Poesía Universal

Enrique Morón

Biografía y amplia selección de poemas de Enrique Morón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Enrique Morón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Enrique Morón

6 poemas seleccionados
1.

Canción

Ayer me fui y ayer vine

		pero me vuelvo a marchar.

		

		Dichoso el hombre que tiene

		casa donde pernoctar

		y abrigo para sus hombros

		y, para sus labios, pan.

		

		Dichoso el hombre que lleva

		ventanas de colegial

		y corazón de geranio

		y perfumes de azafrán.

		

		Dichoso quien es dichoso

		sin poderse desdichar.

		Quien tiene muros de piedra

		y raíces de olivar.

		

		Ayer me fui y ayer vine

		pero me vuelvo a marchar.
2.

Celindas

Entre 
		celindas estabas aquella tarde de estío.

		Por el cielo de tus ojos volaban los ruiseñores.

		Y era el amor en tu frente sereno como el rocío;

		y era la risa en tus labios como un manojo de flores.


		Concreta 
		como el guijarro te mirabas en el río

		y el agua te iba meciendo con sus brazos interiores.

		Era bello, incandescente y exacto tu cuerpo mío,

		tu cuerpo para ser ave y junco de mis amores.

		

		Entre celindas estabas, entre celindas vivías,

		entre celindas nevadas, con el perfume prudente

		de la celinda en la brisa rebelde de tu paisaje.

		

		Y entre celindas murieron mis cálidas fantasías,

		mis ilusiones de bronce, mi corazón exigente

		y el sobrio sabor robusto y firme de mi coraje.
3.

Cementerio de Narila

Sur les maisons des morts mon ombre passe

                                                                                                   
		Paul Valery

		

		Subimos la ladera

		ungidos por la calma del verano

		de aquella tarde. Era

		nuestra emoción paloma que en la mano

		su corazón golpea

		clamando libertad. Como una tea

		

		se puso el sol sonoro

		sobre las lontananzas doloridas

		por efluvios de oro.

		Y eran las amapolas como heridas

		abiertas a la brisa

		de breves labios o espiral sonrisa.

		

		Subimos lentamente,

		que la amistad no es nunca presurosa,

		y estrecha la serpiente

		del sendero buscaba, jubilosa,

		un olmo sosegado

		en donde platicar con más cuidado.

		

		Unidos por afanes

		tan elocuentes como la poesía.

		¡Oh locura! ¡Oh desmanes

		que ignora el vulgo con su idolatría

		al pérfido, ligero

		resplandor de la fama o el dinero!

		

		Silentes y gozosos.

		Ensimismados de estival paisaje

		libamos, generosos,

		cárdenos vinos, que cual fino encaje

		acariciaban labios

		para fluir dialécticos y sabios.

		

		¡Cuánta naturaleza!

		¡Cuánto gozo se esconde y cuánta pena

		bajo la cal aviesa,

		o enmohecida penumbra de alacena!

		Pueblo de los alcores;

		espigas blondas y sangrantes flores.

		

		Pueblo petrificado

		en el alto silencio de las horas.

		Indolente. Callado.

		Expuesto al vértigo de las auroras.

		¡Cuánta sabiduría

		hay en los ojos de fulgente umbría!

		

		Hombres como la tierra,

		nacidos desde el grito de la arcilla.

		Dólmenes de la sierra,

		de busto azul y apuesta maravilla.

		Manos para la espiga,

		para la piel, la piedra y la fatiga.

		

		Allá por las alturas

		Venus exhibe su blancor de gala

		y Apolo, sin premuras,

		en los rescoldos de la tarde exhala

		un amor verdadero

		hacia la estela del primer lucero.

		

		Cumplido el asueto,

		porque es virtud de la amistad templanza,

		dejamos con discreto

		afán las arduas calles, la esperanza

		tras florecidas rejas:

		cárcel de amor, remedo de las quejas.

		

		De nuevo en el camino,

		sierpe escondida que a la luz esquiva;

		promesa de un destino

		donde yace la duda. Fugitiva

		es la emoción del viento.

		Senderos de la muerte. Y el tormento.

		

		Pasadas la cancela

		y las primeras lápidas albinas,

		donde la luz flagela

		su tierna claridad por las esquinas

		marmóreas, me asemejo

		a este ciprés escueto, pulcro y viejo.

		

		Cesaron los coloquios,

		pues todo parecer es amargura.

		Íntimos soliloquios

		brotaban en la tarde pulcra y pura.

		Pequeño cementerio.

		Cumbre de soledad. Breve misterio

		

		que a sí mismo se sueña

		por los oscuros campos de la nada.

		Austeridad roqueña.

		Desolación. Vacío de alborada.

		Memoria del olvido.

		Ausencia de la luz y el sentido.

		

		Lápidas inclementes

		al llanto de los hombres. Altaneros

		valles de mármol. Fuentes

		que desbordan dolores o luceros.

		Heridas del amor.

		Roja, sobre la nieve, está la flor.

		

		Cipreses centenarios.

		Lechetreznas bravías. Jaramagos.

		Cruces y relicarios.

		Oscuros bronces de pasión. Halagos

		en breves epitafios

		altisonantes, trascendentes, zafios.

		

		Aquí todo es quietud.

		Nada altera el silencio. Piedra rasa.

		El tiempo en su prietud,

		o nueva dimensión por donde pasa

		la imagen de las horas

		fundidas al fulgor de las auroras.

		

		¡Qué serena fluidez!

		¡Qué dichosa amargura! Por la brisa

		brinca la ingravidez

		de los cuerpos ausentes, la sonrisa

		de sutiles quimeras.

		¡Gestos marfiles y oquedades hueras!

		

		Nacer o sucumbir

		o naufragar. El hombre y el vacío

		de su verdad. Fluir,

		en agresivas aguas, por el río

		que hacia la mar culmina.

		Vivir, soñar, morir. Mi alma se obstina

		

		en fijar el instante

		con solidez de piedra, la memoria

		con densidad brillante;

		y en un segundo resumir la historia.

		Del gesto su escultura

		y del amor cenizas. Sepultura

		

		que alberga unos huesos

		gravedad o terneza, confundidos

		con fresas o con besos

		en la celebración de los sentidos.

		El poder y el fracaso.

		La miseria y el miedo. Y el ocaso.

		

		La ambición y la ira.

		La profunda soberbia. La osadía.

		La virtud. La mentira.

		La vanidad. La apuesta rebeldía.

		Y la dúctil nevada

		de una caricia en piel enamorada.

		

		Todo yace en la sombra,

		pues todo fue festín de los gusanos:

		cuerpo gentil, alondra

		de las verdes riberas. Bruscas manos.

		Desvencijadas frentes.

		Frágiles ríos. Sólidos torrentes

		

		Hay cal en las paredes

		que hieren a los ojos con destellos

		bermejos. En sus redes

		devoran las arañas a los bellos

		insectos. Y la tarde

		roja de nimbros o guadañas arde.

		

		Arde la tarde y pasa

		dejando cicatrices y mejillas

		laceradas. ¡La casa

		de los muertos! Avenas amarillas

		en espigados haces.

		Y el vuelo de los pájaros fugaces.

		

		La hoguera de los montes

		se va difuminando. Los levantes

		se tornan horizontes

		argentinos y en pálidos instantes

		la noche ruiseñora

		vuelve a plañir su canto y da su hora.

		

		Sin pasos presurosos,

		con el ceño fruncido por la pena

		volvimos, cautelosos,

		a la ronda estival, tras esta escena

		de mármoles y cruces;

		de esbeltos pinos y fulgentes luces.

		

		De nuevo en la vereda,

		con el desvelo de la blanca luna

		estampada en la seda

		del crespón de la noche de aceituna,

		tornamos a la vida

		y al olor de la sombra florecida.

		

		Los astros surtidores.

		Los grillos crepitantes y sus claves.

		Los canes husmeadores.

		Las alimañas y nocturnas aves.

		Y los ocultos cauces

		de los prados de pámpanos y sauces.

		

		El pueblo parecía

		un grito de luciérnagas. La brisa

		acariciaba, hería.

		¡Cuánta emoción! ¡Enhiesta la sonrisa!

		Y fueron generosas

		las celindas, las dalias y las rosas.
4.

Despedida

Te vas y yo me quedo para siempre conmigo.

		Una quietud de árbol nace por mi cintura.

		Te vas como una sombra, reptando la llanura,

		herida por las uñas larguísimas del trigo.

		

		Amiga mía fuiste cuando yo fui tu amigo,

		guardamos equilibrio de pasión y ternura;

		pero el amor se añeja cuando el amor perdura:

		ni me arrastra tu marcha ni a quererme te obligo

		

		Te vas y yo me quedo como siempre, contento.

		La brisa da en mis ojos caricias y arañazos

		y poco a poco surge la redondez del llanto.

		

		Te vas y no me importa. Sí me importa. Lo siento.

		Se ha quedado vacío el hueco de mis brazos

		y un ruiseñor de piedra ha crecido en mi canto.

		

		De "Paisajes del amor y el desvelo" 1970
5.

Oda

a la circunferencia

		

		Se quebraron los bordes del polígono

		y se hicieron flexibles las aristas.

		La mañana es redonda y en sus curvas

		hay labios circulares y sonrisas.

		

		¡Oh, los giros del monte, los recodos

		de las aguas plurales, cristalinas!

		¡Oh, las aves que vuelan y consiguen

		amenizar silentes geometrías!

		

		¡Contornos de mujer. Pechos que buscan

		el hueco justo y frágil de la brisa!

		¡Caderas de metal, muslos guijarros,

		oscuros ojos y mejillas nítidas!

		

		Todo gira, se mece, se transforma,

		su vuelve luz en la fragancia tibia

		de la rosa de abril que se abre y vive,

		porque vivir es causa curvilínea.

		

		Como un coso de fiestas y clamores

		quedó en la luz la curva concebida:

		metamorfosis de la línea recta;

		principio y fin de cuerpos y de aristas.

		

		De "Odas numerales" 1972
6.

Oda al número cero

Redonda negación, la nada existe

		encerrada en tu círculo profundo

		y ruedas derrotado por el mundo

		que te dio la verdad que no quisiste.

		

		Como una luna llena es tu figura

		grabada en el papel a tinta y sueño.

		Dueño de ti te niegas a ser dueño

		de toda la extensión de la blancura.

		

		Tu corazón inmóvil y vacío

		ha perdido la sangre que no tuvo.

		Es inútil segar donde no hubo

		más que un cuerpo en el cuerpo sin baldío.

		

		Redonda negación, redonda esencia

		que no ha podido ser ni ha pretendido.

		Sólo la nada sueña no haber sido

		porque no ser es ser en tu existencia.


		De "Odas 
		numerales" 1972

Versos y pensamientos de Enrique Morón

4 citas
« Ayer me fui y ayer vine / pero me vuelvo a marchar. »
Enrique Morón · Canción
« Entre / celindas estabas aquella tarde de estío. »
Enrique Morón · Celindas
« Sur les maisons des morts mon ombre passe / Paul Valery »
Enrique Morón · Cementerio de Narila
« Te vas y yo me quedo para siempre conmigo. / Una quietud de árbol nace por mi cintura. »
Enrique Morón · Despedida
Biblioteca poética

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