Poesía Universal

Eugenio Montale

Eugenio Montale es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...

Biografía lírica

Vida

Eugenio Montale es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Eugenio Montale

12 poemas seleccionados
1.

Carta

a 
		Bobi 
		

		

		A fuerza de exclusiones 

		te quedaba cuanto tú podías 

		apretar en las manos: y era 

		de quien lo comprendía. Te he seguido 

		varias veces sin que lo supieras. Varias veces

		he andado la calle Cecilia Rittmeyer 

		en la que había conocido a tu vieja madre, 

		comprobado de visu terrible amor. 

		Quedaba del padre una bigotera y una 

		biblia evangélica, tal vez. He explorado 

		tu pléyade de amigos, los que fueron objeto 

		de tus experiencias más o menos fallidas 

		en la creación o destrucción de felicidad conyugal. 

		Eran tus primeros amigos, otros 

		vinieron luego que nunca he conocido. 

		Así se hizo de ti una leyenda 

		superficial y vana. Dicen 

		que eres un maestro no escuchado, tú 

		que a demasiados maestros escuchaste 

		y no has desconfiado de ellos. Confesor 

		inconfesado no podías dar nada 

		a quien ya no estuviese en tu camino. 

		A tu manera has triunfado, incluso si han perdido 

		todo los oyentes. Ahora, con esta carta 

		que no podrás leer jamás, te digo 

		adiós y no aufwiedersehen y esto 

		en una lengua que no amabas, falta 

		como está de Stimmung. 
		


		Versión 
		de José Ángel Valente
2.

Casi una fantasía

Amanece de nuevo, lo 
		presiento 
		
por el albor de vieja 
plata en las paredes: 
las ventanas 
		cerradas se vetean de un tenue resplandor. 
		
Vuelve el advenimiento del sol 
pero sin las difusas voces, 
los acostumbrados estrépitos. 
		


		¿Por qué? Pienso en un 
		día encantado 
		
y de las justas de horas demasiado iguales 
me resarzo. 
Desbordará la fuerza que me inflamaba, 
		
inconsciente mago, desde largo tiempo. 
Ahora me asomaré, 
		destruiré altas casas, 
		
despojos viales. 
Tendré ante mí un lugar de limpia nieve 
mas 
		tan ligero como el paisaje de un tapiz. 
		
Resbalará un destello lento 
entre el algodón del cielo. 
Selvas y colinas llenas de invisible luz 
		
me harán el elogio de los festivos retornos. 


		Alegre leeré sobre el 
		blanco
los negros signos de las ramas 
		
como un esencial alfabeto. 
Todo el pasado de repente aparecerá 
		delante. 
		
No turbará sonido alguno esta alegría solitaria. 
Cruzará el aire 
		posándose sobre una estaca 
		
algún gallito de Marzo.


		Versión de F.Ferrer 
		Lerin
3.

Corno

inglés

		
En la tarde, sinfónicos los vientos
tocando están, con un fragor de 
		olas,
su instrumental de árboles espesos.


		Y el 
		horizonte bruñen donde asoman
lampos como aquilones gigantescos:
muda borrasca de celestes frondas.


		¡Claros 
		reinos etéreos, nubes raudas,
En doradas mansiones entreabiertas!


		Cambia 
		color, escama por escama,
lívido el mar, y arroja  a las arenas
una tromba de espinas irizada...


		¡Oh! si en 
		las horas que se hunden lentas,
murientes con el sol,
también a ti 
		los vientos te pulsaran,
olvidado instrumento, Corazón!


		Versión de Carlos López Narváez
4.

Delta

La vida que se gasta en 
		los trasiegos
secretos he ligado a ti:
ésa que se debate en sí y parece
casi que no te sabe, presencia sofocada.

		
Cuando el tiempo se atasca en sus rompeolas
tu acaso al suyo inmenso reconcilias,
y afloras más precisa, memoria, de la oscura
región donde bajabas, como ahora
al escampar se espesa
el verde en los ramajes, el bermejo en los muros.

		
Todo ignoro de ti, sino el mensaje
mudo que me sustenta en el camino:
si existes, forma, o escrúpulo en el humo
de un sueño te alimenta
y la costa que se afiebra -turba- y contra
la marea crepita.

		
 Nada de ti en el vacilar de horas
grises o desgarradas por un lampo de azufre
sino el silbido del remolcador
que de las brumas llega al golfo.

		

Versión de Armando Uribe
5.

Día y noche

Hasta una pluma que 
		vuela puede dibujar 
		
tu figura, o el rayo que juega al escondite
entre los muebles, o 
		el guiño del espejo
de un niño, desde los tejados. Sobre las murallas
jirones de vapor prolongan las agujas
de los álamos y, abajo, en la 
		rueda se encrespa el loro
del afilador. Luego la noche agobiante
en la plazuela, y los pasos, y siempre esta dura
tarea de hundirse 
		para resurgir iguales
de siglos, o de instantes, de íncubos que no 
		logran
volver a dar con la luz de tus ojos en el antro
incandescente y aún los mismos gritos y los prolongados
llantos sobre 
		la veranda
si retumba de pronto el golpe que te anuda
la garganta 
		y quiebra las alas, oh inestable
anunciadora del alba,
y se 
		despiertan los claustros y los hospitales
en un delirar de clarines.


		Versión de Jesús 
		López Pacheco
6.

Dolor de vivir

Frecuentemente hallé el dolor: vivir
era el riochuelo estertoroso, 
		agónico;
la llama retorciéndose en la pira;
el cabello en la ruta, 
		inútil, roto.


		Placer no 
		conocí. Sólo el milagro
que obra la divina indiferencia:
la 
		estatua erguida entre la somnolencia
tórrida, con la nube y el 
		milano.


		Versión de Carlos López Narváez
7.

Dos en el crepúsculo

Fluye entre tú y yo en el mirador
un claror submarino que deforma
perfiles de colinas y tu rostro.
Está en un fondo huidizo, cada gesto
tuyo es ajeno a ti; entra sin huella
y se esfuma, en el medio que 
		cubre
cada estela, cerrándose a tu paso:
tú aquí conmigo, en este 
		aire bajado
para sellar el sopor de las rocas.
                                                    
		Yo, caído
en el poder que pesa en torno, cedo
al sortilegio de no 
		reconocer
de mí ya nada fuera de mí: si alzo
el brazo apenas, se 
		me vuelve ajeno
mi acto, se parte en un cristal, ignota
y 
		oscurecida su memoria, y ya
el gesto no me pertenece; si hablo,
yo 
		escucho atónito aquella voz
descender a su gama más remota
o 
		muerta en el aire que no la sostiene.
Así, en el punto que resiste a 
		la última
consunción de la luz,
dura el desmayo; y luego un soplo 
		eleva
los valles en frenético temblor
y arranca de las frondas un 
		rumor
muy leve que se extiende
entre rápidos humos y las luces 
		primeras
dibujan ya los muelles.
                                         
		...las palabras
entre nosotros caen suaves. Te miro
en un blando 
		reflejo. Yo no sé
si te conozco; sé que nunca estuve
de ti tan 
		separado como en este tardío
retorno. Unos instantes han quemado
todo de nosotros: salvo dos rostros,
dos máscaras donde se graba una 
		sonrisa
desganada.


		Versión de Jesús 
		López Pacheco
8.

El

lago de Annecy
		

		

		No sé por qué mi recuerdo te vincula 

		al lago de Annecy 

		que visité algunos años antes de tu muerte. 

		Mas entonces no te recordé, era joven 

		y me creía dueño de mi suerte. 

		Por qué puede irrumpir una memoria 

		tan enterrada no lo sé; tú misma 

		me has sepultado sin saberlo. 

		Resurges ahora viva, mas no estás. Podía 

		preguntar entonces por tu pensionado, 

		ver salir las muchachas en fila, 

		encontrar un pensamiento tuyo de cuando aún estabas 

		viva y yo no lo he pensado. Ahora que es inútil 

		me basta la fotografía del lago. 

		

		Versión de José 
		Ángel Valente
9.

El olor de la herejía

¿Fue Miss Petrus, secretaria y hagiógrafa
de Tyrrell, su amante? Sí, 
		fue la respuesta
del barnabita, y un movimiento gélido de horror
serpenteó entre los familiares, los amigos y otros
ocasionales 
		huéspedes.

Yo, apenas un niño, permanecí indiferente
a la cuestión; el 
		barnabita era
un discreto tapeur de pianoforte
y a cuatro manos, 
		quizá a cuatro pies,
zapateamos o cantamos
«En esta tumba oscura» 
		y otros varios
divertimientos.

Que desprendiera un tufo de herejía
parecía ignorarlo la familia. 
		Muerto
y ya olvidada la persona, supe
que estaba suspendido a 
		divinis y quedé boquiabierto.
¿Suspendido de qué? ¿De qué cosa y por 
		qué?
¿A medio aire, en fin, sujeto con un hilo?
¿Sería lo divino 
		un gancho o colgadero?
¿Entra por el olfato como cualquier olor?

		
Sólo más tarde comprendí el sentido
de la expresión y ya no me 
		quedé
suspendido de aliento. Aún me parece ver
al viejo fraile en 
		la pineda,
que ardió hace tiempo, inclinado sobre textos miasmáticos,
bálsamo para él. Y nada en el olor recuerda
lo demoniaco o lo divino, 
		soplos de voz o pneumas,
de los que sólo queda huella en algunos 
		papeles ilegibles.


		Versión de José 
		Ángel Valente
10.

Encuentro

No me abandones tú, 
		tristeza mía,
sobre el camino
que azota el viento extraño
con 
		su cálido soplo, y cede; cara
tristeza al viento que se extingue: y 
		empujada
por éste hacia la rada,
donde la última voz exhala el 
		día,
viaja una niebla, alta se pliega un ala
de cormorán.

El tajo al lado del torrente, estéril
de aguas, vivo de piedras y 
		argamasas;
tajo de humanos actos consumidos,
de mortecinas vidas 
		declinando
más allá del confín
que en círculo se cierra: rostros 
		secos,
manos, caballos en hilera, ruedas
chirriantes: vidas no: 
		vegetaciones
del otro mar que la oleada vence.

Se avanza en el camino de cuajado
Iodo sin rastro
como una 
		procesión de encapuchados
bajo la rota bóveda, caída
casi hasta 
		reflejar escaparates,
en un aire que envuelve nuestros pasos
denso 
		e iguala los sargazos
humanos fluctuando en las cortinas
de bambú 
		murmurante.

Si me abandonas tú, tristeza, único
presagio vivo en este nimbo, 
		siento
que alrededor de mí se extiende
un rumor como de esferas 
		cuando
una hora está próxima a sonar;
y caigo inerte en la apagada 
		espera
del que no teme ya
en esta orilla sorprendida por la ola
lenta, que no aparece.

		
Tal vez vuelva a tener una apariencia:
en la rasante luz
un 
		movimiento me conduce junto
a una mísera rama que en un tiesto
crece sobre una puerta de hostería.
A ella tiendo la mano, hacerse 
		mía
siento otra vida, huella de una forma
que me fue arrebatada; y 
		como anillos
en los dedos no hojas se me enroscan
sino cabellos.

		
Y nada más después. ¡Oh sumergida!:
desapareces como habías 
		venido
y nada sé de ti.
Tu vida es tuya aún: entre las raras
vibraciones del día ya esparcida.
Ruega por mí,
para que yo 
		descienda otro camino
distinto de una calle de ciudad,
en el aire 
		perdido, ante el tropel
de los vivos; que te sienta a mi lado, que
descienda sin ruindad.


		Versión de José 
		Ángel Valente
11.

Felicidad lograda

Felicidad lograda, caminamos
por ti sobre un filo de espada.
Para 
		los ojos eres resplandor que vacila;
para el pie, tenso hierro que se 
		raja;
que no te toque, pues, quien más te ama.

Si llegas a las almas invadidas
de tristeza, iluminándolas, tu 
		mañana
es dulce y turbadora como nidos en las molduras.
Mas nada 
		paga el llanto de ese niño
cuyo globo se escapa entre las casas.
12.

Versión de Lorenzo Peirano

La casa de los aduaneros

		
Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el barranco profundo de la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró allí el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.

		
El sudeste azota hace años los viejos muros
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira enloquecida a la aventura
y el cálculo de los dados ya no vuelve.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.

		
Aún tengo un extremo; pero se aleja
la casa y sobre el techo la veleta
tiznada gira sin piedad.
Tengo un extremo; pero tú estás sola,
no respiras aquí en la oscuridad.

		
¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende
rara la luz del petrolero!
¿Está aquí el paso? (la marejada insiste
aún sobre el barranco que se derrumba...)
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va y quién se queda.


		Versión de Lorenzo 
		Peirano

Versos y pensamientos de Eugenio Montale

4 citas
« A fuerza de exclusiones / te quedaba cuanto tú podías »
Eugenio Montale · Carta
« Amanece de nuevo, lo / presiento »
Eugenio Montale · Casi una fantasía
« inglés / En la tarde, sinfónicos los vientos »
Eugenio Montale · Corno
« La vida que se gasta en / los trasiegos »
Eugenio Montale · Delta
Biblioteca poética

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