Poesía Universal

Francisco Brines

Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Brines. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Francisco Brines. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Francisco Brines

20 poemas seleccionados
1.

A punto de un viaje en coche

Las ventanas reflejan
el fuego de poniente
y flota una luz gris 
		
que ha venido del mar.
En mí quiere quedarse
el día, que se 
		muere,
como si yo, al mirarle,
lo pudiera salvar.
Y quién hay 
		que me mire
y que pueda salvarme.
La luz se ha vuelto negra
y 
		se ha borrado el mar.
2.

Aceptación

Saliste a la terraza
pensando que la brisa de la noche
podría 
		devolverte al que eres siempre.
Mas la tibieza que en tu cuarto había

		era un ámbito ,allí, bajo la calma
de alejadas estrellas.
Olvidar 
		pretendías unas horas
todavía recientes, la penumbra
que acercaba 
		el latido de los dos,
y tus palabras qué serenas eran
como si a 
		nadie las dijeses. Viste
la emoción de su rostro, su contorno

		quemarse de belleza;
y esas mismas palabras te llenaban
de dolor y 
		de sombra.
De nada te sirvió, cuando quedaste
solo, cegar la luz,

		hacer brotar desde un rincón la música,
fortalecer tu fe con su joven 
		pureza.
Sobre tu frente se rompían olas
gigantes: el calor

		detenido del día,
el naufragio de un hombre que entregaba
la 
		pasión de su vida en el espectro
doliente de la música (aún
como 
		si la esperanza le alentase),
y te ardía el espíritu
porque 
		sentías declinar tu vida.
Para ser el que fuiste
sales a la 
		terraza, para ver
si un frío súbito derriba pronto
la plenitud del 
		corazón. Tocas
el aire oscuro con los labios, oyes
los gritos 
		fatigados de la calle,
la luminosa altura te estremece.
El tiempo 
		va pasando, no retorna
nada de lo vivido;
el dolor, la alegría, se 
		confunden
con la débil memoria,
después en el olvido son cegados.

		y al dolor agradeces
que se desborde de tu frágil pecho
la firme 
		aceptación de la existencia.
3.

Alocución pagana

¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os 
		tendrá que ser dada?
Es obra de la fe, del egoísmo
o la 
		desolación.
Y si existe, no importa no haber creído en ella:

		respuestas ignorantes son todas las humanas
si a la muerte interroga.

		
Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,
o 
		grandes monumentos funerarios,
las cálidas plegarias, vuestra 
		esperanza ciega.
O aceptad el vacío que vendrá,
en donde ni 
		siquiera soplará un viento estéril.
Lo que habrá de venir será de 
		todos,
pues no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica 
		nuestra muerte.

		
"Aún no" 1971
4.

Amor en Agriento

(Empedócles en Akragas)

		
Es la hora del regreso de las cosas,
cuando el campo y el 
		mar se cubren de una sombra lenta
y los templos se desvanecen, 
		foscos, en el espacio;
tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.

		
Yo te recuerdo, con más hermosura tú
que las divinidades que aquí 
		fueron adoradas;
con más espíritu tú, pues que vives.
Hay una 
		angustia en el corazón
porque te ama,
y estas viejas columnas nada 
		explican:

		
Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra
y 
		descubrieron orígenes diversos en las cosas,
y advirtieron que 
		espíritus opuestos los enlazaban
para que hubiese cambio, y así 
		explicar la vida.
Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto 
		la intimidad 
		
                                                                       
		del mundo:
Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,

		extendí la mirada sobre el valle;
mas pide el universo para existir 
		el odio y el dolor,
pues al mirar el movimiento creado de las cosas

		las vi que, en un momento, se extinguían,
y en las cosas el hombre.

		
La ciudad, elevada, se ha encendido,
y oyen los vivos largos 
		ladridos por el campo:
éste es el tránsito de la muerte, 
		confundiéndose con la vida.
Estas piedras más nobles, que sólo el 
		tiempo las tocara,
no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello

		y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.
Yo sé por ti 
		que vivo en desmesura,
y este fuerte dolor de la existencia

		humilla al pensamiento.
Hoy repugna al espíritu
tanta belleza 
		misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.

		
Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada
si el 
		corazón alienta ya con frío,
contemplar la caída de los días,

		desvanecer la carne.
Mas hoy, junto a los templos de los dioses,

		miro caer en tierra el negro cielo
y siento que es mi vida quien 
		aturde a la muerte.
5.

Aquel verano de mi juventud

Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano 
en las costas de 
		Grecia? 
		
¿Qué resta en mí del único verano de mi vida? 
Si pudiera elegir 
		de todo lo vivido 
		
algún lugar, y el tiempo que lo ata, 
su milagrosa compañía me 
		arrastra allí, 
		
en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida. 


		Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia;
no 
		queda ya el recuerdo de días sucesivos 
		
en esta sucesión mediocre de los años. 
Hoy vivo esta carencia, 
		
y apuro del engaño algún rescate 
que me permita aún mirar el 
		mundo
con amor necesario; 
		
y así saberme digno del sueño de la vida. 

De cuanto fue 
		ventura, de aquel sitio de dicha, 
		
saqueo avaramente 
siempre una misma imagen: 
sus cabellos 
		movidos por el aire, 
		
y la mirada fija dentro del mar. 
Tan sólo ese momento 
		indiferente. 
		
Sellada en él, la vida.
6.

Ardimos en el bosque

¿Pero cómo saber, sin la mirada,
la hermosura del bosque, la grandeza 
		del mar?

		
El bosque estaba tras de mí; lo conocían
mis oídos: el rumor de 
		sus hojas,
la confusión del canto de sus pájaros.
Sonidos que 
		venían de un remoto lugar.
Y el mar del otro lado, golpeando
la 
		frente, sin rozarla,
cubriéndola de gotas. Era mi piel
quien 
		descubría su frescura,
mi soñoliento olfato quien entraba en el pecho

		su duro olor.
¿Pero cómo saber, sin la mirada,
la hermosura del 
		bosque, la grandeza del mar?
Porque no había más, en el lugar del 
		pecho,
que una extendida sombra.

		
(¿Mas qué frío candente mis párpados abrasa,
qué luz me 
		desvanece, qué prolongado beso
llega hasta el mismo centro de la 
		sombra?)

		
Joven el rostro era,
sus labios sonreían,
y el retenido fuego 
		de su cuerpo
era quemada luz.
Entramos en el mar, rompíamos
el 
		cielo con la frente,
y envueltos en las aguas contemplamos
las 
		orillas del bosque,
su extensa fosquedad.
Miré, tendidos en la 
		playa, el rostro:
contemplaba las nubes;
y el retenido fuego de su 
		cuerpo
era un sombrío resplandor.
Penetramos el bosque, y en las 
		lindes
detuvimos los pasos;
perdido, tras los troncos, miramos 
		cómo el mar
oscurecía.
Tenía triste el rostro,
y antes que para 
		siempre envejeciera
puse mis labios en los suyos.
7.

Causa del amor

Cuando me han preguntado la causa de mi amor
yo nunca he respondido: 
		Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros 
		más hermosos.)
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su 
		espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la 
		disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi 
		secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera 
		añadir que he conocido almas superiores.)

		
La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la 
		imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se 
		corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los 
		cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la 
		experiencia, 
		
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o 
		descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,

		movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.

		
La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se 
		unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña 
		luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en 
		orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada 
		perfección.
8.

Con los ojos serenos

En esta hora lívida de la primavera, al caer la tarde,
después de una 
		reciente lluvia, las flores
brotan en el jardín
claras y 
		misteriosas,
y oigo carreras en la calle, después silencio, siento la
                                                           
		soledad herirme,
y ahora pasos y voces. Cesan. Canta un muchacho,

		y adivino en sus ojos la despedida de esta luz cansada,
                                                      
		de este día terrible
para tantos, mientras su voz se aleja por la 
		noche.

		
Ahora que no hay felicidad, quiero encontrar un rostro
que 
		refleje su luz, mirar caer la noche
sobre el campo dormido, oír 
		cantar un pájaro
con dulzura inocente.
Y ahora que de ella nada 
		queda en mí,
yo quiero contemplarla
en lo que existe y la retiene,

		y con ojos serenos me asomo a la ventana para ver
un hombre con un 
		perro, conversando unos niños, un
                                                              
		balcón encendido.

Hay un sordo dolor ante este frío oscuro que se 
		agolpa
más allá de las horas de la vida,
y busco un rostro que 
		refleje luz,
alguien que, como yo, teniendo muerte sólo,
tenga 
		también, como tuviera yo,
venciéndola, la vida.


		Los niños 
		se dispersan, el balcón se ha apagado, se
hunde en la noche el hombre 
		con su perro.
9.

Con quién haré el amor

En este vaso de ginebra 
		bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y 
		el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se 
		ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no 
		habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un 
		tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta 
		luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de 
		yacer con el estéril tiempo.


		Vuelve la hora feliz. Y 
		es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse 
		la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, 
		yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no 
		ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en 
		paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con 
		todo lo que amé
y que quiero olvidado. 
		


		Volvió la hora feliz.

		Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche.
10.

Conversación con un amigo

Se me ha quemado el pecho, como un horno
Por el dolor de tus 
		palabras
Y también de las mías.
Hablamos del mundo, y desde el 
		cielo
Descendía su paz a nuestros ojos.
Hay momentos del hombre en 
		que le duele
Amar, pensar, mirar, sentirse vivo,
Y se sabe en la 
		tierra por azar
Solo, inútilmente en ella.
Como si se tratase de 
		algo ajeno
Hablamos de nosotros
Y nos vimos inciertos, unas 
		sombras.

		
Con poca fe, con las creencias rotas
Con un madero en la marea,

		Con toda la esperanza naufragando
Porque no es la que llega a nuestra 
		barca,
Sólo la caridad nos redimía
Del mal nuestro de ser.

		Mirábamos la calle, rodeados
De luz, de tiempo, de palabras, de 
		hombres.

		
De Palabras a la oscuridad, 1966
11.

Cuando yo aún soy la vida

La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo 
		esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las 
		derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, 
		la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo 
		esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.

		
¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el 
		corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de 
		la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de 
		lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo 
		ser una bella verdad.
12.

Despedida al pie de un rosal

Si no hay conocimientos en las cenizas

		dejémoslas caer en la belleza frágil

		de este rosal que tiembla en el otoño.

		

		¿Amar, qué significa, si nada significa?

		Huésped del tiempo esquivo, desnudo ya de mí,

		retener el raído esplendor de la existencia

		que una vez creí mía,

		antes que, apresurado,

		me ciegue en el reverso de esta luz.

		Y aguardar esta espera sin alguna esperanza,

		sentir la fe de nada, pues soplé en las cenizas

		y nada hay fuera de ellas:

		tan sólo amar, sin pensamiento alguno,

		el declinar pausado del Engaño.

		

		Arde extraña la vida, como si contemplase

		en mi extinción la ajena,

		y no puedo apartar los ojos de su fuego.

		

		Canta en el aire un pájaro,

		el pájaro invisible de mi infancia,

		el que entonces cantaba ya sin vida.

		

		Arde una brasa aún al pie de este rosal

		y no quema mi mano.

		Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva.
13.

Epitafio romano

«No fui nada, y ahora nada soy.

		Pero tú, que aún existes, bebe, goza

		de la vida..., y luego ven.»

                                                     
		Eres un buen amigo.

		Ya sé que hablas en serio, porque la amable piedra

		la dictaste con vida: no es tuyo el privilegio,

		ni de nadie,

		poder decir si es bueno o malo

		llegar ahí.

                     
		Quien lea, debe saber que el tuyo

		también es mi epitafio. Valgan tópicas frases

		por tópicas cenizas.
14.

El ángel del poema

A César Simón

		
Dentro de la mortaja de esta casa
en esta noche yerma con tanta 
		soledad,
mirando sin nostalgia lo que en mi vida es ido,
lo que no 
		pudo ser,
esta ruina extensa del pasado,
también sin esperanza

		en lo que ha de venir aún a flagelarme,
sólo es posible un bien: la 
		aparición del ángel,
sus ojos vivos, no sé de qué color, pero de 
		fuego,
la paralización ante el rostro hermosísimo.
Después oír, 
		saliendo del silencio y en tanta soledad,
su voz sin traducción, que 
		es sólo un fiel entendimiento sin palabras.
Y el ángel hace, 
		cerrándose en mis párpados y cobijado en ellos, su
                
		aparición postrera:
con su espada de fuego expulsa el mundo hostil, 
		que gira afuera, 
		
                
		a oscuras.
Y no hay Dios para él, ni para mí.

"La última 
		costa" 1995
15.

El curso de la luz

Trajo el aire la luz,
y nadie vigilaba, pues la robó en el sueño,

		se originó en las sombras,
la luz que rodó negra debajo de los 
		astros.
Casa desnuda, seno de la muerte,
rincón y vastedad, árida 
		herencia,
vertedero sombrío, fértil hueco.

		
Tú estás donde las cosas lo parecen,
donde el hombre se finge,

		ese que, a tus engaños, da en nombrarte
respiración, fidelidad.

		Llegas hasta sus ojos,
y en ellos reconoces el nido en que nacieras,

		piedra negra que está ignorando el mundo,
y ahondas tu furor, con 
		belleza de rosas
o valle de palomos
o dormidos naranjos en la 
		siesta del mar,
y agujeros callados se los tornas.

		
Débil es el sepulcro que así eliges,
no dura allí tu noche,
y 
		vuelves a tu oficio, criatura inocente, 
		
y esos que te aman lloran,
pues dejas de ser luz para llamarte 
		tiempo.
nos tejiste con esa luz sombría
de tu origen, y en la 
		carne que alienta
dejas el sordo soplo del olvido;
no es tu reino 
		la humana oscuridad,
y en desventura existes.
Llega a ti el 
		desconsuelo, la desdicha,
resignación del fuerte, y aun rencor,
y 
		así nos acabamos:
extraño es el deseo de esa luz.


		Extingue 
		tu suplicio, ciega pronto;
si recobras la paz, no nos perturbes.
16.

El dolor

La 
		niña,
con los ojos dichosos,
iba -rodeada
de luz, su sombra por 
		las viñas-
a la mar.
Le cantaban los labios,
su corazón pequeño 
		le batía.
Los aires de las olas
volaban su cabello.

		
Un hombre, tras las dunas,
sentado estaba,
al acecho del mar.

		Reconocía la miseria humana
en el gemido de las olas,
la condición 
		reclusa de los vivos
aullando de dolor,
de soledad, ante un 
		destino ciego.
Absorto las veía
llegar del horizonte, eran
el 
		profundo cansancio del tiempo.

		
Oyó, sobre la arena,
el rumor de unos pies
detenidos.
Ladeó 
		la cabeza, pesadamente
volvió los ojos:
la sombría visión que 
		imaginara
viró con él, todavía prendida,
con esfuerzo.
y el 
		joven vio que el rostro
de la niña
envejecía misteriosamente.

		
Con ojos abrasados
miró hacia el mar: las aguas
eran fragor, 
		ruina.
Y humillado vio un cielo
que, sin aves, estallaba de luz.

		Dentro le dolía una sombra
muy vasta y fría.
Sintió en la frente 
		un fuego:
con tristeza se supo
de un linaje de esclavos.
17.

El más hermoso territorio

El ciego deseoso recorre con los dedos
las líneas venturosas que 
		hacen feliz su tacto,
y nada le apresura. El roce se hace lento
en 
		el vigor curvado de unos muslos
que encuentran su unidad en un breve 
		sotillo perfumado.
Allí en la luz oscura de los mirtos
se enreda, 
		palpitante, el ala de un gorrión,
el feliz cuerpo vivo.
O 
		intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto,
en el posar cansado de 
		un ocaso apagado.

		
Del estrecho lugar de la cintura,
reino de siesta y sueño,
o 
		reducido prado
de labios delicados y de dedos ardientes,
por 
		igual, separadas, se desperezan líneas
que ahondan. muy gentiles, el 
		vigor mas dichoso de la edad,
y un pecho dejan alto, simétrico y 
		oscuro.
Son dos sombras rosadas esas tetillas breves
en vasto 
		campo liso,
aguas para beber, o estremecerlas.
y un canalillo 
		cruza, para la sed amiga de la lengua,
este dormido campo, y llega a 
		un breve pozo,
que es infantil sonrisa,
breve dedal del aire.

		
En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles
se yergue el 
		cuello altivo que serena,
o el recogido cuello que ablanda las 
		caricias,
el tronco del que brota un vivo fuego negro,
la cabeza: 
		y en aire, y perfumada,
una enredada zarza de jazmines sonríe,
y 
		el mundo se hace noche porque habitan aquélla
astros crecidos y 
		anchos, felices y benéficos.
Y brillan, y nos miran, y queremos morir

		ebrios de adolescencia.
Hay una brisa negra que aroma los cabellos.

		
He bajado esta espalda,
que es el más descansado de todos los 
		descensos,
y siendo larga y dura, es de ligera marcha,
pues nos 
		lleva al lugar de las delicias.
En la más suave y fresca de las sedas

		se recrea la mano,
este espacio indecible, que se alza tan diáfano,

		la hermosa calumniada, el sitio envilecido
por el soez lenguaje.

		Inacabable lecho en donde reparamos
la sed de la belleza de la forma,

		que es sólo sed de un dios que nos sosiegue.
Rozo con mis mejillas la 
		misma piel del aire,
la dureza del agua, que es frescura,
la 
		solidez del mundo que me tienta.

		
Y, muy secretas, las laderas llevan
al lugar encendido de la 
		dicha.
Allí el profundo goce que repara el vivir,
la maga realidad 
		que vence al sueño,
experiencia tan ebria
que un sabio dios la 
		condena al olvido.
Conocemos entonces que sólo tiene muerte
la 
		quemada hermosura de la vida.

		
Y porque estás ausente, eres hoy el deseo
de la tierra que falta 
		al desterrado,
de la vida que el olvidado pierde,
y sólo por 
		engaño la vida está en mi cuerpo,
pues yo sé que mi vida la sepulté 
		en el tuyo.

		
"El otoño de las rosas" 1990
18.

El porqué de las palabras

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en 
		esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con 
		algo de memoria
y alguna claridad.

		
Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día 
		hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.

		Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una 
		desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui 
		capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna 
		
                                                                           
		del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y 
		que renuevo;
desasosiega, y es
                          
		remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.
No tuve amor a las 
		palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era 
		tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?

		
En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber 
		que era idéntico el peso del acto que resulta de 
		

                                                       
		lenta reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o 
		no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma 
		dicha.

		
Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier 
		dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un 
		dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de 
		la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni 
		la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo 
		contiene su deseo.

		
Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la 
		cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y 
		los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues 
		eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todo 
		son gestos, muertes, son residuos.

		
Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche 
		fosca,
abre su boca seca, y está mudo.
19.

En el cansancio de la noche...

En el cansancio de la noche,
penetrando la más oscura música,

		he recobrado tras mis ojos ciegos
el frágil testimonio de una escena 
		remota.

		
Olía el mar, y el alba era ladrona
de los cielos; tornaba 
		fantasmales
las luces de la casa.
Los comensales eran jóvenes, y 
		ahítos
y sin sed, en el naufragio del banquete,
buscaban la 
		ebriedad
y el pintado cortejo de alegría. El vino
desbordaba las 
		copas, sonrosaba
la acalorada piel, enrojecía el suelo.
En 
		generoso amor sus pechos desataron
a la furiosa luz, la carne, la 
		palabra,
y no les importaba después no recordar.
Algún puñal 
		fallido buscaba un corazón.

		
Yo alcé también mi copa, la más leve,
hasta los bordes llena de 
		cenizas:
huesos conjuntos de halcón y ballestero,
y allí bebí, sin 
		sed, dos experiencias muertas.
Mi corazón se serenó, y un inocente 
		niño
me cubrió la cabeza con gorro de demente.

		
Fijé mis ojos lúcidos
en quien supo escoger con tino más certero:

		aquel que en un rincón, dando a todo la espalda,
llevó a sus frescos 
		labios
una taza de barro con veneno.
                                  
		Y brindando a la nada
se apresuró en las sombras.
20.

Esplendor negro

Sólo una vez pudiste conocer aquel Esplendor negro
e 
		intermitentemente recuerdas la experiencia con vaguedad,

		aproximaciones difusas, inminencias,
y así, desde tu juventud, 
		arrastras frío,
un invisible manto de ceniza escarlata.
Y no fue 
		necesario cegar los ojos,
pues de las luces claras de los astros

		llegó el delirio aquel, la posibilidad más exacta y sencilla:
en vez 
		de Dios o el mundo
aquel negro Esplendor,
que ni siquiera es 
		punto, pues no hay en él espacio,
ni se puede nombrar, porque no se 
		dilata.
Valen igual Serenidad y Vértigo,
pues las palabras están 
		dichas desde la noche de la tierra,
y las palabras son tan sólo 
		expresión de un engaño.
Volver al centro aquel es ir por las afueras 
		de la vida,
sin conocer la vida, un inmundo imposible,
pues sólo 
		el no nacer te pudiera acercar a esa experiencia.
Crear la 
		inexistencia, y su totalidad,
no te hizo poderoso,
ni derramó tu 
		llanto, y nada redimiste.
La misma incomprensión que contemplar el 
		mundo
te produjo el terror de aquel Esplendor negro,
y aquel 
		desvalimiento al cubrirte las sábanas.
Insistencias en Luzbel

Versos y pensamientos de Francisco Brines

4 citas
« Las ventanas reflejan / el fuego de poniente »
Francisco Brines · A punto de un viaje en coche
« Saliste a la terraza / pensando que la brisa de la noche »
Francisco Brines · Aceptación
« ¿Es que, acaso, estimáis que por creer / en la inmortalidad, »
Francisco Brines · Alocución pagana
« (Empedócles en Akragas) / Es la hora del regreso de las cosas, »
Francisco Brines · Amor en Agriento
Biblioteca poética

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