« Tu júbilo, en el vuelo; / tu inquietud, en el aire; »
Eugenio Florit · A la mariposa muerta
Biografía y amplia selección de poemas de Eugenio Florit. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Eugenio Florit. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Tu júbilo, en el vuelo; tu inquietud, en el aire; tu vida, al sol, al aire, al vuelo. Qué pequeña tu muerte bajo la luz de fuego vivo. Qué serena la gracia de tus alas ya para siempre abiertas en el libro. Y en ti, tan suave, en tu morir callado, en tu sueño sin sueños, cuánta ilusión perdida al aire, cuánto desesperado pensamiento.
Tú no sabes, no sabes cómo duele mirarla. Es un dolor pequeño de caricias de plata. Un dolor como un árbol seco por la mañana. Un dolor sin orilla para dormir el agua. Un dolor como el rastro de la nube que pasa. Tú no sabes, no sabes cómo duele mirarla.
Ahora ya está la brisa por el aire dispersa, con las manos hundidas en los árboles; pero en aquel momento se había ido tan lejos, que era como si no existiese memoria de su nombre. Todo el silencio estaba caído por el mundo; la tierra misma no era sino una gota de silencio. Los segundos del sol bajaron a beber aguas muertas donde nacía la inquietud de unas horas futuras, prontas a alzar el vuelo con las palomas de la tarde. Aquel minuto se extendía sobre las ramas inmóviles, abriendo una luz sin ecos, ni cantos, ni nada. El silencio perfecto de lo que va a surgir y aun se detiene. Ancha campana de cristal para la luz del mediodía, que viene limpia desde su nido alto a florecer en una exacta rosa de doce pétalos.
Desde la nieve convertida en agua, desde el sucio periódico sin dueño, desde la niebla, desde el tren hundido con sus cientos de manos que buscan asidero; desde la fantasía de los anuncios luminosos y el ruido sin piedad de las bombas de incendio; desde la noche que nos cae encima -losa de cielo sin estrellas-; desde cada momento perdido entre las calles donde todos los solos del mundo pasan desconocidos; desde el árbol sin hojas y el camino sin gente, otra vez, como ayer, como mañana, acaso ya como todos los días que vendrán, si es que vienen, entro al silencio.
Mejor ámbito aquí, dentro de casa, para escribir lo ancho y lo pequeño de este mundo. Apenas diferente conocer la distancia de una estrella o el alado camino de la hoja caída de su árbol. Preciso es dar al aire este amargo sabor que muerde dentro, que pide luz de fuera, la que arde de su estar siempre fiel a su destino que es el lucir en las palabras y saltarse los mundos que conoce y los que aún no han sido revelados. Un ámbito que esconde en sí el oculto pensamiento brillante piedra que en su día nos pidió rescatarla, a ella, la escondida de los siglos, humilde aún, que espera el roce misterioso de unos dedos... Ahora, despertada de su soñar antiguo, nacida a luz y sol, hecha ya una palabra. Milagro al fin que vive al amor de su dueño: de quien soñó con ella en la forma final de su destino.
alto gris Que está más alto Dios lo sabes tú por el fervoroso pensamiento, aquí, vacío de palabras y casi ya vado de recuerdos. Alma de paz que al cielo de la tarde subes en brazos del silencio cuando se asoma débil entre nubes un sol amarillento. Más alto Dios en ti. Más firme, más verdadero que tú mismo, hilo de humo con el amor dormido dentro. Que bien lo sabes. Porque está la noche en la Ciudad cayendo y todo en ti se pone gris con el opaco gris del cielo. Y con el gris de la callada altura se van iluminando los ensueños -gotas de luz que se abrirán más tarde en unas flores de brillantes pétalos. Tu lo sabes. Que Dios abre su rosa de invisible fuego ahora cuando, reina de la altura, sube tu alma en brazos del silencio.
Quisiera haber escrito más, pero no pude. Lo escrito escrito está. No me arrepiento. Hubiera Dios querido, lo que siento dentro de mí, como una espina, al viento pudo salir, fuerte de luz, de verso lleno. Pero no pudo ser. Y aquí me quedo sin gloria ni valer, que no apetezco. Tan sólo un poquitín de pensamiento cuando no sea yo más que otro muerto. Otro muerto cualquiera. Un gran deseo... Y este amor a la tierra en que estoy dentro. (¿Los árboles, las flores, el mar? Pues todo ello aquí, muriendo como yo, en mi cuerpo.)
« Tu júbilo, en el vuelo; / tu inquietud, en el aire; »
« Tú no sabes, no sabes / cómo duele mirarla. »
« Ahora ya está la brisa por el aire dispersa, / con las manos hundidas »
« Desde la nieve convertida en agua, / desde el sucio periódico sin dueño, »
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