« Al atardecer resuenan los bosques otoñales de armas mortíferas, las llanuras doradas y los lagos azules, sobre los cuales el sol rueda más sombrío; la noche abraza »
Georg Trakl
Expresionismo austríaco (1887–1914)Expresionismo austríaco · Melancolía crepuscular, imágenes fulgurantes del ocaso y dolor existencial
Poemas de Georg Trakl
1.
A los enmudecidos
A los enmudecidos
Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer, junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal; la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche. Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo. Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura muerta. La ira de Dios con rabia azota la frente de los poseídos, epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos. Ah, la odiosa carcajada del oro. Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva forjando con metales duros el rostro redentor. Versión de Helmut Pfeiffer
2.
A un muerto prematuro
A un muerto prematuro
Oh, él ángel negro, que furtivo salió del interior del árbol, cuando éramos dulces compañeros de juego en la tarde, al borde de la fuente azulada. Nuestro paso era sereno, los ojos redondos en la frescura parda del otoño. Oh, la dulzura púrpura de las estrellas. Pero aquel bajó los pétreos escalones de Mönschberg con una sonrisa azul, y en la extraña crisálida de su más tranquila infancia murió. En el jardín quedó el rostro plateado del amigo atento en el follaje o en las antiguas rocas. El alma cantó la muerte, la verde corrupción de la carne, e imperó el murmullo del bosque, la queja febril del animal. Siempre tañían desde torres las azules campanas de la tarde. Llegó la hora en que aquel vio sombras en el sol púrpura, veladuras de podredumbre en el ramaje desnudo; en la tarde, cuando en el muro crepuscular cantó el mirlo, y el espíritu del muerto prematuramente apareció silencioso en la alcoba. Oh, la sangre que fluye de la garganta del dios, flor azul; oh, las lágrimas ardientes lloradas en la noche. Nube dorada y tiempo. En solitario recinto hospedas con frecuencia al muerto. Y caminas en diálogo íntimo bajo los olmos bordeando el verde río. Versión de Helmut Pfeiffer
3.
Al niño Elis
Al niño Elis
Elis, cuando el mirlo llame en el oscuro bosque será tu ocaso. Tus labios beben frescura en la pedregosa fuente azul. Cuando tu frente sangre suavemente olvida las antiguas leyendas y el oscuro augurio del vuelo de los pájaros. Pues tus leves pasos se adentran en la noche cargada con los púrpuras racimos de la vid; mientras el azul hace más bello el movimiento de tus brazos. Se escucha un espino, allá donde vuelan tus dos ojos de luna. Ah, hace cuánto tiempo que eres de la muerte. Tu cuerpo es un jacinto donde un monje sumerge sus dedos de cera. Y una cueva sombría es nuestro silencio de la que a veces surge un apacible animal. Deja caer lento los pesados párpados. Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío, el último oro de las estrellas extinguidas. Versión de Helmut Pfeiffer
4.
Alma de noche
Alma de noche
Furtivo desciende de los negros bosques un venado azul, el alma. Es de noche y sobre los escalones musgosos se ve una fuente blanca. La sangre y un grupo de armas antiguas murmuran en el valle de los pinos. La luna brilla siempre en parajes derruidos; embriagada por venenos oscuros, máscara de plata inclinada sobre el sueño de los pastores; cabeza abandonada en silencio por sus sagas. Oh, abre ella sus frías manos bajo arcos de piedra mientras lento sube un dorado verano a la ciega ventana y toda la noche se oyen sobre el verde los pasos de la danzarina, y la voz de la lechuza que llama al ebrio en púrpura tristeza. Versión de Helmut Pfeiffer
5.
Anif
Anif
Recuerdo: gaviotas deslizándose sobre un oscuro cielo de melancolía masculina. Sosegado habitas tú a la sombra del fresno otoñal, y absorto en las formas de la colina desciendes por el verde río cuando reina la tarde, melodioso amor: apaciblemente te busca el oscuro venado, y un hombre rosado. Ebria de viento azul roza la frente el follaje agonizante mientras recuerdas el rostro adusto de la madre; Oh, cómo se hunde todo en lo oscuro; las lúgubres habitaciones y los viejos utensilios de los ancestros conmueven el pecho del extranjero, Oh, signos y estrellas. Grande es la culpa del que ha nacido. Ay, dorados escalofríos de la muerte, cuando el alma sueña flores más frescas. Siempre grita en las ramas desnudas el ave nocturna. Al paso de la luna suena un viento helado en los muros de la aldea. Versión de Helmut Pfeiffer
6.
Canción de Kaspar Hauser
Canción de Kaspar Hauser
Para Bessie Loos Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina, los caminos del bosque, el negro pájaro cantor y la alegría de lo verde. Serio era su vivir a la sombra del árbol y puro su rostro. Dios habló como una suave llama a su corazón: ¡Hombre! La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer; pronunció la oscura queja de su boca: soñaba ser un jinete. Pero le seguían animal y arbusto, la casa y el jardín de blancos hombres y su asesino lo asediaba. Primavera y verano y el hermoso otoño del justo, su paso silencioso ante la alcoba sombría de los soñadores. De noche permanecía solo con su estrella. Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán. Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún. Versión de Helmut Pfeiffer
7.
Canto del solitario
Canto del solitario
Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas; los prados cristalinos del corzo. La oscuridad calma el murmullo del arroyo, sentimos las sombras húmedas y las flores del verano que susurran al viento. Anochece la frente del hombre pensativo. Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón, en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan por la mano de Dios, el hermano quiere descansar de espinosos senderos y callado te mira con sus ojos nocturnos. Ah, morar en el intenso azul de la noche. El amoroso silencio de la alcoba envuelve la sombra de los ancianos, los martirios púrpuras, el llanto de una gran que en el nieto solitario muere con piedad. Pues siempre despierta más radiante de sus negros minutos la locura, el hombre abatido en los umbrales de piedra poderosamente es cubierto por el fresco azul y por el luminoso declinar del otoño, la casa silenciosa, las leyendas del bosque, medida y ley y senda lunar de los que mueren. Versión de Helmut Pfeiffer
8.
Versión de
Luis Arántegui
Versión de Luis Arántegui
Crepúsculo en el alma Silenciosa va a dar al lindero del bosque una bestia oscura; en el cerro acaba quedo el viento de la tarde, enmudece en su queja el mirlo, y blandas flautas del otoño callan entre los juncos. En una negra nube navegas ebrio de amapolas la alberca de la noche, el cielo de los astros. Aún resuena la voz de luna de la hermana en la noche del alma. Versión de Luis Arántegui
9.
De profundis
De profundis
Existe un campo de rastrojos donde cae una lluvia negra. Existe un árbol pardo que se alza solitario. Existe un viento que susurra entre chozas vacías. Qué atardecer tan triste. A la orilla de la aldea la dulce huérfana recoge escasas espigas. Sus ojos redondos y dorados recorren el crepúsculo y su seno anhela al esposo celestial. De regreso al hogar unos pastores hallaron el dulce cuerpo descompuesto en el espino. Una sombra soy lejos de oscuras aldeas. El silencio de Dios bebí en la fuente del bosque. Sobre mi frente golpeó un frío metal. Arañas buscan mi corazón. Hay una luz que se extinguió en mi boca. De noche me encontré en un páramo, colmado de deshechos y de polvo de estrellas. En los avellanos tintinearon ángeles cristalinos. Versión de Helmut Pfeiffer
10.
Decadencia
Decadencia
Al atardecer cuando tocan a paz las campanas, Sigo de las aves el maravilloso vuelo Que en largas bandadas como devotos peregrinos Desaparecen en las claras vastedades del otoño. Deambulando a través de umbrosos patios Sueño yo en sus lúcidos presagios, Y siento que de las sabias horas no podré apartarme. Así prosigo, por sobre nubes, tras sus viajes. He aquí que un hálito me hace temblar ante las ruinas. El mirlo clama entre las ramas deshojadas. Oscilan las rojas vides entre rejas herrumbrosas. Entretanto como un corro mortal de pálidos infantes En torno al oscuro borde de pozos en descomposición. Se inclinan ante el viento, enteleridas, azules ramas. Versión de Walter Hoefler
11.
En la oscuridad
En la oscuridad
La primavera azul silencia el alma. Bajo el húmedo ramaje del poniente se hundió estremecida la frente de los amantes. Oh, la cruz verdecida. En diálogo oscuro se reconocieron hombre y mujer. Junto al muro desnudo camina con sus estrellas el solitario. Sobre los senderos del bosque en claro de luna reinó el desenfreno de cacerías olvidadas; la mirada de lo azul irrumpe de la roca derruida. Versión de Helmut Pfeiffer
12.
Extraña primavera
Extraña primavera
Profunda luz. Las doce. En duro suelo me abriga el sueño aquella vieja roca. Tres ángeles detienen, suave, el vuelo. Extraños ríen con extraña boca. Baña los campos la fundida nieve. Premonitoria es esta primavera, y de aquel abedul se adentra, leve, en frío lago larga cabellera. Veloz acerca el ala hermosa nube, cintas azules en el cielo brillan... Risueño en ellas mi mirar detuve. Los ángeles piadosos se arrodillan. De un pájaro encantado se levanta muy claro y fuerte el trino de metal y lúcido, yo escucho lo que canta: ¡Tu dicha no, tu muerte sí, mortal! Versión de Ángela Becker
13.
Grodek
Grodek
Por la tarde resuenan en los bosques otoñales las mortíferas armas, y en las llanuras áureas y en los lagos azules rueda el sol más oscuro. La noche abraza a los guerreros moribundos, irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas. Pero silenciosas en la pradera, rojas nubes que un dios airado habita convocan la sangre derramada, la frialdad lunar; y todos los caminos desembocan en negra podredumbre. Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso saludando las almas de los héroes, las cabezas sangrantes. Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño. Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce; un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu, por los nietos que no han nacido aún. Versión de Helmut Pfeiffer
Versos y pensamientos de Georg Trakl
Selección destacada« Luna, como si un muerto saliera de caverna azul, y florecen muchas flores sobre el sendero de roca. »
« La llama del espíritu se nutre hoy –en un luto violento– de todos los hijos que han de nacer. »
« Solo el que desprecia la felicidad gana conocimiento. [Nur dem, der das Glück verachtet, wird Erkenntnis]. »
« Todos los caminos del mundo conducen a la carroña. [Alle Straßen münden in schwarze Verwesung]. »
Poemas y obras destacadas
Antología de poemas inmortales
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Algunos libros de poesía de Georg Trakl:
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