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Fina García Marruz · A aquel vago delirio de la sala...
Biografía y amplia selección de poemas de Fina García Marruz. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Fina García Marruz. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A aquel vago delirio de la sala traías el portal azul del pueblo de tu niñez, en tu silencio abríase una lejana cena misteriosa. Cayó el espeso velo de los ojos y al que aguardó toda la noche abrimos. Partía el pan con un manto de nieve. Con las espaldas del pastor huiste, cuando volviste el rostro era la noche, todo había cambiado y sin embargo en la granja dormían tranquilas las ovejas.
despertar... Al despertar uno se vuelve al que era al que tiene el nombre con que nos llaman, al despertar uno se vuelve seguro, sin pérdida, al uno mismo al uno solo recordando lo que olvidan el tigre la paloma en su dulce despertar.
"Sé el que eres"
Píndaro
Ama la superficie casta
y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje
aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe
Sé el que eres, que es
ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé
sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.
No mira Dios al que tú
sabes que eres
-la luz es ilusión, también locura-
sino la imagen tuya que
prefieres,
que lo que amas torna
valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.
mudo No es que le falte el sonido, es que tiene el silencio.
Cómo ha cambiado el tiempo...
Amigo, el
que yo más amaba,
venid a la luz del alba
Cómo ha cambiado el tiempo aquella
fija
mirada inteligente que una extraña
ternura, como un sol,
desdibujaba!
La música de lo posible rodeaba tu rostro,
como un ladrón el
tiempo llevó sólo el despojo,
en nuestra fiel ternura te cumplías
como en lo ardido el fuego,
y no en la lívida
ceniza, acaba. Y donde ven los otros
la arruga del escarnio, te
tocamos
el traje adolescente, casi nieve
infantil a la mano, pues que
sólo
nuestro fue el privilegio de mirarte
con el rostro de tu
resurrección.
Quién sirve como un romano -ese monarca natural- una cena? A quién no merma jamás su oficio sino alegría? Rey, Guerrero, Oficiante, y Padre siempre. Quién -como si mandase- sirve una copa?
Para Isabel, que me enseñó la basílica de San Clemente
(Mosaico del ábside, s. XII)
Creíamos que la cruz
era sólo de amargura
y ahora vemos las palomas
poblando sus
travesaños.
(Verdad que es en San Clemente
y en el siglo de
María.)
La cruz echa las raíces
de donde, en círculos magos,
nace la vida; los ciervos
beben el agua brotada
del Dolor; bajo su
fronda
los hombres y las mujeres
se afanan en sus oficios,
y
por las tablas nocturnas,
blanquísima, las palomas
caminan. Es su
jardín.
Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna como a la casa de la infancia, a algunos días, rostros, sucesos que supieron recorrer el camino de nuestro corazón. Vuelven de nuevo los cansados pasos cada vez más sencillos y más lentos, al mismo día, el mismo amigo, el mismo viejo sol. Y queremos contar la maravilla ciega para los otros, a nuestros ojos clara, en donde la memoria ha detenido como un pintor, un gesto de la mano, una sonrisa, un modo breve de saludar. Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable, los ojos no comprenden, la mano ya no toca el alimento innombrable, lo real.
A veces,
en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse
abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad
de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el
pico ávido bajaba
en busca de alimento.
¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de
nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la
mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver
atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No
para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en
vilo,
por siempre se ha de estar.
De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud:
un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se
vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los
claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o
como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el
peso
del vivir.
Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo,
renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando
las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo
incierto hace señales.
costó
dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre
corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni
amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su
oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es
toda partida.
que solía visitarnos, el que era... El que solía visitarnos, el que era de todos más amado, suave vuelve a la sala sencilla, cada día más real y más leve, ya de humo. ¿Cuándo tocó la puerta? No podemos recordarlo. Estaba allí, estaba! Y no se irá jamás ni puede irse. No nos trae la memoria las palabras del adiós. Sólo podrá volverse por la puerta de un ruido, de un llamado de ese mundo que borra, ignora y vence.
¿No sentías que ardía tu corazón
cuando nos hablaba de las Escrituras?
Los peregrinos de Enmaús
Huésped me fue palabra
misteriosa.
Huésped es el que viene de muy lejos,
de algún pueblo que nunca
habremos visto.
Huésped es el que viene por la noche,
toca la aldaba de la
puerta y todo
el umbral resplandece como nieve.
Huésped es quien
se sienta a nuestra mesa
sólo por una noche, y no se acierta
sino ya a oír lo que su boca
dijo.
Huésped es el que alegra con su rostro,
y alumbra con sus manos
nuestro pan,
y no logramos recordar su nombre.
Huésped es el que ha de
partir, al alba.
En Roma, la Madona. En Florencia, la Doncella. La Pasión, en Venecia. Amica mea.
Pietà de Miguel Angel
A Dinorah
Ay, es como una luna,
esos delgados miembros sostenidos
por la madre, ahora poderosa,
más allá del dolor.
La mano sosteniéndolo
la arruga
levemente la piel bajo los hombros.
La otra, de reina,
parece que mendiga.
No llora ya: ofrece al
Hijo
que quisiera mecer,
a su pequeño inmenso
que quiso lo
inaudito.
Ay, es como la fina
luna menguante.
Ahora que estamos solos, infancia mía, hablemos, olvidando un momento los extraños retratos que nos hicieron. Hablemos de lo que tú y yo, por no tener ya nada, sabemos. Que esta solitaria noche mía no ha tenido la gracia del comienzo, y entré en la danza oscura de mi estirpe como un joven tristísimo en un lienzo. Mi imagen sucesiva no me habita sino como un oscuro remordimiento, sin poder distinguir siquiera qué de mi pan o de mi vino invento. En el oscuro cuarto en que levanto la mano con un gesto polvoriento, donde no puedo entrar, allí me miras con tu traje y tu terco fundamento, y no sé si me llamas o qué quieres en este mutuo, extraño desencuentro. Y a veces me parece que me pides para que yo te saque del silencio, me buscas en los árboles de oro y en el perdido parque del recuerdo, y a veces me parece que te busco a tu tranquila fuerza y tu sombrero, para que tú me enseñes el camino de mi perdido nombre verdadero. De tu estrella distante, aparecida, no quiero más la luz tan triste sino el Cuerpo. Ahonda en mí. Encuéntrame. Y que tu pan sea el día nuestro.
No, no, memoria del pasado día vengas sobre este sol y césped santo. No vuelva yo a invocar refugio tanto de lo que así se crece en despedida. Quédeme tu intemperie y mi porfía de caer, de volver de nuevo a alzarme, no la raída pasamanería que alza mi polvo y que tu luz deshace. No me hartes de mí que hartazgo tanto no soporta mi poca luz vencida. Mas mi ayer fue tu hoy: no halle quebranto. Volver a lo pasado no es mi ruego... ¿Pero y aquel aroma de la vida? Retenga su promesa, no su fuego.
« A aquel vago delirio de / la sala »
« al que tiene / el nombre con que nos llaman, »
« Píndaro / Ama la superficie casta »
« No es que le falte / el sonido, »
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