciosas
y te estalle en los pechos de mármol y destruya
tu armónica 
	cintura, mi cítara, y te baje a la belleza
de la vida mortal.
13.

Código del obseso

1) Busco un pelo; entre lo 
	innumerable de este Mundo 
                      
	busco un pelo
disperso en la quebrazón, longilíneo 
de doncellez 
	correspondiente a grande figura 
		
de muchacha grande, pies
castísimos con uñas pintadas 
por el 
	rey, airosos los muslos 
		
de la esbeltez dual, en ascenso
más bien secreto, de pubis
a 
	axila, a cabellera
torrencial tras lo animal del número
ronco de ser, 
	busco un pelo


	2) espléndido de mujer 
		
espléndida, clásica,
                                
	músico
de tacto preferiblemente intrépido
de Boticelli, áureo
y 
	corrupto de exactitud, castaño
de fulgor, finísimo, de alto a
bajo 
	busco un pelo


	3) unigénito, seco de 
	aroma,
entre el aire y el descaro 
		
del aire, ni rey
a remolque de esta invención, ni tamaña 
	concubina 
		
venusina, flaco
y cínico:
                      
	-Galaxias 
no me quiten el sol. Pajar del cielo:
lo que busco es un 
	pelo.
14.

De la liviandad

Volviendo sobre una línea 
	de Cortázar, las mujeres 
cómo recaen. Man Ray 
hizo la foto: lomo 
	largo 
con todas las vértebras preciosas a la vista y ella cayendo 
		
flexible en el encantamiento, flaca 
la pelirroja, lista 
para 
	la otra pasarela del placer, los tirantes 
		
por allá, las medias disparadas, y algo más lejos 
en la otra 
	punta de la alfombra los dos 
		
zapatos altísimos sin nadie muertos de amor, tristísimos 
y 
	viudísimos de ella pidiéndole frenéticos que no,
	
que su cuerpo blanco no, que no se entregue 
a la usurpación, que 
	vuelva 
		
como en el tango, que 
no. -Cierren 
finas las cortinas.
15.

Del sentido

Muslo lo que 
	toco, muslo
y pétalo de mujer el día, muslo
lo blanco de lo 
	traslúcido, U
y mas U, y mas y más U lo último
debajo de lo último, 
	labio
el muslo en su latido
nupcial, y ojo
el muslo de verlo todo, 
	y Hado,
sobre todo Hado de nacer, piedra
de no morir, muslo:

	leopardo tembloroso.
16.

Desde

mi 
	infancia vengo mirándolas, oliéndolas...


	Desde mi infancia vengo 
	mirándolas, oliéndolas,
gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar,

	reír, dormir, vivir;
fealdad y belleza devorándose, azote
del planeta, 
	una ráfaga
de arcángel y de hiena
que nos alumbra y enamora,
y nos 
	trastorna al mediodía, al golpe
de un íntimo y riente chorro ardiente.
17.

Dos

sillas a la orilla del 
	mar

	
La abruma a la silla la libertad con que la mira
la otra en la playa, 
	tan adentro
como escrutándola y 
violándola en lo abierto
de la 
	arena sucia al amanecer, rotas las copas
de ayer domingo, la abruma
a 
	la otra
la una.

	
Palo y lona son de cuanto fueron
anoche en el festín, palo y lona

	las dos despeinadas que a lo mejor bailaron blancas
y bellísimas hasta 
	que la otra
comió en la una y la una
en la otra por liviandad y vino 
	Zeus
y las desencarnó como a dos burras
sin alcurnia y ahí mismo

	las filmó hasta el fin del Mundo tiesas, flacas,
ociosas.
18.

El fornicio

Te besaré en la punta 
		de las pestañas y en los pezones, 

		te turbulentamente besara, 
mi vergonzosa, en esos muslos 
de 
		individua blanca, tacara esos pies 
		
para otro vuelo más aire que ese aire 
felino de tu fragancia, te 
		dijera española 
		
mía, francesa mía, inglesa, ragazza, 
nórdica boreal, espuma 

		de la diáspora del Génesis... ¿Qué más 
		
te dijera por dentro?
                                 
		¿griega, 
mi egipcia, romana 
por el mármol?
                       
		¿fenicia, 
cartaginesa, o loca, locamente andaluza 
en el arco de 
		morir 
		
con todos los pétalos abiertos, 
                                               
		tensa 
la cítara de Dios, en la danza 
del fornicio?

Te 
		oyera aullar, 
		
te fuera mordiendo hasta las últimas 
amapolas, mi posesa, te 
		todavía 
		
enloqueciera allí, en el frescor 
ciego, te nadara 
en la 
		inmensidad 
		
insaciable de la lascivia, 
                                      
		riera 
frenético el frenesí con tus dientes, me 
arrebatara el 
		opio de tu piel hasta lo ebúrneo 
		
de otra pureza, oyera cantar las esferas 
estallantes como 
		Pitágoras, 
		
                                          
		te lamiera, 
te olfateara como el león 
a su leona, 
                
		para el sol, 
fálicamente mía, 
                          
		¡te amara!
19.

Enigma

de la deseosa


		Muchacha imperfecta 
		busca hombre imperfecto 
de 32, exige lectura 
de Ovidio, ofrece: 
		a) dos pechos de paloma, 
		
b) toda su piel liviana 
para los besos, c) mirada 
verde para 
		desafiar el infortunio 
		
de las tormentas; 
                           
		no va a las casas 
ni tiene teléfono, acepta 
imantación por 
		pensamiento. No es Venus; 
		
tiene la voracidad de Venus.
20.

Fax con ventolera...

Fax con 
	ventolera
y una rosa, hoy 
		
salió de esto Rojas 
-Gonzalo como le pusieron en el agua-, iba 
	solo, no hay 
		
epitafio que escribir en cuanto a su suerte, ni 
cuerpo que 
	respirar, escasamente 
		
se dirá de él que vino 
rápido y ha salido, 
que ya no está 
	entonces, que 
		
no hay estrellas para él, que carnalmente 
va encima del vidrio 
	que lo encarcela una rosa 
		
a modo de instrumento de perdición, que ha salido 
y eso es todo.
21.

Instantánea

El dragón es un animal 
	quimérico, yo soy un dragón
y te amo,
es decir amo tu nariz, la 
	sorpresa
del zafiro de tus ojos,
lo que más amo es el zafiro de tus 
	ojos; 
		


	pero lo que con evidencia 
	me muslifica son tus muslos
longilíneos cuyo formato me vuela
sexo y 
	cisne a la vez aclarándome lo perverso
que puede ser la rosa, si hay rosa

	en la palpación, seda, olfato 
		


	o, más que olfato y seda, 
	traslación
de un sentido a otro, dado lo inabarcable
de la pintura 
	entiéndase
por lo veloz de la tersura
gloriosa y gozosa que hay en ti, 
	de la mariposa, 
		


	así pasen los años como 
	sonaba bajo el humo el célebre
piano de marfil en la película; ¿qué fue

	de Humphrey Bogart y aquella alta copa nórdica
cuya esbeltez era como una 
	trizadura: qué fue
del vestido blanco? 
		


	Décadas de piel. De repente 
	el hombre es décadas de piel, urna
de frenesí y
perdición, y la aorta

	de vivir es tristeza,
de repente yo mismo soy tristeza; 
		


	entonces es cuando hablo 
	con tus rodillas y me encomiendo
a un vellocino así más durable
que el 
	amaranto, y ahondo en tu amapola con
liturgia y desenfreno,
entonces 
	es cuando ahondo en tu amapola,
y entro en la epifanía de la inmediatez

	ventilada por la lozanía, y soy tacto
de ojo, apresúrate, y escribo 
	fósforo si
veo simultáneamente de la nuca al pie
equa y alquimia.
22.

La concubina

1. Éste es el diálogo último: hasta aquí 
estoy oyendo el remezón 
	de tu risotada 
		
con emputecimiento y todo, 
                                           
	en la guerra
se gana o se pierde y yo perdí, 
y tú perdiste igual, no 
	hay pelitos recónditos 
		
que suavicen el enigma: útero es útero y falo es falo, no hay 

	aura ni distinción, ni mucho menos Danza, 
		
                                                                    
	haces tu número
en la feria y te vas, todo es comercio de hombre 
y de 
	mujer, no hay pelitos recónditos y uno es todos sus animales 
		
a la vez y por lo visto quién engaña a quién, ésta es la bestia 

	-tú y yo- que somos. 
		


	2. De esto se pare y se 
	muere, la guerra es ésta,
dejemos los sentidos para ocasiones más 

	olorosas, el beso lo dejemos para el dialecto 
		
delicado y 
concubino, ésta es la fiereza, mi rey, acuéstese 

	de una vez en este hueco de placer: 
		
de ahí saldrá más entero 

3. que de adentro de su madre. 
	Usted es un arrepentido 
		
y un lastimado, lo que no corresponde a un rey 
por mucho que 
	haya engendrado en cuanto rey tan alta dinastía: 
		
tres semanas de arrullo bastan, lo que le falta a usted 
es 
	cuchillo y sangre de cuchillo para cortar abajo 
		
el tajo, 
de la putrefacción a la ilusión.
23.

La errata

Señores del jurado, ahí les mando de vuelta en
automóvil nupcial a esa 
	mujer
que no me es, escasa
de encantamiento, puro pelo
ronco abajo, 
	ahí van
las dos ubres testigas ya usadas
por múltiple palpación

	sucia de otras neutras de su especie
que no dan para calipigias, la 
	errata
fue el chorro kármico, la vileza
de esas dos noches en mis 
	sábanas, ahí también
van las dos sábanas coloradas de vergüenza, incluyo

	por último 3 o 4 rosas blancas,
pónganlas
en el florero de vidrio por 
	mera distinción
a la fragancia mortuoria. Avísenme
si fue Zeus el que 
	hiló la torcedura
de ese hilo o no más la Parca. Firmado:
Calímaco.
24.

La loba

Unos 
	meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo

	torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas 
	espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en 
	la noche, 
		
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un 
	ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza 
	cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

	
Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,

	segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la 
	alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas

	con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha

	que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una 
	carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me 
	amabas.

	
Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo 
	sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso

	todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, 
	completamente solos.

	
Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del baile, como 
	entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo 
	muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con 
	tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa 
	cintura.

	
Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que 
	subirás con éste y no con otro:
con éste que ahora te habla de vivir para 
	siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde 
	de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, 
	eternamente con él y no con otro.
25.

La

palabra placer, cómo corría larga y libre 
	por tu cuerpo...


	La palabra 
	placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo
la palabra placer

	cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso 
	oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco 
	pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez 
	de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando

	claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que 
	son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa

	abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la

	danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu 
	ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, 
	¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!
	
la arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la 
	serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en
la 
	inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados 
	abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa 
	de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces 
	rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más 
	pedregosas las rodillas, las costillas:
                                   
	-¿Y el parto, Amor, el
tisú epitelial del parto?


	De él somos, 
	del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y 
	lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía

	anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres

	desbocados de anoche? Placer
y más placer. 
		
Olfato, lo primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa 
	de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:

	-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma...
26.

La sutura

Piedad entonces por la 
	sutura de su vientre:
a usted la conocí bíblicamente 
allá por marzo 
	del 98 en la ventolera
de algún film de antes, ciego y torrencial
a lo 
	Joan Crawford,
	
las cejas en arco, 
cierta versión eléctrica de los ojos,
el 
	camouflage del no sé,
el hechizo esquizo,
el sollozo de una mujer 
	llamada usted
que aún, pasado los meses,
se parece a usted en cuanto a 
	aullido secreto 
		
que pide hombre 
conforme a las dos figuraciones 
que es y 
	será siempre usted,
mi hembra hembra, 
		
mi Agua Grande 
a la que los clínicos libertinos
llaman con 
	liviandad Melancolía,
como si el tajo de alto abajo no fuera
lo más 
	sagrado de ese láser incurable
que es el amor con aroma de laúd,
y no 
	le importe que las rosas
bajo el estrago del verano 
		
que le anden diciendo por ahí fea 
o Arruga,
ríase, huélalas 
	desde su altivez, 
		
métase con descaro en lo más adúltero
de mis sábanas como está 
	escrito
y conste que fue usted la que saltó por asalto
el volcán, y no 
	lo niegue,
ándele airosa entonces pero sin llorar,
equa mía,
	
la Poesía no le sirve, Lebu mata,
mi posesa flaca de anca,
mi 
	esdrújula bellísima de 50 kilos,
vuélele, no se me emperre en ese inglés 
	metalúrgico 
		
de corral, 
todo entre nosotros no pasó de mísera ráfaga 
	telefónica
que alguna vez llamamos eternidad:
usted misma fue esa 
	ráfaga.
Lacán el rey se lo diría igual: ándele,
vuélele paloma casi en 
	mexicano,
no le transe a la depre,
	
báñese en alquimia espontánea,
tire la fármaca a la basura, 
eso 
	engorda,
déjese de drogas,
de analistas, de concupiscencia nicotínica,

	y si está loca vuélvase más loca,
baile en pelotas como la muerte, 
		
apréndale a la Tierra que baila así, 
¡y eso que el sol exige la 
	traslación! 
		
Bueno y, para cerrar, si su juego es irse
váyase a otro seso 
	menos diabólico, 
		
elija: culebra, por ejemplo, 
¿no le da para culebra?
Eva 
	comió culebra como usted dos veces:
ahí ve cómo va la Especie desde 
	entonces,
cómo se arrastra pendenciera
pidiéndole perdón a las 
	estrellas 
		
por haber parido peste,
¡puro border-line y miedo, 
y rosas, 
	dos rosas venenosas! 
		
¿no cree usted?
¿quién tiene la culpa si nunca hubo culpa? 

	Preferiblemente cuélguese alámbrica
a todo lo larga y lo preciosa de 
	vértebras
que es usted y,
baile ahí pendular en el vacío
unos diez 
	minutos, 
		
a ver qué pasa con el estirón,
para crecimiento y escarmiento.
27.

Las hermosas

Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente  que pasa de la piel 
	a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea, 
pisan el 
	mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones 
	
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle, 
y echan su 
	aroma duro verdemente.

	
Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni rosas 
ni 
	arcángeles: muchachas del país, adivinas 
	
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más 
	que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.

	
Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería 
de ojos 
	azules y otras llamaradas urgentes en el baile 
	
de las calles veloces. Hembras, hembras 
en el oleaje ronco donde 
	echamos las redes de los cinco sentidos 
	
para sacar apenas el beso de la espuma.

Versos y pensamientos de Gonzalo Rojas

4 citas
« Vivimos, gran Quevedo, / vivimos tiempo que ni se detiene, ni »
Gonzalo Rojas · ¿A qué mentirnos?
« lésbicas / baudelerianas, árdanse, aliméntense »
Gonzalo Rojas · A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro
« clásico / Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando »
Gonzalo Rojas · Acorde
« Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, / todo el hueco del mar no »
Gonzalo Rojas · Al silencio
Biblioteca poética

Libros de Gonzalo Rojas recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: