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Gonzalo Rojas · ¿A qué mentirnos?
Biografía y amplia selección de poemas de Gonzalo Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Gonzalo Rojas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Vivimos, gran Quevedo, vivimos tiempo que ni se detiene, ni tropieza, ni vuelve. ¿A qué mentirnos con la llama del perfume, con la noche moderna de los cinematógrafos, antesalas terrestres del sepulcro? Pongamos desde hoy el instrumento en nuestras manos. Abramos con paciencia nuestro nido para que nadie nos arroje por lástima al reposo. Cavemos cada tarde el agujero después de haber ganado nuestro pan. Que en esa tierra hay hueco para todos: los pobres y los ricos. Porque en la tierra hay un regalo para todos: los débiles, los fuertes, las madres, las rameras. Caen de bruces. Caen de cabeza o sentados. Por donde más les pesa su persona, todos caen y caen. Aunque el cajón sea lustroso o de cristal. Aunque las tablas sin cepillar parezcan una cáscara rota con la semilla reventada. Todos caen y caen, y van perdiendo el bulto en su caída, ¡hasta que son la tierra milenaria y primorosa!
Bésense en la boca,
lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio
de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo
peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo
mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.
Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas
de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas,
diástole y sístole
de un mismo espejo.
De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.
clásico Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza para pasar por el latido precioso de la sangre, fluye, fulgura en el mármol de las muchachas, sube en la majestad de los templos, arde en el número aciago de las agujas, dice noviembre detrás de las cortinas, parpadea en esta página.
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, todo el hueco del mar no bastaría, todo el hueco del cielo, toda la cavidad de la hermosura no bastaría para contenerte, y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera oh majestad, tú nunca, tú nunca cesarías de estar en todas partes, porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
A Hilda, mi centaura Más que por la A de amor estoy por la A de asma, y me ahogo de tu no aire, ábreme alta mía única anclada ahí, no es bueno el avión de palo en el que yaces con vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro de las que ya no estás, tu esbeltez ya no está, tus grandes pies hermosos, tu espinazo de yegua de Faraón, y es tan difícil este resuello, tú me entiendes: asma es amor.
Astucias que le son y astucias que no le son dijera Ovidio: los tacones le son, ojalá altos, lo bestial visible, los pezones, no importa lo exiguo del formato, el beso bien pintado, parisino el aroma, azulosos sin exceso los párpados, sigiloso el zarpazo drogo y longilíneo de su altivez, visionario el fulgor, especialmente eso, visionario el fulgor. Y claro, áureos los centímetros ciento setenta del encanto del tobillo a las hebras torrenciales del pelo. -"Piénsese irrumpe entonces a esa altura Borges con asfixia, ¿quién sino el Aleph pudiera entera esquiza y bestia así olfatear, besarla en el hocico, durarla, perdurarla en su enigma, airearla, mancharla por lo hondo hasta serla, al galope tendido del tedio? ¿Quién, especialmente eso, la hartara?" Especialmente nada, muchachos, ¡videntes de otra edad! ¡Borges, Publio Ovidio!, nada: lo cierto es que no hay nada, salvo cada 28, sangre de parir y ese es el juego. De ahí vinimos viniendo los poetas malheridos aullando mujer, gimiendo hermosura, Eternidad que no se ve: especialmente eso, muchachos, que no se ve. París, Noviembre 2003
Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho, lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces, cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento como una arteria más entre mis sienes y mi almohada. Es él. Está lloviendo. Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor a caballo mojado. Es Juan Antonio Rojas sobre un caballo atravesando un río. No hay novedad. La noche torrencial se derrumba como mina inundada, y un rayo la estremece. Madre, ya va a llegar: abramos el portón, dame esa luz, yo quiero recibirlo antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino para que se reponga, y me estreche en un beso, y me clave las púas de su barba. Ahí viene el hombre, ahí viene embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso contra la explotación, muerto de hambre, allí viene debajo de su poncho de Castilla. Ah, minero inmortal, ésta es tu casa de roble, que tú mismo construiste. Adelante: te he venido a esperar, yo soy el séptimo de tus hijos. No importa que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años, que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto, porque tú y ella estáis multiplicados. No importa que la noche nos haya sido negra por igual a los dos. -Pasa, no estés ahí mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.
-Favor, dónde se fabrican por aquí versos con hélade y lujuria para que vibren transparentes? -Dos casas más allá pasado ese hueco donde se ve ese otro hueco de aire con dalias originales de entonces, ahí justo a la izquierda doblando detrás del puente del que no queda vestigio, ahí mismo a un metro hay una carpintería etrusca: de ahí -arterias y mármol, alta, los pies desnudos- salió la muchacha hace tres mil, que no ha muerto. Eso me lo dijo personalmente a mí Catulo en Sirmione el 95, Garda sul Lago.
Juro que esta mujer me ha partido los sesos, Por que ella sale y entra como una bala loca, Y abre mis parietales y nunca cicatriza, Así sople el verano o el invierno, Así viva feliz sentado sobre el triunfo Y el estomago lleno, como un cóndor saciado, Así padezca el látigo del hambre, así me acueste O me levante, y me hunda de cabeza en el día Como una piedra bajo la corriente cambiante. Así toque mi citara para engañarme, así Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas, Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen Unas sobre otras hasta consumirse. Juro que ella perdura porque ella sale y entra Como una bala loca, Me sigue a donde voy y me sirve de hada.
para volvernos a ver
Escrita en el mar, el
25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec",
Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.
Lo feo fue quererte, mi
Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler
amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a
besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y
confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo!
convertido.
Porque, vistas las cosas
desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de
lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay
ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la
ignominia.
Ignominia es tu sangre,
Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que
es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa
que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te
aparecen de golpe los pedazos de la muerte.
No te perdono, entiéndeme,
porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al
cadáver: lo rechaza y lo arroja
como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo,
dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el
áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.
Lástima de hermosura. Si
hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo
empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es
posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es
posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la
corriente, vuelva al coro del Ritmo.
Tal vez el largo oleaje de
esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser
océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe
por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y
toco
tu rara desnudez terrible todavía.
No hablemos ya de mayo ni
de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante
tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de
aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos,
seguros de ser uno en el vuelo.
No. Bajemos de ahí, mi
Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles
pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará
sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que
va a morir, mi Dios, descuartizado.
Digamos bien las cosas. No
es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los
dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la
vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas
criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venir
a vemos, y a besamos, y a juntamos
en uno.
Miro el abismo al fondo de
este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra
vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la
vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el
rayo del vidente.
Mortal contradictorio:
cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
y océano,
y únicamente océano.
1
Y nada de lágrimas; esta mujer que cierran hoy
en su transparencia, ésta que guardan
en la litera ciega del muro
de cemento, como loca encadenada
al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin
barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta
es
únicamente la
Ãnica
que nos tuvo a todos en el cielo
de su preñez.
Alabado
sea su vientre.
2
Y nada, nada más; que me parió y me hizo
hombre, al séptimo parto
de su figura de marfil
y de fuego,
en el rigor
de la pobreza y la tristeza,
y supo
oír en el silencio de mi niñez el signo,
el Signo
sigiloso
sin decirme
nunca
nada.
Alabado
sea su parto.
3
Que otros vayan por mí ahora
que no puedo, a ponerte
ahí los claveles
colorados de los Rojas míos, tuyos,
hoy
trece doloroso de tu martirio,
los
de mi casta que nacen al alba
y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo
Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan
o no, si prefieren,
o que oscura te dejen
sola,
sola con la ceniza
de tu belleza
que es tu resurrección, Celia
Pizarro,
hija, nieta de Pizarros
y Pizarros muertos, Madre;
y vengas tú
al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia
de la fascinación recíproca.
Alabado
sea tu nombre para siempre.
