Poesía Universal

Fernando Paz Castillo

Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Paz Castillo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Paz Castillo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Fernando Paz Castillo

7 poemas seleccionados
1.

Cuando mi hora sea llegada

Yo que he visto
tanto dolor
y odio
del 
		hombre contra el hombre,
por ideas profundas
o por simples 
		palabras.

		
Yo que he visto los cuerpos
en las sombras
acechando las 
		sombras de otros cuerpos
para matar el sueño.

		
Yo que he visto los rostros retorcidos,
sin que la muerte dulce

		borre el odio en los ojos,
en los puños cerrados
y en los dientes 
		fríos.

		
Yo te pido, Señor!
Dios armonioso
del perdón fecundo,
que 
		cuando mi hora sea llegada
no haya rencor en mi alma.

		
Y que la muerte suave
ponga en mis ojos la apacible luz
de un 
		manso atardecer
entre violetas:

		
Y que una espiga de oro,
bajo el azul del cielo,
marque el 
		silencio de la hora excelsa,
lenta y santamente,
y no haya nada 
		brusco
en torno mío
-odio ni temor-
cuando mi hora sea llegada.
2.

Dios y hombre

Pues es indudable que todo espíritu creado
                                                     
		necesita el consuelo del cuerpo.
                                                                                          
		San Bernardo

Ante el misterio,
lejana realidad,
Dios 
		en silencio,
teme el espíritu encontrarse
libre del cuerpo

		tierra que familiarmente lo acompaña,
cárcel oscura y fuga luminosa:

		su paz o su inquietud,
su ingénita frescura y su descanso.

		
Entre formas confusas se desliza el espíritu
dormido o vigilante,

		altivo o fatigado de recuerdos,
detenido por ausencias sin contornos

		junto a la eternidad
de lo perfecto.
Y sólo el cuerpo atrapa

		con los cinco sentidos perspicaces
y sus vagos senderos ignorados

		el gozo de la luz y del sonido,
y del mirar confiado a las espigas

		y del callar sereno hacia los astros.
3.

El cuerpo, criatura delicada...

El cuerpo, 
		criatura delicada,
tierno como las rosas en el alba,
conserva su 
		frescura primera junto al miedo
que vive de él, y en soledad profunda

		lo devora con un afán intenso
de perfección.

		
El cuerpo es morada pasajera
del espíritu nómada,
su consuelo,

		su fiel compañía generosa,
su sombra en la llanura
sin rumores,

		su imagen sorprendida,
su grito sin color
y su esperanza.
4.

¡el

¡El espíritu libre!...

		
		
¡El espíritu libre!
honda zozobra,
quemadura de llama en 
		agonía,
nostalgia del vivir inteligente
asomado a la orilla de la 
		muerte.

		
Angustia cuotidiana de alentar entre rosas
o pavor de una noche 
		sin luceros
frente al todo infinito y desolado.

		
Hallazgo de no morir un día,
sino seguir viviendo
de lo que ya 
		vivido está en la sangre,
entre secretos surcos dilatados,
entre 
		hierbas de noche oscura
y rosas húmedas
desde la tierra o nube del 
		origen.

		
Naufragio de lo propio
y de lo ajeno
con el nacer;
morir 
		anticipado
morir sin morir del todo,
porque, semilla de divina 
		esencia
vivirá siempre en formas increadas
para consuelo de los 
		otros seres.
5.

El

espíritu es trágico...


		El espíritu es trágico
pero el cuerpo es bello
y solemne
bajo 
		el hilo de plata del silencio
que oculta entre cenizas las palabras,

		las palabras
que duelen y se alejan
como el pensamiento, y como el 
		ala
graciosa,
fúlgida tierra que al volar se queda
entre el 
		aire y la luz,
signo del pie divino y de su fuga
que delata a su 
		paso la belleza,
la eterna aspiración de la belleza,
entre el 
		rencor del hombre
y la conciencia audaz,
desveladora
que, sin 
		asirla del todo,
vive de ella esclava.

		
Esclavitud sublime que lo salva
de aquella lenta ducha dolorosa

		del ser primero,
de aquella triste angustia desolada
del hombre 
		sin pasado;
de aquella amarga realidad viviente,
del hombre, sólo 
		hombre:
triste vivir del alma sin amor,
perfección del creador y 
		de lo creado.
6.

El muro

Beauty is truth, truth beauty, that is all
                         
		Ye know on earth, and all ye need to know
                                                                                          
		John Keats

I
Un muro en la tarde,
y en la hora
una 
		línea blanca, indefinida
sobre el campo verde
y bajo el cielo.

		
II
Un pájaro -en hoja y viento-
ha puesto su canción más bella

		sobre el muro.


		III

		Enlutado de su propia existencia
-detenida entre su breve sombra
y 
		su destino-
un zamuro, bello por la distancia y por el vuelo,

		infunde angustia en el alma profeta:
una fría angustia, cuando

		certero, como vencida flecha
-oscura flecha que aún conserva su 
		impulso inicial-
cae tras el muro.

		
IV
La vida es una constante
y hermosa destrucción:
vivir es 
		hacer daño.

		
V
Pero el muro,
el silencioso y blanco muro
parece que nos 
		dice:
«hasta aquí llegan tus ojos,
menos agudos que tu instinto.

		
Yo separo tu vida de otras vidas
pequeñas; pero grandes cuando el 
		ocaso,
el oro insinuante del ocaso llega».

		
VI
Acaso tras el muro,
tan alto al deseo como pequeño a la 
		esperanza,
no exista más que lo ya visto en el camino
junto a la 
		vida y la muerte,
la tregua y el dolor
y la sombra de Dios 
		indiferente.

		
VII
Dios -muro frente a recuerdos y visiones-
está solo, 
		íntimamente solo
en nuestros ojos
y en el menudo nombre
que lo 
		ata a las cosas;
a la seda del canto del canario
fraterno
y a 
		la noche que vuela en el zamuro:
fúnebre, pulido estuche de cosas 
		ayer bellas
o tristes
que habrán de serlo nuevamente
del lado 
		acá del muro,
con el temor reciente de volver al origen.

		
VIII
¿Morir?...
Pero si nada hay más bello en su hora

		-frente al muro-
que los serenos ojos de los moribundos,
anegados 
		por su propio silencio;
perdido ya, por entre frescas espigas 
		encontradas,
el temor de morir,
y de haber vivido, como hombre, 
		entre hombres,
que apenas -oscurecidos en su existir-
los 
		comprendieron.

		
IX
Entonces el muro
parece allanarse entre el olvidado rencor

		y la esperanza:
Es súbito camino, no límite de sombra y canto,

		ante un nuevo Dios que nos aguarda
-que nos aguarda siempre-
y no 
		conoceremos
a pesar de que marcha en nuestras huellas;
que nos 
		llega de lejos,
del lado de la luz,
y que vamos dejando en el 
		camino,
como algo, que no es tierra,
atado, sin embargo, a 
		nuestros pies.

		
X
El muro en la tarde,
entre la hierba, el canto y el fúnebre 
		vuelo:
presencia del dolor de vivir
y no morir;
consuelo de 
		volver, en tierra y oro,
con la inquietud de haber sido;
polvo y 
		oro que regresa eternamente,
como la muerte cotidiana,
bajo el 
		granado trigal de la noche insomne,
rumorosa de viento alto
y de 
		luceros.

		
El sediento corazón siente leticia:
el corazón y las queridas, 
		tímidas palabras
huelen, como el muro en la tarde,
a cielo y 
		tierra confundidos,
cuando el morir es cosa nuestra
y, como 
		nuestro, lo queremos.
Lo queremos pudorosos,
en silencio, sin 
		violencias,
mientras los otros temen -aún distantes-
la sensitiva 
		soledad naciente
para el hombre, no humano, y su destino
confuso.

		
XI
Porque no hay muerte sino vida
del lado allá del canto, del 
		lado allá del vuelo,
del lado allá del tiempo.

		
XII
Vaga intuición de perdurar
frente a la muerte ambicionada

		y oscura...
Porque la muerte, imagen de nosotros
y criatura 
		nuestra,
es distinta a la no vida
que jamás ha existido.
Ya que 
		el verbo de Dios, que todo lo ha dispuesto
en la conciencia del 
		hombre, no pudo crear la muerte
sin morir El y su callada nostalgia

		de pensar y sufrir humanas formas.

		
XIII
El muro de la tarde -atardecido en nuestra tarde-,
apenas 
		una línea blanca junto al campo
y junto al cielo.
Misteriosa cruz 
		que sólo muestra
su brazo horizontal.
Unida, por la oscura raíz,

		a la tierra misma de su origen confuso;
y al cielo de la fuga
por 
		el canto y el ala:
la noche impasible del zamuro
y el camino de 
		oro del canario
hacia el ocaso.

		
XIV
¡EI muro!
Cuánto siento y me pesa su silencio
-en mi 
		tarde-
en la tarde del musgo
y la oración
y el regreso.

		
XV
Sólo sé que hay un muro,
bello en su calada soledad de 
		cielo y tiempo:
y todo, junto a él, es un milagro.

		
XVI
Sólo temo en la tarde -en mi tarde- de oro
por el sol que 
		agoniza; y por algo, que no es sol,
que también agoniza en mi 
		conciencia,
desamparada a veces
¡y a veces confundida de 
		sorpresas!
Sólo temo haber visto algo:
¡lo mismo!
el campo, el 
		césped;
la misma rosa sensual que recuerda unos labios
y el mismo 
		lirio exangüe
que vigila la muerte.

		
XVII
Y sólo siento frente a Dios y su Destino,
haber pasado 
		alguna vez el muro
y su callada espesa sombra,
del lado allá del 
		tiempo.
7.

En el día

I

		En el día
amo la noche
y en la noche el día.
Pero en la tarde,

		entre colores vagos
me amo a mí mismo.
Porque entonces soy
como 
		el recuerdo de algo que hice,
o como el temor de algo
que pude 
		haber hecho.

		
II
Tarde, hermana!
No eres día ni noche.
No eres más que un 
		paso,
un punto detenido,
entre dos extremos,
como la vida,

		como la dulce fuga
indecisa
que en la mañana
va hacia la noche.

		Y en la noche
-por entre nostálgicas claridades
vencidas-,

		hacia la luz;
o más bien hacia el rumor de luz
que adelanta,
la 
		espiga, casi de oro,
junto al alba.

Versos y pensamientos de Fernando Paz Castillo

4 citas
« hombre contra el hombre, / por ideas profundas »
Fernando Paz Castillo · Cuando mi hora sea llegada
« Pues es indudable que todo espíritu creado / necesita el consuelo del cuerpo. »
Fernando Paz Castillo · Dios y hombre
« El cuerpo, / criatura delicada, »
Fernando Paz Castillo · El cuerpo, criatura delicada...
« ¡El espíritu libre! / honda zozobra, »
Fernando Paz Castillo · ¡el
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