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Francisco Hernández · A estas palabras menudas...
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Hernández. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Hernández. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
-A estas palabras menudas se las va a llevar la trampa, me aseguras. Y añades en voz baja: -Ojo con el hoyo hirviente de las bellas bailarinas tramposas.
Ahora, rojo es el lenguaje, rojo como mi lengua cuando pasa sobre la flor labiodental del flamboyán. Ahora, tu cara es roja, roja como cuando se enfrenta a la rubicundez arrugada de mi cara. Ahora, más que nunca, rojo antojo de tus grandes ojos. (Sobre una llave de agua, canta un gallo blanco a punto de enrojecer.)
Desnuda eres como una calle subes, te abres, serpeas, te angostas, doblas, sigues mis pasos y desembocas.
amor, rodeado casi siempre por un antojo... El amor, rodeado casi siempre por un antojo de olvido, avanza resuelto hacia las trampas creadas para cazar osos con piel de leopardo y serpientes con plumaje de cóndor. Y el amor sobrevive a las heridas y ruge, voladora, la envidia de los venenosos.
En las trampas de los ojos el paisaje y su escritura verde, la tierra y su amor calizo, la luz y sus remolinos amarillos. El tránsito hacia los escalofríos, hacia el vestido recto de la noche, hacia el agua embriagante de la cercanía. La plenitud de tu flor abierta en el espejo, de tu cintura encerrada entre mis manos, de tus labios en el lugar común de mi nombre completo.
Extraño tu sexo. Piso
flores rosadas al caminar y extraño
tu sexo.
En mis labios tu sexo se abre como fruta viva, como voraz
molusco agonizante.
Piso flores negras al caminar y recuerdo el olor
de tu sexo,
sus violentas marejadas de aroma, su coralina humedad
entre los carnosos crepúsculos del estío.
Piso flores translúcidas
caídas de árboles sin corteza
y extraño tu sexo ciñéndose a mi lengua.
Amo las líneas nebulosas de tu cara, tu voz que no recuerdo, tu racimo de aromas olvidados. Amo tus pasos que a nadie te conducen y el sótano que pueblas con mi ausencia. Amo entrañablemente tu carne de fantasma.
Una gota de anís resbala por tus muslos con la indiferencia de un barco que se aleja. Suena el color dorado en las orillas del ojo, del mar del ojo, del mal de ojo. Sueña una imagen color naranja con ser, eternamente, una perseguidora quintaesencia. Por eso, a las trampas del ojo me encomiendo. Y me inflamo, por si llegan a tiempo las pesadillas del cristalino.
I Cómo cantarte, Diótima, sin vino y con el piano mudo que a señas me congela. Cómo describir, en su cadencia, tus lentas ceremonias si no puedo beberte de mi vaso, si no te me atragantas rumorosa, si la botella rota no conserva tu ardor ni los reflejos. No hay alcohol, amantísima Griega de voz noble, comparable a tus claras humedades: las de tus ojos grandes y en destierro, las de tus frescas lágrimas fingidas, las de tu vientre ajeno que humea bajo la lluvia. Cómo cantarte con la garganta seca, cómo vivir si no puedo beberte devorándote, cómo sorber tus músculos tirantes de alta mujer bandera entre los hombres si ya no estás emparedada en vidrio, si resulta imposible pulverizar tus huesos. Brilla perfecto el sol de los nocturnos. El veneno en silencio merodea. La quietud con sus fauces me rodea. II Cómo nombrarte, Diótima, sin vino en la mar alta. Se resecan los vocablos innobles, se agrieta la faringe bajo esta sobriedad de hachazos, no soportan tus lóbulos carnosos mis huecas oraciones caídas del fermento. Qué soledad más triste la del sobrio. De la luz amarilla se desprende un tropel de gnomos enyesados. Abro la boca para que mis gritos se adornen con vómitos o maldiciones y las encías supuran una dulce canción por la embriaguez perdida. Cómo nombrarte, Diótima, si no soy el ahogado amanecido en el centro de tu calma.
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« El amor, rodeado casi / siempre por un antojo »
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