« hombre contra el hombre, / por ideas profundas »
Fernando Paz Castillo · Cuando mi hora sea llegada
Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Paz Castillo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Paz Castillo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Yo que he visto tanto dolor y odio del hombre contra el hombre, por ideas profundas o por simples palabras. Yo que he visto los cuerpos en las sombras acechando las sombras de otros cuerpos para matar el sueño. Yo que he visto los rostros retorcidos, sin que la muerte dulce borre el odio en los ojos, en los puños cerrados y en los dientes fríos. Yo te pido, Señor! Dios armonioso del perdón fecundo, que cuando mi hora sea llegada no haya rencor en mi alma. Y que la muerte suave ponga en mis ojos la apacible luz de un manso atardecer entre violetas: Y que una espiga de oro, bajo el azul del cielo, marque el silencio de la hora excelsa, lenta y santamente, y no haya nada brusco en torno mío -odio ni temor- cuando mi hora sea llegada.
Pues es indudable que todo espíritu creado
necesita el consuelo del cuerpo.
San Bernardo
Ante el misterio,
lejana realidad,
Dios
en silencio,
teme el espíritu encontrarse
libre del cuerpo
tierra que familiarmente lo acompaña,
cárcel oscura y fuga luminosa:
su paz o su inquietud,
su ingénita frescura y su descanso.
Entre formas confusas se desliza el espíritu
dormido o vigilante,
altivo o fatigado de recuerdos,
detenido por ausencias sin contornos
junto a la eternidad
de lo perfecto.
Y sólo el cuerpo atrapa
con los cinco sentidos perspicaces
y sus vagos senderos ignorados
el gozo de la luz y del sonido,
y del mirar confiado a las espigas
y del callar sereno hacia los astros.
El cuerpo, criatura delicada, tierno como las rosas en el alba, conserva su frescura primera junto al miedo que vive de él, y en soledad profunda lo devora con un afán intenso de perfección. El cuerpo es morada pasajera del espíritu nómada, su consuelo, su fiel compañía generosa, su sombra en la llanura sin rumores, su imagen sorprendida, su grito sin color y su esperanza.
¡El espíritu libre!... ¡El espíritu libre! honda zozobra, quemadura de llama en agonía, nostalgia del vivir inteligente asomado a la orilla de la muerte. Angustia cuotidiana de alentar entre rosas o pavor de una noche sin luceros frente al todo infinito y desolado. Hallazgo de no morir un día, sino seguir viviendo de lo que ya vivido está en la sangre, entre secretos surcos dilatados, entre hierbas de noche oscura y rosas húmedas desde la tierra o nube del origen. Naufragio de lo propio y de lo ajeno con el nacer; morir anticipado morir sin morir del todo, porque, semilla de divina esencia vivirá siempre en formas increadas para consuelo de los otros seres.
espíritu es trágico... El espíritu es trágico pero el cuerpo es bello y solemne bajo el hilo de plata del silencio que oculta entre cenizas las palabras, las palabras que duelen y se alejan como el pensamiento, y como el ala graciosa, fúlgida tierra que al volar se queda entre el aire y la luz, signo del pie divino y de su fuga que delata a su paso la belleza, la eterna aspiración de la belleza, entre el rencor del hombre y la conciencia audaz, desveladora que, sin asirla del todo, vive de ella esclava. Esclavitud sublime que lo salva de aquella lenta ducha dolorosa del ser primero, de aquella triste angustia desolada del hombre sin pasado; de aquella amarga realidad viviente, del hombre, sólo hombre: triste vivir del alma sin amor, perfección del creador y de lo creado.
Beauty is truth, truth beauty, that is all
Ye know on earth, and all ye need to know
John Keats
I
Un muro en la tarde,
y en la hora
una
línea blanca, indefinida
sobre el campo verde
y bajo el cielo.
II
Un pájaro -en hoja y viento-
ha puesto su canción más bella
sobre el muro.
III
Enlutado de su propia existencia
-detenida entre su breve sombra
y
su destino-
un zamuro, bello por la distancia y por el vuelo,
infunde angustia en el alma profeta:
una fría angustia, cuando
certero, como vencida flecha
-oscura flecha que aún conserva su
impulso inicial-
cae tras el muro.
IV
La vida es una constante
y hermosa destrucción:
vivir es
hacer daño.
V
Pero el muro,
el silencioso y blanco muro
parece que nos
dice:
«hasta aquí llegan tus ojos,
menos agudos que tu instinto.
Yo separo tu vida de otras vidas
pequeñas; pero grandes cuando el
ocaso,
el oro insinuante del ocaso llega».
VI
Acaso tras el muro,
tan alto al deseo como pequeño a la
esperanza,
no exista más que lo ya visto en el camino
junto a la
vida y la muerte,
la tregua y el dolor
y la sombra de Dios
indiferente.
VII
Dios -muro frente a recuerdos y visiones-
está solo,
íntimamente solo
en nuestros ojos
y en el menudo nombre
que lo
ata a las cosas;
a la seda del canto del canario
fraterno
y a
la noche que vuela en el zamuro:
fúnebre, pulido estuche de cosas
ayer bellas
o tristes
que habrán de serlo nuevamente
del lado
acá del muro,
con el temor reciente de volver al origen.
VIII
¿Morir?...
Pero si nada hay más bello en su hora
-frente al muro-
que los serenos ojos de los moribundos,
anegados
por su propio silencio;
perdido ya, por entre frescas espigas
encontradas,
el temor de morir,
y de haber vivido, como hombre,
entre hombres,
que apenas -oscurecidos en su existir-
los
comprendieron.
IX
Entonces el muro
parece allanarse entre el olvidado rencor
y la esperanza:
Es súbito camino, no límite de sombra y canto,
ante un nuevo Dios que nos aguarda
-que nos aguarda siempre-
y no
conoceremos
a pesar de que marcha en nuestras huellas;
que nos
llega de lejos,
del lado de la luz,
y que vamos dejando en el
camino,
como algo, que no es tierra,
atado, sin embargo, a
nuestros pies.
X
El muro en la tarde,
entre la hierba, el canto y el fúnebre
vuelo:
presencia del dolor de vivir
y no morir;
consuelo de
volver, en tierra y oro,
con la inquietud de haber sido;
polvo y
oro que regresa eternamente,
como la muerte cotidiana,
bajo el
granado trigal de la noche insomne,
rumorosa de viento alto
y de
luceros.
El sediento corazón siente leticia:
el corazón y las queridas,
tímidas palabras
huelen, como el muro en la tarde,
a cielo y
tierra confundidos,
cuando el morir es cosa nuestra
y, como
nuestro, lo queremos.
Lo queremos pudorosos,
en silencio, sin
violencias,
mientras los otros temen -aún distantes-
la sensitiva
soledad naciente
para el hombre, no humano, y su destino
confuso.
XI
Porque no hay muerte sino vida
del lado allá del canto, del
lado allá del vuelo,
del lado allá del tiempo.
XII
Vaga intuición de perdurar
frente a la muerte ambicionada
y oscura...
Porque la muerte, imagen de nosotros
y criatura
nuestra,
es distinta a la no vida
que jamás ha existido.
Ya que
el verbo de Dios, que todo lo ha dispuesto
en la conciencia del
hombre, no pudo crear la muerte
sin morir El y su callada nostalgia
de pensar y sufrir humanas formas.
XIII
El muro de la tarde -atardecido en nuestra tarde-,
apenas
una línea blanca junto al campo
y junto al cielo.
Misteriosa cruz
que sólo muestra
su brazo horizontal.
Unida, por la oscura raíz,
a la tierra misma de su origen confuso;
y al cielo de la fuga
por
el canto y el ala:
la noche impasible del zamuro
y el camino de
oro del canario
hacia el ocaso.
XIV
¡EI muro!
Cuánto siento y me pesa su silencio
-en mi
tarde-
en la tarde del musgo
y la oración
y el regreso.
XV
Sólo sé que hay un muro,
bello en su calada soledad de
cielo y tiempo:
y todo, junto a él, es un milagro.
XVI
Sólo temo en la tarde -en mi tarde- de oro
por el sol que
agoniza; y por algo, que no es sol,
que también agoniza en mi
conciencia,
desamparada a veces
¡y a veces confundida de
sorpresas!
Sólo temo haber visto algo:
¡lo mismo!
el campo, el
césped;
la misma rosa sensual que recuerda unos labios
y el mismo
lirio exangüe
que vigila la muerte.
XVII
Y sólo siento frente a Dios y su Destino,
haber pasado
alguna vez el muro
y su callada espesa sombra,
del lado allá del
tiempo.
I En el día amo la noche y en la noche el día. Pero en la tarde, entre colores vagos me amo a mí mismo. Porque entonces soy como el recuerdo de algo que hice, o como el temor de algo que pude haber hecho. II Tarde, hermana! No eres día ni noche. No eres más que un paso, un punto detenido, entre dos extremos, como la vida, como la dulce fuga indecisa que en la mañana va hacia la noche. Y en la noche -por entre nostálgicas claridades vencidas-, hacia la luz; o más bien hacia el rumor de luz que adelanta, la espiga, casi de oro, junto al alba.
« hombre contra el hombre, / por ideas profundas »
« Pues es indudable que todo espíritu creado / necesita el consuelo del cuerpo. »
« El cuerpo, / criatura delicada, »
« ¡El espíritu libre! / honda zozobra, »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: