« Tan oscuras las estrellas / -en nuestros ojos, naufragio- »
Germán Bleiberg · Égloga del naufragio
Biografía y amplia selección de poemas de Germán Bleiberg. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Germán Bleiberg. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Tan oscuras las estrellas -en nuestros ojos, naufragio- tejen las playas de noche -en los recuerdos, naufragio- que dejan en nuestra sangre -última espuma, naufragio- llantos de cristal sombrío, herida carne del llanto. El jardín de nuestros padres es ortiga del ocaso, y nuestras lágrimas tienen un calor no superado, lágrimas de las entrañas que las aguas despertaron. Enfrente de mi camino, huellas tersas en los lagos, y una presencia de luz en tus ojos de naufragio. Húndeme entre tus paisajes, en tus silencios amargos, donde yo sienta en mi piel ambiente de joven árbol, y la flor brote desnuda con sus perfumes alados. Verte, sí, sobre el invierno, silencioso vuelo pálido de tu figura tan clara de ser nieve, ardor temprano, mirarte sobre el abismo de los vencidos espacios, como incienso de alborada en el sueño naufragado: Tu mirada es el destino en la sombra de mi paso. Mirarte, sí, dócil fuego de mi corazón flotando, encima de las montañas dulces del tiempo cercano. Ya lejos las horas tristes, yo arrancaré de los años tierra firme en las miradas quebradas por el naufragio. Y veremos la madera de los caudalosos álamos, y amanecidas gozosas en nuestros mutuos abrazos. ¡Qué plenitud del vacío -sangre oculta del naufragio-, anunciación de la playa -caricia siempre, naufragio-!
Un hálito de rocío en mis venas, una mariposa que sangra, tu voz hecha cristal quebrándose en el río de la noche, y yo, llama menor de la muerte, soñando. El otoño desliza antiguas alas de galgo por las calles de la ciudad perdida, los niños estremecen su cántico entre hierbas tristes, mi voz se sumerge en el paisaje escondido, mientras un dócil viento martiriza mis ojos con súbitas ausencias. ¿Dónde ciñen ahora tus manos acostumbradas al asombro del tilo mi carne desamparada? Una ligera sombra corrige nuestro llanto, y la víspera del naufragio es bendecida por el mar y por las rocas y por el gozo de ser en tu hermosura un lirio sin fondo. Las flores de nuestro jardín nocturno no son sino memoria y lejanía, y bajo la luna silvestre, el olvido tiembla como un álamo sin raíces. Han arraigado en nuestra piel las primeras luces del alba, y el mar con su oleaje salobre abraza nuestro anhelo, y todo en nosotros vibra y canta y se abandona al grito. ¿Qué promesa de parque temblaba en tus ojos? El amor es hoy la medida del tiempo en las llagas que nacen de la soledad. Sobre mi pecho, los siglos se consumen en su fuego, y busco el asilo límpido de los nuevos árboles frutales, busco la ventana abriéndose al mar embravecido, donde todo es horizonte y paisaje y amor, donde se yergue, en fin, esta trémula semilla exacta de la vida, que se propaga de primavera en primavera. Y tú, niña, llamándome con la misma voz que brota de mi sangre, espérame, tú, la más dulce: también yo he llamado a las puertas sombrías de la noche, y sólo acuden el tiempo y el destino. Toda mi alma, amor, sabe esperarte, en esta penumbra marchitada, mientras en mis ojos reside un ambiente de barco cercado por las olas, y recuerdo el dolor convertido en experiencia. ¿Dónde se confunde la brisa con la paz delgada del padre muerto? Quiero llegar a tus tranquilas puestas de sol, alta melancolía impaciente, quiero abrazarte en la raíz de toda mi vida, quiero recordarte en la firme anunciación de mí mismo, dulcemente morena bajo la melodía del cielo azul, tú, lejana, sin más principio que tu propia transparencia.
Encuentro en ti la luz estremecida y un honesto temblor siempre soñado, vibrando en juventud, limpio y alado, un bienestar de soledad henchida, y estos ojos de hierba humedecida que cumplen su mirada, armonizado el viento y el celeste azul logrado, como un jardín bajo la brisa herida. Yo te he buscado, amante, en el tranquilo encendimiento firme de tu frente, como triste abandono de azucena, y te encuentro, presente, en el sigilo de mi ágil corazón, tan dulcemente ungido por tu voz loca y serena.
La clara lluvia, en rosa y azucena, asume en tu presencia la dulzura, y una aurora de arroyos insegura ampara aquella luz de sombra llena. ¡Oh la experiencia arrebatada, ajena a la ilusión constante de ternura que en mí, con esperanzas, inaugura una joven quietud viva y serena! ¡Oh los pasos que, tímidos, perdieron aquel tranquilo séquito de flores! ¡Oh amada floreciente y encendida! Cuando las noches íntimas huyeron, quebró la luz del alba sus temblores y tus ojos brotaron en mi vida.
de luz y de esperanza herido... Mientras de luz y de esperanza herido mi corazón te piensa y te edifica, un llanto luminoso purifica tu cielo claro en claridad crecido. Las aves hacia ti me han conducido, cuando el silencio el cántico amplifica, que en ti las luces íntimas explica, y esta pasión, primaveral latido. El alma te construye entre azucenas sobre el paisaje que la brisa hiere, donde los aires tiemblan en tu ensueño. Tu nombre vivo fluye por mis venas, y toda mi nostalgia te prefiere en la espiga y la hierba de mi sueño.
« Tan oscuras las estrellas / -en nuestros ojos, naufragio- »
« Un hálito de rocío en mis venas, / una mariposa que sangra, »
« Encuentro en ti la luz estremecida / y un honesto temblor siempre »
« La clara lluvia, en rosa y / azucena, »
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