Poesía Universal

Enrique Molina

Biografía y amplia selección de poemas de Enrique Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Enrique Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Enrique Molina

11 poemas seleccionados
1.

Adiós

Un día más, sólo un minuto más, para estar vivo
y despedirme de 
		cuanto amé.
Para decir adiós a las cosas que vi y toqué mientras 
		moría
desde el instante mismo en que nací.
Y vino el niño con el 
		premio que sacó en el colegio por su
sabiduría,
y el ala de la 
		gaviota golpeando en lo infinito con su vuelo,
vino la cabellera 
		derramada y el rostro de la misteriosa
mujer que estuvo a mi lado, en 
		el lecho, sin que yo lo supiera,
y el río con su lenta corriente 
		musculosa
a través de cada mueble, cada objeto y cada gesto
de 
		quien me ve parir, ¡oh Dios mío!

		
Un instante más aún en el suelo que pisé,
en el aire de mi 
		respiración
sofocada por el amor, en los vestigios de la pasión,

		con cuanto -mosca o sol- me deslumbró en este extraño
planeta, donde 
		perdure año tras año, presintiendo
este límite de espumas, este 
		revuelto torbellino
de la despedida, yo, que tanto fui deslumbrado

		por centelleante atracción de la tierra,
por cuanto fue caricia o 
		solamente un espejismo del mundo
es mi destino.

		
Así, pues, despidiéndome de los caballos, de la canoa,
los 
		pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame
una vez más mirar las 
		flores y la lluvia. Es éste
el trágico instante en que uno descubre

		el delirio misterioso de las cosas, sus raíces secretas,
el instante 
		supremo de decir adiós.
a cuanto se adoró en esta vida.
2.

Algãšn

Algún vestigio de tu paso

		
La dulzura de recordar el sol en la espiral del sueño
y el vano 
		poder de haber ido tan lejos.

		
Es tan extraño perdurar, oír aún
la grave letanía de los huesos y 
		el hechizo del mundo.

		
Déjame ver, déjame ver:
alguien me condujo hasta aquí y se 
		oculta,

		
cubierto de grandes praderas, de climas,
refugios baldíos, luces 
		que brillan

		
en el faro donde la tierra termina.
Salido de lugares inciertos, 
		de trópicos y lluvias,

		
voraz como fuego, intruso,
la huella de sus dientes y sus besos 
		en la manzana.

		
¿De quién es ese rostro desconocido entrevisto
donde se pierde? 
		Es incierto y ansioso

		
extraviado en la fábula oscura de mi vida.
Adiós, sombra mía.
3.

Alta marea

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue 
		como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea 
		maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los 
		arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
		
                 
		sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas

		sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro 
		relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
		
                
		de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la 
		deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la 
		memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
		
                
		con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o 
		tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un 
		espejo frenético por los rieles de
                la tormenta
el 
		hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca

		tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
		
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros

		cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada 
		noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía 
		sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las 
		habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los 
		desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a 
		punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el 
		tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

		
Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún 
		hierve la espuma de los
               días indefensos bajo el soplo 
		del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de 
		lentejuelas
               insaciables
esos labios besados en otro 
		país en otra raza en otro planeta en otro
               cielo en 
		otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la 
		borda con su peso de sal como un
               enorme galápago

		todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo

		               marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 

		               de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta

		éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
               
		desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay 
		piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos

		ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las

		               aguas y de los campos con las violencias de este planeta 

		               que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas 
		al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus 
		brazos
               
		como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en 
		la punta y el
               cabo de Manila fue recogido
todo 
		termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni 
		olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de 
		la bestia que
               acecha en el sol de su instinto
todo 
		vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
               
		a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa

		unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la 
		lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
		
               
		del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una 
		vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este 
		Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la 
		pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega 
		sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una 
		mujer que se han amado se separan.
4.

Amantes antípodas

Itinerarios

		
Tu cuerpo y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones
     
		de la costa
al sudor de tu cabellera quemada por las nubes
a los 
		instantes inolvidables
-tantas mutaciones de nómada y de 
		clandestinidad
tantos homenajes a una belleza salvaje
que exige el 
		desorden-
                               
		¡oh raza de labios de abandono
hechizada por la vehemencia!
y 
		nuestra fuerza de profundos besos y tormentas
para el infierno de los 
		amantes
hasta volver a su placer fantasma
a su ola de hierro de 
		ayer detrás del mundo!

		
Aquellos hoteles...
Todas las rampas de la vida cambiante
la 
		velocidad del amor el mágico filtro de la excomunión
la hambrienta 
		luz del desencuentro en nuestras venas de azote
cartas desamparadas 
		antiguas prosas de la noche de los abrazos
y el solitario frenesí de 
		las palmeras
                                
		cuando en la ausencia
creciendo hacia mi pecho el fondo de la tierra 
		me devuelve de golpe
                                
		todas nuestras caricias
el nudo furioso de la pasión en las negras 
		argollas del tiempo
aquellos moblajes de desvalijamiento y de lluvias

		luz de senos en el mar y sus gaviotas y músicas
sobre un altar de 
		desunión con grandes lunas fascinantes sin más
                                
		pradera que tus ojos
país incorruptible
país narcótico
con 
		risas del alcohol del viento
y tu pelo sobre mi cara
y las cálidas 
		bestias doradas por el trópico
y el jadeo abrasador de la ola que 
		vuelca en tu corazón su grito
                               
		de espasmo y de caída
y de nuevo esos lugares intactos para el sol

		y de nuevo esos cuerpos ilesos para el amor
en medio del perezoso 
		meteoro del día
levantando hacia el alma aquel esplendor
los 
		paroxismos el lecho de las dunas y de la corriente con sus besos
     
		en marcha
y las tareas de los amantes mientras la llamarada de la 
		muerte brillaba
     alrededor de sus cuerpos

		como un afrodisíaco
avivando el deseo
el hambre
¡aquella furia 
		de ayer detrás del mundo!
5.

Despedida

¡Adiós pájaro definitivo!
Continuarás tu vuelo en mi alma

		
sin entenderme, pero conmigo.
Es tan bello este día invernal,

		
hay tanta distancia en tus alas:
lo que vuela contigo es el 
		cielo.

		
¿Qué podría decir de mí?
¿Qué podría decir en sueños?

Casa 
		pintada de rojo, con un gato,
la ropa tendida en la azotea:

		
¿quién abrirá la puerta si desapareció
con sus flores, lámparas y 
		muebles,

		
los amigos que la frecuentaban,
conversaciones, una historia 
		melancólica

		
y un poco imprecisa. ¿Cuándo terminó?
¿Quién sabe nunca lo que ha 
		amado?

		
Hay como un resplandor en torno. ¡Adiós
pájaro más profundo que 
		el cielo!
6.

El lugar del principio

La casa está perdida en un jardín
o un jardín esconde en su garganta 
		el hogar que
vivimos,
lenguaje elemental,
                                       
		laberinto de piedra,
las ramas de los árboles que abrazan
a ese 
		mundo herido en el costado.
A veces el jardín respira y deja ver

		esas paredes que alguna vez fueron de luz.
A veces inventan un mundo 
		sin saber
que no se entra jamás,
que hay que permanecer afuera de 
		la Historia.

		
La casa está perdida en unos ojos que nunca más veré.
La casa 
		está perdida en esa misma casa.
La casa es una pérdida constante

		en cualquier jardín.

		
La casa es un jardín perdido
en el lugar de la memoria.
7.

El erotismo y las gaviotas

Ahora pido evidencias, certidumbres.

En mi extraño escenario, 
		pasiones y las aves remotas,
surgen paraderos, lugares troncos, 
		idilios,
el sol está partido en dos por la avidez,
mutaciones y la 
		pescadería donde la muerte brilla con escamas,
al borde de la ruta, 
		después de las represas salineras.
La mujer del azar se contempla en 
		su espejo,
con sensuales bucles, en el oscuro bosque de su amor,

		flexible y voraz, su cuerpo regido por la luna
se alzó sobre el 
		viento y el cielo,
lejano como estrellas, pero sólo después

		vacilaciones, dudas y reproches
para una triste crónica donde ríe la 
		mosca
en la edad triturada.
Reminiscentes caricias flotantes entre 
		adioses
hacen temblar las cosas con un ardor irónico.
                                                     
		¿Pero entonces
tampoco existió el fuego,
el mundo relatado por una 
		voz querida?
Parejos amantes, a ciegas en la ira y el esplendor del 
		tiempo,
el mozo del hotel recogió las maletas,
de ciudad en 
		ciudad, de idioma en idioma, en medio de rostros
          
		movedizos.
Al despertar aparecía el fantasma;
                                           
		sonriente,
con senos de una melosa consistencia, con dientes 
		brillantes,
insistente y perfumado en la cálida atmósfera,
se 
		tendía en la playa con languidez, hablaba de las pequeñas cosas
          
		del día,
volando en torno a mi alma con la luz de los mares,
(con 
		el sabor del whisky, hacia el cuerpo del hombre.
                                                          
		¿No hay un guijarro entonces,
una naranja, un puñado de arena
que 
		reclame la herencia sin destino del sueño y el olvido?

		
Has oído el exaltante chasquido del agua
como una boca que 
		rememora de muy lejos,
inmensidad y huesos lavados por el sol,

		brillando y ondulando y salpicando las rocas,
un solo instante, un 
		suspiro y las nubes vacías.

		
Y ahora, por Dios, nada de imprecisiones,
                                           
		el viento,
sobre la mesa revientan espumas, los muros no existen,
                                           
		el viento,
las gaviotas exhalan su graznido en el pálido extremo del 
		día,
ella se esfuma en la terraza con su copa y un lento cigarrillo 
		en los
     labios,
                                           
		el viento,
los rostros son ahora más tensos, desaparecen de golpe,

		nadie responde, hay un orden extraño, fuera de lugar,
                                           
		el viento,
la costa, la noche, zonas espléndidas y asesinas,
sólo 
		el viento, el viento con sus garras equívocas.
8.

Elegía

Esos cuerpos que alguna vez latieron en mis brazos

		cuando el sol era un lento reverbero en su piel,

		cuando sus cabelleras se volcaban como oleadas de fiebre y de nostalgia,

		ahora perduran sólo como una vibración

		o una angustia indeleble en el fondo del alma

		mientras va la gaviota por las playas.

		Relucen ya tan lejos llenos de tentaciones desesperadas,

		se irisan en la espuma del mar,

		llaman con el recuerdo de su piel y su aliento

		y vuelven a hechizarnos como lagos dormidos

		o tibias sombras prisioneras de la tierra.

		

		Fueron cuanto tuvimos de más ardiente y hondo

		-los dones más intensos de este mundo-,

		arrasaron al corazón con las más altas llamas

		hasta dejarnos en un ciego abandono

		a orillas de su huella de brasas invisibles.

		

		Cuerpos enamorados que una vez fueron míos,

		palpitando con sus tiernas reverberaciones,

		con la inolvidable tersura de sus espaldas

		y sus bocas ansiosas, sus muslos de esplendor y mediodía.

		

		Así abrieron de par en par el mundo,

		llamaron a la tormenta y al relámpago, se deslizaron

		por todos los rituales de la pasión,

		y fueron arrastrados por la vorágine de los días

		hasta perderse silenciosamente

		como todos los dones más altos de esta vida

		en el voraz horizonte donde nos extraviamos como niños errantes,

		como todas las dádivas para siempre fugaces

		que el azar y el destino nos dieron un instante.
9.

Joven

desierto

		

		Cuando llega la noche y solitario torno

		a mi grisáceo lecho, como a una madriguera

		donde, cual una amante fiel, la desesperanza contra mi pecho sube

		con guirnaldas de meses calcinados, 

		

		lloro, entre mi espléndida y vana anatomía,

		como una rama balanceada por un triste viento,

		apenas verdadera entre lujuria y olvido

		y la luz que desprenden los contornos del día,

		cuya fúlgida barca tanto ha costado despedir

		una vez más, una vez más, entre los hombres. 

		

		¡Oh, armonía, oh juventud necesaria para el aire!

		Solo, entre las sombras que se persiguen como pájaros,

		y el son distante del viento en los tejados.

		Ya el tiempo es evidente, y en él beben mis venas,

		con milenaria sed, a grandes sorbos, sin amparo.
10.

Las cosas y el delirio mientras corren los grandes días

Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo y secreto soplo,

		un ácido orgulloso y sombrío que llena las piedras de grandes
     
		agujeros,
y torna crueles las húmedas manzanas, los árboles que el 
		sol
     consagró;
las lluvias entretejidas a 
		los largos cabellos con salvajes perfumes
y su blanda y ondeante 
		música;
los ropajes y los vanos objetos; la tierna madera dolorosa en 
		los
     tensos violines
y honrada y sumisa en 
		la paciente mesa, en el infausto ataúd,
a cuyo alrededor los ángeles 
		impasibles y justos se reúnen a recoger
     su 
		parte de muerte;
las frutas de yeso y la íntima lámpara donde el 
		atardecer se condensa,
y los vestidos caen como un seco follaje a los 
		pies de la mujer
     desnudándose,
abriéndose 
		en quietos círculos en torno a sus tobillos como un
     
		espeso estanque
sobre el que la noche flamea y se ahonda, recogiendo 
		ese cuerpo
     melodioso,
arrastrando las 
		sombras tras los cristales y los sueños tras
     
		los semblantes dormidos;
en tanto, junto a la tibia habitación, el 
		desolado viento plañe
     bajo las hojas de la 
		hiedra.
¡Oh Tiempo! ¡Oh, enredadera pálida! ¡Oh, sagrada fatiga de 
		vivir...!
Oh, estéril lumbre que en mi carne luchas! Tus puras hebras 
		trepan
     por mis huesos,
envolviendo mis 
		vértebras tu espuma de suave ondular.
Y así, a través de los rostros 
		apacibles, del invariable giro del Verano,
a través de los muebles 
		inmóviles y mansos, de las canciones
     de 
		alegre esplendor,
todo habla al absorto e indefenso testigo, a las 
		postreras sombras
     trepadoras,
de su 
		incierta partida, de las manos transformándose en la gramilla
     
		estival.
Entonces mi corazón lleno de idolatría se despierta 
		temblando,
como el que sueña que la sombra entra en él y su adorable 
		carne
     se licúa
a un son lento y dulzón, 
		poblado de flotantes animales y neblinas,
y pasa la yema de sus dedos 
		por sus cejas, comprueba de nuevo
sus labios y mira una vez más sus 
		desiertas rodillas,
acariciando en torno sus riquezas, sin penetrar 
		su secreto,
mientras corren los grandes días sobre la tierra 
		inmutable.
11.

Las

nubes no retornan


		La memoria de la ola
flota dispersa en la costa baldía.
escucha 
		ahora, vagabundo acechante, entre el vino
                                                    
		descolorido y la noche.
¿Y quién puede dormir?
El zumbido no cesa 
		en el salón de las moscas.

		
La memoria de la ola,
la memoria del amor
te confiesa que 
		nunca te susurró al oído su verdad.
Sólo el rumor del puerto,
pies 
		que se alejan pisando sobre conchillas,
el lugar es oscuro
y 
		alguien me sopla su aliento en la cara
o sólo el rudo olor del mar.

		
El lugar ha desaparecido.
Nada más que esa gente alrededor de la 
		olla
donde algo se cocina lentamente.
Inútil que tiendas tu plano,

		los invitados esperan el momento del festín,
unas mujeres ponen la 
		mesa
en el fondo de la inundación,
otras ajustan la clavija en el 
		cráneo.

		
La memoria de la ola:
el blanco esqueleto del pez
junto a la 
		barca abandonada.

		
Lo que trae, lo que lleva,
lo que no llegó nunca.

De 
		"El ala de la gaviota"

Versos y pensamientos de Enrique Molina

4 citas
« Un día más, sólo un minuto más, para estar vivo / y despedirme de »
Enrique Molina · Adiós
« Algún vestigio de tu paso / La dulzura de recordar el sol en la espiral del sueño »
Enrique Molina · Algãšn
« Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan / se yergue »
Enrique Molina · Alta marea
« Itinerarios / Tu cuerpo y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones »
Enrique Molina · Amantes antípodas
Biblioteca poética

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