« Al borde de alegres segadores tiembla el agua, / y ofrece para el orden del labio complacido »
Eunice Odio · Acorde final
Biografía y amplia selección de poemas de Eunice Odio. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Eunice Odio. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Al borde de alegres segadores tiembla el agua, y ofrece para el orden del labio complacido dulce rumbo crecido de preñadas mañanas, y agraria transparencia, dulcemente encendida. El trigo coronado de apretada espesura, retiene el desbordado color con que le ordenan -vecino de la carne- colmarse en primavera. El ganado decrece tiernamente en lo oscuro donde dilata el suelo su asombrosa corriente, y la abeja termina su tránsito de nieve, y su majada oculta sobre tímidos jaspes. Y tú, Amado, que pones rumbo fijo al arado que circuye la tarde y apresura la rosa, Dónde tienes el pecho frondoso de raíces, dónde la sien desnuda sin regazo ni término. Sobre los pastos suaves, cándidos mayorales habilitan la uva en que se aloje el vino, y congregan el clima en que crezca su aroma y reparta en la lengua manojos de alegría. Así el verano atiende su reciente hermosura y sobre el viento solo distribuye sus pájaros. Así el nácar esparce su quietud y deleite y su color silvestre reanuda y apacienta. ¡Oh dádivas, Oh dones terrestres, Oh suaves alimentos; Sólo agotar la siembra con el pecho, Sólo desembocar al gozo y detenerse Oh piel, Oh ceniza colmada y balbuciente!
por la espuma I Aprisionada en cárceles de espuma, en la medida de tu cuerpo, no veo pasar la noche, sólo veo el día que entra por tus axilas transparentes y te desnuda. Veo, amor mío, el lecho donde estamos y compartimos las dádivas, los cielos... Todo lo que nos negó y afirmó como lo que somos: mil años de alegría corporal y materia sin sombra y palabras que se dicen diurnamente porque vienen del aire y hay que oírlas y decirlas a través de los árboles y en lo que no se escribe porque aún no se inventa su nombre; porque su júbilo todavía no ha sido descubierto y las flores de su alrededor aún no son cosas del viento (aún no han ido a un invierno ni regresado a la primavera). II Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos, igual que van los ríos a los pájaros y ellos al espacio desatado y florido. Vengo de ti a la era donde todo es de todos: los que llegan, los que se han ido, los que aún no han venido, los que no volverán... Porque eso es tu cuerpo: un adentro, un afuera compartido por mí y por el viento, por el mar y los seres que lo guardan; por el color y las embestidas del otoño, y las andanzas del verano ¡que viste cosas silvestres y es custodio de las abejas y funde las hierbas en un crisol matutino, en una prolongación de azucenas.
I Estoy sola, muy sola, entre mi cintura y mi vestido, sola entre mi voz entera, con una carga de ángeles menudos como esas caricias que se desploman solas en los dedos. Entre mi pelo, a la deriva, un remero azul, confundido, busca un niño de arena. Sosteniendo sus tribus de olores con un hilo pálido, contra un perfil de rosa, en el rincón más quieto de mis párpados trece peregrinos se agolpan. II Arqueándome ligeramente sobre mi corazón de piedra en flor para verlo, para calzarme sus arterias y mi voz en un momento dado en que alguien venga, y me llame... pero ahora que no me llame nadie, que no quepo en la voz de nadie, que no me llamen, porque estoy bajando al fondo de mi pequeñez, a la raíz complacida de mi sombra, porque ahora estoy bajando al agónico tacto de un minero, con su media flor al hombro, y una gran letra de te quiero al cinto. Y bajo más, a las inmediaciones del aire que aligerado espera las letras de su nombre para nacer perfecto y habitable. Bajo, desciendo mucho más, ¿quién me encontrará? Me calzo mis arterias (qué gran prisa tengo), me calzo mis arterias y mi voz, me pongo mi corazón de piedra en flor, para que en un momento dado alguien venga, y me llame, y no esté yo ligeramente arqueada sobre mi corazón, para verlo. y no tenga yo que irme y dejar mi gran voz, y mi alto corazón de piedra en flor.
I
Tu mano en que desdoblan ruiseñores
su pálido desnudo,
su ancho pecho de musgo coronado,
es mano que abre al viento reclinado
claro jazmín entre la sien oscura.
Sí, deshojada el agua entre la frente,
labra pequeña placidez de lirio
y entre los dedos gajos de violines.
II
Tiende el oído y óyeme esta canción
que es como semilla de estaciones.
Que es como la casa de verano
donde me crece de la mano un niño,
y el alma da empujones a la orilla,
y es como piel el alma -no se siente.
Entraremos de pronto en el verano como árboles
vegetalmente abiertos de oídos y de polvo,
Porque todo refluye hacia el arribo,
asciende el vientre a capital de fruto
y el aire hacia ecuación de golondrina.
¡Brotes sacramentales de la hierba,
oh, dádivas subiendo de la entraña,
suma de transitados alimentos!
Y a la altura del pecho y la labranza
semilla de silencio y luz desierta.
Todo regresa hasta su forma exacta.
La vida retoma su ambición pequeña
de ser, del todo, vegetal profundo,
recóndito edificio y luz abierta.
dama de bronce (fragmento) La Dama de Bronce tenía el cuerpo afilado y hambriento; tenía desnuda la mirada. ¡Cúbrela, Dama de Bronce! ¡Guárdala! Su garganta caía lentamente hacia el Hudson ¿Adónde vas, Dama de Bronce, veloz tu cielo azul, lento el cayado? ¿Qué aguja cristalina te atraviesa y despierta los párpados, los astros? En la ruta, la penetrante ruta donde un rayo se asomaba a los días terrenales, la Gran Dama de Bronce, la querida del tiempo matutino, la fulgurante amada despredida de frescas arpas y nublados lechos, llamó a una puerta que ella creyó temprana, puerta de entrada a transparentes horas. Y fue la puerta de la noche abierta, la sombra en carne viva por el alba. Estaba hecha de agrietada espuma, del escombro de un ojo, de solitaria sien y putrefacta altura. Aquella puerta era un tapiz agónico en donde cada cuerpo confundía su aliento con la garganta próxima. ¡Dama de Bronce!, Sierva de la mañana! ¡Da un paso interno, toca con las entrañas la rosa de los vientos! ¿No habrá, en estas líneas, la longitud de una pupila sola? ¿No habrá un eco, un indicio que me esconda? Y de pronto pasó (más bien volvió del fuego) una sagrada estirpe solitaria. Era un hombre escoltado por el fuego y vestido como viste el espacio. De su cintura y de su alegría partía el ciervo claro. Tenía la lengua en la mirada pura y un río (una copa de guirnaldas oscuras). El hombre vio los pechos, los ojos de la Dama de Bronce y ella -bandera de oro ebio, victoriosa soledad de la tarde- dio un paso interno (su paso era una rosa caminante, una flor calcinada), marchó sobre agua viva, sobre el río que volverá mañana. Nueva York, 1961
la niña del pintor Granell Ahora estoy en esta ciudad peligrosamente armada de riesgo y llenos de accidentes la voz, el traje claro, el pulso de amor. Uno de estos días en que andaba callada y recorriendo para siempre mi espalda, de pronto resbalé sin fin, mi caída atravesada por un astro. Por todo eso: peligro, gracia, riesgo, me es grato recordar su casa instalada en el mundo para que su mujer se aclare las trenzas que le suben como árbolas; para que su mujer agrupe la miel y la apretada harina en altos signos cotidianos. Su casa instalada en el mundo donde violentamente armándose de lámparas, corazón al cinto, pinceles al alma, secreta la memoria, se reorganiza su salida al sueño. Aparte de todo eso recuerdo a la muchacha de los peces impalpables a quien con otra voz, con otra cifra, espera el mar sentado en su banco de arena o disfrazado de pez en el olivo; y su desnudo de un caballo atormentado cuyo balido de varón prematuro reanuda el cielo más allá del aire También, y poco a poco, como cuando en la infancia yo soñaba que un sueño me dolía recuerdo al muchacho que yo amaba: una tarde íbamos por mi cuerpo con alegría de arpas cosechadas, cortadas en la mañana, y húmedas. Entre tanto, a treinta mil kilómetros de mi alma y mientras yo recuerdo, Amparo, su mujer, vestida a la moda de las amapolas, canta una canción. Luego dice: (el silencio le pica las venas como un pájaro): -¡Qué hermosa está la niña. Es ya la piel azul de las jardinerías! Yo me miro por dentro, preparo lentamente un acto de terciopelo... ...De súbito, en la ventana, sin que nadie lo sienta, un ángel se desviste de río pequeño, pone a secar la brisa y se derrama. Después quieren que yo no escuche, que no salte la niña, (la niña da un salto de lámpara que se abre, de norte a sur recorre una azucena) ¡que nadie la vea! La niña se me acerca allá en mi pecho, la oigo perder su paladar sin venas. (Cerca de la ventana, con poco pie de barco distraído ha caído un deseo de irse volando a nácar el mar, todo verde). Pero dice la niña allá en mi oído: -El mar ha salido de paseo por las playas, ¡qué dirían los viejos cocodrilos si lo vieran! (¡qué nadie lo sepa!) La niña tiene un retrato del mar (¡Qué nadie lo vea!)
A los milicianos de dentro y fuera Porque en España ardía la voz, Ardía el vientre floral de la mujer encinta con el mundo, Ardía la arteria triste desnuda Ardía el humus conciso de los hombres, Ardía el húmedo estuario de tu daga total y coronada. Porque en España se cubrían de lujosos cadáveres los párpados de las muchachas y el alba cercenada soñaba con obispos y medusas, y murmuraba el hombre su cándida estatura más allá de su muerte conquistada, Porque en España Miliciano español encubierto de escombros doloridos, y tu cielo veloz acuchillado, Mientras los enlutados perdían tu ancha jornada de magnolias, y revolvían hasta variarla toda, la gracia popular de las tahonas, tú estabas en la época lluviosa de tu sangre, y tu cuerpo, en aire de paloma entrecortada, recorría este suave desorden de ecuadores, esta fácil ternura de los rostros de América. Salud Miliciano Español a tu frente miliar y a la turbia excelencia de tu sangre, Salud a tu mejilla levantada, Salud Miliciano Español Discípulo tatuado en la cubierta extraña de Guernica, Salud al espinazo de tu espada, Porque en España, cuando los enlutados pacían en tu dulzor enrojecido, y comían de tu carne derramada, tú eras como un ángel escolar en la esquina del mundo, como un sol destapado con tu herida, Salud Miliciano Español griterío original de días degollados, Herida desplomada en las puertas del hombre, para que el hombre oyera tu iracunda fragancia y acogiera el alto decaer de tu cintura, el cálido color de tu armonía, Salud a tu lacónica silueta melancólico el gesto entre las rocas, y la mirada envuelta en una lágrima, Salud hasta tu corazón más íntimo, y en tu sudor más íntimo, y hasta en el dorso más olvidado de tu hueso, desordenado y alto, Salud a esa tu muerte tan desechada, tu muerte aun húmeda y sola al socaire del olivo, Salud Miliciano Español, Dinamitero que ardes con tu boca en amas y tu fragor al cinto, Salud hasta en tu niño fusilado que deslinda su ombligo entre tu frente, Salud Miliciano Español Porque cuando en España los arzobispos desfondaban a Cristo y le pateaban el muslo y los dedos largos, tú estabas con el rostro dividido y con el sexo lleno de semanas eternamente oscuras. Porque cuando los militares de medio rostro mutilaban la era embarazada y se masturbaban la mente con un paraguas, tú estabas cerrado a todas las sangres, parado sobre todos los asaltos, y tu cuerpo de suave corola destituida tenía una voz para tu mismo cuerpo, Salud Huésped funeral y hermoso, Salud entre tu frente que está al socaire del olivo aun sola; porque aún entre los relojes de los bufetes y de los tocadores, los arzobispos y los medios rostros de los traidores, se masturbaban la mente con un paraguas, y en tu España, en la mía, en la de todos, aún arde tu cuerpo como un clavel de asalto. Aquí, amigo, Miliciano español poblado hermano nuestro, sobre tu corazón de polvo y estampido nosotros estamos parados al pie de las cosechas, Sobre lo que parece que se ha roto en el llanto, Estamos todos, mostrando el tanto de brillo de una lágrima. Somos los apasionados magníficos, los pequeños exaltados siempre floridos, los de rostro transitable, Estamos todos esperando sobre la piedra erguida, somos los de dentro y los de fuera, somos todos los americanos.
(Posesión en el sueño) Ven Amado Te probaré con alegría. Te soñaré conmigo esta noche. Tu cuerpo acabará donde comience para mí la hora de tu fertilidad y tu agonía; y porque somos llenos de congoja mi amor por ti ha nacido con tu pecho, es que te amo en principio por tu boca. Ven Comeremos en el sitio de mi alma. Antes que yo se te abrirá mi cuerpo como mar despeñado y lleno hasta el crepúsculo de peces. Porque tú eres bello, hermano mío, eterno mío dulcísimo. Tu cintura en que el día parpadea llenando con su olor todas las cosas, tu decisión de amar, de súbito, desembocando inesperado a mi alma, Tu sexo matinal en que descansa el borde del mundo y se dilata. Ven Te probaré con alegría. Manojo de lámparas será a mis pies tu voz. Hablaremos de tu cuerpo con alegría purísima, como niños desvelados a cuyo salto fue descubierto apenas, otro niño, y desnudado su incipiente arribo, y conocido en su futura edad, total , sin diámetro, en su corriente genital más próxima, sin cauce, en apretada soledad. Ven te probaré con alegría. Tú soñarás conmigo esta noche, y anudarás aromas caídos nuestras bocas. Te poblaré de alondras y semanas eternamente oscuras y desnudas. De "Los elementos terrestres"
segundo (Ausencia de amor) Amado en cuyo cuerpo yo reposo, cómo será tu sueño cuando yo te he buscado sin hallarte. Oh, Amado mío, dulcísimo como alusión de nardo entre aromas morenos y distantes, Cómo será tu pecho cuando te amo. Cómo será encontrarte cuando es amor tu cuerpo y tu voz, un manojo de lámparas. Amado, hoy te he buscado por entre mi ciudad y tu ciudad extraña, donde los edificios no se alegran al sol, como frutales conchas y celestes cabañas. Y andaba yo con un crepúsculo enredado entre la lengua, Con aire de laguna y ropa de peligro. Me vió desde su torre un auriga de jaspe, yo te andaba buscando por entre el verde olor de sus caballos, Por entre las matronas con pañales y pájaros; Y pensando en tu boca reposaban mis ojos, como palomas diurnas entre hierbas amargas. Y te buscaba entonces por las inmediaciones de mi cuerpo. Tú me podías llegar desde el suceso cálido. II Amado, hoy te he buscado sin hallarte por entre mi ciudad y tu ciudad extraña, Junto a alquerías errantes guardadas por el campo y de agitado pasto vencidas y entornadas. Y de pronto llegaste, huésped de mi alegría, y me poblé de islas con tu brillante dádiva. Desde la brisa fresca llegaste como un niño con un pañuelo blanco y la noche voló de sueño entre las ramas, junto al gozo del agua y el rastro de la abeja. Amado, en cuyo cuerpo yo reposo y en cuyos brazos desemboca mi alma, Cómo será no hallarte en la distancia, y llegar a tu cuerpo como los alimentos reanudados al calor de la gracia necesaria y perdida. Estar donde no estoy más que de paso, no estar donde tu aliento me contiene y me desgarra como una piedra el alma. Cómo será tener, de golpe, el cuerpo dividido y el corazón entre las manos congregado y solo. Amado, hoy te he buscado sin hallarte por entre mi ciudad y tu ciudad extraña, y no te he hallado. Cómo será buscarte en la distancia.
(Consumación) Tus brazos como blancos animales nocturnos afluyen donde mi alma suavemente golpea. A mi lado, como un piano de plata profunda parpadea tu voz, sencilla como el mar cuando está solo y organiza naufragios de peces y de vino para la próxima estación del agua. Luego, mi amor bajo tu voz resbala, Mi sexo como el mundo diluvia y tiene pájaros, Y me estallan al pecho palomas y desnudos. Y ya dentro de ti yo no puedo encontrarme, cayendo en el camino de mi cuerpo, Con sumergida y tierna vocación de espesura, Con derrumbado aliento y forma última. Tú me conduces a mi cuerpo, y llego, extiendo el vientre y su humedad vastísima, donde crecen benignos pesebres y azucenas y un animal pequeño, doliente y transitivo. II Ah, si yo siquiera te encontrara un día plácidamente al borde de mi muerte, soliviantando con tu amor mi oído y no retoñe... Si yo siquiera te encontrara un día al borde de esta falda tan cerca de morir, y tan celeste que me queda de pronto con la tarde. Ah, Camarada, Cómo te amo a veces por tu nombre de hombre Y por mi cuello en que reposa tu alma.
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