Poesía Universal

Eugenio Montejo

Biografía y amplia selección de poemas de Eugenio Montejo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía del siglo de oro....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Eugenio Montejo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía del siglo de oro.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Eugenio Montejo

12 poemas seleccionados
1.

Acacias

En la gélida noche rugen los huracanes.
                                                                            
		"A Diotima", Hölderlin


		
		Estremecidas como naves
acacias emergidas de un paisaje antiguo
y 
		no obstante batidas en su fuego
bajo la negra luz de atardecida
yo 
		miro yo asisto
a este mínimo esplendor tan denso
yo palpo
la 
		intermitencia de las arboladuras
su fuego girante delirante

		enmarcadas en un éxtasis grave
como desposeídas lanzadas al abismo

		así de grande
en un follaje poblado de sombras agitadas
las miro

		frente a la piedad de mis ojos
bajo los huracanes de la Noche.
2.

Adiós al siglo XX

a Alvaro Mutis

		
Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este 
		siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún 
		reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros

		tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos

		va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más 
		soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle 
		Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su 
		terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi 
		siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá 
		lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los 
		viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando 
		los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,

		mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.
3.

Amantes

Se 
		amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas 
		azules,
sus celajes.

		
Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos 
		en el fondo
de alguna flor del aire.

		
Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y 
		era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus 
		vueltas,
la galaxia.

		
Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, 
		asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo 
		aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado 
		tarde.
4.

Canción

Cada 
		cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su 
		naufragio
y los barcos al horizonte.

		
Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada 
		cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y 
		las nubes errantes.

		
Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.

		Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el 
		mar al fondo, inalcanzable.
5.

Cementerio

de Vaugirard


		Los muertos que conmigo se fueron a Paris
vivían en el cementerio 
		Vaugirard.
En el recodo de los fríos castaños
donde la nieve 
		recoge las cartas
que el invierno ha lacrado,
recto lugar, gélidas 
		tumbas, nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.

		
Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando 
		sobre amargas ráfagas,
Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte

		es una explosión interminable. Piedras, huesos, retama.
¿Quién oía el 
		tintinear de sus pailas
a la sagrada hora del café
cuando son 
		interminables sus chácharas?
¿Qué silencio tan hondo allí suplía

		el cantar de uno solo de sus gallos?

		
Muertos de sol, de espacios, de sábanas,
muertos de estrellas, de 
		pastos, de vacadas,
muertos bajo tierra a caballo.

		
Los muertos que conmigo se fueron a París
vivían en el cementerio 
		Vaugirard,
estéril pabellón de graníticas tapias.
¿Qué queda allí 
		de esa memoria
ahora que la última luz se ha embalsamado?
¿Qué 
		recordarán sus camaradas
de sus voces, de sus humildes hábitos?

		
Alba de Vaugirard, niebla compacta,
amistad con que la luna 
		clavetea las lápidas,
¿qué quedó allí de aquellos huéspedes

		agradecidos de tanta posada?
¿Qué noticias envían ahora lejanos
a 
		los caídos, a los vencidos, a los suicidas olvidados?

		
Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando 
		sobre amargas ráfagas.
Oscuro lugar donde la muerte
es una 
		explosión interminable
sobre recuerdos, átomos, retama.
¿Qué 
		permanece de tanta memoria?
¿Quién llega ahora a oír sus chácharas

		cuando la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado? Nadie, 
		nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.
6.

Dos Rembrandt

Con grumos ocres pudo el viejo Rembrandt
pintar su último rostro. Es 
		un autorretrato
en su final. hecho de encargo
para un joven pintor 
		de 34.
(El mismo Rembrandt visto en otra cara.)

		
Puestos cerca esos cuadros
muestran en igual pose las dos bocas,

		unos ojos intensos o vagos,
las manos juntas en el aire
y el tacto 
		de colores
con hondas luces que se rompen
en sordos sollozos 
		apagados...

		
Rembrandt en la vejez, al dibujarse
supo ser objetivo. No 
		interfiere
en los estragos de su vida,
ve lo que fue, no afiade, 
		no lamenta.
Su alma sólo nos busca por espejo
y sin pedirnos saldo

		se acerca en sus dos rostros,
pero quién al mirarlos no se quema?
7.

Dura menos un hombre que una vela...

Dura menos un hombre que una vela 
pero la tierra prefiere su 
		lumbre 
		
para seguir el paso de los astros. 
Dura menos que un árbol, 

		que una piedra, 
		
se anochece ante el viento más leve, 
con un soplo se apaga. 

		Dura menos un pájaro, 
		
que un pez fuera del agua, 
casi no tiene tiempo de nacer, 
da 
		unas vueltas al sol y se borra 
		
entre las sombras de las horas 
hasta que sus huesos en el polvo 
		
se mezclan con el viento, 
y sin embargo, cuando parte 

		siempre deja la tierra más clara.
8.

El esclavo

Ser 
		el esclavo que perdió su cuerpo
para que lo habiten las palabras.

		Llevar por huesos flautas inocentes
que alguien toca de lejos
o 
		tal vez nadie. (Sólo es real el soplo
y la ansiedad por descifrarlo.)

		
Ser el esclavo cuando todos duermen
y lo hostiga el claror 
		incisivo
de su hermana, la lámpara.
Siempre en terror de estar en 
		vela
frente a los astros
sin que pueda mentir cuando despierten,

		aunque diluvie el mundo
y la noche ensombrezca la página.

		
Ser el esclavo, el paria, el alquimista
de malditos metales
y 
		trasmutar su tedio en ágatas.
en oro el barro humano.
para que no 
		lo arrojen a los perros
al entregar el parte.
9.

En el norte

Esta noche dimito de las sombras,
el Támesis regresa al mar del norte

		con celajes de tren bajo la lluvia
y en sus raudos vagones
los 
		viajeros sacan crucigramas.

		
Es la noche, resguárdate,
grita el reloj cerca del polo,
pero 
		a esta hora mi país de ultramar
cruza el arco del sol
y se baten 
		azules las palmas.

		
En cada muro en que me acodo
siento el vaivén errante de los 
		barcos.
Entre estas islas y mi casa
caben todas las aguas por 
		siglos de este río,
el gris invierno de paredes rectas,
los 
		vientos que nos tornan monosilábicos
y quedan leguas que llenar para 
		acercarse.

		
Mi corazón da tumbos en medio de la niebla,
no se ajusta a los 
		polos,
busca el lugar donde la tierra gira más despacio.


		Esta noche 
		soy diurno frente al Támesis,
no voy a bordo en sus vagones,
sigo 
		de pie con el silencio de una palma.
mi país de ultramar resplandece 
		a lo lejos
y yo cuento sus horas
en relojes perdidos más allá del 
		Atlántico.


		Su 
		ausencia es mi único equipaje.
10.

Escritura

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases

		por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

		
No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del 
		sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música 
		secreta.

		
Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi 
		casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora

		entre mis venas como sabio arquitecto.

		
Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, 
		columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se 
		abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.
11.

Hotel

antiguo


		Una mujer a solas se desnuda,
pared por medio, en el hotel antiguo

		de esta ciudad remota donde duermo.

		
Abren las sedas un rumor disperso
que se mezcla al follaje
de 
		los helechos en el aire.

		
Se oyen llaves que giran en un cofre,
jadeos ahogados, prendas,

		la inocencia de gestos solitarios
que beben los espejos.

		
A su tiempo la noche se desnuda
y las calles apiladas se doblan

		en un vasto ropaje
con la fatiga de un final de fiesta.

		
Una mujer a solas tras los muros,
unos pasos, un oscuro deseo,

		hasta mí llega de otro mundo
como alguien que he amado y que me habla

		desde un ataúd lleno de piedras.
12.

La hora de Hamlet

Esta mañana me sorprende 

		con mi olvidada calavera entre las manos. 

		Hago de Hamlet. 

		

		Es la hora reductiva del monólogo 

		en que interrogo a mi Hacedor 

		sobre esta máscara que ha de volverse polvo, 

		sobre este polvo que sigue hablando todavía 

		aquí y acaso en otra parte. 

		

		A la distancia que me encuentre de la muerte, 

		hago de Hamlet. 

		

		Hamlet y pájaro con vértigo de alturas, 

		tras las almenas del íngrimo castillo 

		que cada quien erige piedra a piedra 

		para ser o no ser según la suerte, 

		el destino, la sombra, los pasos del fantasma.

Versos y pensamientos de Eugenio Montejo

4 citas
« En la gélida noche rugen los huracanes. / "A Diotima", Hölderlin »
Eugenio Montejo · Acacias
« a Alvaro Mutis / Cruzo la calle Marx, la calle Freud; »
Eugenio Montejo · Adiós al siglo XX
« Se / amaban. No estaban solos en la tierra; »
Eugenio Montejo · Amantes
« cuerpo con su deseo / y el mar al frente. »
Eugenio Montejo · Canción
Biblioteca poética

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