Gastón Baquero

Biografía y amplia selección de poemas de Gastón Baquero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (12 poemas seleccionados)

Aproximación a Venus

Para unas muchachas de Bances Candamo,

al margen de un estudio de Pedro Penzol

Belzeraida, Armelina
y Bradamante,

hermosas como el saludo matinal de la oropéndola,
vestidas de
nostalgia y de poesía, decidieron

pasar un breve tiempo -el otoño no más, sólo el otoño-
en las
praderas reservadas en el planeta Venus

para los viajeros de excepcional belleza.

(Los aztecas
rezaban su poesía coral, noche

tras noche en honor del planeta, predilecto entre todos los del
cielo).

Ellas sabían que en Venus es una falta a los dioses
no ser
arrebatadoramente hermosos. Allí en Venus

sólo llegan a nacer los niños una vez comprobado,
en el vientre
de la madre,

que no perturbarán el equilibrio que sostiene
cristalinamente
encendido al astro en su burbuja de diamante,

que es la Belleza.
En Venus nos permiten asomarse a un balcón

a quien no posea un rostro perfecto, y una piel
tan tersa como
el plumaje del colibrí, o como el canto

mañanero de la oropéndola.

(Los aztecas,
danzaban
felices al entregar sus hijos al fulgor de Venus).

Belzeraida, Armelina y Bradamante,
entrelazadas como los
versos de un poema,

fueron llevadas en volandas por el Sol en persona,
que
delicadamente las hizo enflorecer en su jardín de Venus.

Y están allí, en el hogar que les era debido desde siempre
por
su belleza, por su aterciopelada vestimenta

de nostalgia y poesía. El planeta,
festejó cumplidamente la
llegada de hadas tan perfectas.

(Los aztecas tejíanle a Venus, con la sangre de sus príncipes
más bellos,

túnicas de rubíes, diademas de himnos jubilosos).

Ahora,
desde la tierra, podemos asomarnos de tiempo en tiempo

a contemplarle a Venus su recrecido fulgor. Y sentimos,
con un
suave estremecimiento en la piel,

cómo vibra en el astro el alma de la música nacida
de la mirada
azul de Belzeraida, de la

sensual sonrisa de Armelina, de
la promesa de amor de
Bradamante.

1986

Gastón Baquero

Breve viaje nocturno

Mi madre no sabe que por la noche,
cuando ella mira mi cuerpo dormido

y sonríe feliz sintiéndome a su lado,
mi alma sale de mí, se va de
viaje
guiada por elefantes blanquirrojos,
y toda la tierra queda
abandonada,
y ya no pertenezco a la prisión del mundo,
pues llego
hasta la luna, desciendo
en sus verdes ríos y en sus bosques de oro,

y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,
y cabalgo los dóciles
leopardos de la luna,
y me divierto en el teatro de los astros

contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo.

Y mi madre no sabe que al otro día,
cuando toca en mi hombro y
dulcemente llama,
yo no vengo del sueño: yo he regresado
pocos
instantes antes, después de haber sido
el más feliz de los niños, y
el viajero
que despaciosamente entra y sale del cielo,
cuando la
madre llama y obedece el alma.

Gastón Baquero

Canción

¡Toda mi miel
y toda mi delicia!

¡Toda mi infantil
malicia!
¡Toda alegría
y todo desazón!

¡Todo mi pequeño solar
junto al pino!
¡Todo lo que es noble

y todo lo que es fino,
con el alma toda
y todo el corazón!

Gastón Baquero

Canción sobre el nombre de Irene

¡Qué bueno es estar contigo ante este fuego, Irene,
saber
que sigues llamándote así, Irene;

que tu nombre no se te ha evaporado de la piel
como se evapora
el rocío de la panza del sapo!

Ah decir Irene, Irene, Irene, Irene,
cerrando los ojos y
diciendo nada más Irene

por el solo placer y la magia de decir Irene,
Pedaleando en el
aire existas o no existas,

¡qué real y sólida eres, qué verdadera eres
en medio del irreal
universo por llamarte Irene!

Las salamandritas del fuego se te quedan mirando,
y el humo,
antes de irse, se detiene feliz a contemplarse

en el topacioespejo de tus ojos, como una mujer que se empolva la
nariz

antes de entrar en el cementerio.

Y tú en tu aire,
y tú,
impasible con tu abanico de llamas, sigues nada más

llamándote Irene,
segura de que todo el universo no puede
despojarte de tu nombre de Irene!

Yo paseaba un día por el Tíber,
-Tíber de cascabeles
ahogados, Tíber de pececitos oscuros

Tíber meado por Tiberio-,
y vi en medio del río una isla
verdeante,

trabajada en la materia de las madréporas o de las malaquitas,

¡vaya usted a saber!, pero pequeñita y completamente real;

y vi en la orilla
una de esas estatuas del Tíber sumergidas por
siglos,

donde el mármol se ha hecho róseo, y carnal, y blando;
y con
mucho temor, con una reverencia, pregunté a la estatua:

-Perdone usted, señor, ¿cómo se llama esta isla?
Y con un gran
desdén, entreabriendo apenas los labios y mirándome para nada,

dijo suavemente:
-¿Cómo va a llamarse esta isla? Esta isla se llama
Irene.

¡Qué bueno es estar contigo junto al fuego,
y saber que ahí
estás, real y verdadera,

saber que estás ahí mientras afuera se evapora el mundo,
y que
sigues y sigues,

y seguirás para siempre llámandote Irene!

Gastón Baquero

1.

El caballero

Un caballero es
alguien

que se opone al pecado.

Sale con paso de aventura
en
busca del origen de su alma.

Sale hacia el sol,
dialogando con el múltiple espejo
del
rocío.

Conoce la clara fisonomía
de cada estrella.
Ha sido huésped
nemoroso

de cada árbol.
Ha templado su arma bendecida
en cada
amanecer.

Un caballero es alguien
que se opone al pecado,
que
requiere su espada

y despliega sus armas,
ante el malicioso rostro,
ante la
incitación perfumada

de una doncella, cuyo pecho
resguarda los ámbitos del Paraíso.

El caballero avanza
ceñido por las ramas.
Su mirada es
más fría

que su espada. Arde su corazón.
Su memoria persigue
los
parajes extensos,

las sombras que atestiguan
un pasado más puro que los cielos.

El Caballero avanza por el bosque.
Los mirlos le siguen, le
acompaña

el silencio de las ramas, y el aire.
Busca el lugar que canta

en el bosque remoto. Avanza
como un trémulo azor hacia el
pecado.

Gastón Baquero

2.

El diablo

Resuenan sus
pensamientos.

Combaten sus ojos cristalinos
con la más dura imagen del pecado.

Algo tiende sus frutos y procura
arrebatar su alma bajo el
bosque:

es el diablo el que canta entre las ramas.

El diablo es la
alegría

que entrega llanto y ríe.
Es el perfume que alarga una rosa

cuyo centro está hecho de tinieblas.

Es la campana que anda sola recorriendo el bosque,
y suena como
un canto inocente, de llanto y risa.

El caballero escucha,
requiere sus armas,
atraviesa
veloz las ramas,

ora.

El caballero sigue por el bosque.
Alguien lo llama
aún con voz muy poderosa.

Trina el diablo, retiñe su campana, su cascabel
persigue, su
risa avanza.

El caballero escucha: está lejos la sombra.
No hay música
tan pura como el silencio.

No hay palacio tan puro como las ramas.
Su caballo comienza a
encantarse, el aire

se viste de una serena música, corporal, cristalina:
el
caballero avanza hacia la muerte.

Gastón Baquero

3.

La muerte

La muerte es el
soldado

perpetuo del Señor.

Cuando alguien hiere
la mirada que
nunca se fatiga

ella viene a volverlo
ser único del mundo ante esos ojos.

Cuando alguien deja hundir su sueño
detrás del propio cuerpo,

ella viene a golpearle
amorosa los hombros,
y descubre un
viajero

más despierto y profundo.

Cuando alguien olvida
su
existencia,

ella viene y desgrana
en lugar suyo
la melodía abierta del
ascenso;

esparce como el agua por el suelo
el lento descender,
el ir
arriba.

Cuando es llamada
por aquél que no puede con su alma,
se
oculta entre la malla de los días;

luego se cubre el pecho
con su coraza negra,
y armada de su
lanza,

su caballo y su escudo,
se arroja inesperada
entre la hueste
erguida.

Tala sin ruido
lo pesado y lo leve.
No pregunta ni escucha.

Trabaja y parte
hacia otro ser,
único en el mundo,
que
la espera aunque duerma,

que la espera y despierta
para encontrarse solo
ante su
cuerpo abierto,

sin secreto y sin mundo
delante del Señor.

Ella
atraviesa el tiempo

como atraviesa el polvo los espacios.
Sus combates
renacen
el instante en que los cielos

sin peso fueron levantados
y fueron destruidos.
Para ella
las flores,

el adiós, la sonrisa,
la aflicción que no acierta,
lo
hiriente y lo amoroso.

Para ella el olvido,
el no mirarla nunca
destruir el espejo,

devorar el silencio,
arrinconar el mundo.
Para ella los
brazos,

los metales más puros,
los signos, el lamento,
que todo esto
alcanza

a dejar que su canto
penetre hasta las hondas
claridades del
cuerpo.

La muerte es el soldado
perpetuo del Señor.

Cada
muerto es de nuevo

la plenitud del mundo.
Por cada muerto habla
la piedad del
Señor.

Aquella que nos busca
debajo de lo oscuro,
la que nos pone
en llamas

otra vez como el día
en que los cielos fueron
creados y
deshechos,

es la siempre perdida,
la siempre rechazada,
pero la siempre
entera,

corporal, cristalina,
memoria del Señor.

El Caballero
rinde

sus armas a la muerte.
Su corcel se arrodilla
lentamente en
el aire.

Las ramas tienden
hacia el cielo su alma,
cantan a su
gloria,

le entregan al Señor.

Gastón Baquero

El hombre habla de sus vidas anteriores

Cuando yo era un pequeño pez,
cuando sólo conocía las aguas del
hermoso mar,
y recordaba muy vagamente haber sido
un árbol de
alcanfor en las riberas del Caroní,
yo era feliz.

Después, cuando mi destino me hizo
reaparecer encarnada en la
lentitud de un leopardo,
viví unos claros años de vigor y de júbilo,

conocí los paisajes perfumados por la flor del abedul,
y era feliz.

Y todo el tiempo que fui
cabalgadura de un guerrero en Etiopía,

luego de haber sido el tierno bisabuelo de un albatros,
y de venir de
muy lejos diciendo adiós a mi envoltura
de sierpe de cascabel,
yo
era feliz.

Mas sólo cuando un día
desperté gimoteando bajo la piel de un
niño,
comencé a recordar con dolor los perdidos paisajes,
lloraba
por algunos perfumes de mi selva, y por el humo
de las maderas
balsámicas del Indostán.
Y bajo la piel de humano
ya llevo tanto
sufrido, y tanto y tanto,
que sólo espero pasar, y disolverme de
nuevo,
para reaparecer como un pequeño pez,
como un árbol en las
riberas del Caroní,
como un leopardo que sube al abedul,
o como el
antepasado de una arrogante ave,
o como el apacible dormitar de la
serpiente junto al río,
o como esto o como lo otro ¿o por qué no?,

como una cuerda de la guitarra donde alguien,
sea quien sea,
toca
interminablemente una danza que alegra de

igual modo a la luna y al sol.

Gastón Baquero

Génesis

Sus rodillas de piedra, sus mejillas

frescas aún de la reciente alga;
sus manos enterradas en la
arcilla

que el cuerpo oscuro hacia la luz cabalga;

y su testa nonata
todavía, blanda silla

de recóndita luz, de espera larga,
fue ascendiendo detrás de la
semilla

ida del verbo a la región amarga.

Ciego era Adán cuando la
augusta mano

le impartió su humedad al rostro frío.
Por el verbo del agua se
hizo humano,

por el agua, que es llanto en desvarío,
se fue mudando hacia
el jardín cercano

e incendió con su luz el astro frío.

Gastón Baquero

Jamás, con ese final

Si tomas entre los dedos
la palabra amor,
y la contemplas de
derecho a revés,
y de arriba abajo,
verás que está hecha de
algodón,
de niebla,
y de dulzura.

Si después aprisionas
la palabra música,
sentirás entre tus
dedos
el crujir de una frágil
lámina de arena.

Si cae entre tus manos
la palabra jamás,
la terrible palabra

que pone punto final a la pasión
y al destino,
sentirás que está
lleno de infinito,
y que la serpiente inmóvil de la S
es un
eslabón entre el fuego y la nieve,
entre el infierno y el cielo,

entre el amor y la música.

La palabra jamás con ese al final
no termina nunca;
rodea la
tierra y salta luego,
perdiéndose en el océano
de las estrellas.

Gastón Baquero

La casa en ruinas

Une rose dans les
ténèbres

S. M.

Hoy he vuelto a la casa donde un día
mi infancia campesina
conociera
el pavor y la extraña melodía
de encontrar otra vez lo
que muriera.

Ya nada atemoriza, nada altera
el ritmo de la sangre. Aquí vivía

(cuando era mi vida primavera)
la que a los niños en dioses
convertía.

Vacío el caserón, rotas las jarras
que las rosas colmaron de
belleza,
en vano vine en busca de mí mismo:

todo es inútil ya, perdidas las amarras,
y vencedoras las ruinas,
es la pobreza
la única rosa nacida en el abismo.

Gastón Baquero

La mariposa

Teresa:
traía para ti,

entre las manos,
una mariposa.

Era roja, era azul,

era oriblanca,

era tan linda,
que al verla bajo el sol
esta mañana,

quise que la tuvieras

o al menos la miraras.

Traía para ti,
lleno de
contentura

aquella mariposa
que aleteaba en mis manos
como un pajarito.

¡Quería verte la cara
cuando vieras saltar
sobre tu falda

aquella mariposa!

Pero ya junto a tu casa
vi otra
mariposa

sola, amarilla, y verde,
parecía estar triste
como un hombre
sin novia,

y pensé si sería
la novia de la mía:
y abriendo las mis
manos

dejé que se escapara
la oriblanca, la azul,
la roja
mariposa;

y las dos se volaron,
y juntas fueron a quererse
perdidas
por el cielo.

De "Poemas
escritos en España"

Gastón Baquero

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