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Francisco Brines · A punto de un viaje en coche
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Brines. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Brines. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Las ventanas reflejan el fuego de poniente y flota una luz gris que ha venido del mar. En mí quiere quedarse el día, que se muere, como si yo, al mirarle, lo pudiera salvar. Y quién hay que me mire y que pueda salvarme. La luz se ha vuelto negra y se ha borrado el mar.
Saliste a la terraza pensando que la brisa de la noche podría devolverte al que eres siempre. Mas la tibieza que en tu cuarto había era un ámbito ,allí, bajo la calma de alejadas estrellas. Olvidar pretendías unas horas todavía recientes, la penumbra que acercaba el latido de los dos, y tus palabras qué serenas eran como si a nadie las dijeses. Viste la emoción de su rostro, su contorno quemarse de belleza; y esas mismas palabras te llenaban de dolor y de sombra. De nada te sirvió, cuando quedaste solo, cegar la luz, hacer brotar desde un rincón la música, fortalecer tu fe con su joven pureza. Sobre tu frente se rompían olas gigantes: el calor detenido del día, el naufragio de un hombre que entregaba la pasión de su vida en el espectro doliente de la música (aún como si la esperanza le alentase), y te ardía el espíritu porque sentías declinar tu vida. Para ser el que fuiste sales a la terraza, para ver si un frío súbito derriba pronto la plenitud del corazón. Tocas el aire oscuro con los labios, oyes los gritos fatigados de la calle, la luminosa altura te estremece. El tiempo va pasando, no retorna nada de lo vivido; el dolor, la alegría, se confunden con la débil memoria, después en el olvido son cegados. y al dolor agradeces que se desborde de tu frágil pecho la firme aceptación de la existencia.
¿Es que, acaso, estimáis que por creer en la inmortalidad, os tendrá que ser dada? Es obra de la fe, del egoísmo o la desolación. Y si existe, no importa no haber creído en ella: respuestas ignorantes son todas las humanas si a la muerte interroga. Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses, o grandes monumentos funerarios, las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega. O aceptad el vacío que vendrá, en donde ni siquiera soplará un viento estéril. Lo que habrá de venir será de todos, pues no hay merecimiento en el nacer y nada justifica nuestra muerte. "Aún no" 1971
(Empedócles en Akragas)
Es la hora del regreso de las cosas,
cuando el campo y el
mar se cubren de una sombra lenta
y los templos se desvanecen,
foscos, en el espacio;
tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.
Yo te recuerdo, con más hermosura tú
que las divinidades que aquí
fueron adoradas;
con más espíritu tú, pues que vives.
Hay una
angustia en el corazón
porque te ama,
y estas viejas columnas nada
explican:
Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra
y
descubrieron orígenes diversos en las cosas,
y advirtieron que
espíritus opuestos los enlazaban
para que hubiese cambio, y así
explicar la vida.
Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto
la intimidad
del mundo:
Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,
extendí la mirada sobre el valle;
mas pide el universo para existir
el odio y el dolor,
pues al mirar el movimiento creado de las cosas
las vi que, en un momento, se extinguían,
y en las cosas el hombre.
La ciudad, elevada, se ha encendido,
y oyen los vivos largos
ladridos por el campo:
éste es el tránsito de la muerte,
confundiéndose con la vida.
Estas piedras más nobles, que sólo el
tiempo las tocara,
no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello
y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.
Yo sé por ti
que vivo en desmesura,
y este fuerte dolor de la existencia
humilla al pensamiento.
Hoy repugna al espíritu
tanta belleza
misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.
Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada
si el
corazón alienta ya con frío,
contemplar la caída de los días,
desvanecer la carne.
Mas hoy, junto a los templos de los dioses,
miro caer en tierra el negro cielo
y siento que es mi vida quien
aturde a la muerte.
Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano en las costas de Grecia? ¿Qué resta en mí del único verano de mi vida? Si pudiera elegir de todo lo vivido algún lugar, y el tiempo que lo ata, su milagrosa compañía me arrastra allí, en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida. Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia; no queda ya el recuerdo de días sucesivos en esta sucesión mediocre de los años. Hoy vivo esta carencia, y apuro del engaño algún rescate que me permita aún mirar el mundo con amor necesario; y así saberme digno del sueño de la vida. De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha, saqueo avaramente siempre una misma imagen: sus cabellos movidos por el aire, y la mirada fija dentro del mar. Tan sólo ese momento indiferente. Sellada en él, la vida.
¿Pero cómo saber, sin la mirada, la hermosura del bosque, la grandeza del mar? El bosque estaba tras de mí; lo conocían mis oídos: el rumor de sus hojas, la confusión del canto de sus pájaros. Sonidos que venían de un remoto lugar. Y el mar del otro lado, golpeando la frente, sin rozarla, cubriéndola de gotas. Era mi piel quien descubría su frescura, mi soñoliento olfato quien entraba en el pecho su duro olor. ¿Pero cómo saber, sin la mirada, la hermosura del bosque, la grandeza del mar? Porque no había más, en el lugar del pecho, que una extendida sombra. (¿Mas qué frío candente mis párpados abrasa, qué luz me desvanece, qué prolongado beso llega hasta el mismo centro de la sombra?) Joven el rostro era, sus labios sonreían, y el retenido fuego de su cuerpo era quemada luz. Entramos en el mar, rompíamos el cielo con la frente, y envueltos en las aguas contemplamos las orillas del bosque, su extensa fosquedad. Miré, tendidos en la playa, el rostro: contemplaba las nubes; y el retenido fuego de su cuerpo era un sombrío resplandor. Penetramos el bosque, y en las lindes detuvimos los pasos; perdido, tras los troncos, miramos cómo el mar oscurecía. Tenía triste el rostro, y antes que para siempre envejeciera puse mis labios en los suyos.
Cuando me han preguntado la causa de mi amor yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza. (Y aún es posible que existan rostros más hermosos.) Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu que siempre me mostraba en sus costumbres, o en la disposición para el silencio o la sonrisa según lo demandara mi secreto. Eran cosas del alma, y nada dije de ella. (Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.) La verdad de mi amor ahora la sé: vencía su presencia la imperfección del hombre, pues es atroz pensar que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas, y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu, su claridad, la dolorida flor de la experiencia, la bondad misma. Importantes sucesos que nunca descubrimos, o descubrimos tarde. Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor, movida luz, honda frescura; y el daño nos descubre su seca falsedad. La verdad de mi amor sabedla ahora: la materia y el soplo se unieron en su vida como la luz que posa en el espejo (era pequeña luz, espejo diminuto); era azarosa creación perfecta. Un ser en orden crecía junto a mí, y mi desorden serenaba. Amé su limitada perfección.
En esta hora lívida de la primavera, al caer la tarde,
después de una
reciente lluvia, las flores
brotan en el jardín
claras y
misteriosas,
y oigo carreras en la calle, después silencio, siento la
soledad herirme,
y ahora pasos y voces. Cesan. Canta un muchacho,
y adivino en sus ojos la despedida de esta luz cansada,
de este día terrible
para tantos, mientras su voz se aleja por la
noche.
Ahora que no hay felicidad, quiero encontrar un rostro
que
refleje su luz, mirar caer la noche
sobre el campo dormido, oír
cantar un pájaro
con dulzura inocente.
Y ahora que de ella nada
queda en mí,
yo quiero contemplarla
en lo que existe y la retiene,
y con ojos serenos me asomo a la ventana para ver
un hombre con un
perro, conversando unos niños, un
balcón encendido.
Hay un sordo dolor ante este frío oscuro que se
agolpa
más allá de las horas de la vida,
y busco un rostro que
refleje luz,
alguien que, como yo, teniendo muerte sólo,
tenga
también, como tuviera yo,
venciéndola, la vida.
Los niños
se dispersan, el balcón se ha apagado, se
hunde en la noche el hombre
con su perro.
En este vaso de ginebra bebo los tapiados minutos de la noche, la aridez de la música, y el ácido deseo de la carne. Sólo existe, donde el hielo se ausenta, cristalino licor y miedo de la soledad. Esta noche no habrá la mercenaria compañía, ni gestos de aparente calor en un tibio deseo. Lejos está mi casa hoy, llegaré a ella en la desierta luz de madrugada, desnudaré mi cuerpo, y en las sombras he de yacer con el estéril tiempo. Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada sino la luz que cae en la ciudad antes de irse la tarde, el silencio en la casa y, sin pasado ni tampoco futuro, yo. Mi carne, que ha vivido en el tiempo y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún hasta la consunción de la propia ceniza, y estoy en paz con todo lo que olvido y agradezco olvidar. En paz también con todo lo que amé y que quiero olvidado. Volvió la hora feliz. Que arribe al menos al puerto iluminado de la noche.
Se me ha quemado el pecho, como un horno Por el dolor de tus palabras Y también de las mías. Hablamos del mundo, y desde el cielo Descendía su paz a nuestros ojos. Hay momentos del hombre en que le duele Amar, pensar, mirar, sentirse vivo, Y se sabe en la tierra por azar Solo, inútilmente en ella. Como si se tratase de algo ajeno Hablamos de nosotros Y nos vimos inciertos, unas sombras. Con poca fe, con las creencias rotas Con un madero en la marea, Con toda la esperanza naufragando Porque no es la que llega a nuestra barca, Sólo la caridad nos redimía Del mal nuestro de ser. Mirábamos la calle, rodeados De luz, de tiempo, de palabras, de hombres. De Palabras a la oscuridad, 1966
La vida me rodea, como en aquellos años ya perdidos, con el mismo esplendor de un mundo eterno. La rosa cuchillada de la mar, las derribadas luces de los huertos, fragor de las palomas en el aire, la vida en torno a mí, cuando yo aún soy la vida. Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos, y un amor fatigado. ¿Cuál será la esperanza? Vivir aún; y amar, mientras se agota el corazón, un mundo fiel, aunque perecedero. Amar el sueño roto de la vida y, aunque no pudo ser, no maldecir aquel antiguo engaño de lo eterno. Y el pecho se consuela, porque sabe que el mundo pudo ser una bella verdad.
Si no hay conocimientos en las cenizas dejémoslas caer en la belleza frágil de este rosal que tiembla en el otoño. ¿Amar, qué significa, si nada significa? Huésped del tiempo esquivo, desnudo ya de mí, retener el raído esplendor de la existencia que una vez creí mía, antes que, apresurado, me ciegue en el reverso de esta luz. Y aguardar esta espera sin alguna esperanza, sentir la fe de nada, pues soplé en las cenizas y nada hay fuera de ellas: tan sólo amar, sin pensamiento alguno, el declinar pausado del Engaño. Arde extraña la vida, como si contemplase en mi extinción la ajena, y no puedo apartar los ojos de su fuego. Canta en el aire un pájaro, el pájaro invisible de mi infancia, el que entonces cantaba ya sin vida. Arde una brasa aún al pie de este rosal y no quema mi mano. Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva.
«No fui nada, y ahora nada soy.
Pero tú, que aún existes, bebe, goza
de la vida..., y luego ven.»
Eres un buen amigo.
Ya sé que hablas en serio, porque la amable piedra
la dictaste con vida: no es tuyo el privilegio,
ni de nadie,
poder decir si es bueno o malo
llegar ahí.
Quien lea, debe saber que el tuyo
también es mi epitafio. Valgan tópicas frases
por tópicas cenizas.
A César Simón
Dentro de la mortaja de esta casa
en esta noche yerma con tanta
soledad,
mirando sin nostalgia lo que en mi vida es ido,
lo que no
pudo ser,
esta ruina extensa del pasado,
también sin esperanza
en lo que ha de venir aún a flagelarme,
sólo es posible un bien: la
aparición del ángel,
sus ojos vivos, no sé de qué color, pero de
fuego,
la paralización ante el rostro hermosísimo.
Después oír,
saliendo del silencio y en tanta soledad,
su voz sin traducción, que
es sólo un fiel entendimiento sin palabras.
Y el ángel hace,
cerrándose en mis párpados y cobijado en ellos, su
aparición postrera:
con su espada de fuego expulsa el mundo hostil,
que gira afuera,
a oscuras.
Y no hay Dios para él, ni para mí.
"La última
costa" 1995
Trajo el aire la luz, y nadie vigilaba, pues la robó en el sueño, se originó en las sombras, la luz que rodó negra debajo de los astros. Casa desnuda, seno de la muerte, rincón y vastedad, árida herencia, vertedero sombrío, fértil hueco. Tú estás donde las cosas lo parecen, donde el hombre se finge, ese que, a tus engaños, da en nombrarte respiración, fidelidad. Llegas hasta sus ojos, y en ellos reconoces el nido en que nacieras, piedra negra que está ignorando el mundo, y ahondas tu furor, con belleza de rosas o valle de palomos o dormidos naranjos en la siesta del mar, y agujeros callados se los tornas. Débil es el sepulcro que así eliges, no dura allí tu noche, y vuelves a tu oficio, criatura inocente, y esos que te aman lloran, pues dejas de ser luz para llamarte tiempo. nos tejiste con esa luz sombría de tu origen, y en la carne que alienta dejas el sordo soplo del olvido; no es tu reino la humana oscuridad, y en desventura existes. Llega a ti el desconsuelo, la desdicha, resignación del fuerte, y aun rencor, y así nos acabamos: extraño es el deseo de esa luz. Extingue tu suplicio, ciega pronto; si recobras la paz, no nos perturbes.
La niña, con los ojos dichosos, iba -rodeada de luz, su sombra por las viñas- a la mar. Le cantaban los labios, su corazón pequeño le batía. Los aires de las olas volaban su cabello. Un hombre, tras las dunas, sentado estaba, al acecho del mar. Reconocía la miseria humana en el gemido de las olas, la condición reclusa de los vivos aullando de dolor, de soledad, ante un destino ciego. Absorto las veía llegar del horizonte, eran el profundo cansancio del tiempo. Oyó, sobre la arena, el rumor de unos pies detenidos. Ladeó la cabeza, pesadamente volvió los ojos: la sombría visión que imaginara viró con él, todavía prendida, con esfuerzo. y el joven vio que el rostro de la niña envejecía misteriosamente. Con ojos abrasados miró hacia el mar: las aguas eran fragor, ruina. Y humillado vio un cielo que, sin aves, estallaba de luz. Dentro le dolía una sombra muy vasta y fría. Sintió en la frente un fuego: con tristeza se supo de un linaje de esclavos.
El ciego deseoso recorre con los dedos las líneas venturosas que hacen feliz su tacto, y nada le apresura. El roce se hace lento en el vigor curvado de unos muslos que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado. Allí en la luz oscura de los mirtos se enreda, palpitante, el ala de un gorrión, el feliz cuerpo vivo. O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto, en el posar cansado de un ocaso apagado. Del estrecho lugar de la cintura, reino de siesta y sueño, o reducido prado de labios delicados y de dedos ardientes, por igual, separadas, se desperezan líneas que ahondan. muy gentiles, el vigor mas dichoso de la edad, y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro. Son dos sombras rosadas esas tetillas breves en vasto campo liso, aguas para beber, o estremecerlas. y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua, este dormido campo, y llega a un breve pozo, que es infantil sonrisa, breve dedal del aire. En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles se yergue el cuello altivo que serena, o el recogido cuello que ablanda las caricias, el tronco del que brota un vivo fuego negro, la cabeza: y en aire, y perfumada, una enredada zarza de jazmines sonríe, y el mundo se hace noche porque habitan aquélla astros crecidos y anchos, felices y benéficos. Y brillan, y nos miran, y queremos morir ebrios de adolescencia. Hay una brisa negra que aroma los cabellos. He bajado esta espalda, que es el más descansado de todos los descensos, y siendo larga y dura, es de ligera marcha, pues nos lleva al lugar de las delicias. En la más suave y fresca de las sedas se recrea la mano, este espacio indecible, que se alza tan diáfano, la hermosa calumniada, el sitio envilecido por el soez lenguaje. Inacabable lecho en donde reparamos la sed de la belleza de la forma, que es sólo sed de un dios que nos sosiegue. Rozo con mis mejillas la misma piel del aire, la dureza del agua, que es frescura, la solidez del mundo que me tienta. Y, muy secretas, las laderas llevan al lugar encendido de la dicha. Allí el profundo goce que repara el vivir, la maga realidad que vence al sueño, experiencia tan ebria que un sabio dios la condena al olvido. Conocemos entonces que sólo tiene muerte la quemada hermosura de la vida. Y porque estás ausente, eres hoy el deseo de la tierra que falta al desterrado, de la vida que el olvidado pierde, y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo, pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo. "El otoño de las rosas" 1990
No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en
esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con
algo de memoria
y alguna claridad.
Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día
hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una
desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui
capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna
del hombre.
Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y
que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.
No tuve amor a las
palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era
tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?
En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber
que era idéntico el peso del acto que resulta de
lenta reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o
no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma
dicha.
Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier
dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un
dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de
la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni
la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo
contiene su deseo.
Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la
cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y
los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues
eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todo
son gestos, muertes, son residuos.
Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche
fosca,
abre su boca seca, y está mudo.
En el cansancio de la noche,
penetrando la más oscura música,
he recobrado tras mis ojos ciegos
el frágil testimonio de una escena
remota.
Olía el mar, y el alba era ladrona
de los cielos; tornaba
fantasmales
las luces de la casa.
Los comensales eran jóvenes, y
ahítos
y sin sed, en el naufragio del banquete,
buscaban la
ebriedad
y el pintado cortejo de alegría. El vino
desbordaba las
copas, sonrosaba
la acalorada piel, enrojecía el suelo.
En
generoso amor sus pechos desataron
a la furiosa luz, la carne, la
palabra,
y no les importaba después no recordar.
Algún puñal
fallido buscaba un corazón.
Yo alcé también mi copa, la más leve,
hasta los bordes llena de
cenizas:
huesos conjuntos de halcón y ballestero,
y allí bebí, sin
sed, dos experiencias muertas.
Mi corazón se serenó, y un inocente
niño
me cubrió la cabeza con gorro de demente.
Fijé mis ojos lúcidos
en quien supo escoger con tino más certero:
aquel que en un rincón, dando a todo la espalda,
llevó a sus frescos
labios
una taza de barro con veneno.
Y brindando a la nada
se apresuró en las sombras.
Sólo una vez pudiste conocer aquel Esplendor negro e intermitentemente recuerdas la experiencia con vaguedad, aproximaciones difusas, inminencias, y así, desde tu juventud, arrastras frío, un invisible manto de ceniza escarlata. Y no fue necesario cegar los ojos, pues de las luces claras de los astros llegó el delirio aquel, la posibilidad más exacta y sencilla: en vez de Dios o el mundo aquel negro Esplendor, que ni siquiera es punto, pues no hay en él espacio, ni se puede nombrar, porque no se dilata. Valen igual Serenidad y Vértigo, pues las palabras están dichas desde la noche de la tierra, y las palabras son tan sólo expresión de un engaño. Volver al centro aquel es ir por las afueras de la vida, sin conocer la vida, un inmundo imposible, pues sólo el no nacer te pudiera acercar a esa experiencia. Crear la inexistencia, y su totalidad, no te hizo poderoso, ni derramó tu llanto, y nada redimiste. La misma incomprensión que contemplar el mundo te produjo el terror de aquel Esplendor negro, y aquel desvalimiento al cubrirte las sábanas. Insistencias en Luzbel
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