Biografía

Vida

Poemas de Georg Trakl (Salzburgo, 3 de febrero de 1887 – Cracovia, 3 de noviembre de 1914) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Georg Trakl

Expresionismo austríaco (1887–1914)

Expresionismo austríaco · Melancolía crepuscular, imágenes fulgurantes del ocaso y dolor existencial

Lírica y Versos

Poemas de Georg Trakl

13 poemas seleccionados
1.

A los enmudecidos

Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer, 

		junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes 

		y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal; 

		la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche. 

		Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo. 

		

		Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura 

		muerta. La ira de Dios con rabia azota la frente de los poseídos, 

		epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos. 

		Ah, la odiosa carcajada del oro. 

		

		Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva 

		forjando con metales duros el rostro redentor.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
2.

A un muerto prematuro

Oh, él ángel negro, que furtivo salió

		del interior del árbol,

		cuando éramos dulces compañeros de juego en la tarde,

		al borde de la fuente azulada.

		Nuestro paso era sereno, los ojos redondos

		en la frescura parda del otoño.

		Oh, la dulzura púrpura de las estrellas.

		

		Pero aquel bajó los pétreos escalones de Mönschberg

		con una sonrisa azul, y en la extraña crisálida

		de su más tranquila infancia murió.

		En el jardín quedó el rostro plateado del amigo

		atento en el follaje o en las antiguas rocas.

		

		El alma cantó la muerte, la verde corrupción de la carne,

		e imperó el murmullo del bosque,

		la queja febril del animal.

		Siempre tañían desde torres

		las azules campanas de la tarde.

		

		Llegó la hora en que aquel vio sombras en el sol púrpura,

		veladuras de podredumbre en el ramaje desnudo;

		en la tarde, cuando en el muro crepuscular

		cantó el mirlo,

		y el espíritu del muerto prematuramente

		apareció silencioso en la alcoba.

		

		Oh, la sangre que fluye de la garganta del dios,

		flor azul; oh, las lágrimas ardientes

		lloradas en la noche.


		Nube 
		dorada y tiempo. En solitario recinto

		hospedas con frecuencia al muerto.

		Y caminas en diálogo íntimo bajo los olmos

		bordeando el verde río.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
3.

Al niño Elis

Elis, cuando el mirlo llame en el oscuro bosque

		será tu ocaso.

		Tus labios beben frescura en la pedregosa fuente azul.

		

		Cuando tu frente sangre suavemente

		olvida las antiguas leyendas

		y el oscuro augurio del vuelo de los pájaros.

		

		Pues tus leves pasos se adentran en la noche

		cargada con los púrpuras racimos de la vid;

		mientras el azul hace más bello

		el movimiento de tus brazos.

		

		Se escucha un espino,

		allá donde vuelan tus dos ojos de luna.

		Ah, hace cuánto tiempo que eres de la muerte.

		

		Tu cuerpo es un jacinto

		donde un monje sumerge sus dedos de cera.

		Y una cueva sombría es nuestro silencio

		de la que a veces surge un apacible animal.

		Deja caer lento los pesados párpados.

		

		Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío,

		el último oro de las estrellas extinguidas.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
4.

Alma de noche

Furtivo desciende de los negros bosques

		un venado azul, el alma.

		Es de noche y sobre los escalones musgosos

		se ve una fuente blanca.

		

		La sangre y un grupo de armas antiguas

		murmuran en el valle de los pinos.

		La luna brilla siempre en parajes derruidos;

		embriagada por venenos oscuros,

		máscara de plata inclinada

		sobre el sueño de los pastores;

		cabeza abandonada en silencio por sus sagas.

		

		Oh, abre ella sus frías manos bajo arcos de piedra

		mientras lento sube un dorado verano a la ciega ventana

		y toda la noche se oyen sobre el verde

		los pasos de la danzarina,

		y la voz de la lechuza que llama al ebrio

		en púrpura tristeza.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
5.

Anif

Recuerdo: gaviotas deslizándose sobre un oscuro cielo

		de melancolía masculina.

		Sosegado habitas tú a la sombra del fresno otoñal,

		y absorto en las formas de la colina

		desciendes por el verde río cuando reina la tarde,

		melodioso amor:

		apaciblemente te busca el oscuro venado,

		

		y un hombre rosado. Ebria de viento azul

		roza la frente el follaje agonizante

		mientras recuerdas el rostro adusto de la madre;

		Oh, cómo se hunde todo en lo oscuro;

		

		las lúgubres habitaciones y los viejos utensilios

		de los ancestros conmueven el pecho del extranjero,

		Oh, signos y estrellas. 

		

		Grande es la culpa del que ha nacido.

		Ay, dorados escalofríos de la muerte,

		cuando el alma sueña flores más frescas.

		

		Siempre grita en las ramas desnudas el ave nocturna.

		Al paso de la luna

		suena un viento helado en los muros de la aldea.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
6.

Canción de Kaspar Hauser

Para Bessie Loos

		

		Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina,

		los caminos del bosque, el negro pájaro cantor

		y la alegría de lo verde.

		

		Serio era su vivir a la sombra del árbol

		y puro su rostro.

		Dios habló como una suave llama a su corazón:

		¡Hombre!

		

		La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer;

		pronunció la oscura queja de su boca:

		soñaba ser un jinete.

		

		Pero le seguían animal y arbusto,

		la casa y el jardín de blancos hombres

		y su asesino lo asediaba.

		

		Primavera y verano y el hermoso otoño del justo,

		su paso silencioso

		ante la alcoba sombría de los soñadores.

		De noche permanecía solo con su estrella.

		

		Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje 

		y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán. 

		Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
7.

Canto del solitario

Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques

		se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas;

		los prados cristalinos del corzo.

		La oscuridad calma el murmullo del arroyo,

		sentimos las sombras húmedas

		y las flores del verano que susurran al viento.

		Anochece la frente del hombre pensativo.

		

		Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón,

		en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan

		por la mano de Dios, el hermano quiere descansar

		de espinosos senderos

		y callado te mira con sus ojos nocturnos.

		Ah, morar en el intenso azul de la noche. 

		

		El amoroso silencio de la alcoba

		envuelve la sombra de los ancianos,

		los martirios púrpuras, el llanto de una gran

		que en el nieto solitario muere con piedad.

		

		Pues siempre despierta más radiante

		de sus negros minutos la locura,

		el hombre abatido en los umbrales de piedra

		poderosamente es cubierto por el fresco azul

		y por el luminoso declinar del otoño,

		

		la casa silenciosa, las leyendas del bosque,

		medida y ley y senda lunar de los que mueren.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
8.

Versión de Luis Arántegui

Crepúsculo en el alma

		

		Silenciosa va a dar al lindero del bosque

		una bestia oscura;

		en el cerro acaba quedo el viento de la tarde,

		

		enmudece en su queja el mirlo,

		y blandas flautas del otoño

		callan entre los juncos.

		

		En una negra nube

		navegas ebrio de amapolas

		la alberca de la noche,

		

		el cielo de los astros.

		Aún resuena la voz de luna de la hermana

		en la noche del alma.


		Versión de 
		Luis Arántegui
9.

De profundis

Existe un campo de rastrojos donde cae una lluvia negra.

		Existe un árbol pardo que se alza solitario.

		Existe un viento que susurra entre chozas vacías.

		Qué atardecer tan triste.

		

		A la orilla de la aldea

		la dulce huérfana recoge escasas espigas.

		Sus ojos redondos y dorados recorren el crepúsculo

		y su seno anhela al esposo celestial.

		

		De regreso al hogar

		unos pastores hallaron el dulce cuerpo

		descompuesto en el espino.

		

		Una sombra soy lejos de oscuras aldeas.

		El silencio de Dios

		bebí en la fuente del bosque.

		

		Sobre mi frente golpeó un frío metal.

		Arañas buscan mi corazón.

		Hay una luz que se extinguió en mi boca.

		

		De noche me encontré en un páramo,

		colmado de deshechos y de polvo de estrellas.

		En los avellanos

		tintinearon ángeles cristalinos.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
10.

Decadencia

Al atardecer cuando tocan a paz las campanas,

		Sigo de las aves el maravilloso vuelo

		Que en largas bandadas como devotos peregrinos

		Desaparecen en las claras vastedades del otoño.

		

		Deambulando a través de umbrosos patios

		Sueño yo en sus lúcidos presagios,

		Y siento que de las sabias horas no podré apartarme.

		Así prosigo, por sobre nubes, tras sus viajes.

		

		He aquí que un hálito me hace temblar ante las ruinas.

		El mirlo clama entre las ramas deshojadas.

		Oscilan las rojas vides entre rejas herrumbrosas.

		

		Entretanto como un corro mortal de pálidos infantes

		En torno al oscuro borde de pozos en descomposición.

		Se inclinan ante el viento, enteleridas, azules ramas.

		

		Versión de Walter Hoefler
11.

En la oscuridad

La primavera azul silencia el alma.

		Bajo el húmedo ramaje del poniente

		se hundió estremecida la frente de los amantes.

		

		Oh, la cruz verdecida. En diálogo oscuro

		se reconocieron hombre y mujer.

		Junto al muro desnudo

		camina con sus estrellas el solitario.

		

		Sobre los senderos del bosque en claro de luna

		reinó el desenfreno de cacerías olvidadas;

		la mirada de lo azul

		irrumpe de la roca derruida.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer
12.

Extraña primavera

Profunda luz. Las doce. En duro suelo

		me abriga el sueño aquella vieja roca.

		Tres ángeles detienen, suave, el vuelo.

		Extraños ríen con extraña boca.

		

		Baña los campos la fundida nieve.

		Premonitoria es esta primavera,

		y de aquel abedul se adentra, leve,

		en frío lago larga cabellera.

		

		Veloz acerca el ala hermosa nube,

		cintas azules en el cielo brillan...

		Risueño en ellas mi mirar detuve.

		Los ángeles piadosos se arrodillan.

		

		De un pájaro encantado se levanta

		muy claro y fuerte el trino de metal

		y lúcido, yo escucho lo que canta:

		¡Tu dicha no, tu muerte sí, mortal!


		Versión 
		de Ángela Becker
13.

Grodek

Por la tarde resuenan en los bosques otoñales

		las mortíferas armas, y en las llanuras áureas

		y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.

		La noche abraza a los guerreros moribundos,

		irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.

		Pero silenciosas en la pradera,

		rojas nubes que un dios airado habita

		convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;

		y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.

		Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas

		vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso

		saludando las almas de los héroes,

		las cabezas sangrantes.

		Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño.

		Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;

		un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,

		por los nietos que no han nacido aún.


		Versión 
		de Helmut Pfeiffer

Versos y pensamientos de Georg Trakl

Selección destacada
« Al atardecer resuenan los bosques otoñales de armas mortíferas, las llanuras doradas y los lagos azules, sobre los cuales el sol rueda más sombrío; la noche abraza »
Georg Trakl · Grodek
« Luna, como si un muerto saliera de caverna azul, y florecen muchas flores sobre el sendero de roca. »
Georg Trakl · Al anochecer (Abendland)
« La llama del espíritu se nutre hoy –en un luto violento– de todos los hijos que han de nacer. »
Poemas de Georg Trakl
« Solo el que desprecia la felicidad gana conocimiento. [Nur dem, der das Glück verachtet, wird Erkenntnis]. »
Poemas de Georg Trakl
« Todos los caminos del mundo conducen a la carroña. [Alle Straßen münden in schwarze Verwesung]. »
Poemas de Georg Trakl
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Georg Trakl, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Georg Trakl:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: