« un niño / Estoy contento y sin embargo sufro »
Eugen Jebeleanu
Eugen Jebeleanu es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...
Vida
Eugen Jebeleanu es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Eugen Jebeleanu
1.
Como
Como
un niño
Estoy contento y sin embargo sufro
de que viví mi amor como he vivido
y siento no haber sido siempre tuyo,
pero cerca de ti me transfiguro.
Como un niño que aplasta su rostro contra el vidrio
y está y no está en el mundo de los sueños,
cerca de ti yo estaba y no lo estaba
ansioso de decirte tantas cosas.
Porque viví mi vida como yo la he vivido,
qué desolado estoy y qué alegre me siento
del tiempo que transcurre cerca de ti más rápido,
del tiempo que sin ti se tragó la neblina...
1959
Versión
de Klaus Dieter Vervuert
2.
El
El
sueño del poeta
A la memoria del poeta Sankitshi Togue
víctima del bombardeo de Hiroshima.
(Abarcando con la mirada las montañas de Japón,
el poeta habla consigo mismo.)
Estas montañas son de sílex,
sus frentes desafían
por millones de años, terremotos,
áspera tiara indiferente
que despedaza las nubes.
Nadie puede
dar otro rostro
al sílex, a las rocas, al granito,
transformarlos.
La montaña permanece montaña
(el terremoto puede cambiar sólo la base)
encerrada en sus fronteras,
con una fuerza igual, por siempre,
inacabada.
Mira y llama, si no crees en todo esto,
si no crees en la constancia
de la Montaña,
llama de una vez,
con la voz más grande,
del más extenso de los valles,
con la trompeta más profunda de los valles...
si no crees lo que te digo,
grita de una vez, (a ver, intenta),
grita de una vez, con todos los pulmones de los ecos,
llama de una vez cuán fuerte puedas
desde todos los clarines de las sombras
de los precipicios,
grita de una vez, ¡ay!, llama,
a ver si puedes despertar
al menos por un segundo
al Cíclope,
al cíclope de piedra
de la montaña...
procura
¡ruge...!
-Silencio, que grito:
¡Eh, Fujiyama...!
(Ecos... ecos...
las rocas me devuelven,
indiferentes,
los anillos de la voz...)
Sin novio,
en la luz.
la montaña continúa impasible,
idéntica a sí misma,
eternamente igual, anciana
y sin embargo eternamente joven
con crines de cascadas,
con crines de nieves desbordantes
sobre las espaldas...
¡Salud, impavidez de piedra!
Así te quedarás por siempre
con la misma confianza en la vida del hombre.
Puedes tú derrumbarte, Fujiyama.,
pero no cambiar...
La piedra permanece piedra.
Versión
de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965
3.
Encuentro
Encuentro
con Hiroshima
a Kaoru Yasui
Tierra, tierra muda.
Muda,
con la piel quemada, con el cuerpo desnudo,
perdón, Hiroshima ...
Perdón por cada paso
que golpea una herida, abre una cicatriz...
Perdón por cada mirada,
que -aún acariciando- duele...
Perdón por cada palabra
que enturbia el aire donde buscas
a los niños,
los pueblos de criaturas perdidos para siempre.
Tumba
inexistente... Viento... viento... viento... viento...
Y sus voces, apenas resonando ahora,
más extinguidas día a día,
únicamente en el recuerdo...
¡Oh, cementerios
inexistentes... inexistentes...!
¡De quererlos llorar no se les puede estrechar en los brazos,
al menos una urna, una tumba tan sólo...!
¿Dónde están tus pequeños, Hiroshima? Quizás
en el océano
de plata impasible ...
Quizás en la infinita bóveda
del cielo...
O, acaso, en esta misma tierra.
que yo piso...
Cada paso que doy lo doy con miedo...
Cada palmo de tierra
esconde un catafalco...
Es como si la tierra que yo piso
hubiera dado un grito: -¡Madre...!
¡Oh, concédeme alas, aire de esmalte,
para ser leve como tú, ganar altura,
y no hollar Con mi paso alguna herida,
rasgar, angelical, el cielo con mi ala...!
...Mas, desde sus mil llagas, centelleando,
se me acerca Hiroshima,
se acerca, se curva dulcemente
y me hace señas:
-Te ruego, ven, amigo,
y mira lo que fue,
y lo que es,
y cuenta...
Versión
de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965
4.
La
La
voz de la ceniza
No sé quién soy; todo se ha transformado
en mí. No sé quién soy y, sin embargo, existo.
Leve soy y pesada como una maldición,
y piedra soy y vida inacabada.
No juguéis conmigo, asesinos.
me escurro entre los dedos, estoy viva,
arrojadme al océano, es en vano:
en vuestra copa anido y soy lejía.
¡Huid! Que soy ceniza, entrar puedo
bajo la puerta cual sombra resbalada
y enlutar vuestro rostro en el sueño
y entregaros mi beso de lejía.
Versión
de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965
5.
Y ya muy
pronto le serán pequeñas...
Y ya muy pronto le serán pequeñas...
La voz de una mujer
Devolvedme mi niño
-nada quiero saber-
aunque tenga
la cara
de un monstruo,
no importa cómo sea,
devolvedme mi niño
no importa cómo,
y si no puede ser para toda la vida
(para esta vida miserable
y tan breve, aún si tuviera un siglo)
al menos por un día.,
un día sólo,
hasta el preciso instante
en que venga hacia mí,
como él venía,
ciegamente, los brazos extendidos,
con los pétalos pálidos de sus dedos.
Devolvedme mi niño
aunque tenga
la cara de monstruo:
iré a su encuentro
y me sonreirá...
él me sonreirá...
aunque tenga la cara de monstruo,
me sonreirá,
y yo le abriré la puerta,
aunque tenga la cara
no importa cómo...
Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero no ceniza,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero nunca arena...
Sé muy bien que sería posible
que mudaran su rostro,
pero cuando llore
lo reconocería,
y para que no llore más
apagaré la luna
(un rostro entre lo oscuro no se ve),
y si él sonríe,
a la menor sonrisa,
entonces,
mudaré todas mis lágrimas
en cielo estrellado...
Mas no me devolváis el cielo sin él,
el cielo azul de acero sin piedad,
no, no me lo devolváis...
Devolvedme mi niño ...
Privadas de él, las estrellas son arena,
privadas de él, las estrellas son cenizas:
un manojo engañador que se escurre
absurdamente
al correr de los tiempos
de la alforja deshilachada de la noche...
Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
devolvedme mi niño,
aunque sea cualquiera su cara...
También en el armario
sus ropitas esperan...
y ya muy
pronto le serán pequeñas...
Versión
de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965
Versos y pensamientos de Eugen Jebeleanu
4 citas« sueño del poeta / A la memoria del poeta Sankitshi Togue »
« a Kaoru Yasui / Tierra, tierra muda. »
« voz de la ceniza / No sé quién soy; todo se ha transformado »
Libros de Eugen Jebeleanu recomendados
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: