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Elías Nandino · Amor sin muerte
Biografía y amplia selección de poemas de Elías Nandino. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Elías Nandino. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Quevedo
Amo y al amar yo siento
que existo, que tengo vida
y soy mi
fuga encendida
en constante nacimiento.
Amo y en cada momento
amar, es mi muerte urgida,
por un amor
sin medida
en incesante ardimiento.
Mas cuando amar ya no intente
porque mi cuerpo apagado
vuelva
a la tierra absorbente:
todo será devorado,
pero no el amor ardiente
de mi polvo
enamorado.
Atmósfera de ausencia Vivir la tempestad de los silencios de tu ausencia inmortal, palpar tu imagen cóncava, sitiando mi enardecida espera con el temblor constante de no ser y de ser al mismo tiempo. Delgada sepultura de zozobra que se ajusta a mi cuerpo como traje de pulso, piel a piel confundida; que camina conmigo a todas partes sin estorbar mis pasos, y forma con su tacto de vacío el idioma del roce que con mi muda soledad conversa. Transparencia desnuda de tu semblante en viento derramado, que con muros de aroma encarcela mi cuerpo y me obliga a vivir, hombro con hombro, del molde palpitante de tu ternura muerta, que de cerca me mira con sus ojos de helada lejanía... Latidos invisibles de tu fuga acosando mi angustia que, desolada, aspira el zumo virgen de un llegar a solas que toma forma, se define en brisa, me toca, me conmueve, me abandona, y no deja de estar, huyendo siempre, pero abrazado de mi pensamiento. En el vaso febril de mi delirio la vida exacta de tu ausencia cae como gota de luz que no se agota y, de tanto caer, forma una línea que hiere mi tiniebla y enciende la obsesión de sentir que respiro tu presencia. El aire te pronuncia con sílabas de asedio, y estoy seguro que a mi lado vive, incorpórea y precisa, la huella misteriosa de tu forma alumbrando la noche del profundo universo de mi sangre.
No sé cómo viniste hasta mis manos a llenar las tinieblas de mi lecho, y a juntar tus encantos con mi pecho realizando las horas que gozamos. Aventura perfecta que libamos en un secreto, bajo el mismo techo, hasta llegar al goce satisfecho y sin saber porqué nos encontramos. ¡Vibración de contacto sin historia; un recuerdo grabado en la memoria ignorando con quién fue compartido; porque llegaste al beso de la noche calmaste mi pasión con tu derroche y te fuiste dejándome dormido.
I Antes de haber nacido, cuando apenas en las galaxias era calofrío, o sed en rotación por el vacío, o sangre sin la cárcel de las venas; antes de ser en túnica de arenas un angustiado palpitar sombrío, antes, mucho antes que este cuerpo mío supiera de esperanzas y de penas: ya buscaba tu nombre, tu semblante, el disperso latir de tu vivencia, tu mirada en las nubes esparcida; porque, desde el asomo delirante de mis instintos ciegos, tu existencia era ya por mis ansias presentida. II ¿Cuántas transmutaciones has pasado? ¿cuántos siglos de luz, cuántos colores, nebulosas, crepúsculos y flores para llegar a ser, has transitado? ¿En qué constelaciones has brillado? ¿Después de cuántas muertes y dolores, de huracanes, relámpagos y albores la forma corporal has conquistado? No puedo concebir mi pensamiento esa edad atmosférica que hicimos en giratoria espera; mas yo siento que milenios de lumbres anduvimos esperanzados en el firmamento, hasta unir este amor con que existimos.
Al poeta José Emilio Pacheco Después de lo gozado y lo sufrido, después de lo ganado y lo perdido, siento que existo aún porque ya, casi a la orilla de mi vida, puedo recordar y gozar enloquecido: en lo que he sido, en lo que es ido...
Amorosamente mi soledad desnuda me cubre como sábana de tierna sombra tibia. Confundidos somos el orbe donde la palabra impronunciada construye el diálogo que el pensamiento escucha. Su compañía es el regazo de un amor a oscuras que, sobre mi piel esperanzada, inventa la resurrección de los recuerdos. Junto a sus ojos abro mi conciencia y leemos los biográficos pasos que caminan hacia atrás de nuestra historia: fuegos fatuos, diseños, rostros, ecos, en inquemante desfile momentáneo que brota de los olvidos insepultos. Estoy solo, con mi soledad a solas, amoldado a ella como el vino a los muros de la copa, y viviendo la íntima galaxia parpadeante, de una conversación en las tinieblas.
¡Qué puñalada le ha propinado el viento a la granada! 1928
Para el poeta Carlos Montemayor Cuento las horas: fuga indetenible, vendado navegar en mar sin agua: incesante caer de vida inerte en el hambre insaciable del vacío, Cuento las horas: gotas agotadas, creciente angustia en resignado avance que rueda en la cascada del olvido; rostros que emigran y no vuelven nunca. Ya se acerca el final. ¡Playa a la vista! La orden de bajar vibra en el aire. Debo llegar... Pero llegar ¿a dónde? y si llego sin mí... ¿para qué llego? Crece mi duda ante el dilema trágico en que debo sufrir el desenlace: de abandonar mi cuerpo a la deriva, o morirme con él, eternamente. Sin mi cuerpo no hubiera yo tenido el infierno carnal que me dio temple, por eso en él me quedo, hasta que juntos, al mismo tiempo nos volvamos tierra.
I Amor, amor traicionado por mí -que tanto te quiero- al imponerte el sendero en que has sido desdichado. Amor, por mí atormentado: ya no puedo remediar mi culpa y hacer llegar lo que tu anhelo esperaba. Amor, mi vida se acaba, ya no es tiempo de empezar. II Amor: avidez errante, torbellino incontenible, esencia de lo terrible en incendio alucinante. Con tu codicia incesante en mí vives arraigado y exiges que, enamorado me entregue cuando me doy. Amor: ¿no sabes que estoy sólo de ti enamorado? III Eres, amor: sed y anhelo, hambre, delirio, locura, azúcar de la amargura y amargura del desvelo. Eres infierno, eres cielo, la esperanza enardecida, el desangre sin herida, lo que nos forma y deshace. Eres la muerte que nace continuamente en la vida. IV Amor: has amado tanto y sin embargo te siento férvido, puro, sediento, sin decepción ni quebranto. No te mina el desencanto por lo que has sufrido ya, ni te importa si será mentira lo venidero: porque eres como el venero que existe por lo que da. V Amor, inaudita hoguera e la entraña del invierno de mi vida, atroz infierno: ¡cómo crecerte quisiera!, mas sin dicha y sin espera a mi muerte me adelanto y preso en el desencanto es mi corazón senil: hielo en martirio febril descongelándose en llanto.
I Corazón: no te atormentes porque traicionen tu amor, espera un tiempo mejor y jamás te desalientes. Soporta el dolor que sientes hasta que tu vida obtenga la rebelión que te abstenga de añorar lo que se fue, y a solas medita que no hay mal que por bien no venga . II Corazón: no estoy cansado de tanto querer amar y de amar para buscar el amor que no ha llegado. Sigue conmigo enraizado en un pacto que persista mientras la esperanza exista, que aunque Suframos engaños no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. III Corazón: ¡cómo has sufrido por mi culpa! , yo lo sé; pero no pierdas la fe ni ya te des por vencido. El amor que no ha venido pronto vendrá, ten confianza, y sin medir la tardanza que en mí tu vigor perdure: que mientras la vida dure lugar tiene la esperanza. IV Antes, al verte sufrir, corazón, yo no entendía, y aunque tus penas veía nunca las pude asumir. En cambio, hoy sé compartir el suplicio que te enciende, porque ya mi vida entiende que existen, en conclusión: razones del corazón que la razón no comprende.
Con los ojos altamente asomados a la noche contemplo las estrellas y, dentro de mí, en el río incansable de mi sangre, las siento y las descubro reflejadas, luminosas y hondas, como si mi entraña fuera el mismo cielo en donde están ardiendo.
El fuego quemo y consume. El hielo quemo y conservo. I Esta inquietud indomable de estar sin querer estar y al pisar otro lugar regresar inconsolable. Este anhelar incansable de partir para llegar sin nunca poder llenar mi soledad inmutable. Este meditar extremo que inquiere, desesperado, a lo invisible que temo. Y en mi fuego, congelado solo y a solas me queme en deshielo enamorado... II Esta esperanza encendida que me lanza a caminar en un constante buscar la emoción desconocida. Esta lucha sumergida de creer y de dudar y, a mi juventud perdida, sin que la pueda olvidar. Este pensar que no sabe nada de nada y que quiere que ya la vida se acabe, y la muerte que no hiere, y el alma que ya no cabe y en lenta asfixia se muere.
Era sed de muchos años retenida por mi cuerpo, palabras encadenadas que nunca pude decir sino en los labios del sueño. Era la tierra agrietada, reseca, sin una planta, que espera sentir la lluvia en un afán de caricia que le sacie la garganta. Era yo vuelto hacia ti que nunca te conocía, porque fuiste de mil modos en los sueños, en las horas y en los ojos de la vida. Eras todo lo que encierra una expresión de belleza: la rosa , el fruto, los ríos; el color de los paisajes y la savia de los pinos. Y de pronto, junto a mí, al alcance de mi mano, como manojo de trigo que pudiera retener sobre mi pecho guardado. ¡Todo tu cuerpo en mi cuerpo, por el sueño maniatados, y tan cerca de la muerte que la vida no sabía cómo volver a encontrarnos!
De desnuda donde está, brilla la estrella Rubén Darío Cuando en noches anuentes de intimidad celeste contemplo las estrellas desnudamente bellas: me invaden arrebatos de cósmica lujuria y sufro y desespero al no poder siquiera coger alguna de ellas.
Mi corazón se pierde en la nevada ascensión de tu cuerpo, sin consuelo, y enfrías la fuerza del anhelo en medio de tu carne congelada. Cada día te ofrezco una alborada de ilusión y de vida, todo un cielo palpitante de sol, que funda el hielo y transforme tu cuerpo en llamarada. Pero toda mi vida es poca vida para matar la muerte que se esconde y circula en tu sangre adormecida. Has desatado el nudo de tus brazos, tu voz a mi llamado no responde, y es sólo un eco el paso de tus pasos.
Estás en mí, como latido ardiente, en mis redes de nervios temblorosos, en mis vetas de instintos borrascosos, en los mares de insomnios de mi frente. Estás fuera de mí, como corriente de voces imprecisas, de sollozos, de filos de secretos tenebrosos. de roces de caricia inexistente. Me cubres y me encubres, sin dejarme un espacio de ser sin tu presencia un átomo sin linfa de tu aliento. Estás en mí, tocándote al tocarme, y palpita la llama de tu esencia hasta en la entraña de mi pensamiento.
En el fondo sabía que no se puede ir más allá
porque no lo hay.
Cortázar
De manera distinta
cada cual debe morir su
propia muerte
y afrontar el naufragio
en la perenne inmensidad del
polvo.
Nadie ha vuelto del seno de la muerte,
por esto
su misterio se
conserva intacto,
amenazante.
Sin saber si es amiga o enemiga,
ángel que nos transporte al otro
lado
para ganar la ubicuidad eterna,
o fuerza que nos retorne a la
materia:
todos vivimos la medrosa espera
resignados a la sorpresa
de su encuentro
y al suplicio mortal que nos imponga.
(Vivo pensando en el trágico momento
que me transforme en
ausencia sin regreso,
nombre sin rostro huyendo hacia el olvido,
absoluto silencio que se ahogue
en la ciega pupila del vacío,
o
sombra que se incolore en la distancia.)
(Me duele presentir y
también creer
que después de la muerte,
nadie podrá ir más allá
del polvo,
del polvo donde debe consumar su fin eterno.)
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