« Al soñar tu imagen, / bajo la luna sombría, el adolescente »
Fernando Charry Lara · A la poesía
Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Charry Lara. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Fernando Charry Lara. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Al soñar tu imagen, bajo la luna sombría, el adolescente de entonces hallaba el desierto y la sed de su pecho. Remoto fuego de resplandor helado, llama donde palidece la agonía, entre glaciales nubes enemigas te imaginaba y era como se sueña a la muerte mientras se vive. Todo siendo, sin embargo, tan íntimo. Apenas una habitación, apenas el roce de un ala o un amor que atravesase noches, con pausado vuelo lánguido, con solamente el ruido, el resbalar de la lluvia sobre dormidos hombros adorados. Sí, dime de dónde llegabas, sueño o fantasma, hasta mi propia sombra, dulce, tenaz, al lado. Así asomas ahora, silenciosa, tal entre los recuerdos el cuerpo amado avanza y al despertar, a la orilla del lecho, entre olvido y años, al entreabrir los ojos a su deslumbramiento, hoy es sólo la gracia melancólica que huye, invisible hermosura de otro tiempo. No existe sino un día, un solo día, existe un único día inextinguible, lento taladro sin fin royendo sombras: ¡No soy aquel ni el otro, y ayer ni ahora soy como soñaba! Qué turbadora memoria recobrarte, adorar de nuevo tu voracidad, repasar la mano por tu cabellera en desorden, brazo que ciñe una cintura en la oscuridad silenciosa. Ser otra vez tú misma, salobre respuesta casi sin palabras, surgida de la noche con tristes sonidos, rocas, lamentos arrancados del mar. Tú sola, lunar y solar astro fugitivo, contemplas perder al hombre su batalla mas tú sola, secreta amante, puedes compensarle su derrota con tu delirio. Míralo por la tierra vagar a través de su tiniebla: crúzalo con la espada de tu relámpago, condúcelo a tu estación nocturna, enajénalo con tu amor y tu desdén. Y luego, en tu desnudez eterna, abandóname tu cuerpo y haz que sienta tibio tu labio cerca de mi beso, para que otra vez, despierto entre los hombres, te recuerde. De "Los adioses" 1963
Recuerdo de Jorge Gaitán Durán Si tu desnudo gesto inmóvil si tu rostro que estalló de pronto ante un espejo Si tu voz mutilada por el árbol por la nube Si tu paso callado por un sótano Una obstinada selva carnicera Piedras y hojas de inútil rocío y sigo sigo despierto pensando Silencio ahora duermes Ahora eres Un puñado de estrellas y de madrugadas La lenta noche del mar vaga por la memoria La alucinación de cuerpos y fiestas lejanas El herido cansancio del oleaje a la espalda La víspera de Colombia en el entresueño El amor y el hastío el deseo indolente La respiración el perfume de un pecho a oscuras El labio adolescente que miras entre lunas La palidez de los objetos a tu alrededor El golpe del trueno en olas en espumas en rocas No escuchas callas es más sordo el silencio Está más cerca el silencio Ya adviertes la tormenta los relámpagos Entresacas otro huracán de tus recuerdos Ronco de sombras y vientos yagonías Si nunca aquella errante ráfaga huyendo Salida del cielo morado a borbotones Con un ruido de corazón destartalado Riega el espacio de lágrimas y desperdicios Es el inasible aullido del insomnio Es un largo funeral por una calle a solas Es un sollozo que silba perdido en las esquinas Como el eco de un grito en una Imprevista ciudad que sonámbulo: Vislumbras ves desierta entre pesadillas Porque inhumano el mundo se niega a ser eterno Vuelas irrescatable de cenizas En la medianoche de un bar te despides Te rodean mutilaciones y senos y maderas y ya no quieres escuchar Mas es verdad que ya no me oyes Y el traje con que andabas por la tarde Y mujeres encinta llenas de besos Caen también con precipitación Desplomándose en estrechos invisibles