« Me asombran las hormigas que al ir vienen / tan seguras de sí que me »
Eliseo Diego · Asombro
Biografía y amplia selección de poemas de Eliseo Diego. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Eliseo Diego. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Me asombran las hormigas que al ir vienen tan seguras de sí que me dan miedo porque están donde van sin más preguntas y aunque asomos de vida son perfectas si minúsculas máquinas que saben el dónde y el adónde que les toca y a la muerte la ignoran como a nada si no fuese tan útil instrumento con que hacer de lo inerme nueva vida. Pero aunque agrande su minucia viva el azoro redondo en que las miro y me apena que no se sepan nunca tal como son en su afanarse oscuro ya tan inmemorial como la Tierra más me asombra mi pena y me convence de que saberse el ser bien que la vale aun cuando el precio sea tan alto como el enorme silencio de allá afuera.
Este silencio, blanco, ilimitado, este silencio del mar tranquilo, inmóvil, que de pronto rompen los leves caracoles por un impulso de la brisa, Se extiende acaso de la tarde a la noche, se remansa tal vez por la arenilla de fuego, la infinita playa desierta, de manera que no acaba, quizás, este silencio, nunca?
No solo el hoy fragante de tus ojos amo sino a la niña oculta que allá dentro mira la vastedad del mundo con redondo azoro, y amo a la extraña gris que me recuerda en un rincón del tiempo que el invierno ampara. La multitud de ti, la fuga de tus horas, amo tus mil imágenes en vuelo como un bando de pájaros salvajes. No solo tu domingo breve de delicias sino también un viernes trágico, quien sabe, y un sábado de triunfos y de glorias que no veré yo nunca, pero alabo. Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas, colman mi corazón, y en paz las amo.
La eternidad por fin comienza un lunes y el día siguiente apenas tiene nombre y el otro es el oscuro, al abolido. Y en él se apagan todos los murmullos y aquel rostro qua amábamos se esfuma y en vano es ya la espera, nadie viene. La eternidad ignora las costumbres, le da lo mismo rojo que azul tierno, se inclina al gris, al humo, a la ceniza. Nombre y fecha tú grabas en un mármol, los roza displicente con el hombro, ni un montoncillo de amargura deja. Y sin embargo, ves, me aferro al lunes y al día siguiente doy el nombre tuyo y con la punta del cigarro escribo en plena oscuridad: aquí he vivido.
1 Cómo llevar a las palabras la sensación, el roce de tu mano por vez primera entre la mía. Su forma frágil, delicada, su ser, su estar en mí, su suave entrega. "Esta es la mano, en fin, de tu muchacha", me dices no sé cómo, mientras siento "esta es la mano de la niña mía". Mayor delicia habrá, si tiempo y suerte quieren. Ninguna habrá tan absoluta y pura. 2 Reverente imagino tus muñecas en tus brazos menudos acunadas. Cómo se llaman, digo. Y me respondes en una voz que la distancia vela desde el hondo del patio. Deja. Mira, tú estás feliz, eres feliz, qué importa. Tú estás hecha de infancias, niña mía. tú eres toda de niños. Vida solo. 3 Ya te miro venir, ligera y leve, volando las escalas del teatro, la boina al sesgo de tu pelo lacio, radiante y feliz, hecha de aromas. Das a mi amigo un libro, me sonríes, después te vuelves y tu esbelta espalda escaleras abajo es una música y es una puertecilla hacia la dicha. 4 Quién sabe cómo fue ni cuándo y dónde me dijiste que sí, que me entregabas el huerto de ti misma, paraíso de magias y delicias y qué glorias. Y yo ciego de mí te acepto a ciegas del esplendor terrible de tu llama tan frágil y menuda entre mis brazos. Pues tú eres tú y eras la vida y todo cuanto va desde el júbilo a lo trágico, desde el alba a las fiestas de la tarde. 5 Y tus muñecas fueron al fin hijos, oh música del mundo, oh maravilla, mi cajita de asombros, mi señora! Y el dueño de tu huerto florecido, el taciturno, te volvió la espalda, te dejó a solas con tus juegos mágicos, los únicos que importan, y lloraste. ¿Cómo pude yo hacer que sollozaras? ¡La boina al sesgo del cabello pulcro, tú, la del rostro terso, radiante, quién pudo imaginarte entonces lágrimas! Y sin embargo fuimos los dos uno, no se puede ser más, y tú has llorado. 6 Todo es al fin no más un cuento mágico. Quién sabe cómo, todo cuento acaba. Yo di su vida a los muñecos tuyos como un brujo hechizado. Me embrujaste con solo ser tan niña a vida pura. Como a través de un vidrio estoy mirándote. Turbio vidrio mi asombro de saberte tal cual eres, mi niña desdichada. Me hechizaste, y en cambio te hice daño. Mas yo sólo te amé porque tú eras.
El General a veces nos decía extendiendo sus manos transparentes: «así fue que lo vimos aquel día en la tranquila lluvia indiferente sobre el negro caballo memorable». Suavizaba la sombra del alero su camisa de nieve irreprochable y el arco duro del perfil severo. Y mientras en el patio de azul fino cercana renacía la tristeza del platanal con sus nocturnos roces, más allá de las palmas y el camino, limpiamente ceñida su pobreza, pasaban en silencio nuestros dioses.
Un
pájaro en lo alto,
en lo más fino
del árbol alto,
un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano
como un soplo de luz,
está cantando
su propia levedad,
la
maravilla
de su increíble ser
su pura
vida
minúscula, perfecta, iluminada.
-¡Ahora nosotros somos buenos y ustedes malos! Y los niños, desde la cima blanca de la mañana, todos, buenos y malos, se hunden en el fuego purísimo -ya espléndidos -gritando.
« Me asombran las hormigas que al ir vienen / tan seguras de sí que me »
« Este silencio, / blanco, ilimitado, »
« No solo el hoy fragante de tus ojos amo / sino a la niña »
« La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: