Biografía

Vida

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, Asturias, España, 5 de enero de 1744-Puerto de Vega, Navia, 27 de noviembre de 1811) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Gaspar Melchor de Jovellanos

Ilustración española (1744–1811)

Ilustración española · Humanismo, sátira moral, pensamiento civil y sobria elegancia poética

Lírica y Versos

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

2 poemas seleccionados
1.

Epístola cuarta de Jovino a Anfriso

Credibile est illi numen ineste loco. 
                                                                                                                                             
	Ovidio

Desde el oculto y venerable asilo, 
do la virtud 
	austera y penitente 
	
vive ignorada, y del liviano mundo 
huida, en santa soledad se 
	esconde, 
	
Jovino triste al venturoso Anfriso 
salud en versos flébiles envía. 
	
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado 
de las mantuanas Musas, 
	tal vez suele 
	
al grave son de su celeste canto 
precipitar del viejo Manzanares 

	el curso perezoso, tal süave 
	
suele ablandar con amorosa lira 
la altiva condición de sus zagalas. 
	

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado 
a quien no dio la 
	suerte tal ventura 
	
pudiese huir del mundo y sus peligros! 
¡Pluguiera a Dios, pues ya 
	con su barquilla 
	
logró arribar a puerto tan seguro, 
que esconderla supiera en este 
	abrigo, 
	
a tanta luz y ejemplos enseñado! 
Huyera así la furia tempestuosa 

	de los contrarios vientos, los escollos 
	
y las fieras borrascas, tantas veces 
entre sustos y lágrimas 
	corridas. 
	
Así también del mundanal tumulto 
lejos, y en estos montes guarecido, 
	
alguna vez gozara del reposo, 
que hoy desterrado de su pecho vive. 
	

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo 
de la virtud 
	arrastra la cadena, 
	
la pesada cadena con que el mundo 
oprime a sus esclavos! ¡Ay del 
	triste 
	
en cuyo oído suena con espanto, 
por esta oculta soledad rompiendo, 
	
de su señor el imperioso grito! 

Busco en estas moradas 
	silenciosas 
	
el reposo y la paz que aquí se esconden, 
y sólo encuentro la 
	inquietud funesta 
	
que mis sentidos y razón conturba. 
Busco paz y reposo, pero en vano 
	
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones, 
herencia santa que al 
	partir del mundo 
	
dejó Bruno en sus hijos vinculada, 
nunca en profano corazón 
	entraron, 
	
ni a los parciales del placer se dieron. 

Conozco bien que fuera 
	de este asilo 
	
sólo me guarda el mundo sinrazones, 
vanos deseos, duros desengaños, 
	
susto y dolor; empero todavía 
a entrar en él no puedo resolverme. 
	
No puedo resolverme, y despechado, 
sigo el impulso del fatal 
	destino, 
	
que a muy más dura esclavitud me guía. 
Sigo su fiero impulso, y 
	llevo siempre 
	
por todas partes los pesados grillos, 
que de la ansiada libertad me 
	privan. 
	

De afán y angustia el pecho traspasado, 
pido a la muda soledad 
	consuelo 
	
y con dolientes quejas la importuno. 
Salgo al ameno valle, subo al 
	monte, 
	
sigo del claro río las corrientes, 
busco la fresca y deleitosa 
	sombra, 
	
corro por todas partes, y no encuentro 
en parte alguna la quietud 
	perdida. 
	
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos, 
cansados de llorar, presenta 
	el cielo! 
	
Rodeado de frondosos y altos montes 
se extiende un valle, que de mil 
	delicias 
	
con sabia mano ornó Naturaleza. 

Pártele en dos mitades, 
	despeñado 
	
de las vecinas rocas, el Lozoya, 
por su pesca famoso y dulces aguas. 
	
Del claro río sobre el verde margen 
crecen frondosos álamos, que al 
	cielo 
	
ya erguidos alzan las plateadas copas 
o ya sobre las aguas 
	encorvados, 
	
en mil figuras miran con asombro 
su forma en los cristales 
	retratada. 
	

De la siniestra orilla un bosque ombrío 
hasta la falda del 
	vecino monte 
	
se extiende, tan ameno y delicioso, 
que le hubiera juzgado el 
	gentilismo 
	
morada de algún dios, o a los misterios 
de las silvanas dríadas 
	guardado. 
	
Aquí encamino mis inciertos pasos 
y en su recinto ombrío y 
	silencioso, 
	
mansión la más conforme para un triste, 
entro a pensar en mi crüel 
	destino. 
	
La grata soledad, la dulce sombra, 
el aire blando y el silencio mudo 
	
mi desventura y mi dolor adulan. 

No alcanza aquí del padre de 
	las luces 
	
el rayo acechador, ni su reflejo 
viene a cubrir de confusión el 
	rostro 
	
de un infeliz en su dolor sumido. 
El canto de las aves no interrumpe 
	
aquí tampoco la quietud de un triste, 
pues sólo de la viuda 
	tortolilla 
	
se oye tal vez el lastimero arrullo, 
tal vez el melancólico trinado 
	
de la angustiada y dulce Filomena. 

Con blando impulso el céfiro 
	suave, 
	
las copas de los árboles moviendo, 
recrea el alma con el manso 
	ruido; 
	
mientras al dulce soplo desprendidas 
las agostadas hojas, revolando, 
	
bajan en lentos círculos al suelo; 
cúbrenle en torno, y la frondosa 
	pompa 
	
que al árbol adornara en primavera, 
yace marchita, y muestra los 
	rigores 
	
del abrasado estío y seco otoño. 

¡Así también de juventud lozana 
	
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas! 
Un soplo de inconstancia, de 
	fastidio 
	
o de capricho femenil las tala 
y lleva por el aire, cual las hojas 
	
de los frondosos árboles caídas. 
Ciegos empero y tras su vana sombra 
	
de contino exhalados, en pos de ellas 
corremos hasta hallar el 
	precipicio, 
	
do nuestro error y su ilusión nos guían. 

Volamos en pos de 
	ellas, como suele 
	
volar a la dulzura del reclamo 
incauto el pajarillo. Entre las hojas 
	
el preparado visco le detiene; 
lucha cautivo por huir y en vano 

	porque un traidor, que en asechanza atisba, 
	
con mano infiel la libertad le roba 
y a muerte le condena, o cárcel 
	dura. 
	

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos 
un pronto desengaño corrió 
	el velo 
	
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces 
dichoso el solitario 
	penitente, 
	
que, triunfando del mundo y de sí mismo, 
vive en la soledad libre y 
	contento! 
	
Unido a Dios por medio de la santa 
contemplación, le goza ya en la 
	tierra, 
	
y retirado en su tranquilo albergue, 
observa reflexivo los milagros 
	
de la naturaleza, sin que nunca 
turben el susto ni el dolor su 
	pecho. 
	

Regálanle las aves con su canto 
mientras la aurora sale 
	refulgente 
	
a cubrir de alegría y luz el mundo. 
Nácele siempre el sol claro y 
	brillante, 
	
y nunca a él levanta conturbados 
sus ojos, ora en el oriente raye, 
	
ora del cielo a la mitad subiendo 
en pompa guíe el reluciente carro, 
	
ora con tibia luz, más perezoso, 
su faz esconda en los vecinos 
	montes. 
	

Cuando en las claras noches cuidadoso 
vuelve desde los santos 
	ejercicios, 
	
la plateada luna en lo más alto 
del cielo mueve la luciente rueda 
	
con augusto silencio; y recreando 
con blando resplandor su humilde 
	vista, 
	
eleva su razón, y la dispone 
a contemplar la alteza y la inefable 
	
gloria del Padre y Criador del mundo. 

Libre de los cuidados 
	enojosos, 
	
que en los palacios y dorados techos 
nos turban de contino, y 
	entregado 
	
a la inefable y justa Providencia, 
si al breve sueño alguna pausa 
	pide 
	
de sus santas tareas, obediente 
viene a cerrar sus párpados el sueño 
	
con mano amiga, y de su lado ahuyenta 
el susto y las fantasmas de la 
	noche. 
	

¡Oh suerte venturosa, a los amigos 
de la virtud guardada! ¡Oh 
	dicha, nunca 
	
de los tristes mundanos conocida! 
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque 
	ombrío! 
	
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria 
taciturna mansión! ¡Oh quién, del 
	alto 
	
y proceloso mar del mundo huyendo 
a vuestra eterna calma, aquí 
	seguro 
	
vivir pudiera siempre, y escondido! 

Tales cosas revuelvo en mi 
	memoria, 
	
en esta triste soledad sumido. 
Llega en tanto la noche y con su 
	manto 
	
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces 
a los medrosos claustros. De 
	una escasa 
	
luz el distante y pálido reflejo 
guía por ellos mis inciertos pasos; 
	
y en medio del horror y del silencio, 
¡oh fuerza del ejemplo 
	portentosa!, 
	
mi corazón palpita, en mi cabeza 
se erizan los cabellos, se 
	estremecen 
	
mis carnes y discurre por mis nervios 
un súbito rigor que los 
	embarga. 
	

Parece que oigo que del centro oscuro 
sale una voz tremenda, que 
	rompiendo 
	
el eterno silencio, así me dice: 
«Huye de aquí, profano, tú que 
	llevas 
	
de ideas mundanales lleno el pecho, 
huye de esta morada, do se 
	albergan 
	
con la virtud humilde y silenciosa 
sus escogidos; huye y no profanes 
	
con tu planta sacrílega este asilo.» 

De aviso tal al golpe 
	confundido, 
	
con paso vacilante voy cruzando 
los pavorosos tránsitos, y llego 

	por fin a mi morada, donde ni hallo 
	
el ansiado reposo, ni recobran 
la suspirada calma mis sentidos. 

	
Lleno de congojosos pensamientos 
paso la triste y perezosa noche 

	en molesta vigilia, sin que llegue 
	
a mis ojos el sueño, ni interrumpan 
sus regalados bálsamos mi pena. 
	
Vuelve por fin con la risueña aurora 
la luz aborrecida, y en pos de 
	ella 
	
el claro día a publicar mi llanto 
dar nueva materia al dolor mío.
2.

Sátira primera a Arnesto

Quis tam patiens ut teneat se? 
	
                                                                                                                        
	Juvenal 

Déjame, Arnesto, déjame que llore 
los fieros males 
	de mi patria, deja 
	
que su ruïna y perdición lamente; 
y si no quieres que en el centro 
	obscuro 
	
de esta prisión la pena me consuma, 
déjame al menos que levante el 
	grito 
	
contra el desorden; deja que a la tinta 
mezclando hiel y acíbar, 
	siga indócil 
	
mi pluma el vuelo del bufón de Aquino. 

¡Oh cuánto rostro veo a 
	mi censura 
	
de palidez y de rubor cubierto! 
Ánimo, amigos, nadie tema, nadie, 
	
su punzante aguijón, que yo persigo 
en mi sátira al vicio, no al 
	vicioso. 
	
¿Y qué querrá decir que en algún verso, 
encrespada la bilis, tire un 
	rasgo 
	
que el vulgo crea que señala a Alcinda, 
la que olvidando su 
	orgullosa suerte, 
	
baja vestida al Prado, cual pudiera 
una maja, con trueno y rascamoño 
	
alta la ropa, erguida la caramba, 
cubierta de un cendal más 
	transparente 
	
que su intención, a ojeadas y meneos 
la turba de los tontos 
	concitando? 
	
¿Podrá sentir que un dedo malicioso, 
apuntando este verso, la 
	señale? 
	

Ya la notoriedad es el más noble 
atributo del vicio, y nuestras 
	Julias, 
	
más que ser malas, quieren parecerlo. 
Hubo un tiempo en que andaba 
	la modestia 
	
dorando los delitos; hubo un tiempo 
en que el recato tímido cubría 
	
la fealdad del vicio; pero huyóse 
el pudor a vivir en las cabañas. 
	
Con él huyeron los dichosos días, 
que ya no volverán; huyó aquel 
	siglo 
	
en que aun las necias burlas de un marido 
las Bascuñanas crédulas 
	tragaban; 
	
mas hoy Alcinda desayuna al suyo 
con ruedas de molino; triunfa, 
	gasta, 
	
pasa saltando las eternas noches 
del crudo enero, y cuando el sol 
	tardío 
	
rompe el oriente, admírala golpeando, 
cual si fuese una extraña, al 
	propio quicio. 
	

Entra barriendo con la undosa falda 
la alfombra; aquí y allí 
	cintas y plumas 
	
del enorme tocado siembra, y sigue 
con débil paso soñolienta y 
	mustia, 
	
yendo aún Fabio de su mano asido, 
hasta la alcoba, donde a pierna 
	suelta 
	
ronca el cornudo y sueña que es dichoso. 
Ni el sudor frío, ni el 
	hedor, ni el rancio 
	
eructo le perturban. A su hora 
despierta el necio; silencioso deja 
	
la profanada holanda, y guarda atento 
a su asesina el sueño mal 
	seguro. 
	
¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas 
tu suerte envidian! 
	¡Cuántas de Himeneo 
	
buscan el yugo por lograr tu suerte, 
y sin que invoquen la razón, ni 
	pese 
	
su corazón los méritos del novio, 
el sí pronuncian y la mano alargan 
	
al primero que llega! ¡Qué de males 
esta maldita ceguedad no aborta! 
	

Veo apagadas las nupciales teas 
por la discordia con infame 
	soplo 
	
al pie del mismo altar, y en el tumulto, 
brindis y vivas de la 
	tornaboda, 
	
una indiscreta lágrima predice 
guerras y oprobrios a los mal unidos. 
	
Veo por mano temeraria roto 
el velo conyugal, y que corriendo 

	con la impudente frente levantada, 
	
va el adulterio de una casa en otra. 
Zumba, festeja, ríe, y 
	descarado 
	
canta sus triunfos, que tal vez celebra 
un necio esposo, y tal del 
	hombre honrado 
	
hieren con dardo penetrante el pecho, 
su vida abrevian, y en la 
	negra tumba 
	
su error, su afrenta y su despecho esconden. 

¡Oh viles almas! 
	¡Oh virtud! ¡Oh leyes! 
	
¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa 
te hizo fiar a guardas tan 
	infieles 
	
tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis, 
tu brazo sobornó? Le mueves 
	cruda 
	
contra las tristes víctimas que arrastra 
la desnudez o el desamparo 
	al vicio; 
	
contra la débil huérfana, del hambre 
y del oro acosada, o al halago, 
	
la seducción y el tierno amor rendida; 
la expilas, la deshonras, la 
	condenas 
	
a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto 
ves indolente en los 
	dorados techos 
	
cobijado el desorden, o le sufres 
salir en triunfo por las anchas 
	plazas, 
	
la virtud y el honor escarneciendo! 

¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh 
	corrupción! Matronas 
	
castellanas, ¿quién pudo vuestro claro 
pundonor eclipsar? ¿Quién de 
	Lucrecias 
	
en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso 
océano, ni, lleno de peligros, 
	
el Lilibeo, ni las arduas cumbres 
de Pirene pudieron guareceros 

	de contagio fatal? Zarpa, preñada 
	
de oro, la nao gaditana, aporta 
a las orillas gálicas, y vuelve 

	llena de objetos fútiles y vanos; 
	
y entre los signos de extranjera pompa 
ponzoña esconde y corrupción, 
	compradas 
	
con el sudor de las iberas frentes. 

Y tú, mísera España, tú la 
	esperas 
	
sobre la playa, y con afán recoges 
la pestilente carga y la repartes 
	
alegre entre tus hijos. Viles plumas, 
gasas y cintas, flores y 
	penachos, 
	
te trae en cambio de la sangre tuya, 
de tu sangre ¡oh baldón!, y 
	acaso, acaso 
	
de tu virtud y honestidad. Repara 
cuál la liviana juventud los 
	busca. 
	
Mira cuál va con ellos engreída 
la imprudente doncella; su cabeza, 
	
cual nave real en triunfo empavesada, 
vana presenta del favonio al 
	soplo 
	
la mies de plumas y de agrones, y anda 
loca, buscando en la lisonja 
	el premio 
	
de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte, 
guarte, que está cercano 
	el precipicio! 
	

El astuto amador ya en asechanza 
te atisba y sigue con lascivos 
	ojos; 
	
la educación y la caricia el lazo 
te van a armar, do caerás incauta, 
	
en él tu oprobrio y perdición hallando. 
¡Ay, cuánto, cuánto de 
	amargura y lloro 
	
te costarán tus galas! ¡Cuán tardío 
será y estéril tu 
	arrepentimiento! 
	
Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas 
del nunca exhausto Potosí nos 
	bastan 
	
a saciar el hidrópico deseo, 
la ansiosa sed de vanidad y pompa. 

	Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo 
	
lo que antes un estado, y se consume 
en un festín la dote de una 
	infanta. 
	
Todo lo tragan; la riqueza unida 
va a la indigencia; pide y 
	pordiosea 
	
el noble, engaña, empeña, malbarata, 
quiebra y perece, y el logrero 
	goza 
	
los pingües patrimonios, premio un día 
del generoso afán de altos 
	abuelos. 
	

¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica: 
parentesco, amistad, 
	favor, influjo, 
	
y hasta el honor, depósito sagrado, 
o se vende o se compra. Y tú, 
	Belleza, 
	
don el más grato que dio al hombre el cielo, 
no eres ya premio del 
	valor, ni paga 
	
del peregrino ingenio; la florida 
juventud, la ternura, el 
	rendimiento 
	
del constante amador ya no te alcanzan. 
Ya ni te das al corazón, ni 
	sabes 
	
de él recibir adoración y ofrendas. 
Ríndeste al oro. La vejez 
	hedionda, 
	
la sucia palidez, la faz adusta, 
fiera y terrible, con igual derecho 
	
vienen sin susto a negociar contigo. 
Daste al barato, y tu rosada 
	frente, 
	
tus suaves besos y sus dulces brazos, 
corona un tiempo del amor más 
	puro, 
	
son ya una vil y torpe mercancía.

Versos y pensamientos de Gaspar Melchor de Jovellanos

Selección destacada
« ¿De qué sirve, decid, que de remotos siglos contéis los timbres y blasones, si de virtudes y de honor desnudos mancháis la sangre que heredáis ilustre? »
Gaspar Melchor de Jovellanos · A Arnesto (Sátira contra la mala educación de la nobleza)
« ¡Hijas del cielo, plácidas deidades, que habitáis las riberas del Parnaso, volved a mí los ojos compasivos y consolad el pecho acongojado! »
Gaspar Melchor de Jovellanos · A las musas
« Bien están los buenos pensamientos. Pero resultan tan livianos como burbujas de jabón si no los sigue el esfuerzo para concretarlos en acción. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« La ciencia es sin disputa el mejor, el más brillante adorno del hombre. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« La simpatía mueve dos cuerpos con una sola alma. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Las pasiones alteran momentáneamente la índole de los hombres, pero no la destruyen. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« La tierra no produce para ellos [los ignorantes] sino malezas y abrojos. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Los manantiales de la abundancia no están en las plazas, sino en los campos; sólo puede abrirlos la libertad y dirigirlos a los puntos donde los llama el interés. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Los pueblos tienen el gobierno que se merecen. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Para el hombre laborioso, el tiempo es elástico y da para todo. Sólo falta el tiempo a quien no sabe aprovecharlo. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« ¿Qué sería de una nación que en vez de geómetras, astrónomos, arquitectos y mineralogistas, no tuviesen sino teólogos y jurisconsultos?. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Quien deja de ser amigo de mi Patria deja de serlo mío. España no lidia por los Borbones, ni por Fernando. [...] En una palabra: España lidia por su libertad. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado aquel que no es capaz de derramarlas!. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Todo impuesto debe salir de lo superfluo, y no de lo necesario. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Con rara unanimidad —los casos de Jovellanos y Floridablanca tiene su explicación: el primero en su indeterminación política, claramente expuesta en sus obras doctrinales, que le tuvo varios días a la puerta de Madrid, dudando acerca del partido más conveniente, y el segundo, en razón de su edad y de la violenta reacción que le produjo el espectáculo de la revolución— los ilustrados de Carlos III se enrolaron bajo las banderas de José I, constituyendo el núcleo del partido que se llamaría afrancesado. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
« Pocos escritores dramáticos contaba el Parnaso español, a principios del siglo presente; pocas también fueron las obras que dejaron. Cinco solas escribió Moratín, cinco Cienfuegos, Quintana dos; Plano, Meseguer y Sánchez una cada uno. Jovellanos, preso en Bellver, mal podía ya pensar en ficciones poéticas;... Cienfuegos murió en Francia, llevado allí por ser enemigo de los franceses; Moratín emigró por amigo: la segunda visita que nos hicieron nuestros vecinos en el año 1823 arrojó de la Península o redujo al silencio a los sucesores de Moratín y Cienfuegos. »
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Gaspar Melchor de Jovellanos:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: