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Efraín Huerta · Absoluto amor
Biografía y amplia selección de poemas de Efraín Huerta. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Efraín Huerta. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Como una limpia mañana de besos morenos cuando las plumas de la aurora comenzaron a marcar iniciales en el cielo. Como recta caída y amanecer perfecto. Amada inmensa como un violeta de cobalto puro y la palabra clara del deseo. Gota de anís en el crepúsculo te amo con aquella esperanza del suicida poeta que se meció en el mar con la más grande de las perezas románticas. Te miro así como mirarían las violetas una mañana ahogada en un rocío de recuerdos. Es la primera vez que un absoluto amor de oro hace rumbo en mis venas. Así lo creo te amo y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.
Para ella que me mira morir
El gran río penetró la roca
viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se hizo
ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre
a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de
su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de
martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno
de tu vientre
y de nuevo los dientes
ah malditos
ah maldita tú también
larga bestia ululante despierta
lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
¡Bríndamelo por fin
Aleluya Aleluya magnífico Grijalba
muerto de frío
de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
adelgázate hasta la soledad
de
los cocodrilos que agonizan
al pie de mi medio siglo
y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
marinera manía
de
pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y
volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé
cuando
dormida y abrumada purificada
putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas
apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y
pequeños poetas
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía
¿Peralvillo
Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio
por el nuevo paseo la Anti-Reforma)
Para Thelma Se mete piel adentro como paloma ciega, como ciega paloma cielo adentro. Mar adentro en la sangre, adentro de la piel. Perfumada marea, veneno y sangre. Aguja de cristal en la boca salada. Marea de piel y sangre, marea de sal. Vaso de amarga miel: sueño dorado, sueño adentro de la cegada piel. Entra a paso despacio, dormida danza; entra debajo un ala, danza despacio. Domina mi silencio la voz del alba. Domíname, doncella, con tu silencio. Tómame de la mano, llévame adentro de tu callada espuma, ola en la mano. Silencio adentro sueño con lentas pieles, con labios tan heridos como mi sueño. Voy vengo en la ola, coral y ola, canto canción de arena sobre la ola. Oh doncella de paz, estatua de mi piel, llévame de la mano hacia tu paz. Búscame piel adentro anidado en tu axila, búscame allí, amor adentro. Pues entras, fiel paloma, pisando plumas como desnuda nube, nube o paloma. Debo estar vivo, amor, para saberte toda, para beberte toda en un vaso de amor. Alerta estoy, doncella del alba; alerta al sonoro cristal de tu origen, doncella.
Ciudad que llevas dentro mi corazón, mi pena, la desgracia verdosa de los hombres del alba, mil voces descompuestas por el frío y el hambre. Ciudad que lloras, mía, maternal, dolorosa, bella como camelia y triste como lágrima, mírame con tus ojos de tezontle y granito, caminar por tus calles como sombra o neblina. Soy el llanto invisible de millares de hombres. Soy la ronca miseria, la gris melancolía, el fastidio hecho carne. Yo soy mi corazón desamparado y negro. Ciudad, invernadero, gruta despedazada. Bajo tu sombra, el viento del invierno es una lluvia triste, y los hombres, amor, son cuerpos gemidores, olas quebrándose a los pies de las mujeres en un largo momento de abandono -como nardos pudriéndose. Es la hora del sueño, de los labios resecos, de los cabellos lacios y el vivir sin remedio. Pero si el viento norte una mañana, una mañana larga, una selva, me entregara el corazón desecho del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad, el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso, de una tierra sin vida? Porque yo creo que el corazón del alba en un millón de flores, el correr de la sangre o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria. Los hombres que te odian no comprenden cómo eres pura, amplia, rojiza, cariñosa, ciudad mía; cómo te entregas, lenta, a los niños que ríen, a los hombres que aman claras hembras de sonrisa despierta y fresco pensamiento, a los pájaros que viven limpiamente en tus jardines como axilas, a los perros nocturnos cuyos ladridos son mares de fiebre, a los gatos, tigrillos por el día, serpientes en la noche, blandos peces al alba; cómo te das, mujer de mil abrazos, a nosotros, tus tímidos amantes: cuando te desnudamos, se diría que una cascada nace del silencio donde habitan la piel de los crepúsculos, las tibias lágrimas de los relojes, las monedas perdidas, los días menos pensados y las naranjas vírgenes. Cuando llegas, rezumando delicia, calles recién lavadas y edificios-cristales, pensamos en la recia tristeza del subsuelo, en lo que tienen de agonía los lagos y los ríos, en los campos enfermos de amapolas, en las montañas erizadas de espinas, en esas playas largas donde apenas la espuma es un pobre animal inofensivo, o en las costas de piedra tan cínicas y bravas como leonas; pensamos en el fondo del mar y en sus bosques de helechos, en la superficie del mar con barcos casi locos, en lo alto del mar con pájaros idiotas. Yo pienso en mi mujer: en su sonrisa cuando duerme y una luz misteriosa la protege, en sus ojos curiosos cuando el día es un mármol redondo. Pienso en ella, ciudad, y en el futuro nuestro: en el hijo, en la espiga, o menos, en el grano de trigo que será también tuyo, porque es de tu sangre, de tus rumores, de tu ancho corazón de piedra y aire, de nuestros fríos o tibios, o quemantes y helados pensamientos, humildades y orgullo, mi ciudad, Mi gran ciudad de México: el fondo de tu sexo es un criadero de claras fortalezas, tu invierno es un engaño de alfileres y leche, tus chimeneas enormes dedos llorando niebla, tus jardines axilas la única verdad, tus estaciones campos de toros acerados, tus calles cauces duros para pies varoniles, tus templos viejos frutos alimento de ancianas, tus horas como gritos de monstruos invisibles, ¡tus rincones con llanto son las marcas de odio y de saliva carcomiendo tu pecho de dulzura!
amor El amor viene lento como la tierra negra, como luz de doncella, como el aire del trigo. Se parece a la lluvia lavando viejos árboles, resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio, larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras, un chorro de granizo o fría seda educada. Es como el sol, el alba: una espiga muy grande. Yo camino en silencio por donde lloran piedras que quieren ser palomas, o estrellas, o canarios: voy entre campanas. Escucho los sollozos de los cuervos que mueren, de negros perros semejantes a tristes golondrinas. Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta, tu azul melancolía, tu garganta morena y esa voz de cuchillo que domina mis nervios. Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento, el olor de la niebla, el murmullo del tiempo. Enséñame tu forma de gran lirio salvaje: cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho, cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas y en tus largos cabellos las dolientes violetas. Yo camino buscando tu sonrisa de nube, tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre. Yo voy por el amor, por el heroico vino que revienta los labios. Vengo de la tristeza, de la agria cortesía que enmohece los ojos. Pero el amor es lento, pero el amor es muerte resignada y sombría: el amor es misterio, es una luna parda, larga noche sin crímenes, río de suicidas fríos y pensativos, fea y perfecta maldad hija de una Poesía que todavía rezuma lágrimas y bostezos, oraciones y agua, bendiciones y penas. Te busco por la lluvia creadora de violencias, por la lluvia sonora de laureles y sombras, amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada, finalmente destruida por un alba de odio.
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz, con inmóviles sombras en los brazos y tus genitales segundos de estatua. Así como eres todavía: copiándote a ti misma, cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida. Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado. Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor y fue a manchar la noche de violeta. El propio ruido de tus piernas habría despertado los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los jardines, las horas que nunca fueron más allá de donde hoy se desangran segundo por segundo, el silencio de muchas ventanas, antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos. De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura. Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto -porque el amor es un magnífico manzano con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia, con hojas que recuerdan gravemente el futuro y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad-, la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte ahí donde te guardas tan perfecta. Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia: te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea. Mi fatiga te gritaría un absoluto amor. Por el cristal de aumento de la luna la sonrisa de Dios estallaría.
Eres, amor, el brazo con heridas y la pisada en falso sobre un cielo. Eres el que se duerme, solitario, en el pequeño bosque de mi pecho. Eres, amor, la flor del falso nombre. Eres el viejo llanto y la tristeza, la soledad y el río de la virtud, el brutal aletazo del insomnio y el sacrificio de una noche ciega. Eres, amor, la flor del falso nombre. Eres un frágil nido, recinto de veneno, despiadada piedad, ángel caído, enlutado candor de adolescencia que hubiese transcurrido como un sueño. Eres, amor, la flor del falso nombre. Eres lo que me mata, lo que ahoga el pequeño ideal de ir viviendo. Eres desesperanza, triste estatua de polvo nada más, de envidia sorda. Eres, amor, la flor del falso nombre.
Si de un vuelo la esencia iluminase esta celda que a tientas desconozco, si de un frágil destello, de una brisa juvenil o poema, en breves pétalos, descendiese tu vida; si a mi vida una virtud le diera buena suerte, expresaría el poema, la bondad de tu sereno gesto al apoyarse tus alas, tu sonrisa y tu belleza en el clavel de fiebre de mi alma. Pues tu sonrisa leve manifiesta una resuelta forma de animar, de dar ágiles signos, no al sollozo en que todo se pierde, sino al beso de impecable factura, de dominio. Si la sonrisa es nido, el beso es sueño de virginal angustia y melodía. Si un día tus pies besé desesperado, fue tan solo por darme la delicia de alzar los ojos y mirar al cielo. Al cielo de tus ojos y tu frente, al inquietante cielo donde vuelos de pensamientos gimen, donde una y otra vez me dedico a descubrir la desolada nube de mi amor. Es mejor hablar claro y no decir que se siente la angustia por sistema. Es mejor que te diga: No me olvides, y si me olvidas dame, de tu boca la fría miseria del final, la muerte. Pero nada dirás, lo estoy sabiendo, cuando en dulces instantes como flores, vienes de nuevo a mí, y en tu sonrisa aprendo la lección definitiva: el alba temblorosa de tu boca.
Éste es un amor que tuvo su origen y en un principio no era sino un poco de miedo y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto. Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos, un amor que tiene a su voz como ángel y bandera, un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo, un amor que no tiene remedio, ni salvación ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía. Éste es un amor rodeado de jardines y de luces y de la nieve de una montaña de febrero y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe por qué llega el amor y luego las manos -esas terribles manos delgadas como el pensamiento- se entrelazan y un suave sudor de -otra vez- miedo, brilla como las perlas abandonadas y sigue brillando aún cuando el beso, los besos, los miles y millones de besos se parecen al fuego y se parecen a la derrota y al triunfo y a todo lo que parece poesía -y es poesía. Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes: vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos y a lo ancho de los países y las distancias eran como inmensos océanos y tan breves como una sonrisa sin luz y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia y me sumergía en sus ojos en llamas y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado y entonces me olvidaba de mi nombre y del maldito nombre de las cosas y de las flores y quería gritar y gritarle al oído que la amaba y que yo ya no tenía corazón para amarla sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano. Y yo veía que todo estaba en sus ojos -otra vez ese mar-, ese mal, esa peligrosa bondad, ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros, hasta el alma y hasta los mustios labios. Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos, ya lo saben las fotografías y las calles y ya lo saben las palabras -y las palabras y las calles y las fotografías ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma y no llorar de amor.
En el taller del alma
maduran los deseos,
crece, fresca y lozana, la ternura,
imitando tu sombra,
inventando tu ausencia
tan honda y sostenida.
Hoy te sueño,
amante:
estrella en alto, huella
de una violeta lenta.
Oscuramente bella la
soledad germina en torno de mi cuerpo.
Hoy te sueño, amante:
jugamos
a la brisa y al frío.
Tu nombre suena como tibia pureza inimitable.
Y del cielo a la tierra,
de aquella estrella en alto al dulce ruido de tu pecho,
bajan con
inefable rapidez
y como espuma roja
apresurados besos,
recios besos,
crueles
besos de hielo en mi memoria.
Un grito de agonía, una
blasfemia
vuelve grises tus senos,
y mi sueño,
y esa noble fragancia de tu
sexo.
¿Qué esperamos, hermana,
de esta reciente aurora
que nos fatiga tanto?
Mira la estrella,
es blanca, no es azul.
Mírala, y que tus ojos
perduren como rosas perfectas.
Opresora. Todo lo aprisionas con tu lengua y pasos de giganta, ¡oh! desconocida ¡oh! luminosa hija de Arpios hecha de jade y miel. Cárcel doy a tu pálida presencia, gacela ojos de tigre, cárcel me doy de amor, mordedura, paciente fuego, ala y marea, faro en la mar abierta. Desciendes y derribas la muralla del ansia. Das tregua a la cosecha secreta del alba, cuando los ojos cierra el puerto al verano y la espuma. Todo aprisionas con fría garra deleitosa y madura, opresora, dientes y lengua de giganta, dormido espectro, oleaje de apasionada mansedumbre muerto de miedo y libertad.
amante Y, desdichada, hallarte vibrante de violetas, celeste, submarina, subterránea, ahijada de las nubes, sobrina del oleaje, madre de minerales y vegetales de oro, universal, florida, jugosa como caña y ligera de brisas y cánticos de seda. Desdichada penumbra al encontrarte negándose tu cuerpo a mi deseo, dándose al día siguiente, circulando en el aire que respiro, diseñando mi vida, mi agonía y mi muerte sencilla, y mi futura muerte entre los muertos. Ah tu cordial miseria de caricias, el gesto amargo de tus manos y la rebelde fuga de tu piel, cómo me decepcionan, me castigan y ahogan, hembra de plata líquida, insobornable y mía. Y tu noche de gritos y gemidos, alimentando vida, creando luz, provocando sudor, melancolía, amor y más amor desfallecido, tumultos de palabras, mi desdichada niña, olvidándote, sí, casi perdiéndote en el ruido de torsos y sollozos. Pero siendo destino, siendo gloria tus cabellos castaños, tus miradas y tus feas rodillas de suave juventud.
Labios como el sabor del
viento en el invierno,
dientes jóvenes de luna consentida en la llama
del abrazo.
Se endurecía la noche en tu garganta.
Espacio duro de tus
senos. Amarilla y quemada,
la inesperada sombra de tus piernas en la alas
de los pájaros
cuando tus dedos en un juego de látigos
hendían prisas
de frío.
Que nos perdonen las sábanas lunares de los árboles
y el
sueño arrebatado a las estatuas,
y el agua estremecida con la caída
del deseo. Tenías los ojos limpios, Andrea.
La estrella de tu frente como
herida de vino,
enferma, detenida en mi boca.
Había un mundo de
silencio en tu cuerpo,
como si la muerte se hubiera mirado en un espejo
o varias rosas en agonía hubieran imaginado
un paraíso de nieve o de
cristales.
(Ahí perdura solamente lo
desconocido
que nuestros labios apagaron.
El recuerdo es materia de
belleza poseída y escrita
en páginas en las que un poco de amor pasó
rozando.
Como el recuerdo gritarían las cabelleras
mojadas en
acuarelas de angustia.
Así serían las voces de os aires helados
fundiéndose
en las aristas de una montaña de bronce.)
Te corría por la espalda
una gota de sangre
de mis venas. La noche, con la niebla
y el silencio
en medio de los senos, nos veía y
procuraba
cambiar su propia ruta.
Que nos perdonen las mismas
pinceladas de la aurora.
Exprimidas las horas como
cerezas en nuestros labios,
apenas un instante de tus hombros
se
deslizó en mi sueño.
Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este
pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo
en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no
es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y
misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y
melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.
Lo triste es este llanto,
amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el
umbral de
las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo
negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la
muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su
corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan
parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida
por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas
con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea
martirizada.
Ah la muchacha ebria, la
muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno
recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.
¡Por la muchacha ebria,
amigos míos!
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