« Bien sabes / tú que hay alguien que se encarga »
Eladio Cabañero · Bien sabes tú que hay alguien que se
encarga...
Biografía y amplia selección de poemas de Eladio Cabañero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Eladio Cabañero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Bien sabes tú que hay alguien que se encarga de empozar ríos y amargar los mares, alguien que punza y mezcla en los cantares el brillo horrible, el ¡ay! de una descarga. Así nos van las cosas... A la larga el amor se retira a los lugares donde el tiempo a la nada erige altares y la vida a la tuera más amarga. Sólo los vencedores del olvido, los que no besan nunca, los que callan entre puertas del llanto y de la muerte ellos tan sólo aguantan encendido su corazón, mientras que a mí me estallan las venas en relámpagos, sin verte. Marisa Sabia y otros poemas, 1963
A ti, allá en nuestro pueblo Por el aire los pájaros tan sólo van, por el día las nubes siguen remando cielo, lentas, como brazos abriéndose, pero una carta vive en las cenizas y en el escombro liso de los ojos. Pienso en papeles blancos, dóciles, busco claras palabras que decirte en los oídos ahora que un viento breve se enredará en tus manos, manos que se reposan en las cosas que tocas como el golpe de la nieve, los manejables nombres: carta de amor, manzana, vaso de agua cerca de los labios, cosas que amas y bendices sus más felices formas allá lejos. Llega un cometa tuyo y familiar mientras escribo, reluce rápido, toca mis rodillas y tiemblo como un parque al cumplir un nuevo otoño. Mientras escribo ensancho la memoria, me voy allá hasta el pueblo por el campo con casas pequeñísimas y barbechos en fondo, con arados allá a vista de pájaro, -arados escribiendo a Dios derecho- me entro por las viñas vareadas, por patios blancos, limpios, cubiertos con la parra y las bardillas, entre mujeres, niños y gallinas, carreteras que están quietas y llegan, nubes que se despintan, sol que muere igual que las bombillas de los pobres. «Estoy aquí en Madrid con el otoño y hasta que estén los ciervos de regreso te espero; no me atrevo a abrir puertas, por si estás más hermosa temo verte. ¿Estás allí contándote milagros, creyendo ver o viendo a Dios de súbito? ¿Sigues rezando porque se estén las piedras quietas, por la metralla nula y los cohetes de las ferias pacíficas del pueblo, pidiendo pan, dando tu Padrenuestro a cada pobre que aprendió a ser ateo y pasar hambre? Tú estarás siempre por la luz del pueblo mirando hacia el destino alto del humo, al lento repetirse del aire en los tejados. Yo estoy aquí sin ruido y sin quejarme, sin este hermoso octubre en tus aceras ni el horizonte aquel o de un analfabeto; aquí estoy viendo el viento que arrastra los papeles humildes por las calles, a punto de estar solo para siempre.» Bendito sea el camino por donde van los pájaros tan sólo, alabada seas tú porque sabes vivir a pecho abierto, porque sabes estar con las espigas con lo difícil que es mirar el trigo. Alabada seas siempre, lucientemente hermosa, andando por tu casa de tareas cantando con las manos ocupadas, que bien estás soñándote primera predilecta de la Virgen, puesta en medio de muchos resplandores. Qué hueco más profundo es la esperanza, qué cubicado modo de quererte estar aquí pensando: «tengo que reunir unas palabras para escribir lo poco que le escribo». Termino ya, mi amiga, temo hablarte de tantas cosas tuyas; desde aquí siento cómo el cartero del silencio deja un ídolo humilde entre tus manos hecho de la madera de algún chopo. "Una señal de amor" 1958
(Tan conocida y tan extraña) Amanecí una vez cerca del río; venia un ciervo tuyo con la bella cabeza hecha un desorden, miré y colmabas los recipientes del sol. Espadas del otoño y el sereno limón de tu ventana, retaron mi corazón fiado en su ternura. Tapia que gana el empujón del viento, fui vencido. Quedé solo en la noche, quedé mirando el mar a tientas de mi alma. Apenas sé tu nombre, si estás lejos, apenas si te escribo, si te refiero y amo. Te quiero siempre esposa reducida para decir «mi compañera, con tus lastres más íntimos me hundes, la señal de la siembra hacen tus manos cuando toco tu cuerpo; frente a la vida estamos; difícil alpinismo es esta historia». Qué levantada gracia estar contigo, compañera, de ti depende que la luz sea clara. Por un subir de montes a diario voy ajeno a los romeros para verte. Bien sé lo que te quiero: ciego condecorado en los dos ojos, más humano que un pájaro con frío, a la vida me eché para quererte, a la vida me eché como quien roba oro para la imagen más querida. Hay que tener más rabia que un bandido, más horror que un suicida y más furia que el mar, ser más frío y más pacífico que el hielo para tenerte cerca y no apurarte como un sorbo de agua. Se conmemora en piedras el olvido, es demasiado el tiempo para el que ama. Cuando un amante se retira o muere y alguien quema unas cartas que se pusieron amarillas pronto, a la cuarta pregunta nos quedamos un poco más que polvo para el viento. A la desesperada luchan la muerte y los enfermos pobres. Aquí avizoro, el descampado aguanto como el frutal debajo del pedrisco: Tú allá cruzas el pueblo morena clara y rápida, dejándote vivir y siendo hermosa para que el agua de mi fiebre suba, para que se me aumente el corazón, quizá para que muera. (Una señal de amor, 1958.)
cielo aquel pintado con tizas de colores... El cielo aquel pintado con tizas de colores; el sol que se empozaba tantos jueves para los largos temporales "Cuando se empoza el sol en jueves, antes del domingo llueve..." Aquellas calles largas con carros y viñeros; el pregonero del Ayuntamiento y el tío del "rabiche"; el carro del "alhigue" cuando los carnavales; las barberías con aquellos frascos llenos de sanguijuelas coleantes; el miedo de las noches del invierno desiertas por el cierzo y los fantasmas; las uvas, las espigas, la Glorieta, la feria, el corralazo de los títeres... ¿Era aquél Tomelloso? ¿Era yo aquél, aquel de por entonces? No me recuerdo bien. No tengo pruebas. Era antes de la guerra. Mucha gente no viviría bien, seguro, pero el tiempo de los niños es hermoso, y aunque la vida va a su mejoría -según dicen- y hay tantos nuevos sueños: viajar a la luna y los planetas; inventar pan para que no haya pobres, nueva fe en nuevos pechos, aquel tiempo consuela a los que fuimos niñez y luego muerte en nuestra infancia. Antes que lo perdiéramos, aquel niño de todos y de nadie jugó por todo el pueblo, entre bidones y cubas y trujales, en las fábricas, en las destilerías de alcohol, donde el vino zurría y se quemaba, mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos montoneras de orujo, eras de lías. Y el campo, ¿cómo era antes de que aquel cielo, aquellos hombres, se fueran a la guerra para no volver nunca? Vendimiadores tiempos, una vez en las viñas, vendimiando, una noche -quiero acordarme, pero ha tanto tiempo- en la pequeña casa, acabada la cena, todos bien avenidos se embromaron, se tiznaron jugando al "San Alejo", con la sartén tocaron seguidillas y jotas a la luz de los candiles; y luego se acostaron en-parva por el suelo, que ya no se cabía sino en las alambores y en la cuadra. Eran caras alegres como nunca haya visto. Era antes de la guerra y yo tenía de cuatro a cinco años. Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes para irse de semana, de vendimia. El cielo no volvió ni fue ya claro. La gente se hizo dura, y a los niños dejaron de querernos. Y nosotros, mis primos, mis amigos, no volvimos tampoco de la guerra: de repente crecimos, fuimos otros, nos perdimos igual que se perdieron de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.
A Salvador Jiménez, con el ofrecimiento
de mi amistad y mi poesía...
(Puesto sobre la mesa el pan premia y bendice.)
Poned el
pan sobre la mesa,
contened el aliento y quedaos mirándolo.
Para
tocar el pan hay que apurar
nuestro poco de amor y de esperanza.
Mirad que el pan, entre el mantel,
más blanco que el mantel de
hilo blanquísimo,
tiene, como señales de su hornada,
el último
calor que no da el sol al trigo.
Mientras que nos invita,
mientras que da su premio conmoviendo
de dichosos temblores nuestras manos,
podemos merecer el pan de hoy.
Poned el pan sobre la mesa,
al lado de los vasos de agua
sensitiva,
por donde el sol se posa mansamente
cribando luminosos
los pequeños insectos
que encuentra en esa anchura que la da la
ventana.
Ved que el pan es muy amigo de los niños y de los pájaros,
con
sus blancas miguitas que se esparcen pequeñas,
en donde se atarean
los pobres gorriones
y las palomas zurean y aletean
en la
tranquilidad de las plazas y de las fuentes,
las mañanas limpias y
soleadas,
cuando están los relojes diligentes, atentos,
porque las
campanadas suenan muy dulcemente.
Ved que el pan es rugoso y recogido
y tiene los colores más
humildes,
y puede compararse a todas las virtudes
y hasta a los
cabellos blancos y piadosos de un anciano.
Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua...
en esos
momentos los que amamos pueden llegar,
pueden llegar empujando las
puertas y quedarse maravillados,
porque el pan es el mejor
recibimiento
cuando los que queremos llegan a nuestra casa.
Para pensar en
la mujer que amamos,
estando a solas reencendiendo su recuerdo,
el
pan purifica el sobresalto y el remordimiento,
y podemos pensar en
nuestros hijos
y elegirles los mejores, los más bellos juguetes,
y
el pedazo de pan con la sonrisa torpe
del padre que quiere besar y
abrazar mucho a su hijo
y no sabe de qué modo tocarlo.
Ay, también, los mendigos
con las manos extendidas a nuestra
caridad,
que es lo mejor de ellos y de nosotros.
Mujeres
que
tienen muchos pobres hijos pobres,
que los ojos les brillan mucho y
los pómulos les escuecen,
que los cabellos se les enredan de bajar y
subir hijos
del suelo.
Y porque los criminales y los renegados
aman el pan y a sus madres,
y porque los suicidas nunca cruzan los
trigos,
y porque casi nadie lo mira sin llorar
a la hora de tener
que confesar las culpas.
Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua;
ponedlo con
solemne esmero sobre la mesa
por ese sitio donde el sol dora el
mantel, hilo a hilo,
y decid a los vuestros que se sienten
a rezar
el Padrenuestro
de la comida en paz.
«Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.»
(«De una carta de mi padre».)
Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años...
Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento
extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.
A solas pienso: «esto tan ancho sé que no es el mundo,
ni esta
sed, este silencio;
la gran apuesta, la esperanza .
de la victoria
entre pared y pared tampoco».
A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es
la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no
puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que
importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni
que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa
tu tapabocas
roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella
carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A
todo esto...
«Hay que ser generosos,
los demás están solos, necesitan
que
alguien se ocupe de ellos
porque el amor más mínimo les falta;
amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que
siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora
que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y
aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces
vivíamos sin un luto.
Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre
atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando...
nos
iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su
pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.
No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,
viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he
vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte
que no estás sin amor .
No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de
tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,
sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y
que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para
siempre.
Cuando filmo en mi frente tu figura y reúno las tardes y tu cara en un fanal bellísimo, ya en sueños, como en un cine mágico con niños, todo forma un mural maravilloso: la belleza me da, de parte tuya, todos sus golpes en el corazón, y entonces me parece propiamente que amarte es convivir con una diosa. Cuando digo tu rostro sin un ruido en un mundo de amor. mundo del mundo, veo, Marisa, aquel racimo virgen -tus dos uvas solares- al apego de su viña, latiendo palpitante en mis manos que anidan la cosecha. Siento tus labios que fermentan cerca de los míos, tanteando entre las sombras de aquel tiempo invencible, escucho luego el dolorido corte, el ruido que hace el cuerpo de una diosa que se entrega. Ahora vivo contigo de memoria; proyecto tu recuerdo, cine dulce, que morirá conmigo, si es que mueren las imágenes puras en su reino. "Marisa sabia y otros poemas" 1963
« Bien sabes / tú que hay alguien que se encarga »
« A ti, allá en nuestro pueblo / Por el »
« (Tan conocida y tan extraña) / Amanecí una vez cerca del río; »
« El cielo aquel pintado con tizas de colores; / el sol que se empozaba »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: