Biografía

Vida

Poemas de Emilio Prados (Málaga, 4 de marzo de 1899 - Ciudad de México, 24 de abril de 1962) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Emilio Prados

Generación del 27 (1899–1962)

Generación del 27 · Poeta del mar malagueño, misticismo interior, exilio y transparencia lírica

Lírica y Versos

Poemas de Emilio Prados

11 poemas seleccionados
1.

Alba rápida

¡Pronto, deprisa, mi reino,
que se me escapa, que huye,
que se 
		me va por las fuentes!

		
¡Qué luces, qué cuchilladas
sobre sus torres enciende!
Los 
		brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios 
		tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!
¡Pronto, que el reino 
		se escapa!
¡Qué se derrumban mis sienes!
¡Qué remolino en mis 
		ojos!
¡Qué galopar en mi frente!
¡Qué caballos de blancura
mi 
		sangre en el cielo vierte!
Ya van por el viento, suben,
saltan por 
		la luz, se pierden
sobre las aguas...
                     
		Ya vuelven
redondos, limpios, desnudos...
¡Qué primavera de nieve!

		
Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!,
¡que se me va!, ¡que se pierde

		su reino entre mis caballos!,
¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren!

		¡que lo hacen pedazos, vivo,
bajo sus cascos celestes !
¡Pronto, 
		que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes!
¡Ay, 
		limpias yeguas del aire!
¡Ay, banderas de mi frente!
¡Qué galopar 
		en mis ojos!
Ligero, el mundo amanece...
2.

Canción

No es lo que está roto, no, 
el agua que el vaso tiene: 
lo 
		que está roto es el vaso 
		
y, el agua, al suelo se vierte. 

No es lo que está roto, no 
		
la luz que sujeta al día: 
lo que está roto es el tiempo 
y en 
		la sombra se desliza. 
		

No es lo que está roto, no 
la sangre que te levanta: 
lo 
		que está roto es tu cuerpo 
		
y en el sueño te derramas. 

No es lo que está roto, no, 

		la caja del pensamiento: 
		
lo que está roto es la idea 
que la lleva a lo soberbio. 


		No es lo que está roto Dios, 
		
ni el campo que Él ha creado: 
lo que está roto es el hombre 

		que no ve a Dios en su campo.
3.

Canción para los ojos

Lo que yo quiero saber
es dónde estoy...
Dónde estuve,
sé 
		que nunca lo sabré.
Adónde voy ya lo sé...

		
Dónde estuve,
dónde voy,
dónde estoy
quiero saber,
pues 
		abierto sobre el aire,
muerto, no sabré que, soy vivo,
lo que 
		quise ser.

		
Hoy lo quisiera yo ver;
no mañana:
¡Hoy!
4.

Cantar

del dormido en la 
		yerba


		La 
		muerte está conmigo;
mas la muerte es jardín
cerrado, espacio, 
		coto,
silencio amurallado
por la piel de mi cuerpo
donde, 
		inmóvil -almendra
viva, virgen,-, mi luz
contempla y da la imagen

		redimida del fuego.

		
Si he de morir, ya es muerte:
la estrella, la avenida,
el 
		silencio, la noche,
el agua y el amor.

		
Lo dice así la fuente
y el suspiro.
                             
		También
mi sangre cuando besa.

Si he de morir: mis labios

		vencidos de misterio
ya nada buscan: cantan,
pues no ha de ser mi 
		olvido
la tierra ni el silencio...

		
Y el jazmín no pregunta
desmayado en la sombra :
-¿Adónde irá 
		el lucero
que mi nieve ha perdido?...

		
Si ha de morir: su aroma
es muerte; su flor muerte,
como la 
		tierra húmeda
del cerrado jardín
de mi alma, es carne
de la 
		muerte, también:
¡Luz! ¡Fúlgida memoria!
¡Eje de un universo

		nuevo, que va a nacer
sin niebla, al fin, de olvidos!

		
Lo dice así la fuente
y el suspiro.
                           
		También
mi sangre cuando besa.
5.

Cerré mi puerta al mundo...

Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño...
Me 
		quedé, interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.


		
		Lleno hasta el mismo borde de los ojos,
me iluminé por dentro.


		
		Trémulo, transparente,
me quedé sobre el viento,
igual que un vaso 
		limpio
de agua pura,
como un ángel de vidrio
en un espejo.
6.

Dormido en la yerba

Todos 
		vienen a darme consejo. 
		
Yo estoy dormido junto a un pozo. 
		

Todos se acercan y me dicen: 
-La vida se te va, 
y tú te 
		tiendes en la yerba,
		
bajo la luz más tenue del crepúsculo, 
atento solamente 
a 
		mirar cómo nace 
		
el temblor del lucero 
o el pequeño rumor 
del agua, entre los 
		árboles. 
		

Y tú te tiendes sobre la yerba: 
cuando ya tus cabellos 

		comienzan a sentir 
		
más cerca y fríos que nunca, 
la caricia y el beso 
de la mano 
		constante 
		
y sueño de la luna. 

Y tú te tiendes sobre la yerba: 

		cuando apenas si puedes 
		
sentir en tu costado 
el húmedo calor 
del grano que germina 
		
y el amargo crujir 
de la rosa muerta. 

Y tú te tiendes 
		sobre la yerba:
		
cuando apenas si el viento 
contiene su rigor, 
al mirar en 
		ruina 
		
los muros de tu espalda, 
y, el sol, ni se detiene 
a levantar 
		tu sangre del silencio.- 
		

Todos se acercan y me dicen: 
-Tú duermes en la tierra 
y 
		tu corazón sangra 
		
y sangra, gota a gota 
ya sin dolor, encima de tu sueño, 
como 
		en lo más oscuro del jardín, en la noche, 
		
ya sin olor, se muere la violeta.- 
Todos vienen a darme consejo. 
		
Yo estoy dormido junto a un pozo. 

Sólo, si algún amigo mío 
		
se acerca, y, sin pregunta 
me da un abrazo entre las sombras: 
		
lo llevo hasta asomarnos 
al borde, juntos, del abismo, 
y, en 
		sus profundas aguas, 
		
ver llorar a la luna y su reflejo, 
que más tarde ha de hundirse 
		
como piedra de oro, 
bajo el otoño frío de la muerte.
7.

El

cuerpo en el alba


		Ahora sí que ya 
		os miro
cielo, tierra, sol, piedra,
como si viera mi propia carne.

		
Ya sólo me faltábais en ella
para verme completo,
hombre 
		entero en el mundo
y padre sin semilla 
		
de la presencia hermosa del futuro.

Antes, el alma vi nacer
		
y acudí a salvarla, 
fiel tutor perseguido y doloroso,
pero 
		siempre seguro
de mi mano y su aviso.

		
Ayudé a la hermosura
y a su felicidad,
aunque nunca dudé que 
		traicionaba
al maestro, al discípulo,
más, si aquel daba forma 
		
en su libertad 
al pensamiento de lo bello.

Y así vistió 
		su ropa
mi hueso madurado,
tan lleno de dolor y de negrura 
		
como noche nublada 
sin perfume de flor,
sin lluvia y sin 
		silencio... 
		

Solo el cumplir mi paso,
aunque por suelo tan arisco,
me 
		daba luz y fuerza en el vivir. 
		

Mas hoy me abrís los brazos,
cielo, tierra, sol, piedra,

		igual que presentí de niño 
		
que iba a ser la verdad bajo lo eterno.

Hoy siento que mi 
		lengua
confunde su saliva 
		
con la gota más tierna del rocío
y prolonga sus tactos
fuera 
		de mí, en la yerba
o en la obscura raíz secreta y húmeda. 
		

Miro mi pensamiento 
llegarme lento como un agua,
no sé 
		desde qué lluvia o lago
o profundas arenas
de fuentes que palpitan

		bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte.

		
Hoy sí, mi piel existe,
mas no ya como límite 
que antes me 
		perseguía, 
		
sino también como vosotros mismos, 
cielo hermoso y azul,

		tierra tendida... 
		

Ya soy Todo: Unidad
de un cuerpo verdadero.
De ese cuerpo 
		que Dios llamo su cuerpo
y hoy empieza a asentirse
a, sin muerte 
		ni vida, como rosa en presencia constante 
		
De su verbo acabado y en olvido
De lo que antes pensó aun sin 
		llamarlo
Y temió ser: Demonio de la Nada.
8.

Junto

al arroyo

		
                                          
		Amanecer.
Caudal del sueño,
lluvia del estío:
¿adónde va
la 
		nube en que has nacido?

		
Eco del bosque,
corazón del viento:
¿dónde a voz
que te 
		dejó en el cielo?

		
Rumor el agua
entre los tallos débiles:
¿adónde va
el 
		frescor de tu corriente?

		
Cuerpo fugaz del hombre,
esbelto junco:
¿dónde olvidó tu 
		sombra
su desnudo?

		
Belleza, soledad.
contemplación callada:
¿dónde el aroma fiel

		de tu palabra?...

		
(La voz de Dios
resuena contra el tiempo...)
¿Dónde, el amor,

		oculta su misterio?
9.

La

ciudad

		
Las numerosas aguas que tu frente circundan
hoy solamente mojan 
		tu dolor y silencio;
ni un reflejo tan sólo la luz pone en tu orilla;

		ni una lágrima brota de tu oculta tristeza.

		
Ciudad, yo he conocido la lumbre de tus barrios,
el fuego 
		estremecido de tus amplios mercados,
el rumor de tus voces junto al 
		sabor del vino,
el cotidiano drama de tus plazas redondas.

		
Junto con la fatiga que rinde en el trabajo
y atiranta las horas 
		del sueño y de la angustia,
he pisado en tus calles la pasión de tu 
		aurora
y el amor ya despierto por conocer su dicha.

		
Ahora que estoy lejano, quisiera conocerte,
como dentro del árbol 
		ya conoce la savia
el fruto porque enciende la flor de su destino:

		así quiere mi sangre conocer m victoria.

		
Cuando vine, dejando tan necesariamente
lo que nunca el olvido 
		turbará con su sombra:
mi casa destruida, mi pan abandonado
y el 
		ardor de la muerte ya abrasando tus venas,

		
¡ay! cómo recordaba los venturosos días
que aun cercanos me daban 
		la bondad de otra suerte :
la hermandad de tus hombres y el calor de 
		los campos
unidos ya en su vuelo con tus veloces máquinas.

		
La sombra de tus muelles abiertos a la luna
mostraban tus 
		naranjas ya al borde del viaje,
mano a mano del plomo, con el dorado 
		aceite,
el blanquísimo azúcar y la sal del pescado.

		
Tus más rápidos trenes, rodando por tus huertos,
te robaban las 
		frutas maduras de los árboles;
desterrados, al viento los humos 
		ascendían
de las triunfantes fábricas, a la luz, despeinados.

		
¡Qué batir en los élitros de tu vida profunda,
tu libertad, tan 
		fácil, ciudad, al fin te abría!
En las fugaces horas que mis ojos te 
		vieron,
aun dentro de la guerra, tu memoria cambiaba
y una nueva 
		sonrisa tus labios encendían
al ajustarse al tiempo por pronunciar tu 
		nombre.

		
Hoy yo sé que enmudeces sin tránsito perdida
bajo el dolor oscuro 
		de tu triste abandono.
Desiertos tus hogares, arrancadas sus puertas,

		al silencio te clavan con soledad de rumba.

		
Se aprietan en tus sienes tus altas chimeneas,
levantando su 
		olvido por coronar tu muerte.
Desuncido el caballo junto al carro 
		dormita.
Ni una voz se levanta, ni una brizna en el viento.

		
El motor ya no gira su fecundo engranaje
y la harina parada se 
		ennegrece en la piedra.
En los atardeceres, el farol sin oficio,

		paso a paso en la sombra busca refugio al tedio.

		
Ciudad, ¿qué mundo habitas? ¿En qué cielo padeces?
¿Sin pulsos y 
		sin pájaros de tu suerte te olvidas?
Mira: yo bien conozco las alas 
		del futuro
que sobre ti se cierne prometedor y hermoso,

		
No busques en tu espalda, que el haberle perdido
quizás más 
		fuertemente haga nacer tu gloria:
roja flor da el granado y al 
		perderse sus pétalos
crece el fruto jugoso que hace curvar la rama.

		
Pero acaso yo canto y en mi canto me olvido.
¿Sonámbula de 
		angustia ni aun el llanto te mueve?
No, que el tiempo ha pasado y al 
		pisar en tus ojos
levanta tu bandera rebelde de su entraña.

		
¡Gloria, gloria a ese fuego que en tu sangre se viste!
¡Ciudad, 
		ciudad, espera, que mi canto se nubla!
10.

Me

asomé, lejos, a un 
		abismo...

Me asomé, lejos, 
		a un abismo... 
		
(Sobre el espejo que perdí he nacido.) 

Clavé mis manos en 
		mis ojos... 
		
(Manando estoy en mí desde mi rostro.) 

Tiré mi cuerpo, 
		hueco, al aire... 
		
(Abren su voz los ojos de mi sangre.) 

Rodé en el llanto de 
		una herida... 
		
(Nazco en la misma luz que me ilumina.) 

Se coaguló mi llanto 
		en sombra... 
		
Carne es la luz y el nácar de mi boca.) 

Dentro de mí se 
		hundió mi lengua... 
		
(Siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.) 

Se pudrió 
		el tiempo en que habitaba... 
		
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.) 

Huyó mi cuerpo 
		por mi cuerpo... 
		
(Bebo en el agua limpia de mi espejo.) 

¡A mi existencia uno 
		mi vida! 
		
(Espejo sin cristal es mi alegría.)
11.

Uevo amor

Nuevo 
		amor


		Este cuerpo que 
		Dios pone en mis brazos
para enseñarme a andar por el olvido,
no 
		sé ni de quién es.
                               
      	
Al encontrarlo,
un ángel negro, una gigante sombra,
se me 
		acercó a los ojos, y entró en ellos
silencioso y tenaz igual que un 
		río.

		
Todo lo destruyó con su corriente.
Los íntimos lugares más 
		ocultos
visitó, alborotó; fue levantado,
violento, dulce, 
		atropellado y roto,
a otro mundo en los bordes de mi beso:
única 
		flor aún viva en el espacio,
que en más fecundo ardor cambió la 
		ausencia.
Luego en mi carne abrió sus amplias alas,
clavándome sus 
		plumas bajo el pecho
todo temblor y anuncio de otras dudas...

		
No sé qué vida, así, podrá encenderme
la entrada de este ángel.

		Soy un templo
arruinado, desde que vino a mí:
farol vacío;
como 
		puerta cerrada de lo eterno...

		
Y lo que fui no sé: quizás lo sepa,
cuando este cuerpo vuelva a 
		abandonarme
y yo vuelva a nacer desde mis labios
despegado al 
		calor que los concibe...

		
Mas hoy, por fin, he detenido al día
le he destrozado el corazón 
		al tiempo,
aunque dentro de mí como una daga,
siento al ángel 
		crecer, que me atormenta.

Versos y pensamientos de Emilio Prados

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Poemas de Emilio Prados
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Poemas de Emilio Prados
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Poemas de Emilio Prados
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Poemas de Emilio Prados
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Emilio Prados, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Emilio Prados:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: