Poesía Universal

Eunice Odio

Biografía y amplia selección de poemas de Eunice Odio. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Eunice Odio. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Eunice Odio

10 poemas seleccionados
1.

Acorde final

Al borde de alegres segadores tiembla el agua,

		y ofrece para el orden del labio complacido

		dulce rumbo crecido de preñadas mañanas,

		y agraria transparencia, dulcemente encendida.

		
El trigo coronado de apretada espesura,

		retiene el desbordado color con que le ordenan

		-vecino de la carne- colmarse en primavera.

		
El ganado decrece tiernamente en lo oscuro

		donde dilata el suelo su asombrosa corriente,

		y la abeja termina su tránsito de nieve,

		y su majada oculta sobre tímidos jaspes.

		
Y tú, Amado,
que pones rumbo fijo al arado

		que circuye la tarde y apresura la rosa,

		
Dónde tienes el pecho frondoso de raíces,

		dónde la sien desnuda sin regazo ni término.

		
Sobre los pastos suaves, cándidos mayorales

		habilitan la uva en que se aloje el vino,

		y congregan el clima en que crezca su aroma

		y reparta en la lengua manojos de alegría.

		
Así el verano atiende su reciente hermosura

		y sobre el viento solo distribuye sus pájaros.

		
Así el nácar esparce su quietud y deleite

		y su color silvestre reanuda y apacienta.

		
   ¡Oh dádivas,
   Oh dones terrestres,
   
		Oh suaves alimentos;

		
Sólo agotar la siembra con el pecho,

		
Sólo desembocar al gozo y detenerse

Oh piel,

		
Oh ceniza colmada y balbuciente!
2.

Aprisionada

por la espuma


		I
Aprisionada en cárceles de espuma,
en la medida de tu cuerpo,

		no veo pasar la noche,
sólo veo el día
que entra por tus axilas 
		transparentes
y te desnuda.

		
Veo, amor mío,
el lecho donde estamos
y compartimos
las 
		dádivas,
los cielos...
Todo lo que nos negó y afirmó como lo que 
		somos:
mil años de alegría corporal
y materia sin sombra
y 
		palabras
que se dicen diurnamente porque vienen del aire
y hay que 
		oírlas y decirlas
a través de los árboles
y en lo que no se 
		escribe porque aún no se inventa su
nombre;
porque su júbilo

		todavía no ha sido descubierto
y las flores de su alrededor
aún no 
		son cosas del viento
(aún no han ido a un invierno ni regresado a la 
		primavera).

		
II

Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos,
igual que van 
		los ríos a los pájaros
y ellos al espacio desatado y florido.

		
Vengo de ti a la era
donde todo es de todos:
los que llegan, 
		los que se han ido,
los que aún no han venido,
los que no 
		volverán...

		
Porque eso es tu cuerpo:
un adentro, un afuera compartido
por 
		mí y por el viento,
por el mar y los seres que lo guardan;
por el 
		color y las embestidas del otoño,
y las andanzas del verano
¡que 
		viste cosas silvestres
y es custodio de las abejas
y funde las 
		hierbas en un crisol matutino,
en una prolongación de azucenas.
3.

Declinaciones del monólogo

I
Estoy sola,
muy sola,
entre mi cintura y mi vestido,

		sola entre mi voz entera,
con una carga de ángeles menudos
como 
		esas caricias
que se desploman solas en los dedos.
Entre mi pelo, 
		a la deriva,
un remero azul,
confundido,
busca un niño de 
		arena.
Sosteniendo sus tribus de olores
con un hilo pálido,

		contra un perfil de rosa,
en el rincón más quieto de mis párpados

		trece peregrinos se agolpan.

		
II
Arqueándome ligeramente
sobre mi corazón de piedra en flor

		para verlo,
para calzarme sus arterias y mi voz
en un momento dado

		en que alguien venga,
y me llame...
pero ahora que no me llame 
		nadie,
que no quepo en la voz de nadie,
que no me llamen,

		porque estoy bajando al fondo de mi pequeñez,
a la raíz complacida de 
		mi sombra,
porque ahora estoy bajando al agónico
tacto de un 
		minero, con su media flor al hombro,
y una gran letra de te quiero al 
		cinto.
Y bajo más,
a las inmediaciones del aire
que aligerado 
		espera las letras de su nombre
para nacer perfecto y habitable.

		Bajo,
desciendo mucho más,
¿quién me encontrará?
Me calzo mis 
		arterias
(qué gran prisa tengo),
me calzo mis arterias y mi voz,

		me pongo mi corazón de piedra en flor,
para que en un momento dado

		alguien venga,
y me llame,
y no esté yo
ligeramente arqueada 
		sobre mi corazón, para verlo.
y no tenga yo que irme y dejar mi gran 
		voz,
y mi alto corazón
de piedra en flor.
4.

Epígrafe

I
           
		Tu mano en que desdoblan ruiseñores
su pálido desnudo,

		su ancho pecho de musgo coronado,

		es mano que abre al viento reclinado

		claro jazmín entre la sien oscura.

		
          
		Sí, deshojada el agua entre la frente,

		labra pequeña placidez de lirio
y entre los dedos gajos de violines.

		
II
          
		Tiende el oído y óyeme esta canción

		que es como semilla de estaciones.

		
          
		Que es como la casa de verano
donde me crece de la mano un niño,

		y el alma da empujones a la orilla,

		y es como piel el alma -no se siente.

		
          
		Entraremos de pronto en el verano como árboles

		vegetalmente abiertos de oídos y de polvo,

		
          
		Porque todo refluye hacia el arribo,

		asciende el vientre a capital de fruto

		y el aire hacia ecuación de golondrina.

		
         
		¡Brotes sacramentales de la hierba,

		oh, dádivas subiendo de la entraña,
suma de transitados alimentos!

		
         
		Y a la altura del pecho y la labranza

		semilla de silencio y luz desierta.

		
         
		Todo regresa hasta su forma exacta.

		La vida retoma su ambición pequeña

		de ser, del todo, vegetal profundo,
recóndito edificio y luz abierta.
5.

La

dama de bronce


		(fragmento)

		
La Dama de Bronce
tenía el cuerpo

afilado y 
		hambriento;
tenía desnuda la mirada.

		
¡Cúbrela, Dama de Bronce!
¡Guárdala!

Su garganta caía 
		lentamente hacia el Hudson

		
¿Adónde vas, Dama de Bronce,
veloz tu cielo azul, lento el 
		cayado?

		
¿Qué aguja cristalina te atraviesa y despierta
los párpados, los 
		astros?

		
En la ruta,
la penetrante ruta donde un rayo
se asomaba a los 
		días terrenales,

		
la Gran Dama de Bronce,

la querida del tiempo matutino,

		
la fulgurante amada despredida
de frescas arpas y nublados 
		lechos,

		
llamó a una puerta
que ella creyó temprana,

puerta de 
		entrada a transparentes horas.

		
Y fue la puerta de la noche abierta,
la sombra en carne viva por 
		el alba.

		
Estaba hecha de agrietada espuma,
del escombro de un ojo,
de 
		solitaria sien y putrefacta altura.

		
Aquella puerta era un tapiz agónico

en donde cada cuerpo 
		confundía su aliento
con la garganta próxima.

		
¡Dama de Bronce!,

Sierva de la mañana!

¡Da un paso 
		interno,
toca con las entrañas
la rosa de los vientos!

		
¿No habrá, en estas líneas,
la longitud de una pupila sola?

		
¿No habrá un eco, un indicio
que me esconda?

Y de pronto 
		pasó 
		
(más bien volvió del fuego)

una sagrada estirpe solitaria.

		
Era un hombre escoltado por el fuego
y vestido como viste el 
		espacio.

		
De su cintura y de su alegría
partía el ciervo claro.


		Tenía la lengua en la mirada pura
y un río
(una copa de guirnaldas 
		oscuras).

		
El hombre vio los pechos,

los ojos

de la Dama de 
		Bronce

		
y ella

-bandera de oro ebio,
victoriosa soledad de la 
		tarde-

		
dio un paso interno
(su paso era una rosa caminante,
una flor 
		calcinada),

		
marchó sobre agua viva,
sobre el río que volverá mañana.


		Nueva York, 1961
6.

Natalia,

la niña del 
		pintor Granell
		

Ahora estoy en esta ciudad
peligrosamente armada de riesgo

		y llenos de accidentes la voz,
el traje claro,
el pulso de amor.

		
Uno de estos días en que andaba callada
y recorriendo para 
		siempre mi espalda,
de pronto resbalé sin fin,
mi caída atravesada 
		por un astro.

		
Por todo eso:

peligro,

gracia,

riesgo,


		me es grato recordar su casa instalada en el mundo
para que su mujer 
		se aclare las trenzas
que le suben como árbolas;

		
para que su mujer agrupe la miel
y la apretada harina
en altos 
		signos cotidianos.

		
Su casa instalada en el mundo
donde violentamente armándose de 
		lámparas,
corazón al cinto,
pinceles al alma,
secreta la 
		memoria,
se reorganiza su salida al sueño.

		
Aparte de todo eso
recuerdo a la muchacha de los peces 
		impalpables
a quien con otra voz, con otra cifra,
espera el mar 
		sentado en su banco de arena
o disfrazado de pez en el olivo;

		
y su desnudo de un caballo atormentado
cuyo balido de varón 
		prematuro
reanuda el cielo más allá del aire

		
También,

y poco a poco,

como cuando en la infancia

		yo soñaba que un sueño me dolía
recuerdo al muchacho que yo amaba:

		
una tarde íbamos por mi cuerpo
con alegría de arpas cosechadas,

		
cortadas en la mañana,
y húmedas.

Entre tanto, a treinta 
		mil kilómetros de mi alma
y mientras yo recuerdo,

		
Amparo, su mujer, vestida a la moda de las amapolas,
canta una 
		canción.

		
Luego dice: (el silencio le pica las venas
como un pájaro):

		
-¡Qué hermosa está la niña.
Es ya la piel azul de las 
		jardinerías!

		
Yo me miro por dentro,

preparo lentamente
un acto de 
		terciopelo...

		
...De súbito,
en la ventana,
sin que nadie lo sienta,
un 
		ángel se desviste de río pequeño,
pone a secar la brisa
y se 
		derrama.

		
Después quieren que yo no escuche,
que no salte la niña,


		(la niña da un salto de lámpara que se abre,
de norte a sur recorre 
		una azucena)

		
¡que nadie la vea!
La niña se me acerca allá en mi pecho,
la 
		oigo perder su paladar sin venas.

		
(Cerca de la ventana,
con poco pie de barco distraído
ha caído 
		un deseo de irse volando a nácar

		
el mar,

todo verde).

Pero dice la niña allá en mi 
		oído:

		
-El mar ha salido de paseo por las playas,
¡qué dirían los viejos 
		cocodrilos si lo vieran!

		
(¡qué nadie lo sepa!)

La niña tiene un retrato del mar

		
(¡Qué nadie lo vea!)
7.

Nube y cielo mayor

A los milicianos de dentro y fuera

		
Porque en España ardía la voz,

Ardía el vientre floral de la 
		mujer
encinta con el mundo,

		
Ardía la arteria triste desnuda

Ardía el humus conciso de los 
		hombres,

		
Ardía el húmedo estuario de tu daga
total y coronada.


		Porque en España
se cubrían de lujosos cadáveres
los párpados de 
		las muchachas

		
y el alba cercenada
soñaba con obispos y medusas,
y murmuraba 
		el hombre su cándida estatura
más allá de su muerte conquistada,

		
Porque en España
Miliciano español
encubierto de escombros 
		doloridos,
y tu cielo veloz acuchillado,

		
Mientras los enlutados
perdían tu ancha jornada de magnolias,

		y revolvían
hasta variarla toda,
la gracia popular de las tahonas,

		tú estabas en la época lluviosa de tu sangre,

		
y tu cuerpo,
en aire de paloma entrecortada,
recorría este 
		suave desorden de ecuadores,
esta fácil ternura de los rostros de 
		América.

		
Salud
Miliciano Español
a tu frente miliar
y a la turbia 
		excelencia de tu sangre,

		
Salud a tu mejilla levantada,

Salud
Miliciano Español

		
Discípulo tatuado
en la cubierta extraña de Guernica,


		Salud al espinazo de tu espada,

		
Porque en España,
cuando los enlutados
pacían en tu dulzor 
		enrojecido,
y comían de tu carne derramada,
tú eras como un ángel 
		escolar
en la esquina del mundo,

		
como un sol destapado con tu herida,

Salud
Miliciano 
		Español
griterío original de días degollados,

		
Herida desplomada en las puertas del hombre,

para que el 
		hombre oyera
tu iracunda fragancia
y acogiera
el alto decaer de 
		tu cintura,
el cálido color de tu armonía,

		
Salud a tu lacónica silueta
melancólico el gesto entre las rocas,

		y la mirada envuelta en una lágrima,

		
Salud
hasta tu corazón más íntimo,
y en tu sudor más íntimo,

		y hasta en el dorso
más olvidado de tu hueso,
desordenado y alto,

		
Salud a esa tu muerte tan desechada,
tu muerte aun húmeda y sola

		al socaire del olivo,

		
Salud
Miliciano Español,

Dinamitero que ardes
con tu 
		boca en amas
y tu fragor al cinto,

		
Salud hasta en tu niño fusilado
que deslinda su ombligo entre tu 
		frente,

		
Salud
Miliciano Español

Porque cuando en España
los 
		arzobispos desfondaban a Cristo
y le pateaban el muslo y los dedos 
		largos,
tú estabas con el rostro dividido
y con el sexo lleno de 
		semanas
eternamente oscuras.
Porque cuando los militares de medio 
		rostro
mutilaban la era embarazada
y se masturbaban la mente con 
		un paraguas,
tú estabas cerrado a todas las sangres,
parado sobre 
		todos los asaltos,
y tu cuerpo de suave corola destituida
tenía 
		una voz para tu mismo cuerpo,

		
Salud
Huésped funeral y hermoso,

Salud
entre tu frente 
		que está al socaire del olivo
aun sola;

		
porque aún
entre los relojes de los bufetes
y de los 
		tocadores,
los arzobispos y los medios rostros de los traidores,

		se masturbaban la mente con un paraguas,
y en tu España,
en la 
		mía,
en la de todos,
aún arde tu cuerpo como un clavel de asalto.

		
Aquí,
amigo,

Miliciano español
poblado hermano nuestro,

		sobre tu corazón de polvo y estampido
nosotros estamos parados al pie 
		de las cosechas,

		
Sobre lo que parece que se ha roto en el llanto,

Estamos 
		todos,
mostrando el tanto de brillo de una lágrima.

		
Somos los apasionados magníficos,
los pequeños exaltados

		siempre floridos,

		
los de rostro transitable,

Estamos todos
esperando sobre 
		la piedra erguida,
somos los de dentro y los de fuera,

		
somos todos los americanos.
8.

Poema primero

(Posesión en el sueño)

Ven
Amado

Te probaré con 
		alegría.
Te soñaré conmigo esta noche.

		
Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu 
		fertilidad y tu agonía;
y porque somos llenos de congoja
mi amor 
		por ti ha nacido con tu pecho,
es que te amo en principio por tu 
		boca.

		
Ven
Comeremos en el sitio de mi alma.

Antes que yo se te 
		abrirá mi cuerpo
como mar despeñado y lleno
hasta el crepúsculo de 
		peces.
Porque tú eres bello,
hermano mío,
eterno mío dulcísimo.

		
Tu cintura en que el día parpadea
llenando con su olor todas las 
		cosas,
tu decisión de amar,
de súbito,
desembocando inesperado 
		a mi alma,

		
Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se 
		dilata.

		
Ven

Te probaré con alegría.

Manojo de lámparas será a 
		mis pies tu voz.

		
Hablaremos de tu cuerpo
con alegría purísima,
como niños 
		desvelados a cuyo salto
fue descubierto apenas, otro niño,
y 
		desnudado su incipiente arribo,
y conocido en su futura edad, total , 
		sin diámetro,
en su corriente genital más próxima,
sin cauce, en 
		apretada soledad.

		
Ven
te probaré con alegría.

Tú soñarás conmigo esta noche,

		y anudarás aromas caídos nuestras bocas.

		
Te poblaré de alondras y semanas
eternamente oscuras y desnudas.

		
De "Los elementos terrestres"
9.

Poema

segundo   
		(Ausencia de amor)

		
Amado
en cuyo cuerpo yo reposo,

cómo será tu sueño

		cuando yo te he buscado sin hallarte.

		
Oh,
Amado mío, dulcísimo
como alusión de nardo
entre aromas 
		morenos y distantes,

		
Cómo será tu pecho cuando te amo.

Cómo será encontrarte 
		cuando es amor tu cuerpo
y tu voz,
un manojo de lámparas.

		
Amado,
hoy te he buscado
por entre mi ciudad
y tu ciudad 
		extraña,
donde los edificios
no se alegran al sol,
como 
		frutales conchas
y celestes cabañas.

		
Y andaba yo
con un crepúsculo enredado entre la lengua,


		Con aire de laguna
y ropa de peligro.

		
Me vió desde su torre
un auriga de jaspe,

yo te andaba 
		buscando
por entre el verde olor de sus caballos,

		
Por entre las matronas
con pañales y pájaros;

Y pensando 
		en tu boca
reposaban mis ojos,
como palomas diurnas
entre 
		hierbas amargas.

		
Y te buscaba entonces
por las inmediaciones de mi cuerpo.


		Tú me podías llegar
desde el suceso cálido.

		
II
Amado,
hoy te he buscado sin hallarte
por entre mi 
		ciudad
y tu ciudad extraña,

		
Junto a alquerías errantes
guardadas por el campo
y de agitado 
		pasto vencidas y entornadas.

		
Y de pronto llegaste,
huésped de mi alegría,
y me poblé de 
		islas
con tu brillante dádiva.

		
Desde la brisa fresca llegaste
como un niño con un pañuelo blanco

		
y la noche voló de sueño entre las ramas,
junto al gozo del agua 
		y el rastro de la abeja.

		
Amado,
en cuyo cuerpo yo reposo
y en cuyos brazos desemboca mi 
		alma,

		
Cómo será no hallarte en la distancia,
y llegar a tu cuerpo como 
		los alimentos
reanudados al calor de la gracia
necesaria y 
		perdida.

		
Estar donde no estoy más que de paso,
no estar donde tu aliento 
		me contiene
y me desgarra
como una piedra el alma.

		
Cómo será tener,
de golpe, el cuerpo dividido
y el corazón 
		entre las manos
congregado y solo.
Amado,
hoy te he buscado sin 
		hallarte
por entre mi ciudad y tu ciudad extraña,
y no te he 
		hallado.

		
Cómo será buscarte en la distancia.
10.

Poema tercero

(Consumación)

		
Tus brazos
como blancos animales nocturnos
afluyen donde mi 
		alma suavemente golpea.

		
A mi lado,
como un piano de plata profunda
parpadea tu voz,

		sencilla como el mar cuando está solo
y organiza naufragios de peces 
		y de vino
para la próxima estación del agua.

		
Luego,
mi amor bajo tu voz resbala,

Mi sexo como el mundo

		diluvia y tiene pájaros,

		
Y me estallan al pecho palomas y desnudos.

Y ya dentro de ti

		yo no puedo encontrarme,
cayendo en el camino de mi cuerpo,

		
Con sumergida y tierna
vocación de espesura,

Con 
		derrumbado aliento
y forma última.

		
Tú me conduces a mi cuerpo,
y llego,
extiendo el vientre
y 
		su humedad vastísima,
donde crecen benignos pesebres y azucenas
y 
		un animal pequeño,
doliente y transitivo.

		
II

Ah,
si yo siquiera te encontrara un día
plácidamente 
		al borde de mi muerte,
soliviantando con tu amor mi oído
y no 
		retoñe...

		
Si yo siquiera te encontrara un día
al borde de esta falda
tan 
		cerca de morir, y tan celeste
que me queda de pronto con la tarde.

		
Ah,
Camarada,

Cómo te amo a veces
por tu nombre de 
		hombre

		
Y por mi cuello en que reposa tu alma.

Versos y pensamientos de Eunice Odio

4 citas
« Al borde de alegres segadores tiembla el agua, / y ofrece para el orden del labio complacido »
Eunice Odio · Acorde final
« I / Aprisionada en cárceles de espuma, »
Eunice Odio · Aprisionada
« muy sola, / entre mi cintura y mi vestido, »
Eunice Odio · Declinaciones del monólogo
« I / Tu mano en que desdoblan ruiseñores »
Eunice Odio · Epígrafe
Biblioteca poética

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