Cítara mía, hermosa muchacha tantas veces gozada en mis festines carnales y frutales, cantemos hoy para los ángeles, toquemos para Dios este arrebato velocísimo, desnudémonos ya, metámonos adentro del beso más furioso, porque el cielo nos mira y se complace en nuestra libertad de animales desnudos. Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas, único cielo que conozco, permíteme recorrerte y tocarte como un nuevo David todas la cuerdas, para que el mismo Dios vaya con mi semilla como un latido múltiple por tus venas preciosas y te estalle en los pechos de mármol y destruya tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza de la vida mortal.
1) Busco un pelo; entre lo
innumerable de este Mundo
busco un pelo
disperso en la quebrazón, longilíneo
de doncellez
correspondiente a grande figura
de muchacha grande, pies
castísimos con uñas pintadas
por el
rey, airosos los muslos
de la esbeltez dual, en ascenso
más bien secreto, de pubis
a
axila, a cabellera
torrencial tras lo animal del número
ronco de ser,
busco un pelo
2) espléndido de mujer
espléndida, clásica,
músico
de tacto preferiblemente intrépido
de Boticelli, áureo
y
corrupto de exactitud, castaño
de fulgor, finísimo, de alto a
bajo
busco un pelo
3) unigénito, seco de
aroma,
entre el aire y el descaro
del aire, ni rey
a remolque de esta invención, ni tamaña
concubina
venusina, flaco
y cínico:
-Galaxias
no me quiten el sol. Pajar del cielo:
lo que busco es un
pelo.
Volviendo sobre una línea de Cortázar, las mujeres cómo recaen. Man Ray hizo la foto: lomo largo con todas las vértebras preciosas a la vista y ella cayendo flexible en el encantamiento, flaca la pelirroja, lista para la otra pasarela del placer, los tirantes por allá, las medias disparadas, y algo más lejos en la otra punta de la alfombra los dos zapatos altísimos sin nadie muertos de amor, tristísimos y viudísimos de ella pidiéndole frenéticos que no, que su cuerpo blanco no, que no se entregue a la usurpación, que vuelva como en el tango, que no. -Cierren finas las cortinas.
Muslo lo que toco, muslo y pétalo de mujer el día, muslo lo blanco de lo traslúcido, U y mas U, y mas y más U lo último debajo de lo último, labio el muslo en su latido nupcial, y ojo el muslo de verlo todo, y Hado, sobre todo Hado de nacer, piedra de no morir, muslo: leopardo tembloroso.
mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas... Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas, gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar, reír, dormir, vivir; fealdad y belleza devorándose, azote del planeta, una ráfaga de arcángel y de hiena que nos alumbra y enamora, y nos trastorna al mediodía, al golpe de un íntimo y riente chorro ardiente.
sillas a la orilla del mar La abruma a la silla la libertad con que la mira la otra en la playa, tan adentro como escrutándola y violándola en lo abierto de la arena sucia al amanecer, rotas las copas de ayer domingo, la abruma a la otra la una. Palo y lona son de cuanto fueron anoche en el festín, palo y lona las dos despeinadas que a lo mejor bailaron blancas y bellísimas hasta que la otra comió en la una y la una en la otra por liviandad y vino Zeus y las desencarnó como a dos burras sin alcurnia y ahí mismo las filmó hasta el fin del Mundo tiesas, flacas, ociosas.
Te besaré en la punta
de las pestañas y en los pezones,
te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de
individua blanca, tacara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te
dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis... ¿Qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de
morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?
Te
oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te
todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la
inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el
opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar las esferas
estallantes como
Pitágoras,
te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
para el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!
de la deseosa
Muchacha imperfecta
busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece:
a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para
desafiar el infortunio
de las tormentas;
no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por
pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus.
Fax con ventolera y una rosa, hoy salió de esto Rojas -Gonzalo como le pusieron en el agua-, iba solo, no hay epitafio que escribir en cuanto a su suerte, ni cuerpo que respirar, escasamente se dirá de él que vino rápido y ha salido, que ya no está entonces, que no hay estrellas para él, que carnalmente va encima del vidrio que lo encarcela una rosa a modo de instrumento de perdición, que ha salido y eso es todo.
El dragón es un animal quimérico, yo soy un dragón y te amo, es decir amo tu nariz, la sorpresa del zafiro de tus ojos, lo que más amo es el zafiro de tus ojos; pero lo que con evidencia me muslifica son tus muslos longilíneos cuyo formato me vuela sexo y cisne a la vez aclarándome lo perverso que puede ser la rosa, si hay rosa en la palpación, seda, olfato o, más que olfato y seda, traslación de un sentido a otro, dado lo inabarcable de la pintura entiéndase por lo veloz de la tersura gloriosa y gozosa que hay en ti, de la mariposa, así pasen los años como sonaba bajo el humo el célebre piano de marfil en la película; ¿qué fue de Humphrey Bogart y aquella alta copa nórdica cuya esbeltez era como una trizadura: qué fue del vestido blanco? Décadas de piel. De repente el hombre es décadas de piel, urna de frenesí y perdición, y la aorta de vivir es tristeza, de repente yo mismo soy tristeza; entonces es cuando hablo con tus rodillas y me encomiendo a un vellocino así más durable que el amaranto, y ahondo en tu amapola con liturgia y desenfreno, entonces es cuando ahondo en tu amapola, y entro en la epifanía de la inmediatez ventilada por la lozanía, y soy tacto de ojo, apresúrate, y escribo fósforo si veo simultáneamente de la nuca al pie equa y alquimia.
1. Éste es el diálogo último: hasta aquí
estoy oyendo el remezón
de tu risotada
con emputecimiento y todo,
en la guerra
se gana o se pierde y yo perdí,
y tú perdiste igual, no
hay pelitos recónditos
que suavicen el enigma: útero es útero y falo es falo, no hay
aura ni distinción, ni mucho menos Danza,
haces tu número
en la feria y te vas, todo es comercio de hombre
y de
mujer, no hay pelitos recónditos y uno es todos sus animales
a la vez y por lo visto quién engaña a quién, ésta es la bestia
-tú y yo- que somos.
2. De esto se pare y se
muere, la guerra es ésta,
dejemos los sentidos para ocasiones más
olorosas, el beso lo dejemos para el dialecto
delicado y
concubino, ésta es la fiereza, mi rey, acuéstese
de una vez en este hueco de placer:
de ahí saldrá más entero
3. que de adentro de su madre.
Usted es un arrepentido
y un lastimado, lo que no corresponde a un rey
por mucho que
haya engendrado en cuanto rey tan alta dinastía:
tres semanas de arrullo bastan, lo que le falta a usted
es
cuchillo y sangre de cuchillo para cortar abajo
el tajo,
de la putrefacción a la ilusión.
Señores del jurado, ahí les mando de vuelta en automóvil nupcial a esa mujer que no me es, escasa de encantamiento, puro pelo ronco abajo, ahí van las dos ubres testigas ya usadas por múltiple palpación sucia de otras neutras de su especie que no dan para calipigias, la errata fue el chorro kármico, la vileza de esas dos noches en mis sábanas, ahí también van las dos sábanas coloradas de vergüenza, incluyo por último 3 o 4 rosas blancas, pónganlas en el florero de vidrio por mera distinción a la fragancia mortuoria. Avísenme si fue Zeus el que hiló la torcedura de ese hilo o no más la Parca. Firmado: Calímaco.
Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa figura de muchacha, con tu pelo torrencial, y el sonido de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas de la tristeza. El mundo se me empezó a morir como un niño en la noche, y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel ciego, terrestre, oscuro, con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia sacándome los ojos por haberte mirado. Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa, segura, perfumada, porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría salía por tu boca como vertiente pura de marfil, y bailabas con tus pasos felices de loba, y en el vértigo del día, otra muchacha que salía de ti, como otra maravilla de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste, porque estábamos lejos, y decías que me amabas. Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan en un vuelo sin fin las tempestades, pues nadie sabe nada de nada, y es confuso todo lo que elegimos hasta que nos quedamos solos, definitivos, completamente solos. Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella. Quiero seguirte viendo muchos años, venir impalpable, profunda, girante, así, perfecta, con tu negro vestido y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor, y esa cintura. Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro: con éste que ahora te habla de vivir para siempre tú subirás al sol, tú volverás con él y no con otro, una tarde de junio, cada trescientos años, a la orilla del mar, eterna, eternamente con él y no con otro.
palabra placer, cómo corría larga y libre
por tu cuerpo...
La palabra
placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo
la palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso
oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco
pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez
de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que
son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa
abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu
ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe,
¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!
la arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la
serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en
la
inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados
abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa
de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces
rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más
pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor, el
tisú epitelial del parto?
De él somos,
del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y
lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer.
Olfato, lo primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa
de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma...
Piedad entonces por la sutura de su vientre: a usted la conocí bíblicamente allá por marzo del 98 en la ventolera de algún film de antes, ciego y torrencial a lo Joan Crawford, las cejas en arco, cierta versión eléctrica de los ojos, el camouflage del no sé, el hechizo esquizo, el sollozo de una mujer llamada usted que aún, pasado los meses, se parece a usted en cuanto a aullido secreto que pide hombre conforme a las dos figuraciones que es y será siempre usted, mi hembra hembra, mi Agua Grande a la que los clínicos libertinos llaman con liviandad Melancolía, como si el tajo de alto abajo no fuera lo más sagrado de ese láser incurable que es el amor con aroma de laúd, y no le importe que las rosas bajo el estrago del verano que le anden diciendo por ahí fea o Arruga, ríase, huélalas desde su altivez, métase con descaro en lo más adúltero de mis sábanas como está escrito y conste que fue usted la que saltó por asalto el volcán, y no lo niegue, ándele airosa entonces pero sin llorar, equa mía, la Poesía no le sirve, Lebu mata, mi posesa flaca de anca, mi esdrújula bellísima de 50 kilos, vuélele, no se me emperre en ese inglés metalúrgico de corral, todo entre nosotros no pasó de mísera ráfaga telefónica que alguna vez llamamos eternidad: usted misma fue esa ráfaga. Lacán el rey se lo diría igual: ándele, vuélele paloma casi en mexicano, no le transe a la depre, báñese en alquimia espontánea, tire la fármaca a la basura, eso engorda, déjese de drogas, de analistas, de concupiscencia nicotínica, y si está loca vuélvase más loca, baile en pelotas como la muerte, apréndale a la Tierra que baila así, ¡y eso que el sol exige la traslación! Bueno y, para cerrar, si su juego es irse váyase a otro seso menos diabólico, elija: culebra, por ejemplo, ¿no le da para culebra? Eva comió culebra como usted dos veces: ahí ve cómo va la Especie desde entonces, cómo se arrastra pendenciera pidiéndole perdón a las estrellas por haber parido peste, ¡puro border-line y miedo, y rosas, dos rosas venenosas! ¿no cree usted? ¿quién tiene la culpa si nunca hubo culpa? Preferiblemente cuélguese alámbrica a todo lo larga y lo preciosa de vértebras que es usted y, baile ahí pendular en el vacío unos diez minutos, a ver qué pasa con el estirón, para crecimiento y escarmiento.
Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la piel a los vestidos, turgentes, desafiantes, rápida la marea, pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle, y echan su aroma duro verdemente. Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni rosas ni arcángeles: muchachas del país, adivinas del hombre, y algo más que el calor centelleante, algo más, algo más que estas ramas flexibles que saben lo que saben como sabe la tierra. Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile de las calles veloces. Hembras, hembras en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos para sacar apenas el beso de la espuma.
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