Poesía Universal

Gabriel Ferrater

Gabriel Ferrater es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras...

Biografía lírica

Vida

Gabriel Ferrater es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Gabriel Ferrater

17 poemas seleccionados
1.

A

media mañana

El sol, el viejo sabio, va disipando
minúsculas 
		dudas de oscuridad, dejadas
hasta ahora por resolver. Le tiemblan

		un poco las manos, y temblamos
los árboles y nosotros cuando oímos

		que todo minuto que pasa ha de arrancar,
brusco, una venda de sombra, 
		y ahora el justo
caso de la luz será bien recto, y ahora
chillará 
		la delgada desazón de la flauta
de Iblis, y lo veremos todo, y 
		repleto
de espacios de claridad, impenetrables
como el cristal. 
		Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, 
		de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer 
		que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.


		
		Versión de M. Àngels Cabré
2.

Amanecer

Noche que se me va, otra noche, y el ala
de un inmenso avión se ha 
		interpuesto
entre el azul espeso y la ventana, y dudo
si es un 
		verde tenuísimo o si es plata, fría
cual finura insistente del 
		bisturí que rasga
el útero, o también la luz misma, cuando agrieta

		la mano del chiquillo cansado de hacer fuerza
para irritar a sus 
		hermanos, simulando que oculta
quién sabe qué tesoro, y va aflojando

		la presa, y sé que nada ha de salir que ayer
no estuviera ya en mí 
		desconsoladamente, y me da
frío mirarme un día más, chupado
hueso 
		frutal, sin pulpa, a la intemperie.


		
		Versión de José Agustín Goytisolo
3.

Amistad del brazo

El metro iba muy lleno. Me agarraba
al lado de la puerta, de un 
		barrote
niquelado. Tenía el brazo tenso
y toleraba aquella 
		persistencia
de un peso tibio sobre el antebrazo.
Había poca gente 
		cuando al fin me volví.
Era muy joven. Fea y pobre, descarnada

		como una enjuta cabra mogrebina,
obstinada la frente, ojos cerrados,

		abalanzada por toda carencia,
un brazo aún sin dueño, libre y 
		promiscuo,
y no veía que alguien se movía
y se aislaba ante ella. 
		Yo, también
muy joven, demasiado, aún no sabía
reconocerme, más 
		que en la elección,
en aceptar. Así, abandoné el brazo,
como si ya 
		no fuera mío, hasta
la estación, cuando se rompió de pronto
la 
		última cuerda del violoncello.


		
		Versión de Pere Gimferrer
4.

Bosque

Recuerda. Cinco niveles.
Tierra y vida oscura.
Una hiedra profusa.

		Y ella. Sobre ella
la araña oscilante,
la avispa estremecida
y 
		tú. El espino
a tu lado, infecta
herrumbre. Cinco niveles
de un 
		sedimento espeso
de instintos soñados.
Y todo en torno,

		proyecto de luz
cansado o inexperto,
veíais alinearse
los 
		troncos de los robles.
Nada confiaba en ello,
pero te diste vuelta

		furtivo, ojos bebidos.
Un instante de observación
y, excitadas de 
		pronto
como nervios, las ramas
rezumaron azufres
de sol 
		invernal.


		
		Versión de José María Valverde
5.

Cifra

Amor, 
		llevabas en el mundo
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, 
		al cerrarse la noche
en que me llamaste desde tu rincón,
voz que 
		se había compadecido
y me recibías, cuerpo bondadoso.
Qué juego 
		perdido, qué rodar
hasta romper un oscuro ramaje,
siete mil 
		setecientos sesenta y cinco
días, antes de que encontrara
dónde te 
		me habías acurrucado,
amor, para crecer lejos de mí.


		
		Versión de José María Valverde
6.

Como Fausto

¿Quién no lo habrá invocado? Una salida.
y aunque no era la única, sí 
		era
la más rentable, la mejor salida.
Nos lo iba a vender todo, 
		infinidad de cosas
pagando al por mayor, en este mundo
donde él 
		nunca responde.
Mas, si un día
compareciese, ¿no sería el alma

		más rica, negociable al por menor?

		
Versión de Pere Gimferrer
7.

Dedos

Ligera, se iniciaba
la lluvia de una noche.
Ligeros, se confiaban

		tus dedos entre mis dedos.
       
		Instante breve de adiós.
Oh, sólo por dos días.
Me sonreías a 
		través
de las lágrimas que llovían
        
		sobre tu abrigo de cuero.
Temblor de los bruscos túneles
por donde 
		te me vas: confuso el corazón,
desmenuzo esta noche
        
		la maña de recuerdo
que tengo en los dedos. Vacíos dos días,

		oprimieron la sombra del tacto
de tus dedos, cuando te me ibas.  


		
		Versión de José Agustín Goytisolo
8.

El mutilado

Ya sé que no le quieres.
No lo digas a nadie
Los tres, si tú me 
		ayudas,
guardamos el secreto.
Nadie más ha de ver
lo que tú y 
		yo hemos visto.
Se esconderá de todas
las personas y cosas
que 
		antes eran amigas.
Vendrán días de invierno,
muy lejos de las 
		mesas
donde os servían antes
ostras y vino blanco.
En los días 
		lluviosos
no mirará el asfalto
donde os habíais visto
cuando 
		ibais a pie
porque no había taxis.
No abrirá más los libros
que 
		le hablaron de ti:
ignorará qué dicen
cuando no hablan de ti.
Y 
		sobre todo, puedes
estar segura, nunca
sabremos dónde está.

		
Él se irá confinando
en muy lejanas tierras.
Caminará por 
		bosques
oscuros. No verá
la azagaya de luz
de la memoria 
		súbita.
Y cuando esté tan lejos
que ya parezca muerto
podremos 
		recordarle,
decir que no le amabas.
Ya no nos dolerá
ver que te 
		necesita.
Será como un espectro
sin dolor y sin vida.
Tal la 
		foto macabra
de una 
		Gueule Cassie,
que orna un escaparate
y no nos 
		sobresalta.
Pero ahora, silencio:
no alarmemos a nadie,
que no 
		vean la herida
sangrante y purulenta.
Demos tiempo al olvido.

		Callemos, y que nadie
-ni siquiera yo mismo-
recuerde que soy yo.


		
		Versión de Pere Gimferrer
9.

El secreto

Llegará el día más largo de algún larguísimo
verano. Muy de mañana, 
		antes que el teléfono
llame a la playa o al bosque, nos iremos.

		Entre el vaho de las calles recién regadas
atravesaremos la ciudad, 
		hasta tomar
el tren más lento que salga. Bajaremos
en la tercera 
		estación, en un pueblo
de tierra sin verdes. El disco rojo
de una 
		taberna nos dará la señal.
Creeremos. Nos sentaremos, y todo el día,

		sin mirar mientras nos miran, beberemos
la tibia cerveza del 
		silencio.
Volveremos bien seguros de que ningún recuerdo
ha 
		entrado en nosotros. Cuando encontremos
al primer amigo y, dentro de 
		un bar encendido
de voces y manos, comprendamos que ese día
ha 
		sido el del prodigio, que se han dicho
la palabra sencilla de los 
		justos, y que los unos
han sabido creer a los otros cuando negaban

		las horas de tantos años, y todos ríen,
reiremos también, y 
		guardaremos el secreto.
Y más que nunca, cuando les llegue el 
		tormento
del desgarrón del puro anochecer (cuando pisaran
caretas, 
		y la piel al descubierto
les dijera todo el asco de cómo eran

		antes: tal como habrán vuelto a ser)
y se hermanen todos dentro del 
		odio mutuo,
callaremos. Que no sepa nadie
que no dijimos ni 
		sentimos nada. Que puedan
odiarnos también, fraternalmente.


		
		Versión de José María Valverde
10.

Engaño

"Di, ¿por qué me hiciste

    	confiar en mí?"

    	¿Te he podido engañar,

    	corazón tan perplejo?

    	"Me has querido sobornar,

    	cauto, sin orgullo."

    	Sin espera, con orgullo,

    	te me entregaste.

    	"¡Y era para hacerme daño

    	cuando viniera hoy!"

    	Oh, ¿cómo te me has creído

    	que me serías fiel?

    

    Versión de José María Valverde
11.

Estancia de otoño

La persiana, sin cerrar del todo, como

		un sobresalto que se contiene para no caer al suelo,

		no nos separa del aire. Mira, se abren

		treinta y siete horizontes rectos y delgados,

		pero el corazón los olvida. Sin nostalgia

		se nos va muriendo la luz, que era de color

		de miel, y que ahora es de color de olor a manzana.

		Qué lento, el mundo; qué lento, el mundo; qué lenta,

		la pena por las horas que se van

		tan aprisa. Di, ¿recuerdas esta

		estancia, verdad?

		«Le tengo mucho cariño.

		Esas voces de obreros -¿Quiénes son?»

                              
		Albañiles:

		falta una casa en la manzana.

                             
		«Cantan,

		y hoy no los oigo. Gritan, ríen,

		y hoy, que callan, los echo a faltar.»

                             
		Qué lentas,

		las hojas rojas de las voces, qué inciertas

		cuando vienen a cubrirnos. Dormidas,

		las hojas de mis besos van cubriendo

		los refugios de tu cuerpo, y mientras olvidas

		las hojas altas del verano, los días

		abiertos y sin besos, el cuerpo,

		en lo hondo, recuerda: todavía

		tienes la piel hecha de sol y luna.


		
		Versión de José Corredor-Matheos
12.

Exeunt personae

Tú, hija clara del silencio, me dices
que si no sé callar, te puedo 
		decir las cosas
que se han dicho siempre, y te escuchas
como la 
		mano que sopesa el sol de invierno
y recibe la luz global y vaga, sin

		reventarla en figuras y colores.
              
		Tú, madre de los olvidos, no me solicitas
a soñar que podrás quererme

		y a reunir trozos de mí para ponértelos
en el regazo, y ensalzarte la 
		finura
del jarro que quizá tendremos entero
cuando me serenes el 
		pulso que tiembla.
              
		Tú, hermana indulgente, no ves en mí
cosas que te molesten para no 
		verme,
y me tomas como una costumbre, abierto y vacío,
y vas por 
		mí sin retirar nada,
con un instinto de mucho antes, sencillo
como 
		lo es la sangre de los hombres y las mujeres.

		
Versión de José María Valverde
13.

Fe

La tienes en tus brazos.
Duermes, y la sueñas,
y sabes que es un 
		sueño
todo lo que ves de ella.
Y el corazón se te arranca,

		tiembla de fe.
Solamente una cosa
que le propones
te da prenda

		de que te querrá despierto.
Conoce que es un sueño
lo que le dices 
		de ella,
pero que por debajo
del sueño, es ella
la que tienes 
		en tus brazos.


		
		Versión de José María Valverde
14.

Helena

Cumples veinte años, Helena.
Vienes de donde no recuerdas,
miras 
		adelante,
y quieres hacer una sola
limpia transparencia
de los 
		millares de vidrios
(uno tras otro)
que son días tuyos
por 
		donde mirarás
cómo se te abre el tiempo.
¡Tan fina, la curva

		del cuervo que se aleja
al sesgo por el cielo,
y decanta los 
		árboles
haciendo un orden nuevo
con el campo y la tarde!
Corta 
		tú como él
azul y tiempo y mundo,
siguiéndolo con la vista
por 
		muchos años, Helena,
muchacha de largo cuello,
tú que ríes alto

		y siempre te decantas
un poco, a la derecha,
a la izquierda, y 
		ahora
(tienes veinte años) dispones
para tu balance
las líneas 
		del mundo
con todo lo que es viejo
(como quien dice yo).


		
		Versión de José María Valverde
15.

Ídolos

Entonces, cuando yacíamos
abrazados frente a la ventana

		abierta al desmonte de olivos (do
semillas desnudas dentro de un 
		fruto que el verano
ha abierto violento, y que se llena
de aire) 
		no teníamos recuerdos. Éramos
el recuerdo que tenemos ahora. Éramos

		esta imagen. Ídolos de nosotros
para la fe sumisa de después.


		
		Versión de José Agustín Goytisolo
16.

Juego

Puedes jugar con su cuerpo,
que es joven y ríe, y quiere
el juego, 
		y no se ha saciado de él.
¿Crees todavía que en ti hay vicio?

		Muestra tu vicio. Date
entero. Si lo amas,
no ahogues ese temblor:

		la curiosidad del cuerpo, que tú
hace demasiado tiempo que llamas 
		deseo.

		
Versión de José María Valverde
17.

Kensington

La luz de 
		estío nórdico es inmensa
-y aquellas tardes que no mueren nunca.

		Tal la paz de después. Cuando ellas dicen
casi el viejo secreto que 
		buscamos siempre
por sendas nuevas.
                                 
		Y ella habla, y me cuenta
las imágenes que con ella recorren su 
		camino:
su camino, tan lento, por donde la conduzco
hasta la cima.
                        
		"Siempre creo que me transformo.
Nunca sabrás las cosas que me haces 
		creer,
cuerpo mío. Una vez yo fui Kensington,
esa extensión de 
		calles tortuosas,
llenas de luz sin sol. Y hace un momento
te digo 
		que me he vuelto una flor amarilla."
       
		Imágenes florales me son fáciles.

		Du bist wie eine Blume, y en la mano
tengo aún el recuerdo 
		de una flor carnívora,
la cosa que se abre hasta una flor
de 
		húmeda carne, la corola abierta
vasta increíblemente, para que yo, 
		insecto,
me entregue. Digo:
                                  
		"Te conviertes en flor,
y hacia aquí todo el cuerpo te sube".
           
		Me equivoqué. Luz pura. Todos los dibujos
que sé calcar, no sirven. Y 
		corrige:
              
		"No, no cuenta esa flor. Era del todo
amarilla. Te me he vuelto una 
		flor amarilla".


		
		Versión de José Agustín Goytisolo

Versos y pensamientos de Gabriel Ferrater

4 citas
« media mañana / El sol, el viejo sabio, va disipando »
Gabriel Ferrater · A
« Noche que se me va, otra noche, y el ala / de un inmenso avión se ha »
Gabriel Ferrater · Amanecer
« El metro iba muy lleno. Me agarraba / al lado de la puerta, de un »
Gabriel Ferrater · Amistad del brazo
« Recuerda. Cinco niveles. / Tierra y vida oscura. »
Gabriel Ferrater · Bosque
Biblioteca poética

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