« Entro en la soledad como en mi casa. Hablo con el silencio sin hablar. La luz se sienta en una piedra blanca a contemplar el mar. »
Emilio Prados
Generación del 27 (1899–1962)Generación del 27 · Poeta del mar malagueño, misticismo interior, exilio y transparencia lírica
Poemas de Emilio Prados
1.
Alba rápida
Alba rápida
¡Pronto, deprisa, mi reino,
que se me escapa, que huye,
que se
me va por las fuentes!
¡Qué luces, qué cuchilladas
sobre sus torres enciende!
Los
brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios
tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!
¡Pronto, que el reino
se escapa!
¡Qué se derrumban mis sienes!
¡Qué remolino en mis
ojos!
¡Qué galopar en mi frente!
¡Qué caballos de blancura
mi
sangre en el cielo vierte!
Ya van por el viento, suben,
saltan por
la luz, se pierden
sobre las aguas...
Ya vuelven
redondos, limpios, desnudos...
¡Qué primavera de nieve!
Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!,
¡que se me va!, ¡que se pierde
su reino entre mis caballos!,
¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren!
¡que lo hacen pedazos, vivo,
bajo sus cascos celestes !
¡Pronto,
que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes!
¡Ay,
limpias yeguas del aire!
¡Ay, banderas de mi frente!
¡Qué galopar
en mis ojos!
Ligero, el mundo amanece...
2.
Canción
Canción
No es lo que está roto, no, el agua que el vaso tiene: lo que está roto es el vaso y, el agua, al suelo se vierte. No es lo que está roto, no la luz que sujeta al día: lo que está roto es el tiempo y en la sombra se desliza. No es lo que está roto, no la sangre que te levanta: lo que está roto es tu cuerpo y en el sueño te derramas. No es lo que está roto, no, la caja del pensamiento: lo que está roto es la idea que la lleva a lo soberbio. No es lo que está roto Dios, ni el campo que Él ha creado: lo que está roto es el hombre que no ve a Dios en su campo.
3.
Canción para los ojos
Canción para los ojos
Lo que yo quiero saber es dónde estoy... Dónde estuve, sé que nunca lo sabré. Adónde voy ya lo sé... Dónde estuve, dónde voy, dónde estoy quiero saber, pues abierto sobre el aire, muerto, no sabré que, soy vivo, lo que quise ser. Hoy lo quisiera yo ver; no mañana: ¡Hoy!
4.
Cantar
Cantar
del dormido en la
yerba
La
muerte está conmigo;
mas la muerte es jardín
cerrado, espacio,
coto,
silencio amurallado
por la piel de mi cuerpo
donde,
inmóvil -almendra
viva, virgen,-, mi luz
contempla y da la imagen
redimida del fuego.
Si he de morir, ya es muerte:
la estrella, la avenida,
el
silencio, la noche,
el agua y el amor.
Lo dice así la fuente
y el suspiro.
También
mi sangre cuando besa.
Si he de morir: mis labios
vencidos de misterio
ya nada buscan: cantan,
pues no ha de ser mi
olvido
la tierra ni el silencio...
Y el jazmín no pregunta
desmayado en la sombra :
-¿Adónde irá
el lucero
que mi nieve ha perdido?...
Si ha de morir: su aroma
es muerte; su flor muerte,
como la
tierra húmeda
del cerrado jardín
de mi alma, es carne
de la
muerte, también:
¡Luz! ¡Fúlgida memoria!
¡Eje de un universo
nuevo, que va a nacer
sin niebla, al fin, de olvidos!
Lo dice así la fuente
y el suspiro.
También
mi sangre cuando besa.
5.
Cerré mi puerta al mundo...
Cerré mi puerta al mundo...
Cerré mi puerta al mundo; se me perdió la carne por el sueño... Me quedé, interno, mágico, invisible, desnudo como un ciego. Lleno hasta el mismo borde de los ojos, me iluminé por dentro. Trémulo, transparente, me quedé sobre el viento, igual que un vaso limpio de agua pura, como un ángel de vidrio en un espejo.
6.
Dormido en la yerba
Dormido en la yerba
Todos vienen a darme consejo. Yo estoy dormido junto a un pozo. Todos se acercan y me dicen: -La vida se te va, y tú te tiendes en la yerba, bajo la luz más tenue del crepúsculo, atento solamente a mirar cómo nace el temblor del lucero o el pequeño rumor del agua, entre los árboles. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando ya tus cabellos comienzan a sentir más cerca y fríos que nunca, la caricia y el beso de la mano constante y sueño de la luna. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando apenas si puedes sentir en tu costado el húmedo calor del grano que germina y el amargo crujir de la rosa muerta. Y tú te tiendes sobre la yerba: cuando apenas si el viento contiene su rigor, al mirar en ruina los muros de tu espalda, y, el sol, ni se detiene a levantar tu sangre del silencio.- Todos se acercan y me dicen: -Tú duermes en la tierra y tu corazón sangra y sangra, gota a gota ya sin dolor, encima de tu sueño, como en lo más oscuro del jardín, en la noche, ya sin olor, se muere la violeta.- Todos vienen a darme consejo. Yo estoy dormido junto a un pozo. Sólo, si algún amigo mío se acerca, y, sin pregunta me da un abrazo entre las sombras: lo llevo hasta asomarnos al borde, juntos, del abismo, y, en sus profundas aguas, ver llorar a la luna y su reflejo, que más tarde ha de hundirse como piedra de oro, bajo el otoño frío de la muerte.
7.
El
El
cuerpo en el alba Ahora sí que ya os miro cielo, tierra, sol, piedra, como si viera mi propia carne. Ya sólo me faltábais en ella para verme completo, hombre entero en el mundo y padre sin semilla de la presencia hermosa del futuro. Antes, el alma vi nacer y acudí a salvarla, fiel tutor perseguido y doloroso, pero siempre seguro de mi mano y su aviso. Ayudé a la hermosura y a su felicidad, aunque nunca dudé que traicionaba al maestro, al discípulo, más, si aquel daba forma en su libertad al pensamiento de lo bello. Y así vistió su ropa mi hueso madurado, tan lleno de dolor y de negrura como noche nublada sin perfume de flor, sin lluvia y sin silencio... Solo el cumplir mi paso, aunque por suelo tan arisco, me daba luz y fuerza en el vivir. Mas hoy me abrís los brazos, cielo, tierra, sol, piedra, igual que presentí de niño que iba a ser la verdad bajo lo eterno. Hoy siento que mi lengua confunde su saliva con la gota más tierna del rocío y prolonga sus tactos fuera de mí, en la yerba o en la obscura raíz secreta y húmeda. Miro mi pensamiento llegarme lento como un agua, no sé desde qué lluvia o lago o profundas arenas de fuentes que palpitan bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte. Hoy sí, mi piel existe, mas no ya como límite que antes me perseguía, sino también como vosotros mismos, cielo hermoso y azul, tierra tendida... Ya soy Todo: Unidad de un cuerpo verdadero. De ese cuerpo que Dios llamo su cuerpo y hoy empieza a asentirse a, sin muerte ni vida, como rosa en presencia constante De su verbo acabado y en olvido De lo que antes pensó aun sin llamarlo Y temió ser: Demonio de la Nada.
8.
Junto
Junto
al arroyo
Amanecer.
Caudal del sueño,
lluvia del estío:
¿adónde va
la
nube en que has nacido?
Eco del bosque,
corazón del viento:
¿dónde a voz
que te
dejó en el cielo?
Rumor el agua
entre los tallos débiles:
¿adónde va
el
frescor de tu corriente?
Cuerpo fugaz del hombre,
esbelto junco:
¿dónde olvidó tu
sombra
su desnudo?
Belleza, soledad.
contemplación callada:
¿dónde el aroma fiel
de tu palabra?...
(La voz de Dios
resuena contra el tiempo...)
¿Dónde, el amor,
oculta su misterio?
9.
La
La
ciudad Las numerosas aguas que tu frente circundan hoy solamente mojan tu dolor y silencio; ni un reflejo tan sólo la luz pone en tu orilla; ni una lágrima brota de tu oculta tristeza. Ciudad, yo he conocido la lumbre de tus barrios, el fuego estremecido de tus amplios mercados, el rumor de tus voces junto al sabor del vino, el cotidiano drama de tus plazas redondas. Junto con la fatiga que rinde en el trabajo y atiranta las horas del sueño y de la angustia, he pisado en tus calles la pasión de tu aurora y el amor ya despierto por conocer su dicha. Ahora que estoy lejano, quisiera conocerte, como dentro del árbol ya conoce la savia el fruto porque enciende la flor de su destino: así quiere mi sangre conocer m victoria. Cuando vine, dejando tan necesariamente lo que nunca el olvido turbará con su sombra: mi casa destruida, mi pan abandonado y el ardor de la muerte ya abrasando tus venas, ¡ay! cómo recordaba los venturosos días que aun cercanos me daban la bondad de otra suerte : la hermandad de tus hombres y el calor de los campos unidos ya en su vuelo con tus veloces máquinas. La sombra de tus muelles abiertos a la luna mostraban tus naranjas ya al borde del viaje, mano a mano del plomo, con el dorado aceite, el blanquísimo azúcar y la sal del pescado. Tus más rápidos trenes, rodando por tus huertos, te robaban las frutas maduras de los árboles; desterrados, al viento los humos ascendían de las triunfantes fábricas, a la luz, despeinados. ¡Qué batir en los élitros de tu vida profunda, tu libertad, tan fácil, ciudad, al fin te abría! En las fugaces horas que mis ojos te vieron, aun dentro de la guerra, tu memoria cambiaba y una nueva sonrisa tus labios encendían al ajustarse al tiempo por pronunciar tu nombre. Hoy yo sé que enmudeces sin tránsito perdida bajo el dolor oscuro de tu triste abandono. Desiertos tus hogares, arrancadas sus puertas, al silencio te clavan con soledad de rumba. Se aprietan en tus sienes tus altas chimeneas, levantando su olvido por coronar tu muerte. Desuncido el caballo junto al carro dormita. Ni una voz se levanta, ni una brizna en el viento. El motor ya no gira su fecundo engranaje y la harina parada se ennegrece en la piedra. En los atardeceres, el farol sin oficio, paso a paso en la sombra busca refugio al tedio. Ciudad, ¿qué mundo habitas? ¿En qué cielo padeces? ¿Sin pulsos y sin pájaros de tu suerte te olvidas? Mira: yo bien conozco las alas del futuro que sobre ti se cierne prometedor y hermoso, No busques en tu espalda, que el haberle perdido quizás más fuertemente haga nacer tu gloria: roja flor da el granado y al perderse sus pétalos crece el fruto jugoso que hace curvar la rama. Pero acaso yo canto y en mi canto me olvido. ¿Sonámbula de angustia ni aun el llanto te mueve? No, que el tiempo ha pasado y al pisar en tus ojos levanta tu bandera rebelde de su entraña. ¡Gloria, gloria a ese fuego que en tu sangre se viste! ¡Ciudad, ciudad, espera, que mi canto se nubla!
10.
Me
Me
asomé, lejos, a un abismo... Me asomé, lejos, a un abismo... (Sobre el espejo que perdí he nacido.) Clavé mis manos en mis ojos... (Manando estoy en mí desde mi rostro.) Tiré mi cuerpo, hueco, al aire... (Abren su voz los ojos de mi sangre.) Rodé en el llanto de una herida... (Nazco en la misma luz que me ilumina.) Se coaguló mi llanto en sombra... Carne es la luz y el nácar de mi boca.) Dentro de mí se hundió mi lengua... (Siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.) Se pudrió el tiempo en que habitaba... (Brota en mi espejo un cielo de dos caras.) Huyó mi cuerpo por mi cuerpo... (Bebo en el agua limpia de mi espejo.) ¡A mi existencia uno mi vida! (Espejo sin cristal es mi alegría.)
11.
Uevo
amor
Uevo amor
Nuevo
amor
Este cuerpo que
Dios pone en mis brazos
para enseñarme a andar por el olvido,
no
sé ni de quién es.
Al encontrarlo,
un ángel negro, una gigante sombra,
se me
acercó a los ojos, y entró en ellos
silencioso y tenaz igual que un
río.
Todo lo destruyó con su corriente.
Los íntimos lugares más
ocultos
visitó, alborotó; fue levantado,
violento, dulce,
atropellado y roto,
a otro mundo en los bordes de mi beso:
única
flor aún viva en el espacio,
que en más fecundo ardor cambió la
ausencia.
Luego en mi carne abrió sus amplias alas,
clavándome sus
plumas bajo el pecho
todo temblor y anuncio de otras dudas...
No sé qué vida, así, podrá encenderme
la entrada de este ángel.
Soy un templo
arruinado, desde que vino a mí:
farol vacío;
como
puerta cerrada de lo eterno...
Y lo que fui no sé: quizás lo sepa,
cuando este cuerpo vuelva a
abandonarme
y yo vuelva a nacer desde mis labios
despegado al
calor que los concibe...
Mas hoy, por fin, he detenido al día
le he destrozado el corazón
al tiempo,
aunque dentro de mí como una daga,
siento al ángel
crecer, que me atormenta.
Versos y pensamientos de Emilio Prados
Selección destacada« Bajo la tierra corre mi dolor como una vena ciega que no brota; no busca el resplandor de la amapola ni el labio de la flor. »
« El tiempo va desangrando en amor todo el corazón del sueño. »
« Jardín cerrado eres, mi hermana, esposa mía. »
« ...la vida me sigue pareciendo hermosa hasta en la muerte y el dolor y la pobreza (...) El misterio del agua me va llevando hacia él. ¡Pero no te quedes triste!. »
« Lo inmanente, trasciende en invertidocaminar, y cayendo se concibe. »
« No creo en la muerte y no la temo. »
« Soledad, noche tras noche te construyo. »
« Si el hombre debe callar,cállese y cumpla su sino,que lo que importa es andar.Andar es sembrar caminoy morir es despertar. »
« Toda el agua, desnuda,tendida sobre el tiempo,pierde pie en la memoriade la luz en el cielo. »
« Dejadme dormirSilencioDejad dormir abierto. »
« Por los negros cuadernosde la espalda del vientocruza el alma. »
« Quedó la luna enredadaen el olivarQuedó la luna olvidada. »
Poemas y obras destacadas
Antología de poemas inmortales
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Algunos libros de poesía de Emilio Prados:
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