Elizabeth Barret Browning

Selección antológica de la obra poética y versos inolvidables de Elizabeth Barret Browning.

Antología lírica (7 poemas seleccionados)

Aléjate de mí...

Aléjate de mí. Mas sé que, para siempre,
he de estar en tu sombra. Ya
nunca, solitaria,
irguiéndome en los mismos umbrales de mi vida

recóndita, podré gobernar los impulsos

de mi alma, ni alzar la mano como antaño,
al sol, serenamente,
sin que perciba en ella
lo que intenté hasta ahora apartar: el
contacto
de tu mano en la mía. Esta anchurosa tierra

con que quiso alejarnos el destino, en el mío
deja tu corazón,
con latir doble. En todo
lo que hiciere o soñare estás presente, como

en el vino el sabor de las uvas. Y cuando
por mí rezo al Señor,
en mis ruegos tu nombre
escucha y ve en mis ojos mezclarse nuestras
lágrimas.

Versión de Màrie Manent

Elizabeth Barret Browning

Almas de flores

Nos quedamos contigo, rezagadas,
las últimas de aquella muchedumbre,

como voz de quien canta
y sus propias canciones le enamoran.
Somos
perfume y alma
de la flor y el capullo.
Tus pensamientos nos
llevamos, cuando
nuestro aliento respiras,
hacia los amarantos de
esplendores,
que en las colinas arden,
hacia tiernas campanas de
los lirios
y grises heliotropos;
hacia llanos cubiertos de
amapolas, que guardan
tal aliento de sueño y tal sonrojo,
que, al
cruzarlas, los ángeles
habrán de parecerte más blancos todavía;

hacia el sesgo del río, de ajo silvestre orlado,
donde te solazaste
un día entero,
hasta que tu sonrisa trocábase en devota
y el rezo
florecía;
hacia la rosa oculta en el boscaje,
que vertía sus gotas
de rocío en tu sueño;
y hacia aquellos asfódelos floridos
donde tu
paso hundiste.
Tiramos de tu ropa
y tu pelo alisamos;

desfallecemos entre nuestras quejas
y sufrimos, perdidas por los
aires.

Versión de Màrie Manent

Elizabeth Barret Browning

Catalina a Camoens

Al morir mientras él se encuentra en el extranjero

y aludiendo a los versos en los que el poeta
se refería a su
dulce mirar.

No entrarás por esta puerta
que contemplo sin cesar.

¡Adiós! Se va la esperanza,
viene la muerte, no tú.
Ven, amor mío,

ven a cerrar
estos ojos que llamaste
los de más dulce mirar.

Cuando oía tu canción
en antiguas primaveras,
olvidando otros
elogios
sólo escuchaba los tuyos,
y repetía
el corazón:

Benditos sean mis ojos
si le parecen tan dulces.

Todo cambia y esta tarde
baña un sol frío la puerta.

¿Susurrarías ahora
igual que antes: Te amo mucho...
cuando la
muerte
nubla triunfal
los ojos que ayer llamaste
los de más
dulce mirar?

Si estuvieras a mi lado
junto a la cama en que muero,
aunque
antaño desdeñaste
su hermosura, sé que ahora
los llamarías

siendo veraz,
por el amor que hay en ellos,
los de más dulce
mirar.

Y si entonces los mirases
y ellos te viesen a ti,
todo su
brillo perdido
volverían a tener.
Por el amor
y de verdad

fueran belleza radiante
los de más dulce mirar.

Pero, ay, que sólo me ves
con ojos de enamorado
como una leve
sonrisa
soñando tras abanicos;
y así repites
sin saber más

en tus serenos ensueños:
los de más dulce mirar.

Mientras el alma se sale
de mi cuerpo lento y pálido,
siempre
ansioso por oír
estas palabras de amor,
¡oh, mi poeta,
ven a mí
ya!
Tardío amor, ven, son tuyos
los de más dulce mirar.

Poeta mío, profeta,
al alabar su dulzura,
¿es que no viste que
está
apagándose su luz?
¿Es que no viste
que ya jamás

devolvería la tumba
los de más dulce mirar?

Silencio. Sólo se escucha
el surtidor en el patio,
cae el agua
sobre el mármol
como cae el corazón
desde el suspiro
hasta la
muerte,
muerte que anuncia su triunfo
sobre los ojos más dulces.

¿Vendrás? Me siento muy sola,
todo es amargo a mi lado,
y tu
voz, amado mío,
no me despierta los párpados.
Ha muerto amor,

llorad, llorad,
junto al ciprés si es que fuisteis
los de más
dulce mirar.

Sonaba el ángelus, cerca
de aquel convento paseábamos
y los
coros atraían
los ángeles al coloquio.
Veía el cielo
el alma
audaz.
Sonreíste. ¿Es eso impuro,
los de más dulce mirar?

Al pasar en tu caballo
y ver tras la celosía
de aquel palacio
otro rostro
que no es el rostro de siempre,
¿en un murmullo

repetirás:
Desde aquí me contemplasteis,
los de más dulce mirar?

Cuando las damas en torno
de tu guitarra te digan:
Canta,
poeta, los versos
de la dama que murió,
¿entre las lágrimas,
no
fingirás
entonando la canción
de la del dulce mirar?

¡Oh, melodiosas palabras
muchas veces repetidas!
Entre todas
tus canciones
la mejor ésta será,
la escucha el alma
una vez
más
entre el ruido de este mundo...
Los de más dulce mirar.

El clérigo va a rezar,
el coro está de rodillas,
otras músicas
solemnes
el alma pronto oirá.
¡Oh, miserere,
oh, ten piedad!

Ya no será Catalina
la de más dulce mirar.

Guarda esta cinta que es mía
(me la quité del cabello),
y
cuando llores sobre ella
no te sentirás tan solo,
pues desde el
cielo
yo sin cesar
en ti posaré estos ojos,
los de más dulce
mirar.

Pero ahora, cuando aún
estoy aquí, brillan más;
tú, amor mío,
echa en olvido
todo lo que es mi pasado:
estas palabras

dedicarás
a otra más bella que yo:
la de más dulce mirar.

Pero, ¿qué hacéis, ojos míos?
Sois desleales si el llanto

dejáis caer por el bien
de su esperanza y su vida.
Sería indigno

para el mortal
que un llanto ruin enturbiara
los de más dulce
mirar.

Velaré por su futuro,
bendeciré su esplendor;
quiero que cante
a otros ojos
de mirar mucho más dulce.
Que los proteja
su ángel
guardián,
y que sean para él
los de más dulce mirar.

Versión de Carlos Pujol

Elizabeth Barret Browning

De

mi cabello nunca di un rizo a un hombre...

De mi cabello nunca di un rizo a ningún hombre,
amado mío, salvo
el que te ofrezco ahora
y, pensativamente, en toda su largura

sombría, voy ciñendo en torno de mis dedos.

Tómalo. Ya mis días de juventud pasaron;
ya al paso alborozado no
tiembla mi cabello,
ni prendo en él la rosa o los brotes del mirto,

como las chicas suelen: ya sólo puede, en pálidas

mejillas,
sombrear las huellas de mi llanto,
y se avezó a soltarse cuando a la
frente inclina
con su arte el dolor. Temí que las tijeras

fúnebres lo cortaran primero, y ha vencido
tu amor. Tómalo. Puro
como antaño, hallarás
el beso que, al morir, en él dejó mi madre.

Versión de Màrie Manent

Elizabeth Barret Browning

¿De qué modo te quiero?

¿De qué modo te quiero? Pues te quiero

hasta el abismo y la región más alta
a que puedo llegar cuando
persigo

los límites del Ser y el Ideal.

Te quiero en el vivir más
cotidiano,

con el sol y a la luz de una candela.
Con libertad, como se
aspira al Bien;

con la inocencia del que ansía gloria.

Te quiero con la
fiebre que antes puse

en mi dolor y con mi fe de niña,
con el amor que yo creí perder

al perder a mis santos... Con las lágrimas
y el sonreír de
mi vida... Y si Dios quiere,

te querré mucho más tras de la muerte.

Versión de Carlos
Pujol

Elizabeth Barret Browning

Dilo, dilo otra vez...

Dilo, dilo otra vez, y repite de nuevo
que me quieres, aunque esta
palabra repetida,
en tus labios, el canto del cuclillo recuerde.
Y
no olvides que nunca la fresca primavera

llegó al monte o al llano, al valle o a los bosques,
en su entero
verdor, sin la voz del cuclillo.
Me saluda en las sombras, amado mío,
incierta,
esa voz de un espíritu, y en mi duda angustiosa,

clamo: «¡Vuelve a decir que me quieres!» ¿Quién
teme un exceso de
estrellas, aunque los cielos colmen,
o un exceso de flores ciñendo
todo el año?

Di que me quieres, di que me quieres: renueva
el tañido de plata
; mas piensa, amado mío,
en quererme también con el alma, en
silencio.

Versión de Màrie Manent

Elizabeth Barret Browning

¿Es verdad que de estar muerta sintieras...

¿Es verdad que de estar muerta sintieras
menos vida en ti mismo
sin la mía?

¿Que no brillara el sol lo mismo que antes
sabiéndome en la
noche del sepulcro?

¡Qué estupor, amor mío, cuando vi
en tu carta todo eso! Yo
soy tuya...

Pero... ¿tanto te importo? ¿Cómo puedo
servirte vino con mi mano
trémula?

Renunciaré a los sueños de la muerte
volviendo a las
miserias del vivir.

¡Ámame, amor, tu soplo resucita!

Otras cambiaron por amor su
rango,

y yo por ti el sepulcro, la dulzura
celestial por la tierra aquí
contigo.

Versión de Carlos Pujol

Elizabeth Barret Browning

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