corredores Quedan la lluvia la conversación los recuerdos Si no hubiese sido montaña sino mar sino llanura Aquel que en mitad del camino de la noche Buscando palabras el infinito tiempo medía Sin olvidar la muerte al lado Repentinamente entrado a su muerte En el vértigo el asombro instantáneo del vacío Palpando en el espacio tanta inmovilidad Ahora te sé de aire y noche y nada Eres tú el mismo que vivía El mismo que regresaba O era yo o era otro O éramos me repito nuestros amigos Estuvimos uno a uno al amanecer en Pointe a Pitre O pudo no haber sido nadie sino El sueño de algún huésped de mi memoria Apenas los cabellos apenas el alba caída En el vestido Entre escombros inerte sin luz deshabitado ¿Qué raíces qué miradas lentamente Despiertan junto a un cuerpo Silenciosas y frías para reconocerlo? De "Los adioses" 1963
taciturna Qué día de silencio enamorado vive en mi gesto vago y en mi frente. Qué día de nostalgia suavemente solloza amor al corazón cansado. Alta, dulce, distante, se ha callado tu nombre en mi voz fiel, pero presente su turbia luz mi soledad lo siente en todo lo que existe y ha soñado. En la tarde vagando, voluptuoso de horizontes sin fin, la lejanía me envuelve en tu recuerdo silencioso. Claros cabellos, cuerpo, ojos lejanos, pálidos hombros. Oh, si en este día tuviera yo tu mano entre mis manos.
Por el aire se escucha el alarido, el eco, la distancia.
Alguien con el viento cruza por las esquinas y es un
instante
su mirada como puñal que arañara la sombra.
Desde el desvelo se
oyen sus pisadas alejarse en secreto
por la calle desierta tras un grito.
Una mujer o nave o nube
por la noche desliza como río.
Junto al agua taciturna de los pasos
nadie le observa el rostro,
su perfil helado
frente al silencio blanco del muro.
(Por el mar bajo la luna
su navegación no sería
tan lenta y pálida,
como por los andenes, ondulante,
su
clara forma en olas
avanza y retrocede.
Esos pasos, rozando el aire, se niegan a
la tierra:
no es el repetido cuerpo que en hoteles de media hora
entre
repentinos amantes y porteros
su desnudo deslumbra bajo manos y manos
y despierta soñoliento
en un
apagado movimiento
mientras a la memoria
acuden en desorden
lamentos.
En la oscuridad son relámpagos
la humedad en llamas de esos
ojos
de oculta fiera sorprendida,
y algo instantáneo brilla,
la
rebeldía del ángel súbito
y su desaparición en la tiniebla).
La noche, la plaza, la
desolación
de la columna esbelta contra el tiempo.
Entonces, un ruido agudo
y subterráneo
desgarra el silencio
de rieles por donde coches pesados de sueño
viajan hacia las estaciones del Infierno.
Duermevela el
reloj, su campanada el aire rasga claro.
En el desierto de las oficinas, en patios,
en pabellones de
enronquecida luz sombría,
el silencio con la luna crece
y, no por jardines, se estaciona
en bocinas,
en talleres, en bares,
en cansados salones de mujeres solas,
hasta cuando, como con fatiga,
la sombra se desvanece en sombra más espesa.
Desde la fiebre
en círculos de cielos rasos,
oh triste vagabundo entre nubes de piedra,
el sonámbulo arrastra
su delirio por las aceras.
El viento corre tras devastaciones y vacíos,
resbala oculto tal
navaja que unos dedos acarician,
retrocede ante el sueño erguido de las torres,
inunda
desordenadamente calles como un mar en derrota.
Siguen por avenidas sus alas, su vuelo lúgubre por
suburbios:
se ahonda la eternidad de un solo instante
y por el aire resuena
el alarido, el eco, la distancia.
Muerte y vida avanzan
por entre aquella oscura invasión de
fantasmas.
Los cuerpos son uniformemente silenciosos y caídos.
Un cuerpo
muere, más otro dulce y tibio cuerpo apenas
duerme
y la respiración ardiente de su piel
estremece en el lecho al
solitario,
llegándole en aromas desde lejos, desde un bosque
de jóvenes y
nocturnas vegetaciones.
De "Los adioses"
1963
Con llegada de espuma hasta la playa triste, oscura ola de esplendor lunar extendido, tú cruzas, tú cruzas con remoto ardor despertando mi beso en el mar delirante de la noche. En fuga siempre, llena de reflejos, reconstruyendo a solas lo amargo y lo distante, o recostada un poco a la luz de los crepúsculos, así mejor dibujo la melancolía de su retrato: junto al piano, a la ventana de irrespirables sueños, a la música de súbito callada, esperando una voz que llega como el eco a las zonas desiertas. Nocturna entonces, como la piel, como lo profundo de los besos, como la noche de los árboles, como el amor sería junto a su cabellera. Luego, sin sonido, espuma silenciosa tras la sombra, entre el rumor apagado de los pasos, desnuda huyes, pálida ola, no se te reconoce.
El hombre entristecido mira caer vehemente la luz a su ventana: distraído contempla la distancia de espumas como olas, lejanías. Leves despiertan a su nostalgia los reflejos de otros días, y es ocio y congoja de una tarde por gracia de este cielo, que a su imagen es mar azul, playas doradas, islas, regresar desde la claridad de unas nubes en el desmayo ávido del instante hacia la antigua soledad remota. Mas no puede la frente melancólica soñar con esperanza sus recuerdos. Volver a la tierra perdida sería también deslumbramiento amargo: un sol ajeno se levanta como espada en mano enemiga. Y su deseo es apenas la pasión lánguida de la adolescencia en olvido, un indolente jardín o una calle, su deseo es apenas un aire, si nocturno, de borrosas estrellas, si de fulgor o nieve, si de sol sangriento en el ocaso. Sin testigo, la obscuridad del rostro en los cristales, bajo la luz que anochece punzante a la ventana sus miradas entonces se obstinan, frías, tenaces de silencio, más allá, entre vagas nubes o mares. Puñal siempre en el pecho es la memoria. Callar consuelo ha sido. Mejor será morir secretamente a solas. De "Los adioses" 1963
By the waters of Leman I sat down and wept
T. S. Eliot
Érase entre la luz de la mañana
Alta y
desierta nube de otro tiempo
Me mirabas llegar desconocido
Aire írio cristal pálido día
Llovía luego un agua verde entre el paisaje
Un agua azul y plata por el lago
Un agua ronca con sollozo a
mares
Despedazándose rota en ventanales
Me veías llegar desconocido me
veías
Amante que perdió su memoria el rostro amado
Me veías ráfaga de
huracanadas
Olas de luz y viento y tempestades
Dejabas penetrado de
relámpagos
Al extranjero corazón a oscuras
La ciudad que rodea de verdor el
lago
Cuando a la hora última la tarde
Dejabas tu desolación en las
esquinas
Cuerpo insinuándose al recuerdo
Dejabas tus sedosas violetas
esparcidas
El mundo extraño apenas prodigando
Leves fulgores perlas por
el aire
Frágil contra la sombra el muro el árbol
La viuda cabellera de
las luces
De noche tiernas lunas
Sobre los pavimentos y las lluvias
Cuando eres tú y a tu lado impalpable
Una joven cintura
entredormida
O femenino cráter insospechado ardiendo
Ebrio de tristes pasos
cuando el eco
Por soledades vagas como espejos
Como calles por nadie nunca
recorridas
Que hace más años tú ya presentías
Ser el desconocido
De
súbito al encuentro
El rugido del viento en las orillas
Ecos de ahogados flotan
sordamente en insomnio
La oscuridad el cielo inmóvil
Las aguas que noche y día son tu
pensamiento
Lago tal corazón desbordado
Bajo la madrugada sollozando
A
solas su imagen tan desierta
Un momento le creíste
palpitación o llamarada
Como tú
De
amor y luz y tiempo ausentes
Contemplar aún su claro pecho irisado
Mientras la vastedad del
agua amaneciendo
Lago era entonces sin furor
Invisible al deseo
Cuello jazmín
apenas
Solitario de silenciosa blancura
Muslos apenas grises de nácares
helados
Alejándose entonces la presencia y el sueño
Borrando al alba
en cansancio su latir obstinado
Llegar por fin a ti la vida en secreto
La vida ahora que asoma
entre tus labios
Tus mudos labios volviendo a tu vida
Aquel desconocido
De
siempre a tu encuentro
El cuerpo del pensamiento de ti mismo
Aquel
Amante que
perdió su memoria el rostro amado
Huésped del laberinto y la nada.
En la ciudad de bruma la fiesta de las noches es un bosque de cabelleras oscuras y de estrellas. Turbándome con sus pálidos dedos de rocío como entre los amantes sorpresivas palabras, su silencio enloquece las plazas solitarias, las calles, los ámbitos callados por donde pasa el aire misterioso de siempre. Es el rumor, las alas como ala anochecer la sombra de una cabellera en las manos. Es el rumor vagando entre vientos, entre lúgubres vientos en que sollozan luces y espejos de la ciudad nocturna. Es el rumor, las sílabas que nacen y llevan una canción al corazón que sueña, una canción, las sílabas creciendo en medio de la niebla o tal flor desnuda bajo la lluvia, (nunca hemos amado tanto, nadie sabrá decir que hemos amado tanto en una noche. En nuestro corazón resuenan los horizontes y resuena también la vecindad de la tierra.) El verso silencioso fue en la noche, el verso claro fue el instinto bajo ruda corteza o piel amarga. El verso, palabras ceñían los cuerpos delgados de las mujeres, sus claros cuerpos bajo la luna suspendidos en la música, sílabas ceñían sus cuerpos como voces ardientes, como llamas. En un árbol de lluvia que gime al viento sus canciones, sube la sangre en río sollozando ligera y soporto encendida la tristeza de un grito largamente tendido en medio de la noche. De la noche sedienta, de la innúmera noche, de la noche que guarda los deseos como sombras, de las dolorosas, mudas sombras amadas, sombras de los deseos sombras de un antiguo amargo silencio. Amargo, sí, errante silencio en que no queda sino el poema en la noche, como recuerdo herido por el filo de un beso.
Esbelta sombra dulce, sombra con ademán de entrega, cuerpo en forma de cielo y sueño, reposas en el aire, rompes el silencio con el corazón a borbotones, pero me dejas en suspenso, extraña. sólo palpitación, sólo deseo, hallazgo imprevisto de mi destino ignorado. Como distancia enlunada y desierta, así de soledad y palidez te imagino, así te construye mi pensamiento, me llegas, te amo. Lo impenetrable de mi ser creas a tu imagen misma, mas sólo existes en el temblor y fascinación ante tu llamarada oscura, en esta nube en desvelo o cárcel solitaria de mi frente, y en el recuerdo también de aquel salón con alas en que duerme el hermano muerto y un vuelo repentino esas alas, esa ráfaga fría. Yo no sé descender sino a ti misma, viva, sin hallar jamás la huella bajo tus pies de otra música sino solamente el trote, la desesperación de desencadenados caballos nocturnos. ¿Es sólo un lamento que huye ese cuerpo tuyo por el que sueño y muero? ¿La luz que te ciñe y persigue en esa sombra por la que vaga desierta mi caricia? Sin embargo tu desnuda sombra es dulce, fantasma, como yo, ¡de polvo y nostalgia! y si aparte de esta avidez en llamas fueras leve criatura al lado, junto a ti el aire a tu paso como ángeles serían blancas, blandas espadas, un diluvio, a lo lejos, un caer de invisibles, inmóviles relámpagos. Yo no sé, yo no sé por qué mi mano anhelante, por qué la obstinación de mi mano como un mar de noche y sin reposo, no te encuentra finalmente, o mi beso, al rozar esta sombra, al contemplarte a solas, oh tú creada de pensamiento mío, si no en el atardecer de un desdeñoso juego de espejos, rodeada por la música del día y soles y avenidas, pero de pronto la evidencia de no ser ni haber sido, de no ser silencio, solamente vacío. De "Los adioses" 1963
« Al soñar tu imagen, / bajo la luna sombría, el adolescente »
« Recuerdo de Jorge Gaitán Durán / Si tu desnudo gesto »
« taciturna / Qué día de silencio »
« Por el aire se escucha el alarido, el eco, la distancia. / Alguien con el viento cruza por las esquinas y es un »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: