Aproximación a Venus
Para unas muchachas de Bances Candamo,
al margen de un estudio de Pedro Penzol
Belzeraida, Armelina
y Bradamante,
hermosas como el saludo matinal de la oropéndola,
vestidas de
nostalgia y de poesía, decidieron
pasar un breve tiempo -el otoño no más, sólo el otoño-
en las
praderas reservadas en el planeta Venus
para los viajeros de excepcional belleza.
(Los aztecas
rezaban su poesía coral, noche
tras noche en honor del planeta, predilecto entre todos los del
cielo).
Ellas sabían que en Venus es una falta a los dioses
no ser
arrebatadoramente hermosos. Allí en Venus
sólo llegan a nacer los niños una vez comprobado,
en el vientre
de la madre,
que no perturbarán el equilibrio que sostiene
cristalinamente
encendido al astro en su burbuja de diamante,
que es la Belleza.
En Venus nos permiten asomarse a un balcón
a quien no posea un rostro perfecto, y una piel
tan tersa como
el plumaje del colibrí, o como el canto
mañanero de la oropéndola.
(Los aztecas,
danzaban
felices al entregar sus hijos al fulgor de Venus).
Belzeraida, Armelina y Bradamante,
entrelazadas como los
versos de un poema,
fueron llevadas en volandas por el Sol en persona,
que
delicadamente las hizo enflorecer en su jardín de Venus.
Y están allí, en el hogar que les era debido desde siempre
por
su belleza, por su aterciopelada vestimenta
de nostalgia y poesía. El planeta,
festejó cumplidamente la
llegada de hadas tan perfectas.
(Los aztecas tejíanle a Venus, con la sangre de sus príncipes
más bellos,
túnicas de rubíes, diademas de himnos jubilosos).
Ahora,
desde la tierra, podemos asomarnos de tiempo en tiempo
a contemplarle a Venus su recrecido fulgor. Y sentimos,
con un
suave estremecimiento en la piel,
cómo vibra en el astro el alma de la música nacida
de la mirada
azul de Belzeraida, de la
sensual sonrisa de Armelina, de
la promesa de amor de
Bradamante.
1986