Biografía

Vida

Poemas de Gabriela Mistral (Vicuña, Chile; 7 de abril de 1889 - Nueva York, 10 de enero de 1957) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Gabriela Mistral

Premio Nobel de Literatura 1945 (1889–1957)

Premio Nobel de Literatura 1945 · Voz maternal, dolor desgarrador, pureza telúrica y ternura de América

Lírica y Versos

Poemas de Gabriela Mistral

21 poemas seleccionados
1.

Adiós

En costa lejana
y en 
		mar de Pasión,
dijimos adioses
sin decir adiós.
Y no fue verdad

		la alucinación.
Ni tú la creíste
ni la creo yo,
«y es cierto y 
		no es cierto»
como en la canción.
Que yendo hacia el Sur

		diciendo iba yo:
«Vamos hacia el mar
que devora al Sol».
Y 
		yendo hacia el Norte
decía tu voz:
«Vamos a ver juntos
donde se 
		hace el Sol».
Ni por juego digas
o exageración
que nos 
		separaron
tierra y mar, que son
ella, sueño y el
alucinación.

		No te digas solo
ni pida tu voz
albergue para uno
al 
		albergador.
Echarás la sombra
que siempre se echó,
morderás la 
		duna
con paso de dos...
Para que ninguno,
ni hombre ni dios,

		nos llame partidos
como luna y sol;
para que ni roca
ni viento 
		errador,
ni río con vado
ni árbol sombreador,
aprendan y digan

		mentira o error
del Sur y del Norte,
del uno y del dos!
2.

Amo

r, amor


		Anda libre 
		en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se 
		prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo 
		tendrás que escuchar!


		Habla 
		lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos 
		de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás 
		que hospedar!


		Gasta 
		trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende 
		el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo 
		tendrás que hospedar!


		Tiene 
		argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz 
		de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le 
		tendrás que creer!


		Te echa 
		venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le 
		sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras

		¡que eso para en morir!
3.

Apegado a mí

Velloncito de mi carne

		que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado 
		a mí!


		La perdiz duerme en el 
		trigo
escuchándola latir.
No te turbes por aliento,
¡duérmete 
		apegado a mí!


		Yo que todo lo he 
		perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi pecho,

		¡duérmete apegado a mí!
4.

Ausencia

Se va de ti mi cuerpo 
		gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en 
		azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.


		¡Se te va todo, se nos 
		va todo!

		
Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos 
		nosotros.
Se van mis gestos, que se devanaban,
en lanzaderas, 
		delante tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te 
		mira, el enebro y el olmo.


		Me voy de ti con tus 
		mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti 
		con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y 
		en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en 
		sotos.


		Sangre sería y me fuese 
		en las palmas
de tu labor y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese 
		y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu 
		pasión que retumba en la noche,
como demencia de mares solos!


		¡Se nos va todo, se nos 
		va todo!
5.

Balada

El pasó con otra;
yo 
		le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz. 
		
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!


		Él va amando a otra 

		por la tierra en flor.
Ha abierto el espino;
pasa una canción.

		¡Y él va amando a otra
por la tierra en flor!


		El besó a la otra
a 
		orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
¡Y no 
		untó mi sangre
la extensión del mar!
El irá con otra
por la 
		eternidad. 
		
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar.)
Y el irá con otra

		por la eternidad!
6.

Besos

Hay besos que pronuncian 
		por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se 
		dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
		


		
		Hay besos silenciosos, 
		besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan 
		sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.
		


		
		Hay besos que calcinan y 
		que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos 
		misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.
		


		
		Hay besos problemáticos 
		que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que 
		engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.
		


		
		Hay besos perfumados, 
		besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los 
		labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.
		


		
		Hay besos que parecen 
		azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos 
		traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.
		


		
		Judas besa a Jesús y deja 
		impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena 
		con sus besos
fortifica piadosa su agonía.
		


		
		Desde entonces en los 
		besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas 
		humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.
		


		
		Hay besos que producen 
		desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien 
		son besos míos
inventados por mí, para tu boca.
		


		
		Besos de llama que en 
		rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de 
		tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.
		


		
		¿Te acuerdas del 
		primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en 
		los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.
		


		
		¿Te acuerdas que una tarde 
		en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en 
		mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis 
		labios.
		


		
		Yo te enseñe a besar: los 
		besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar 
		con besos míos
inventados por mí, para tu boca.
7.

Cosas

A Max Daircaux

		
Amo las cosas que nunca tuve
con las otras que ya no tengo:

		
Yo toco un agua silenciosa,
parada en pastos friolentos,
que 
		sin un viento tiritaba
en el huerto que era mi huerto.

		
La miro como la miraba;
me da un extraño pensamiento,
y juego, 
		lenta, con esa agua
como con pez o con misterio.

		
Pienso en umbral donde dejé
pasos alegres que ya no llevo,
y 
		en el umbral veo una llaga
llena de musgo y de silencio.

		
Yo busco un verso que he perdido,
que a los siete años me 
		dijeron.
Fue una mujer haciendo el pan
y yo su santa boca veo.

		
Viene un aroma roto en ráfagas;
soy muy dichosa si lo siento;

		de tan delgado no es aroma,
siendo el olor de los almendros.

		
Me vuelve niños los sentidos;
le busco un nombre y no lo acierto,

		y huelo el aire y los lugares
buscando almendros que no encuentro.

		
Un río suena siempre cerca.
Ha cuarenta años que lo siento.
Es 
		canturía de mi sangre
o bien un ritmo que me dieron.

		
O el río Elqui de mi infancia
que me repecho y me vadeo.
Nunca 
		lo pierdo; pecho a pecho,
como dos niños nos tenemos.

		
Cuando sueño la Cordillera,
camino por desfiladeros,
y voy 
		oyéndoles, sin tregua
un silbo casi juramento.

		
Veo al remate del Pacífico
amoratado mi archipiélago,
y de una 
		isla me ha quedado
un olor acre de alción muerto...

		
Un dorso, un dorso grave y dulce,
remata el sueño que yo sueño.

		Es al final de mi camino
y me descanso cuando llego.

		
Es tronco muerto o es mi padre,
el vago dorso ceniciento.
Yo 
		no pregunto, no lo turbo.
Me tiendo junto, callo y duermo.

		
Amo a una piedra de Oaxaca
o Guatemala, a que me acerco,
roja 
		y fija como mi cara
y cuya grieta da un aliento.

		
Al dormirme queda desnuda;
no sé por qué yo la volteo.
Y tal 
		vez nunca la he tenido
y es mi sepulcro lo que veo...
8.

Creo

en mi corazón, ramo de aromas...


		Creo en mi corazón, 
		ramo de aromas
que mi Señor como una fronda agita,
perfumando de 
		amor toda la vida
y haciéndola bendita.

		
Creo en mi corazón, el que no pide
nada porque es capaz del sumo 
		ensueño
y abraza en el ensueño lo creado:
¡inmenso dueño!

		
Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el 
		franco herido,
para subir de la piscina viva
recién nacido

		
Creo en mi corazón, el que tremola
porque lo hizo el que turbó 
		los mares,
y en el que da la Vida orquestaciones
como de 
		pleamares.

		
Creo en mi corazón, el que yo exprimo
para teñir el lienzo de la 
		vida
de rojez o palor y que le ha hecho
veste encendida.

		
Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue 
		acrecentando.
Creo en mi corazón, siempre vertido,
pero nunca 
		vaciado.

		
Creo en mi corazón, en que el gusano
no ha de morder, pues 
		mellará a la muerte;
creo en mi corazón, el reclinado
en el pecho 
		de Dios terrible y fuerte.
9.

Dame la mano y danzaremos...

Dame la 
		mano y danzaremos, 
		
dame la mano y me amarás. 
Como una sola flor seremos, 
como 
		una flor, y nada más. . .


		El mismo verso 
		cantaremos, 
		
al mismo paso bailarás. 
Como una espiga ondularemos,
como una 
		espiga, y nada más.


		Te llamas Rosa y yo 
		Esperanza, 
		
pero tu nombre olvidarás, 
porque seremos una danza 
en la 
		colina y nada más...
10.

Desolación

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar 
		en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:

		tiene su noche larga que cual madre me esconde.


		El viento hace a mi 
		casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, 
		mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro 
		morir intensos ocasos dolorosos.


		¿A quién podrá llamar 
		la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los 
		muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer 
		entre sus brazos y los brazos queridos!


		Los barcos cuyas velas 
		blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que son 
		míos;
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
sus 
		hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

		
Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me 
		desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida

		lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.


		Miro bajar la nieve 
		como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,

		y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la "noche 
		larga" ahora tan solo empieza.


		Miro el llano extasiado 
		y recojo su duelo,
que vine para ver los paisajes mortales.
La 
		nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡siempre será su 
		altura bajando de los cielos!


		Siempre ella, 
		silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar 
		sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,

		descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.
11.

Desvelada

Como soy 
		reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes,
y 
		te pregunto, pálida, a cada hora:
«¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te 
		alejes!»

		
Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has 
		venido;
pero hasta en el dormir estoy temiendo
y pregunto entre 
		sueños: «¿No te has ido?»
12.

Día

Día, día del encontrarnos,

		tiempo llamado Epifanía.

		Día tan fuerte que llegó

		color tuétano y ardentía

		sin frenesí sobre los pulsos

		que eran tumulto y agonía,

		tan tranquilo como las leches

		de las vacadas con esquilas.

		

		Día nuestro, por qué camino,

		bulto sin pies, se allegaría,

		que no supimos, que no velamos,

		que cosa alguna lo decía,

		que no silbamos a los cerros

		y él sin pisada se venía.

		

		Parecían todos iguales,

		y de pronto maduró un Día.

		Era lo mismo que los otros,

		como son cañas y son olivas,

		y a ninguno de sus hermanos,

		como José, se parecía.

		

		Le sonriamos entre los otros.

		Tenga talla sobre los días,

		como es el buey de grande alzada

		y es el carro de las gavillas.

		

		Lo bendigan las estaciones,

		Nortes y Sures lo bendigan,

		y su padre, el año, lo escoja

		y lo haga mástil de la vida.

		

		No es un río ni es un país,

		ni es un metal: se llama un Día.

		Entre los días de las grúas,

		de las jarcias y de las trillas,

		entre aparejos y faenas,

		nadie lo nombra ni lo mira.

		

		Lo bailemos y lo digamos

		por galardón de Quien lo haría,

		por gratitud de suelo y aire,

		por su regato de agua viva,

		antes que caiga como pavesa

		y como cal que molerían

		y se vuelquen hacia lo Eterno

		sus especies de maravilla.

		

		¡Lo cosamos en nuestra carne,

		en el pecho y en las rodillas,

		y nuestras manos lo repasen,

		y nuestros ojos lo distingan,

		y nos relumbre por la noche

		y nos conforte por el día,

		como el cáñamo de las velas

		y las puntadas de las heridas!
13.

Dios lo quiere

I
La tierra se hace 
		madrastra
si tu alma vende a mi alma.
Llevan un escalofrío
de 
		tribulación las aguas.
El mundo fue más hermoso
desde que me 
		hiciste aliada,
cuando junto de un espino
nos quedamos sin 
		palabras
¡y el amor como el espino
nos traspasó de fragancia!

		

		Pero te va a brotar víboras
la tierra si vendes mi alma;
baldías 
		del hijo, rompo
mis rodillas desoladas.
Se apaga Cristo en mi 
		pecho
¡y la puerta de mi casa
quiebra la mano al mendigo
y 
		avienta a la atribulada!

		

		II
Beso que tu boca entregue
a mis oídos alcanza,
porque las 
		grutas profundas
me devuelven tus palabras.
El polvo de los 
		senderos
guarda el olor de tus plantas
y oteándolas como un 
		ciervo,
te sigo por las montañas...
A la que tú ames, las nubes

		la pintan sobre mi casa.
Ve cual ladrón a besarla
de la tierra en 
		las entrañas;
que, cuando el rostro le alces,
hallas mi cara con 
		lágrimas.

		

		III
Dios no quiere que tu tengas
sol si conmigo no marchas;

		Dios no quiere que tu bebas
si yo no tiemblo en tu agua;
no 
		consiente que te duermas
sino en mi trenza ahuecada.

		

		IV
Si te vas, hasta en los musgos
del camino rompes mi alma;
te 
		muerden la sed y el hambre
en todo monte o llamada
y en cualquier 
		país las tardes
con sangre serán mis llagas.
Y destilo de tu 
		lengua
aunque a otra mujer llamaras,
y me clavo como un dejo
de 
		salmuera en tu garganta;
y odies, o cantes, o ansíes,
¡por mí 
		solamente clamas!

		

		V
Si te vas y mueres lejos,
tendrás la mano ahuecada
diez años 
		bajo la tierra
para recibir mis lágrimas,
sintiendo cómo te 
		tiemblan
las carnes atribuladas,
¡hasta que te espolvoreen
mis 
		huesos sobre la cara!
14.

El

amor que calla


		Si yo te 
		odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero 
		te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres tan 
		oscuro!


		Tú lo 
		quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho

		su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del 
		pecho.


		Estoy lo 
		mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo 
		por mi callar atribulado
que es más atroz que entrar en la muerte!
15.

El encuentro

Le he encontrado en el sendero.
No turbó su ensueño el agua

		ni se abrieron más las rosas.
Abrió el asombro mi alma.
¡Y una 
		pobre mujer tiene
su cara llena de lágrimas!

		
Llevaba un canto ligero
en la boca descuidada,
y al mirarme se 
		le ha vuelto
grave el canto que entonaba.
Miré la senda, la hallé

		extraña y como soñada.
¡Y en el alba de diamante
tuve mi cara con 
		lágrimas!

		
Siguió su marcha cantando
y se llevó mis miradas...

Detrás 
		de él no fueron más
azules y altas las salvias.
¡No importa! Quedó 
		en el aire
estremecida mi alma.
¡Y aunque ninguno me ha herido

		tengo la cara con lágrimas!

		
Esta noche no ha velado
como yo junto a la lámpara;
como él 
		ignora, no punza
su pecho de nardo mi ansia;
pero tal vez por su 
		sueño
pase un olor de retamas,
¡porque una pobre mujer
tiene su 
		cara con lágrimas!

		
Iba sola y no temía;
con hambre y sed no lloraba;
desde que lo 
		vi cruzar,
mi Dios me vistió de llagas.

		
Mi madre en su lecho reza
por mí su oración confiada.
¡Pero yo 
		tal vez por siempre
tendré mi cara con lágrimas!
16.

Escóndeme

Escóndeme que el mundo no me adivine.

		Escóndeme como el tronco su resina, y
que yo te perfume en la sombra, 
		como
la gota de goma, y que te suavice con
ella, y los demás no 
		sepan de dónde
viene tu dulzura...

		
Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
de su sitio; como 
		las raíces abandonadas
sobre el suelo.

		
¿Por qué no soy pequeña como la almendra
en el hueso cerrado?

		
¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y
subiré a tu mejilla, y 
		estaré en ella
como la pinta vivísima en la hoja de la
vid. 
		Vuélveme tu suspiro, y subiré
y bajaré de tu pecho, me enredaré
en 
		tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este 
		juego
toda la vida.
17.

Éxtasis

Ahora, Cristo, bájame los párpados,

		pon en la boca escarcha,

		que están de sobra ya todas las horas

		y fueron dichas todas las palabras.

		

		Me miró, nos miramos en silencio

		mucho tiempo, clavadas,

		como en la muerte, las pupilas. Todo

		el estupor que blanquea las caras

		en la agonía, albeaba nuestros rostros.

		¡Tras de ese instante, ya no resta nadar!

		

		Me habló convulsamente;

		le hablé, rotas, cortadas

		de plenitud, tribulación y angustia,

		las confusas palabras.

		Le hablé de su destino y mi destino,

		amasijo fatal de sangre y lágrimas.

		

		Después de esto ¡lo sé! no queda nada!

		¡Nada! Ningún perfume que no sea

		diluido al rodar sobre mi cara.

		

		Mi oído está cerrado,

		mi boca está sellada.

		¡Qué va a tener razón de ser ahora

		para mis ojos en la tierra pálida!

		¡ni las rosas sangrientas

		ni las nieves calladas!

		

		Por eso es que te pido,

		Cristo, al que no clamé de hambre angustiada:

		¡ahora, para mis pulsos,

		y mis párpados baja!

		

		Defiéndeme del viento

		la carne en que rodaron sus palabras;

		líbrame de la luz brutal del día

		que ya viene, esta imagen.

		Recíbeme, voy plena,

		¡tan plena voy como tierra inundada!
18.

Íntima

Tú no 
		oprimas mis manos.
Llegará el duradero
tiempo de reposar con mucho 
		polvo
y sombra en los entretejidos dedos.

		
Y dirías: -"No puedo
amarla, porque ya se desgranaron
como 
		mieses sus dedos."

		
Tú no beses mi boca.
Vendrá el instante lleno
de luz menguada, 
		en que estaré sin labios 
		
sobre un mojado suelo.

Y dirías: -"La amé, pero no puedo

		amarla más, ahora que no aspira
el olor de retamas de mi beso.

		
Y me angustiara oyéndote,
y hablaras loco y ciego,
que mi mano 
		será sobre tu frente
cuando rompan mis dedos,
y bajará sobre tu 
		cara llena
de ansia mi aliento.

		
No me toques, por tanto. Mentiría
al decir que te entrego
mi 
		amor en estos brazos extendidos,
en mi boca, en mi cuello,
y tú, 
		al creer que lo bebiste todo,
te engañarías como un niño ciego.

		
Porque mi amor no es solo esta gavilla
reacia y fatigada de mi 
		cuerpo,
que tiembla entera al roce del cilicio
y que se me rezaga 
		en todo vuelo.

		
Es lo que está en el beso,  y no es el labio;
lo que rompe 
		la voz, y no es el pecho:
¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome

		el gajo de las carnes, volandero!
19.

La

abandonada 
		
		

		

		                                             
		A Emma Godoy 

		

		Ahora voy a aprenderme

		el país de la acedía,

		y a desaprender tu amor

		que era la sola lengua mía,

		como río que olvidase

		lecho, corriente y orillas.

		

		¿Por qué trajiste tesoros

		si el olvido no acarrearías?

		Todo me sobra y yo me sobro

		como traje de fiesta para fiesta no habida;

		¡tanto, Dios mío, que me sobra

		mi vida desde el primer día!

		

		Denme ahora las palabras

		que no me dio la nodriza.

		Las balbucearé demente

		de la sílaba a la sílaba:

		palabra "expolio", palabra "nada",

		y palabra "postrimería",

		¡aunque se tuerzan en mi boca

		como las víboras mordidas!

		

		Me he sentado a mitad de la Tierra,

		amor mío, a mitad de la vida,

		a abrir mis venas y mi pecho,

		a mondarme en granada viva,

		y a romper la caoba roja

		de mis huesos que te querían.

		

		Estoy quemando lo que tuvimos:

		los anchos muros, las altas vigas,

		descuajando una por una

		las doce puertas que abrías

		y cegando a golpes de hacha

		el aljibe de la alegría.

		

		Voy a esparcir, voleada,

		la cosecha ayer cogida,

		a vaciar odres de vino

		y a soltar aves cautivas;

		a romper como mi cuerpo

		los miembros de la "masía"

		y a medir con brazos altos

		la parva de las cenizas.

		

		¡Cómo duele, cómo cuesta,

		cómo eran las cosas divinas,

		y no quieren morir, 

		y se quejan muriendo,

		y abren sus entrañas vívidas!

		Los leños entienden y hablan,

		el vino empinándose mira

		y la banda de pájaros sube

		torpe y rota como neblina.

		

		Venga el viento, arda mi casa

		mejor que bosque de resinas;

		caigan rojos y sesgados

		el molino y la torre madrina.

		¡Mi noche, apurada del fuego,

		mi pobre noche no llegue al día!
20.

La medianoche

Fina, la medianoche.
Oigo los nudos del rosal:
la savia empuja 
		subiendo a la rosa.

		
Oigo
las rayas quemadas del tigre
real: no le dejan dormir.

		
Oigo
la estrofa de uno,
y le crece en la noche
como la 
		duna.

		
Oigo
a mi madre dormida
con dos alientos.
(Duermo yo en 
		ella,
de cinco años.)

		
Oigo el Ródano
que baja y que me lleva como un padre
ciego de 
		espuma ciega.

		
Y después nada oigo
sino que voy cayendo
en los muros de Arlès

		llenos de sol...
21.

La mujer fuerte

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de 
		saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de 
		ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

		
Alzaba en la taberna, honda la copa impura
el que te apegó un 
		hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,

		caía la simiente de tu mano, serena.

		
Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve 
		en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.

		
Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas 
		no he encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la sombra con 
		mi canto!

Versos y pensamientos de Gabriela Mistral

Selección destacada
« Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y que hemos de soñar sobre la misma almohada. »
Gabriela Mistral · Los sonetos de la muerte (I)
« Dame la mano y danzaremos; dame la mano y me amarás. Como una sola flor seremos, como una flor, y nada más... »
Gabriela Mistral · Dame la mano
« Decir amistad es decir entendimiento cabal, confianza rápida y larga memoria; es decir, fidelidad.Antología mayor. Prosa; ed. Cochrane, 1992. »
Poemas de Gabriela Mistral
« Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino. »
Poemas de Gabriela Mistral
« La experiencia es un billete de lotería comprado después del sorteo. No creo en ella. »
Poemas de Gabriela Mistral
« Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo.Atribuido a Mistral por figurar como epitafio en su tumba en Montegrande. Sin embargo, la cita original es de la escultora chilena Laura Rodig, como parte del texto del telegrama de felicitación fechado el 16 de noviembre de 1945, al recibirse la noticia de la designación de Premio Nobel para Mistral. »
Poemas de Gabriela Mistral
« Sigo escribiendo arrullos” con largas pausas; tal vez me moriré haciéndome dormir, vuelta madre de mí misma, como las viejas que desvarían con ojos fijos en sus rodillas vanas o como el niño del poeta japonés que quería dormir su propia canción ante de dormirse él.... »
Poemas de Gabriela Mistral
« Ve a la hormiga, perezoso, considera sus caminos, y aprende sabiduría. »
Poemas de Gabriela Mistral
« Yo sé que tú eres fiel como una piedra. »
Poemas de Gabriela Mistral
« Dichosa yo, si, al fin del día, un odio menos llevo en mí, si una luz más mis pasos guía y si un error nuevo extinguí. Y si por la rudeza mía nadie sus lágrimas vertió: y si alguien tuvo la alegría que mi ternura le ofreció. »
Poemas de Gabriela Mistral
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Gabriela Mistral, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Gabriela Mistral:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: