« ¿De qué sirve, decid, que de remotos siglos contéis los timbres y blasones, si de virtudes y de honor desnudos mancháis la sangre que heredáis ilustre? »
Gaspar Melchor de Jovellanos
Ilustración española (1744–1811)Ilustración española · Humanismo, sátira moral, pensamiento civil y sobria elegancia poética
Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos
1.
Epístola cuarta de Jovino a Anfriso
Epístola cuarta de Jovino a Anfriso
Credibile est illi numen ineste loco.
Ovidio
Desde el oculto y venerable asilo,
do la virtud
austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se
esconde,
Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas,
tal vez suele
al grave son de su celeste canto
precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal süave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condición de sus zagalas.
¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
a quien no dio la
suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya
con su barquilla
logró arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este
abrigo,
a tanta luz y ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lágrimas
corridas.
Así también del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive.
Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud
arrastra la cadena,
la pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del
triste
en cuyo oído suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,
de su señor el imperioso grito!
Busco en estas moradas
silenciosas
el reposo y la paz que aquí se esconden,
y sólo encuentro la
inquietud funesta
que mis sentidos y razón conturba.
Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al
partir del mundo
dejó Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazón
entraron,
ni a los parciales del placer se dieron.
Conozco bien que fuera
de este asilo
sólo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desengaños,
susto y dolor; empero todavía
a entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal
destino,
que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y
llevo siempre
por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me
privan.
De afán y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad
consuelo
y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al
monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa
sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud
perdida.
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta
el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil
delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
Pártele en dos mitades,
despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al
cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas
o ya sobre las aguas
encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales
retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío
hasta la falda del
vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el
gentilismo
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas dríadas
guardado.
Aquí encamino mis inciertos pasos
y en su recinto ombrío y
silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a pensar en mi crüel
destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan.
No alcanza aquí del padre de
las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el
rostro
de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda
tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,
tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro
suave,
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso
ruido;
mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa
pompa
que al árbol adornara en primavera,
yace marchita, y muestra los
rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de
fastidio
o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
corremos hasta hallar el
precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de
ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir y en vano
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel
dura.
¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió
el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario
penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,
vive en la soledad libre y
contento!
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la
tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su
pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale
refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.
Nácele siempre el sol claro y
brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,
ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos
montes.
Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos
ejercicios,
la plateada luna en lo más alto
del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde
vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados
enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y
entregado
a la inefable y justa Providencia,
si al breve sueño alguna pausa
pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la
noche.
¡Oh suerte venturosa, a los amigos
de la virtud guardada! ¡Oh
dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque
ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
taciturna mansión! ¡Oh quién, del
alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí
seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!
Tales cosas revuelvo en mi
memoria,
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche y con su
manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De
una escasa
luz el distante y pálido reflejo
guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo
portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se
estremecen
mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los
embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que
rompiendo
el eterno silencio, así me dice:
«Huye de aquí, profano, tú que
llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta morada, do se
albergan
con la virtud humilde y silenciosa
sus escogidos; huye y no profanes
con tu planta sacrílega este asilo.»
De aviso tal al golpe
confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de
ella
el claro día a publicar mi llanto
dar nueva materia al dolor mío.
2.
Sátira primera a Arnesto
Sátira primera a Arnesto
Quis tam patiens ut teneat se?
Juvenal
Déjame, Arnesto, déjame que llore
los fieros males
de mi patria, deja
que su ruïna y perdición lamente;
y si no quieres que en el centro
obscuro
de esta prisión la pena me consuma,
déjame al menos que levante el
grito
contra el desorden; deja que a la tinta
mezclando hiel y acíbar,
siga indócil
mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.
¡Oh cuánto rostro veo a
mi censura
de palidez y de rubor cubierto!
Ánimo, amigos, nadie tema, nadie,
su punzante aguijón, que yo persigo
en mi sátira al vicio, no al
vicioso.
¿Y qué querrá decir que en algún verso,
encrespada la bilis, tire un
rasgo
que el vulgo crea que señala a Alcinda,
la que olvidando su
orgullosa suerte,
baja vestida al Prado, cual pudiera
una maja, con trueno y rascamoño
alta la ropa, erguida la caramba,
cubierta de un cendal más
transparente
que su intención, a ojeadas y meneos
la turba de los tontos
concitando?
¿Podrá sentir que un dedo malicioso,
apuntando este verso, la
señale?
Ya la notoriedad es el más noble
atributo del vicio, y nuestras
Julias,
más que ser malas, quieren parecerlo.
Hubo un tiempo en que andaba
la modestia
dorando los delitos; hubo un tiempo
en que el recato tímido cubría
la fealdad del vicio; pero huyóse
el pudor a vivir en las cabañas.
Con él huyeron los dichosos días,
que ya no volverán; huyó aquel
siglo
en que aun las necias burlas de un marido
las Bascuñanas crédulas
tragaban;
mas hoy Alcinda desayuna al suyo
con ruedas de molino; triunfa,
gasta,
pasa saltando las eternas noches
del crudo enero, y cuando el sol
tardío
rompe el oriente, admírala golpeando,
cual si fuese una extraña, al
propio quicio.
Entra barriendo con la undosa falda
la alfombra; aquí y allí
cintas y plumas
del enorme tocado siembra, y sigue
con débil paso soñolienta y
mustia,
yendo aún Fabio de su mano asido,
hasta la alcoba, donde a pierna
suelta
ronca el cornudo y sueña que es dichoso.
Ni el sudor frío, ni el
hedor, ni el rancio
eructo le perturban. A su hora
despierta el necio; silencioso deja
la profanada holanda, y guarda atento
a su asesina el sueño mal
seguro.
¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas
tu suerte envidian!
¡Cuántas de Himeneo
buscan el yugo por lograr tu suerte,
y sin que invoquen la razón, ni
pese
su corazón los méritos del novio,
el sí pronuncian y la mano alargan
al primero que llega! ¡Qué de males
esta maldita ceguedad no aborta!
Veo apagadas las nupciales teas
por la discordia con infame
soplo
al pie del mismo altar, y en el tumulto,
brindis y vivas de la
tornaboda,
una indiscreta lágrima predice
guerras y oprobrios a los mal unidos.
Veo por mano temeraria roto
el velo conyugal, y que corriendo
con la impudente frente levantada,
va el adulterio de una casa en otra.
Zumba, festeja, ríe, y
descarado
canta sus triunfos, que tal vez celebra
un necio esposo, y tal del
hombre honrado
hieren con dardo penetrante el pecho,
su vida abrevian, y en la
negra tumba
su error, su afrenta y su despecho esconden.
¡Oh viles almas!
¡Oh virtud! ¡Oh leyes!
¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa
te hizo fiar a guardas tan
infieles
tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis,
tu brazo sobornó? Le mueves
cruda
contra las tristes víctimas que arrastra
la desnudez o el desamparo
al vicio;
contra la débil huérfana, del hambre
y del oro acosada, o al halago,
la seducción y el tierno amor rendida;
la expilas, la deshonras, la
condenas
a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto
ves indolente en los
dorados techos
cobijado el desorden, o le sufres
salir en triunfo por las anchas
plazas,
la virtud y el honor escarneciendo!
¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh
corrupción! Matronas
castellanas, ¿quién pudo vuestro claro
pundonor eclipsar? ¿Quién de
Lucrecias
en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso
océano, ni, lleno de peligros,
el Lilibeo, ni las arduas cumbres
de Pirene pudieron guareceros
de contagio fatal? Zarpa, preñada
de oro, la nao gaditana, aporta
a las orillas gálicas, y vuelve
llena de objetos fútiles y vanos;
y entre los signos de extranjera pompa
ponzoña esconde y corrupción,
compradas
con el sudor de las iberas frentes.
Y tú, mísera España, tú la
esperas
sobre la playa, y con afán recoges
la pestilente carga y la repartes
alegre entre tus hijos. Viles plumas,
gasas y cintas, flores y
penachos,
te trae en cambio de la sangre tuya,
de tu sangre ¡oh baldón!, y
acaso, acaso
de tu virtud y honestidad. Repara
cuál la liviana juventud los
busca.
Mira cuál va con ellos engreída
la imprudente doncella; su cabeza,
cual nave real en triunfo empavesada,
vana presenta del favonio al
soplo
la mies de plumas y de agrones, y anda
loca, buscando en la lisonja
el premio
de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte,
guarte, que está cercano
el precipicio!
El astuto amador ya en asechanza
te atisba y sigue con lascivos
ojos;
la educación y la caricia el lazo
te van a armar, do caerás incauta,
en él tu oprobrio y perdición hallando.
¡Ay, cuánto, cuánto de
amargura y lloro
te costarán tus galas! ¡Cuán tardío
será y estéril tu
arrepentimiento!
Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas
del nunca exhausto Potosí nos
bastan
a saciar el hidrópico deseo,
la ansiosa sed de vanidad y pompa.
Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo
lo que antes un estado, y se consume
en un festín la dote de una
infanta.
Todo lo tragan; la riqueza unida
va a la indigencia; pide y
pordiosea
el noble, engaña, empeña, malbarata,
quiebra y perece, y el logrero
goza
los pingües patrimonios, premio un día
del generoso afán de altos
abuelos.
¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica:
parentesco, amistad,
favor, influjo,
y hasta el honor, depósito sagrado,
o se vende o se compra. Y tú,
Belleza,
don el más grato que dio al hombre el cielo,
no eres ya premio del
valor, ni paga
del peregrino ingenio; la florida
juventud, la ternura, el
rendimiento
del constante amador ya no te alcanzan.
Ya ni te das al corazón, ni
sabes
de él recibir adoración y ofrendas.
Ríndeste al oro. La vejez
hedionda,
la sucia palidez, la faz adusta,
fiera y terrible, con igual derecho
vienen sin susto a negociar contigo.
Daste al barato, y tu rosada
frente,
tus suaves besos y sus dulces brazos,
corona un tiempo del amor más
puro,
son ya una vil y torpe mercancía.
Versos y pensamientos de Gaspar Melchor de Jovellanos
Selección destacada« ¡Hijas del cielo, plácidas deidades, que habitáis las riberas del Parnaso, volved a mí los ojos compasivos y consolad el pecho acongojado! »
« Bien están los buenos pensamientos. Pero resultan tan livianos como burbujas de jabón si no los sigue el esfuerzo para concretarlos en acción. »
« La ciencia es sin disputa el mejor, el más brillante adorno del hombre. »
« La simpatía mueve dos cuerpos con una sola alma. »
« Las pasiones alteran momentáneamente la índole de los hombres, pero no la destruyen. »
« La tierra no produce para ellos [los ignorantes] sino malezas y abrojos. »
« Los manantiales de la abundancia no están en las plazas, sino en los campos; sólo puede abrirlos la libertad y dirigirlos a los puntos donde los llama el interés. »
« Los pueblos tienen el gobierno que se merecen. »
« Para el hombre laborioso, el tiempo es elástico y da para todo. Sólo falta el tiempo a quien no sabe aprovecharlo. »
« ¿Qué sería de una nación que en vez de geómetras, astrónomos, arquitectos y mineralogistas, no tuviesen sino teólogos y jurisconsultos?. »
« Quien deja de ser amigo de mi Patria deja de serlo mío. España no lidia por los Borbones, ni por Fernando. [...] En una palabra: España lidia por su libertad. »
« Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado aquel que no es capaz de derramarlas!. »
« Todo impuesto debe salir de lo superfluo, y no de lo necesario. »
« Con rara unanimidad —los casos de Jovellanos y Floridablanca tiene su explicación: el primero en su indeterminación política, claramente expuesta en sus obras doctrinales, que le tuvo varios días a la puerta de Madrid, dudando acerca del partido más conveniente, y el segundo, en razón de su edad y de la violenta reacción que le produjo el espectáculo de la revolución— los ilustrados de Carlos III se enrolaron bajo las banderas de José I, constituyendo el núcleo del partido que se llamaría afrancesado. »
« Pocos escritores dramáticos contaba el Parnaso español, a principios del siglo presente; pocas también fueron las obras que dejaron. Cinco solas escribió Moratín, cinco Cienfuegos, Quintana dos; Plano, Meseguer y Sánchez una cada uno. Jovellanos, preso en Bellver, mal podía ya pensar en ficciones poéticas;... Cienfuegos murió en Francia, llevado allí por ser enemigo de los franceses; Moratín emigró por amigo: la segunda visita que nos hicieron nuestros vecinos en el año 1823 arrojó de la Península o redujo al silencio a los sucesores de Moratín y Cienfuegos. »
Poemas y obras destacadas
Antología de poemas inmortales
Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.
Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.
Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.
Algunos libros de poesía de Gaspar Melchor de Jovellanos:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: