Poesía Universal

Eladio Cabañero

Biografía y amplia selección de poemas de Eladio Cabañero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Eladio Cabañero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Eladio Cabañero

7 poemas seleccionados
1.

Bien sabes tú que hay alguien que se encarga...

Bien sabes 
		tú que hay alguien que se encarga
de empozar ríos y amargar los 
		mares,
alguien que punza y mezcla en los cantares
el brillo 
		horrible, el ¡ay! de una descarga.

		
Así nos van las cosas... A la larga
el amor se retira a los 
		lugares
donde el tiempo a la nada erige altares
y la vida a la 
		tuera más amarga.

		
Sólo los vencedores del olvido,
los que no besan nunca, los que 
		callan
entre puertas del llanto y de la muerte

		
ellos tan sólo aguantan encendido
su corazón, mientras que a mí 
		me estallan
las venas en relámpagos, sin verte.

		
Marisa Sabia y otros poemas, 1963
2.

Carta

A ti, allá en nuestro pueblo


		Por el 
		aire los pájaros tan sólo
van,
por el día las nubes siguen

		remando cielo, lentas, como brazos abriéndose,
pero una carta vive en 
		las cenizas
y en el escombro liso de los ojos.

		
Pienso en papeles blancos, dóciles,
busco claras palabras que 
		decirte
en los oídos
ahora que un viento breve se enredará en tus 
		manos,
manos que se reposan en las cosas
que tocas como el golpe 
		de la nieve,
los manejables nombres:
carta de amor, manzana,

		vaso de agua cerca de los labios, cosas
que amas y bendices
sus 
		más felices formas allá lejos.

		
Llega un cometa tuyo y familiar
mientras escribo,
reluce 
		rápido, toca mis rodillas
y tiemblo
como un parque al cumplir un 
		nuevo otoño.
Mientras escribo ensancho la memoria,
me voy allá 
		hasta el pueblo por el campo
con casas pequeñísimas y barbechos en 
		fondo,
con arados allá a vista de pájaro,
-arados escribiendo a 
		Dios derecho-
me entro por las viñas vareadas,
por patios blancos, 
		limpios,
cubiertos con la parra y las bardillas,
entre mujeres, 
		niños y gallinas,
carreteras que están quietas y llegan,
nubes que 
		se despintan, sol que muere
igual que las bombillas de los pobres.

		
«Estoy aquí en Madrid con el otoño
y hasta que estén los ciervos 
		de regreso
te espero;
no me atrevo a abrir puertas,
por si 
		estás más hermosa temo verte.
¿Estás allí contándote milagros,

		creyendo ver o viendo a Dios de súbito?
¿Sigues rezando
porque se 
		estén las piedras quietas,
por la metralla nula y los cohetes
de 
		las ferias pacíficas del pueblo,
pidiendo pan,
dando tu 
		Padrenuestro a cada pobre
que aprendió a ser ateo y pasar hambre?

		Tú estarás siempre por la luz del pueblo
mirando hacia el destino 
		alto del humo,
al lento repetirse del aire en los tejados.
Yo 
		estoy aquí sin ruido y sin quejarme,
sin este hermoso octubre en tus 
		aceras
ni el horizonte aquel o de un analfabeto;
aquí estoy

		viendo el viento que arrastra los papeles
humildes por las calles,

		a punto de estar solo para siempre.»

		
Bendito sea el camino
por donde van los pájaros tan sólo,

		alabada seas tú
porque sabes vivir a pecho abierto,
porque sabes 
		estar con las espigas
con lo difícil que es mirar el trigo.

		Alabada seas siempre,
lucientemente hermosa,
andando por tu casa 
		de tareas
cantando con las manos ocupadas,
que bien estás 
		soñándote
primera predilecta de la Virgen,
puesta en medio de 
		muchos resplandores.

		
Qué hueco más profundo es la esperanza,
qué cubicado modo de 
		quererte
estar aquí pensando:
«tengo que reunir unas palabras

		para escribir lo poco que le escribo».
Termino ya, mi amiga, temo 
		hablarte
de tantas cosas tuyas;
desde aquí
siento cómo el 
		cartero del silencio
deja un ídolo humilde entre tus manos
hecho 
		de la madera de algún chopo.

		
"Una señal de amor" 1958
3.

Compañera

(Tan conocida y tan extraña)

Amanecí una vez cerca del río;

		venia un ciervo tuyo
con la bella cabeza hecha un desorden,
miré y 
		colmabas
los recipientes del sol.
Espadas del otoño
y el sereno 
		limón de tu ventana,
retaron mi corazón fiado en su ternura.
Tapia 
		que gana el empujón del viento,
fui vencido. Quedé solo en la noche,

		quedé mirando el mar a tientas
de mi alma.

		
Apenas sé tu nombre, si estás lejos,
apenas si te escribo, si te 
		refiero
y amo.
Te quiero siempre esposa reducida
para decir «mi 
		compañera,
con tus lastres más íntimos me hundes,
la señal de la 
		siembra hacen tus manos
cuando toco tu cuerpo;
frente a la vida 
		estamos;
difícil alpinismo es esta historia».

		
Qué levantada gracia estar contigo,
compañera, 
de ti depende 
		que la luz sea clara.
Por un subir de montes a diario
voy
ajeno 
		a los romeros para verte.
Bien sé lo que te quiero:
ciego 
		condecorado en los dos ojos,
más humano que un pájaro con frío,
a 
		la vida me eché para quererte,
a la vida me eché como quien roba

		oro para la imagen más querida.
Hay que tener más rabia que un 
		bandido,
más horror que un suicida
y más furia que el mar,
ser 
		
más frío y más pacífico que el hielo
para tenerte cerca y no 
		apurarte
como un sorbo de agua.
Se conmemora en piedras el olvido,

		es demasiado el tiempo para el que ama.
Cuando un amante se retira o 
		muere
y alguien quema unas cartas
que se pusieron amarillas 
		pronto,
a la cuarta pregunta nos quedamos
un poco más que polvo 
		para el viento.

		
A la desesperada
luchan la muerte y los enfermos pobres.
Aquí 
		avizoro,
el descampado aguanto
como el frutal debajo del pedrisco:

		Tú allá cruzas el pueblo
morena clara y rápida,
dejándote vivir y 
		siendo hermosa
para que el agua de mi fiebre suba,
para que se me 
		aumente el corazón,
quizá para que muera.

		
(Una señal de amor, 1958.)
4.

El

cielo 
		aquel pintado con tizas de colores...


		El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba 
		tantos jueves
para los largos temporales
"Cuando se empoza el sol 
		en jueves,
antes del domingo llueve..."
Aquellas calles largas con 
		carros y viñeros;
el pregonero del Ayuntamiento
y el tío del 
		"rabiche"; el carro
		
del "alhigue" cuando los carnavales;
las barberías con aquellos 
		frascos
llenos de sanguijuelas coleantes;
el miedo de las noches 
		del invierno
desiertas por el cierzo y los fantasmas;
las uvas, 
		las espigas, la Glorieta,
la feria, el corralazo de los títeres...

		¿Era aquél Tomelloso?
¿Era yo aquél, aquel de por entonces?
No me 
		recuerdo bien. No tengo pruebas.
Era antes de la guerra. Mucha gente

		no viviría bien, seguro, pero
el tiempo de los niños es hermoso,
y 
		aunque la vida va a su mejoría
-según dicen- y hay tantos nuevos 
		sueños:
viajar a la luna y los planetas;
inventar pan para que no 
		haya pobres,
nueva fe en nuevos pechos,
aquel tiempo consuela a 
		los que fuimos
niñez y luego muerte en nuestra infancia.
Antes que 
		lo perdiéramos,
aquel niño de todos y de nadie
jugó por todo el 
		pueblo, entre bidones
y cubas y trujales, en las fábricas,
en las 
		destilerías de alcohol,
donde el vino zurría y se quemaba,

		mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos
montoneras de orujo, eras de 
		lías.

		
Y el campo, ¿cómo era
antes de que aquel cielo, aquellos hombres,

		se fueran a la guerra para no volver nunca?
Vendimiadores tiempos,

		una vez en las viñas, vendimiando, una noche
-quiero acordarme, pero 
		ha tanto tiempo-
en la pequeña casa, acabada la cena, 
		
todos bien avenidos se embromaron,
se tiznaron jugando al "San 
		Alejo",
con la sartén tocaron seguidillas
y jotas a la luz de los 
		candiles;
y luego se acostaron en-parva por el suelo,
que ya no se 
		cabía
sino en las alambores y en la cuadra.
Eran caras alegres 
		como nunca haya visto.
Era antes de la guerra y yo tenía
de cuatro 
		a cinco años.
Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes

		para irse de semana, de vendimia.
El cielo no volvió ni fue ya claro.

		La gente se hizo dura,
y a los niños dejaron de querernos.
Y 
		nosotros, mis primos, mis amigos,
no volvimos tampoco de la guerra:

		de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se 
		perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.
5.

El pan

A Salvador Jiménez, con el ofrecimiento
                                                                    
		de mi amistad y mi poesía...

		
(Puesto sobre la mesa el pan premia y bendice.)

Poned el 
		pan sobre la mesa,
contened el aliento y quedaos mirándolo.
Para 
		tocar el pan hay que apurar
nuestro poco de amor y de esperanza.

		
Mirad que el pan, entre el mantel,
más blanco que el mantel de 
		hilo blanquísimo,
tiene, como señales de su hornada,
el último 
		calor que no da el sol al trigo.

		
Mientras que nos invita,
mientras que da su premio conmoviendo

		de dichosos temblores nuestras manos,
podemos merecer el pan de hoy.

		
Poned el pan sobre la mesa,
al lado de los vasos de agua 
		sensitiva,
por donde el sol se posa mansamente
cribando luminosos 
		los pequeños insectos
que encuentra en esa anchura que la da la 
		ventana.

		
Ved que el pan es muy amigo de los niños y de los pájaros,
con 
		sus blancas miguitas que se esparcen pequeñas,
en donde se atarean 
		los pobres gorriones
y las palomas zurean y aletean
en la 
		tranquilidad de las plazas y de las fuentes,
las mañanas limpias y 
		soleadas,
cuando están los relojes diligentes, atentos,
porque las 
		campanadas suenan muy dulcemente.

		
Ved que el pan es rugoso y recogido
y tiene los colores más 
		humildes,
y puede compararse a todas las virtudes
y hasta a los 
		cabellos blancos y piadosos de un anciano.

		
Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua...
en esos 
		momentos los que amamos pueden llegar,
pueden llegar empujando las 
		puertas y quedarse maravillados,
porque el pan es el mejor 
		recibimiento 
		
cuando los que queremos llegan a nuestra casa.

Para pensar en 
		la mujer que amamos,
estando a solas reencendiendo su recuerdo,
el 
		pan purifica el sobresalto y el remordimiento,
y podemos pensar en 
		nuestros hijos
y elegirles los mejores, los más bellos juguetes,
y 
		el pedazo de pan con la sonrisa torpe
del padre que quiere besar y 
		abrazar mucho a su hijo
y no sabe de qué modo tocarlo.

		
Ay, también, los mendigos
con las manos extendidas a nuestra 
		caridad,
que es lo mejor de ellos y de nosotros.
Mujeres
que 
		tienen muchos pobres hijos pobres,
que los ojos les brillan mucho y 
		los pómulos les escuecen,
que los cabellos se les enredan de bajar y 
		subir hijos
del suelo.
Y porque los criminales y los renegados

		aman el pan y a sus madres,
y porque los suicidas nunca cruzan los 
		trigos,
y porque casi nadie lo mira sin llorar
a la hora de tener 
		que confesar las culpas.

		
Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua;
ponedlo con 
		solemne esmero sobre la mesa
por ese sitio donde el sol dora el 
		mantel, hilo a hilo,
y decid a los vuestros que se sienten
a rezar 
		el Padrenuestro
de la comida en paz.
6.

La despedida

«Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.»
                                                        
		(«De una carta de mi padre».)

		
Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años... 
		Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento 
		extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.

		
A solas pienso: «esto tan ancho sé que no es el mundo,
ni esta 
		sed, este silencio;
la gran apuesta, la esperanza .
de la victoria  
		entre pared y pared tampoco».

		
A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es 
		la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no 
		puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que 
		importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni 
		que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa
tu tapabocas 
		roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella 
		carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A 
		todo esto...

		
«Hay que ser generosos,
los demás están solos, necesitan
que 
		alguien se ocupe de ellos
porque el amor más mínimo les falta;

		amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que 
		siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora 
		que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y 
		aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces

		vivíamos sin un luto.

		
Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre

		atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando...
nos 
		iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su 
		pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.

		
No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,

		viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he 
		vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte

		que no estás sin amor .

		
No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de 
		tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,

		sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y 
		que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para 
		siempre.
7.

La diosa

Cuando filmo en mi frente tu figura
y reúno las tardes y tu cara

		en un fanal bellísimo, ya en sueños,
como en un cine mágico con 
		niños,
todo forma un mural maravilloso:
la belleza me da, de parte 
		tuya,
todos sus golpes en el corazón,
y entonces me parece 
		propiamente
que amarte es convivir con una diosa.

		
Cuando digo tu rostro sin un ruido
en un mundo de amor. mundo del 
		mundo,
veo, Marisa, aquel racimo virgen
-tus dos uvas solares- al 
		apego
de su viña, latiendo palpitante
en mis manos que anidan la 
		cosecha.

		
Siento tus labios que fermentan cerca
de los míos, tanteando 
		entre las sombras
de aquel tiempo invencible, escucho luego
el 
		dolorido corte, el ruido que hace
el cuerpo de una diosa que se 
		entrega.

		
Ahora vivo contigo de memoria;
proyecto tu recuerdo, cine dulce,

		que morirá conmigo, si es que mueren
las imágenes puras en su reino.

		
"Marisa sabia y otros poemas"  1963

Versos y pensamientos de Eladio Cabañero

4 citas
« Bien sabes / tú que hay alguien que se encarga »
Eladio Cabañero · Bien sabes tú que hay alguien que se encarga...
« A ti, allá en nuestro pueblo / Por el »
Eladio Cabañero · Carta
« (Tan conocida y tan extraña) / Amanecí una vez cerca del río; »
Eladio Cabañero · Compañera
« El cielo aquel pintado con tizas de colores; / el sol que se empozaba »
Eladio Cabañero · El
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