Poesía Universal

Efraín Huerta

Biografía y amplia selección de poemas de Efraín Huerta. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Efraín Huerta. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Efraín Huerta

14 poemas seleccionados
1.

Absoluto amor

Como una limpia mañana de 
	besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar 
	iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.


	Amada inmensa 
como un 
	violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.


	Gota de anís en el 
	crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció 
	en el mar
con la más grande de las perezas románticas.


	Te miro así
como 
	mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos.


	Es la primera vez que un 
	absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas.


	Así lo creo te amo
y un 
	orgullo de plata me corre por el cuerpo.
2.

Aleluya cocodrilos sexuales aleluya

Para ella que me mira morir


	El gran río penetró la roca 
	viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se hizo 
	ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre

	a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de 
	su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
                     
	como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de 
	martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno 
	de tu vientre
y de nuevo los dientes
                                 
	ah malditos
ah maldita tú también
larga bestia ululante despierta 
	lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
                                    
	amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
                                  
	¡Bríndamelo por fin
Aleluya Aleluya magnífico Grijalba
muerto de frío 
	de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
adelgázate hasta la soledad
de 
	los cocodrilos que agonizan
al pie de mi medio siglo
                                   
	y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
marinera manía
de 
	pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
                                
	y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y 
	volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé 
	cuando
dormida y abrumada purificada
                                                     
	putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas 
	apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas

	grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y 
	pequeños poetas
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía
¿Peralvillo 
	Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio

	por el nuevo paseo la Anti-Reforma)
3.

Canción de la doncella del alba

Para Thelma 
	


	Se mete piel adentro

	como paloma ciega,
como ciega paloma
cielo adentro. 
	


	Mar adentro en la sangre,

	adentro de la piel.
Perfumada marea,
veneno y sangre. 
	


	Aguja de cristal
en la 
	boca salada.
Marea de piel y sangre,
marea de sal. 
	


	Vaso de amarga miel:

	sueño dorado,
sueño adentro
de la cegada piel. 
	


	Entra a paso despacio,

	dormida danza;
entra debajo un ala,
danza despacio. 
	


	Domina mi silencio
la 
	voz del alba.
Domíname, doncella,
con tu silencio. 
	


	Tómame de la mano,

	llévame adentro
de tu callada espuma,
ola en la mano. 
	


	Silencio adentro sueño

	con lentas pieles,
con labios tan heridos
como mi sueño. 
	


	Voy vengo en la ola,

	coral y ola,
canto canción de arena
sobre la ola. 
	


	Oh doncella de paz,

	estatua de mi piel,
llévame de la mano
hacia tu paz. 
	


	Búscame piel adentro

	anidado en tu axila,
búscame allí,
amor adentro. 
	


	Pues entras, fiel paloma,

	pisando plumas
como desnuda nube,
nube o paloma. 
	


	Debo estar vivo, amor,

	para saberte toda,
para beberte toda
en un vaso de amor. 
	


	Alerta estoy, doncella

	del alba; alerta
al sonoro cristal
de tu origen, doncella.
4.

Declaración de amor

Ciudad que llevas dentro

	mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,

	mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

	
Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia

	y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,

	caminar por tus calles
como sombra o neblina.

	
Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca 
	miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi 
	corazón desamparado y negro.

	
Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el 
	viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son 
	cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un 
	largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

	
Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y 
	el vivir sin remedio.

	
Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,

	me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,

	el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?

	Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el 
	correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

	
Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,

	rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que 
	ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y 
	fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus 
	jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares 
	de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,

	blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, 
	tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada 
	nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias 
	lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados

	y las naranjas vírgenes.

	
Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y 
	edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo 
	que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de 
	amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas

	donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas 
	de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del 
	mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con 
	barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

	
Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz 
	misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol 
	redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el 
	hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también 
	tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón 
	de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados 
	pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

	
Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de 
	claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,

	tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la 
	única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles 
	cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos

	alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,

	¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva

	carcomiendo tu pecho de dulzura!
5.

El

amor


	El amor viene lento como la 
	tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece 
	a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y 
	limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de 
	granizo o fría seda educada.

	
Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.

Yo camino en 
	silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,

	o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que 
	mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.

	
Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu 
	garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.

	Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el 
	murmullo del tiempo.

	
Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo 
	alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en 
	tus largos cabellos las dolientes violetas.

	
Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa 
	de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los 
	labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.

	
Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el 
	amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de 
	suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía

	que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y 
	penas.

	
Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora 
	de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,

	finalmente destruida por un alba de odio.
6.

Elegía

Ahora te soñé, así como 
	eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y 
	tus genitales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti 
	misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.


	Bien te sentí en mi sueño 
	como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y 
	fue a manchar la noche de violeta.


	El propio ruido de tus 
	piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces 
	olvidamos
en los huecos de los jardines,
las horas que nunca fueron 
	más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de 
	muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.


	De un seno tuyo al otro 
	sollozaba un poco de ternura.


	Anoche te soñé y no puedo 
	decirte mañana mi secreto
-porque el amor es un magnífico manzano
con 
	frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que 
	recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve 
	de santidad-,
la misma ruta de mis  dedos no podría encontrarte

	ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente 
	mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi 
	fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna

	la sonrisa de Dios estallaría.
7.

Eres, amor, el brazo con heridas...

Eres, amor, el brazo con 
	heridas
y la pisada en falso sobre un cielo.
Eres el que se duerme, 
	solitario,
en el pequeño bosque de mi pecho.
Eres, amor, la flor del 
	falso nombre.

	
Eres el viejo llanto y la tristeza,
la soledad y el río de la virtud,

	el brutal aletazo del insomnio
y el sacrificio de una noche ciega.

	Eres, amor, la flor del falso nombre.

	
Eres un frágil nido, recinto de veneno,
despiadada piedad, ángel 
	caído,
enlutado candor de adolescencia
que hubiese transcurrido como 
	un sueño.
Eres, amor, la flor del falso nombre.

	
Eres lo que me mata, lo que ahoga
el pequeño ideal de ir viviendo.

	Eres desesperanza, triste estatua
de polvo nada más, de envidia sorda.

	Eres, amor, la flor del falso nombre.
8.

Esa sonrisa

Si de un vuelo la esencia iluminase
esta celda que a tientas desconozco,

	si de un frágil destello, de una brisa
juvenil o poema, en breves 
	pétalos,
descendiese tu vida; si a mi vida

	
una virtud le diera buena suerte,
expresaría el poema, la bondad

	de tu sereno gesto al apoyarse
tus alas, tu sonrisa y tu belleza
en el 
	clavel de fiebre de mi alma.

	
Pues tu sonrisa leve manifiesta
una resuelta forma de animar,
de 
	dar ágiles signos, no al sollozo
en que todo se pierde, sino al beso

	de impecable factura, de dominio.

	
Si la sonrisa es nido, el beso es sueño
de virginal angustia y 
	melodía.
Si un día tus pies besé desesperado,
fue tan solo por darme 
	la delicia
de alzar los ojos y mirar al cielo.

	
Al cielo de tus ojos y tu frente,
al inquietante cielo donde vuelos

	de pensamientos gimen, donde una
y otra vez me dedico a descubrir
la 
	desolada nube de mi amor.

	
Es mejor hablar claro y no decir
que se siente la angustia por 
	sistema.
Es mejor que te diga: No me olvides,
y si me olvidas dame, de 
	tu boca
la fría miseria del final, la muerte.

	
Pero nada dirás, lo estoy sabiendo,
cuando en dulces instantes como 
	flores,
vienes de nuevo a mí, y en tu sonrisa
aprendo la lección 
	definitiva:
el alba temblorosa de tu boca.
9.

Éste es un amor que tuvo su origen...

Éste es un amor que tuvo su 
	origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura 
	que no quería nacer y hacerse fruto. 
	


	Un amor bien nacido de ese 
	mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un 
	amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene 
	remedio, ni salvación
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía. 
	


	Éste es un amor rodeado de 
	jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del 
	ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no 
	se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos

	-esas terribles manos delgadas como el pensamiento-
se entrelazan y un 
	suave sudor de -otra vez- miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y 
	sigue brillando aún cuando el beso, los besos,
los miles y millones de 
	besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a 
	todo lo que parece poesía -y es poesía. 
	


	Ésta es la historia de un 
	amor con oscuros y tiernos orígenes: 


	vino como unas alas de 
	paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los 
	ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos 
	océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me 
	tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus 
	ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

	y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y 
	de las flores
y quería gritar y gritarle al oído que la amaba
y que yo 
	ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño 
	del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

	Y yo veía que todo estaba en sus ojos -otra vez ese mar-,
ese mal, esa 
	peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y 
	que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el 
	alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el 
	espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles

	y ya lo saben las palabras -y las palabras y las calles y las fotografías

	ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos 
	toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.
10.

Estrella en alto

En el taller del alma 
	maduran los deseos,
      
crece, fresca y lozana, la ternura, 
imitando tu sombra, 

	inventando tu ausencia 
	
tan honda y sostenida. 


	Hoy te sueño, 
amante: 
	
estrella en alto, huella 
de una violeta lenta. 


	Oscuramente bella la 
	soledad germina en torno de mi cuerpo. 
Hoy te sueño, amante: 
jugamos 
	a la brisa y al frío. 
	
Tu nombre suena como tibia pureza inimitable. 


	Y del cielo a la tierra, 
	
de aquella estrella en alto al dulce ruido de tu pecho, 
bajan con 
	inefable rapidez 
	
y como espuma roja 
apresurados besos, 
recios besos, 
crueles 
	besos de hielo en mi memoria. 
	


	Un grito de agonía, una 
	blasfemia 
	
vuelve grises tus senos, 
y mi sueño, 
y esa noble fragancia de tu 
	sexo. 
	
¿Qué esperamos, hermana, 


	de esta reciente aurora 

	que nos fatiga tanto? 
	
Mira la estrella, 
es blanca, no es azul. 
Mírala, y que tus ojos 
	perduren como rosas perfectas.
11.

Estuario

Opresora. Todo lo 
	aprisionas
con tu lengua y pasos de giganta,
¡oh! desconocida ¡oh! 
	luminosa
hija de Arpios hecha de jade y miel.
Cárcel doy a tu pálida

	presencia, gacela ojos de tigre,
cárcel me doy de amor,
mordedura, 
	paciente fuego, ala
y marea, faro en la mar abierta.
Desciendes y 
	derribas
la muralla del ansia. Das tregua
a la cosecha secreta del 
	alba,
cuando los ojos cierra el puerto
al verano y la espuma.
Todo 
	aprisionas con fría garra
deleitosa y madura,
opresora, dientes y 
	lengua de giganta,
dormido espectro, oleaje
de apasionada mansedumbre

	muerto de miedo y libertad.
12.

La

amante


	Y, desdichada, hallarte 
	vibrante de violetas,
celeste, submarina, subterránea,
ahijada de las 
	nubes,
sobrina del oleaje,
madre de minerales
y vegetales de oro,

	universal, florida,
jugosa como caña
y ligera de brisas
y cánticos 
	de seda.


	Desdichada penumbra al 
	encontrarte
negándose tu cuerpo a mi deseo,
dándose al día siguiente,

	circulando en el aire que respiro,
diseñando mi vida,
mi agonía
y 
	mi muerte sencilla,
y mi futura muerte
entre los muertos.


	Ah tu cordial miseria de 
	caricias,
el gesto amargo de tus manos
y la rebelde fuga de tu piel,

	cómo me decepcionan,
me castigan y ahogan,
hembra de plata líquida,

	insobornable y mía.


	Y tu noche de gritos y 
	gemidos,
alimentando vida, creando luz,
provocando sudor, melancolía,

	amor y más amor desfallecido,
tumultos de palabras,
mi desdichada 
	niña,
olvidándote, sí, casi perdiéndote
en el ruido de torsos y 
	sollozos.


	Pero siendo destino, siendo 
	gloria
tus cabellos castaños, tus miradas
y tus feas rodillas de suave 
	juventud.
13.

La estrella

Labios como el sabor del 
	viento en el invierno,
dientes jóvenes de luna consentida en la llama
                                                   
	del abrazo.
Se endurecía la noche en tu garganta.
Espacio duro de tus 
	senos. Amarilla y quemada,
la inesperada sombra de tus piernas en la alas
                                              
	de los pájaros
cuando tus dedos en un juego de látigos
hendían prisas 
	de frío.
Que nos perdonen las sábanas lunares de los árboles
y el 
	sueño arrebatado a las estatuas,
y el agua estremecida con la caída

	del deseo. Tenías los ojos limpios, Andrea.
La estrella de tu frente como 
	herida de vino,
enferma, detenida en mi boca.
Había un mundo de 
	silencio en tu cuerpo,
como si la muerte se hubiera mirado en un espejo

	o varias rosas en agonía hubieran imaginado
un paraíso de nieve o de 
	cristales.


	(Ahí perdura solamente lo 
	desconocido
que nuestros labios apagaron.
El recuerdo es materia de 
	belleza poseída y escrita
en páginas en las que un poco de amor pasó 
	rozando.
Como el recuerdo gritarían las cabelleras
mojadas en 
	acuarelas de angustia.
Así serían las voces de os aires helados 
	fundiéndose
en las aristas de una montaña de bronce.)


	Te corría por la espalda 
	una gota de sangre
de mis venas. La noche, con la niebla
y el silencio 
	en medio de los senos, nos veía y 
	
                                                              
	procuraba
cambiar su propia ruta.
Que nos perdonen las mismas 
	pinceladas de la aurora.


	Exprimidas las horas como 
	cerezas en nuestros labios,
apenas un instante de tus hombros
se 
	deslizó en mi sueño.
14.

La muchacha ebria

Este lánguido caer en brazos de una desconocida, 
	
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres; 
este 
	pensarse árbol, botella o chorro de alcohol, 
	
huella de pie dormido, navaja verde o negra; 
este instante durísimo 
	en que una muchacha grita, 
	
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya. 
Todo esto no 
	es sino la noche, 
	
sino la noche grávida de sangre y leche, 
de niños que se asfixian, 
	
de mujeres carbonizadas 
y varones morenos de soledad 
y 
	misterioso, sofocante desgaste. 
	
Sino la noche de la muchacha ebria 
cuyos gritos de rabia y 
	melancolía 
	
me hirieron como el llanto purísimo, 
como las náuseas y el rencor, 
	
como el abandono y la voz de las mendigas. 


	Lo triste es este llanto, 
	amigos, hecho de vidrio molido 
y fúnebres gardenias despedazadas en el 
	umbral de 
                                                                       
	las cantinas, 
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo 
	
                                                                           
	negra barba 
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza: 
	
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas, 
de la 
	muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre, 
	
de la muchacha que una noche —y era una santa noche— 
me entregara su 
	corazón derretido, 
	
sus manos de agua caliente, césped, seda, 
sus pensamientos tan 
	parecidos a pájaros muertos, 
	
sus torpes arrebatos de ternura, 
su boca que sabía a taza mordida 
	por dientes de borrachos, 
	
su pecho suave como una mejilla con fiebre, 
y sus brazos y piernas 
	con tatuajes, 
	
y su naciente tuberculosis, 
y su dormido sexo de orquídea 
	martirizada. 
	


	Ah la muchacha ebria, la 
	muchacha del sonreír estúpido 
y la generosidad en la punta de los dedos, 

	la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre, 
	
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa. 
Este tierno 
	recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos, 
	
una fecha sangrienta y abatida. 


	¡Por la muchacha ebria, 
	amigos míos!

Versos y pensamientos de Efraín Huerta

4 citas
« Como una limpia mañana de / besos morenos »
Efraín Huerta · Absoluto amor
« Para ella que me mira morir / El gran río penetró la roca »
Efraín Huerta · Aleluya cocodrilos sexuales aleluya
« Para Thelma / Se mete piel adentro »
Efraín Huerta · Canción de la doncella del alba
« Ciudad que llevas dentro / mi corazón, mi pena, »
Efraín Huerta · Declaración de amor
Biblioteca poética

Libros de Efraín Huerta recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: