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Francisco Villaespesa · A la fortuna
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Villaespesa. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Villaespesa. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Cuatro muros de cal, libros, y una ventana al campo, y en la lejanía las montañas o el mar, y la alegría del sol, y la tristeza de la luna: eso a mi eterna laxitud moruna, para vivir en paz le bastaría... ¡Bien poco es lo que pides, alma mía, pero menos te ha dado la Fortuna! Échate, alma, a recordar... ¡Infancia sin madre, adolescencia sin amores, juventud sin placer!... ¡Así has vivido!... ¡Y ahora, un caduco otoño sin fragancia, un pálido luar sin ruiseñores, y un amor imposible sin olvido!
Llamaron quedo, muy quedo, a las puertas de la casa. -¿Será algún sueño- le dije- que viene a alegrar tu alma? -¡Quizás! -contestó riendo... Su risa y su voz soñaban. Volvieron a llamar quedo a las puertas de la casa... -¿Será el amor?-grité, pálido, llenos los ojos de lágrimas... -Acaso- dijo mirándome... Su voz de pasión temblaba... Llamaron quedo, muy quedo, a las puertas de la casa. -¿Será la Muerte? -le dije... Ella no me dijo nada... Y se quedó inmóvil, rígida, sobre la blanca almohada, las manos como la cera y las mejillas muy pálidas.
Al saber la verdad de tu perjurio loco de celos, penetré en tu cuarto... Dormías inocente como un ángel, con los rubios cabellos destrenzados enlazadas las manos sobre el pecho y entreabiertos los labios... Me aproximé a tu lecho, y de repente oprimí tu garganta entre mis manos... Despertaste... Miráronme tus ojos... ¡Y quedé deslumbrado, igual que un ciego que de pronto viese brillar del sol los luminosos rayos! ¡Y en vez de estrangularte, con mis besos volví a cerrar el oro de tus párpados!
¡Qué suavidad, qué suavidad de raso, qué acariciar de plumas en el viento; en terciopelos se apagó mi paso y en remansos de seda el pensamientoI Todo impreciso es como en un cuento, se desborda en silencio como un vaso, y en esta tibia languidez de ocaso desfallecer hasta morir me siento. Como un panal disuélvome en dulzura, desfallezco de todo: de ternura, de claridad, del éxtasis de verte... Y todo tan lejano, tan lejano... En este atardecer tu frágil mano pudiera con un lirio darme muerte...
De la tarde de octubre bajo la luz gloriosa, en la fuente de mármol que el arrayán orilla, diluyen los cipreses su esmeralda herrumbrosa y la arcada del fondo su tristeza amarilla. Rosales y naranjos. ..Mustio el jardín reposa en un verdor que el oro del otoño apolilla... ¡Sólo, a veces, se enciende la llama de una rosa, o el oro polvoriento de una naranja brillaI Mas, dentro de este otoño, hay tanta primavera en gérmenes; y es todo tan dulce y apacible, que antes de abandonarlo, mi corazón quisiera, oyendo el melodioso suspirar de la fuente y soñando con una Lindaraja imposible, sobre este viejo banco dormir eternamente...
Cuando me dices: Soy tuya, tu voz es miel y es aroma, es igual que una paloma torcaz que a su macho arrulla. Sobre mi mano dormida de tu nuca siento el peso, mientras te sorbo en un beso todo el fuego de la vida. Cuando ciega y suspirante tu cuerpo recorre una convulsión agonizante, adquiere tu faz inerte bajo el blancor de la luna la palidez de la Muerte.
Tardes de Paz... Monotonía de lluvia en las vidrieras... Se extingue el humo gris del día... ¿En dónde están mis primaveras? La lluvia es una fantasía, de misteriosas encajeras... Tú, que tejiste mi alegría, ¿tras qué cristal mi vuelta esperas...? Lentas deslízanse en la alfombra las tocas negras de la sombra; viuda que no falta a la cita... Igual que un pecho adormecido el reloj tímido palpita... ¡Oh juventud! ¿Dónde te has ido...?
Elegía de la juventud
Sacar en
hombros por mi puerta
miré ayer un ataúd,
donde entre flores iba muerta
mi Juventud.
Perdida toda fuerza física
la vi en mis brazos expirar.
como una pobre novia tísica
¡de tanto amar!
Sobre su cuerpo, las postreras
rosas de otoño deshojé.
y entre recuerdos y quimeras
la amortajé.
Para no ver su rostro amado
tendí un pañuelo por su faz.
y exclamé en lágrimas bañado:
-¡descansa en paz!
Lenta la lluvia descendía...
La golondrina iba a partir...
Y hasta la brisa parecía
entre los árboles gemir.
Cármenes viejos de Granada,
en un crepúsculo otoñal,
vieron perderse en la enramada
su funeral.
Almas sedientas de ideales
que tanto amó mi juventud...
¡Deshojar rosas otoñales
en su ataúd!
Y tú, incansable peregrino.
que el mundo cruzas sin cesar,
¡si ves su entierro en tu camino,
ponte a rezar!
Sacar en
hombros por mi puerta
miré ayer tarde un ataúd,
donde entre flores iba muerta
mi Juventud.
¡La hora confidencial!... Entre banales palabras, toda entera, te respiro como un perfume, y en tus ojos miro desnudarse tu espíritu. ..Hay fatales silencios... Se oscurecen los cristales; y se esfuma la luz en un suspiro, temblando sobre el pálido zafiro que azula entre tus manos imperiales. Las tinieblas palpitan... Andan miedos descalzos por las sedas de la alfombra, mientras que, presintiendo tus hechizos, naufraga la blancura de mis dedos en la profunda y ondulante sombra del mar tempestuoso de tus rizos.
Ensueño de opio Es otra señorita de Maupin. Es viciosa y frágil como aquella imagen del placer, que en la elegancia rítmica de su sonora prosa nos dibujó la pluma de Theófilo Gautier. Sus rojos labios sáficos, sensitivos y ambiguos, a la par piden besos de hombre y de mujer, sintiendo las nostalgias de los faunos antiguos cuyos labios sabían alargar el placer. Ama los goces sádicos. Se inyecta de morfina; pincha a su gata blanca. El éter la fascina, y el opio le produce un ensueño oriental. De súbito su cuerpo de amor vibra y se inflama al ver, entre los juncos, temblar como una llama la lengua roja y móvil de algún tigre real.
Eres como una ola de sombra que me envuelve, y espumeando de amargura pasa, y entre otras negras olas va a perderse... ¿Adónde vas?... ¿De dónde vienes? ¡Sólo sé que soy tuyo, que me arrastras!... ¡Y cuando tú me dejes, vendrá acaso otra ola, como tú ignota y como tú inconsciente, y sin querer me arrastrará de nuevo gin saber dónde va ni dónde viene!...
Todo en silencio está. Bajo la parra yace el lebrel por el calor rendido. Torna a la flor la abeja, el ave al nido, y a dormir nos invita la cigarra. La madreselva que al balcón se agarra, vierte como un suave olor a olvido; y a lo lejos escúchase el quejido de una pena andaluza, en la guitarra. Del mar de espigas en las áureas olas fingen las encendidas amapolas corazones de llamas rodeados... ¡Y el sudor, con sus gotas crepitantes, ciñe a tus bucles, como el sol dorados, una regia corona de diamantes!
La sabia mano a cuyo tacto ardiente vibra la carne como un instrumento, prolongó la agonía del momento en una languidez intermitente... ¡Oh, el cálido contacto de tu frente! ¡Oh, tu dorso desnudo y opulento echado sobre mí, como un sediento sobre la superficie de una fuente! Mis besos perfumaron el vacío de un húmedo y mortal escalofrío... ¡Y bajo tu melena estremecida en un áureo manojo de serpientes, sentí sangrar y sucumbir mi vida, entre el canibalismo de tus dientes!
¡Remansos del crepúsculo! Lejanos amores de una copla campesina... De los cielos desciende una divina paz, sobre el sueño de los verdes llanos. Vuelven a perfumar los sueños vanos, y yo no sé qué angustia nos domina, que se cierran los ojos, y se inclina la frente, pensativa, entre las manos. Por el azul magnífico del cielo, sobre la frente que el dolor abrasa y en las manos se apoya dolorida, tiembla la sombra rápida de un vuelo... -¡Esa sombra, mortal, que rauda pasa, es la fugaz imagen de tu vida!
sombra de Beatriz El crepúsculo está lleno de aromas, de campanas de plata y de cantares... Zumban abejas en los azahares. Baja un temblor de esquilas por las lomas. El aire sabe a miel de abiertas pomas, y al tornar a sus blancos palomares proyectan en los verdes olivares sus sombras fugitivas las palomas. Yo sueño con tu amor... Una infinita dulzura sube del florido huerto... ¿Por qué el ensueño de una margarita, hoja tras hoja mi saudade arranca, si en la penumbra del balcón abierto falta esta tarde tu silueta blanca?
Las lágrimas sonoras de una copla con el perfume de la noche entran por mi balcón, y todo cuanto duerme en mi callado corazón despierta. «¡Amor, amor, amor! Sangre de celos», gime la triste copla callejera: blanca paloma herida que sangrando a refugiarse a mis recuerdos llega. ¿Ya no recuerdas aquel rostro pálido, las pupilas tan grandes y tan negras que te hicieron odiar al amor mismo y maldecir la vida y la belleza, y amar el crimen y gustar la sangre que tibia mana de la herida fresca? Duerme ya, corazón... Se va la música aullando de pasión por la calleja. Y en la paz de la noche sólo late el tiempo en el reloj que, lento, cuenta las venturas perdidas para siempre y los dolores que sufrir te quedan. «¡Amor, amor, amor'. ¡Que nadie bese lo que ni en sueños mi esperanza besa! ¡Antes que en brazos de otro amor, prefiero entre mis brazos contemplarte muerta!
¡Felicidad!... ¡Felicidad!... Dulzura del labio y paz del alma... Te he buscado sin tregua, eternamente, en la hermosura, en el amor y el arte... ¡Y no te he halladoI En vano, el alma, sin cesar te nombra... ¡Oh luz lejana, y por lejana, bellaI... ¡Jamás la mano alcanzará la estrellaI... ¿Pasaste sobre mí, como una sombra? ¿En brazos de qué amor has sido mía?.. ¿No he besado tus labios todavía?... ¿Los besaré, Señor?... Sobre mi oído murmura alguna voz, remota y triste : -Pasó por tu jardín... y no la viste... ¡y ya, sin conocerla, la has perdidoI
Mi vida es el silencio de una espera... Se escapa de mis ojos la mirada, ansiando contemplar la sombra amada que en otros tiempos a mi lado viera. La mano palpa, cual si presintiera negrear en la atmósfera callada la seda tibia de su destrenzada, profusa y olorosa cabellera. Mi oído de impaciencia se estremece, un olor a algo suyo el viento exhala... -¿Estás ya aquí? -le digo, y me parece que «Aquí estoy», dulcemente, me contesta aquella voz que pasa como un ala rozando fugitiva la floresta.
Cruzas por mis recuerdos como un rayo de luna que lo ilumina todo de una blanca poesía... El ruiseñor cantaba su amor. Colgaba una fina escala de seda desde tu celosía. Era la noche un río cristalino y sonoro, que arrastraba en sus ondas, hacia la Eternidad, nuestro amor como una carabela de oro, palpitantes las velas bajo la tempestad. Entre un deshojamiento de románticas rosas de luz, juntos surcamos Venecias fabulosas, en un olvido eterno de todo... Tu laúd desgranaba en la noche su inmortal serenata... ¡Y al pie de la marmórea y altiva escalinata nos esperaba el paje de nuestra Juventud!
Turbia de sombra, el agua del remanso reflejó nuestras trémulas imágenes, extáticas de amor, bajo el crepúsculo, en la enferma esmeralda del paisaje... Era el frágil olvido de las flores en el azul silencio de la tarde, un desfile de inquietas golondrinas sobre pálidos cielos otoñales... En un beso muy largo y muy profundo nos bebimos las lágrimas del aire, y fueron nuestras vidas como un sueño y los minutos como eternidades... Al despertar del éxtasis, había una paz funeraria en el paisaje, estertores de fiebre en nuestras manos y en nuestras bocas un sabor de sangre... Y en el remanso turbio de tristeza flotaba la dulzura de la tarde, enredada y sangrante entre los juncos, con la inconsciencia inmóvil de un cadáver.
« Cuatro muros de cal, libros, y una / ventana al campo, y en la lejanía »
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« Al saber la verdad de tu perjurio / loco de celos, penetré en tu »
« ¡Qué suavidad, qué suavidad de raso, / qué acariciar de plumas en el »
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