Poesía Universal

Edmond Jabès

Edmond Jabès es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prime...

Biografía lírica

Vida

Edmond Jabès es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Edmond Jabès

5 poemas seleccionados
1.

Introducción

El libro 
		de las preguntas es el libro de la memoria.

		A los obsesivos interrogantes sobre la vida, la palabra, la libertad, la 
		elección, la muerte, responden rabinos imaginarios 

		cuya voz es la mía.

		Las respuestas que da esta obra, dos amantes perdidos vendrán a leerlas; 
		por mi parte, he intentado, al margen de la tradición 

		y a través de los vocablos, recobrar los caminos de mis fuentes.

		Para existir se necesita primero ser nombrado; pero para entrar en el 
		universo de la escritura, es necesario asumir, 

		con el propio nombre, la suerte de cada sonido, de cada signo que lo 
		perpetúan.

		De un idilio simple y trágico surge un canto de amor que es, a pesar de 
		todo, canto de esperanza. Este canto ambiciona 

		hacernos asistir al nacimiento de la palabra y, en dimensión más que 
		real, a un ensanche del umbral del sufrimiento que ilustra 

		una colectividad perseguida, cuyo lamento es retomado, era tras era, por 
		sus mártires.

                                                                                                                                                                                     
		1963


		* * * * *
2.

Dedicatoria

En el cementerio de Bagneux, departamento del Sena, 

			descansa mi madre. En el viejo Cairo, en el cementerio 

			de las arenas, descansa mi padre. En Milán, en la muerta 

			ciudad de mármol, está sepultada mi hermana. 

			En Roma, donde, para acogerle, la sombra cavó la tierra, 

			está enterrado mi hermano. Cuatro tumbas. 

			Tres países. ¿Conoces las fronteras de la muerte? 

			Una familia. Dos continentes. Cuatro ciudades. 

			Tres banderas. Una lengua, la de la nada. Un dolor. 

			Cuatro miradas en una. Cuatro existencias. Un grito.

			Cuatro veces, cien veces, diez mil veces, un grito.

		 -¿ Y los que no tienen sepultura? , preguntó Reb Azel.

		 -Todas las sombras del universo, respondió Yukel, son gritos.

			 (Madre, respondo a la primera llamada de la vida,

		 a la primera palabra de amor pronunciada 

			y el mundo tiene tu voz.)


		* * * * 
		*
3.

* * * * *

1. A ti, que crees que 
		existo...


		(«A ti, 
		que crees que existo,

		¿cómo decir lo que sé

		con palabras cuyo significado

		es múltiple;

		palabras, como yo, que cambian

		cuando se las mira,

		cuya voz es ajena?

		¿Cómo decir

		que no soy

		pero que, en cada palabra,

		me veo,

		me oigo,

		me comprendo,

		a ti, cuya realidad

		renovada

		es la de la luz

		a través de la cual

		el mundo cobra conciencia del mundo

		perdiéndote

		pero que respondes

		a un nombre

		prestado?

		¿Cómo mostrar lo que he creado

		fuera de mí,

		hoja tras hoja,

		donde todo rastro de mi paso

		está borrado

		por la duda?

		¿A quién se le han aparecido esas imágenes

		que ofrezco?

		Reivindico, en último extremo, lo que me es debido.

		Cómo demostrar mi inocencia

		cuando el águila ha volado de mis manos

		para conquistar el cielo

		que me atenaza?

		Muero de orgullo en el límite

		de mis fuerzas.

		Lo que espero está siempre más lejos.(...)


		* * * * *
4.

-Entonces, ¿por qué quieres arrebatarme a mis amantes?

5. El diálogo de las dos rosas

		

		-Así pues, audaz amiga, me desafías en el alma.

		

		-Soy fiel al amor

		

		-El amor sólo se ama a sí mismo.

		

		-Yo soy la vida. Él me pertenece.

		

		-No siempre. Los amantes me ofrecen su vida.

		

		-Los amantes desgraciados. No el amor.

		

		-El amor es la trampa que tiendes a los hombres para vestirte con sus 
		escalofríos, 

		para alimentarte con sus lágrimas.


		-Luz en 
		los ojos, eso es el amor.

		

		-El amor devora los ojos que ven.

		

		-Fría amiga.

		

		-Mi cómplice. -Aquí, señala el discípulo de Reb Simoni,

		hubo un largo silencio, luego la voz se hizo suplicante. Entrégame a 
		Sara y a Yukrl.

		

		-No puedo perderles.

		

		-Un día, acabarás cediendo.


		-Quizás, 
		una mañana en que esté contenta; en cuanto se me hayan hecho 
		insoportables.

		-Aquí, creí oirla reír, observa el discípulo de Reb Simoni. -Tendrás 
		algunas horas o algunas semanas, eso dependerá, 

		para arrancármelos.

		

		-Cruel, sabes que sufren.

		

		-El amor es mi juventud,

		

		-Tú eres la vida.

		

		-El amor es el dueño de mi vida.

		-¿Por qué esas prisas? ¿Tanto te gustan? Te arrastras como una esclava. 
		¿Estás enamorada?

		

		-El amor no me interesa.


		-Entonces, 
		¿por qué quieres arrebatarme a mis amantes?


		-Porque 
		está en el orden establecido y también porque es mi oficio.

		

		-Quemas etapas. ¿Ya no te importa mi placer? Me decepcionas.

		

		-A veces soy tierna con los humanos.

		

		-Por qué?

		

		-Un poco por piedad. Me gusta que me crean buena.

		

		-Estás celosa. Te mueres de amor.

		-Mato todo lo que toco.

		

		-Tu cuerpo está ebrio de caricias, tus pétalos están húmedos de besos 
		esperados. Pero yo soy fuerte. Soy tozuda. 

		Me divierte hacerte esperar.

		

		-Te obstinas en hacerme daño. Pero ten cuidado. Puedo vengarme.

		

         Aquí, me pareció, señala el 
		discípulo de Reb Simoni, que se aproximaron la una a la otra y

        que su actitud era desafiante.

		

		-Confiesa que te gusto; que a través de las parejas que me exaltan, es a 
		mí a quien deseas.

		

        Se daban la espalda para enfrentarse 
		poco después con su odio desatado, señala el

        discípulo de Reb Simoni.


		-Hija.

		

		-Qué amable confesión.

		

		-No me faltan recursos. Me haces daño. Tú lo sabes. Mi deseo me desgarra 
		por completo. Tanto peor. Tanto peor. 

		Tanto peor. Eso sólo me importa a mí.


		-Te 
		desprecio.

		

		-Te amo con un amor imposible. Elimino a los que me impiden abrazarte. 
		Con sus ojos, hago dos tragaluces, 

		con su cuerpo, un navío perdido. Los más voluptuosos son los más 
		vulnerables.

		

              
		Debieron transcurrir unos cuantos minutos, observa aquí el discípulo de 
		Reb Simoni, 

              
		de los que apenas me acuerdo. Hasta mí llegaban fragmentos de palabras 
		cuyo

              
		sentido no alcanzaba a comprender; luego oí muy claramente:

		

		-Cállate. Me dejas helada.

		

		-Eres la nieve que se funde en abril.

		

		-Soy la fiebre. Soy el sol. Odio el agua, las mortajas.

		

		-Mueres por cada nacimiento. Preparas con talento a los seres, al mundo, 
		para su fin anunciado. Loca que les hablas de mí. 

		Eres la antecámara. Yo soy el lecho. Tus víctimas me piden socorro. Sus 
		gritos forman un gran collar alrededor de mi cuello. Entonces, surjo 
		entre ellos en mi esplendor inaccesible. Me apodero para siempre de su 
		mirada. Con ella, hago un camino, 

		hago un arco iris.


		-Déjame 
		vivir. Déjame alimentarme con mi vida.

		

		-Déjame, mi rosa pródiga, saborear mi muerte.

		

                  
		Cuando me acerqué a ellas para asegurarme de que eran reales, señala el 
		discípulo de

                  
		Reb Simoni, me encontré ante dos rosas abiertas a la avidez de una abeja 
		que habían recuperado su existencia vegetal.

		

		«Yukel, escribía Sara, ¿es verdad que la muerte nos parece hoy 
		preferible al mejor momento que hayamos conocido 

		en nuestra corta vida?»
5.

1. Canción

7. Canción de los siete cirios

		

		Ay, ay, ¿dónde mi pena?

		Ay, ay, ¿dónde mi vida?

		Ay, ay, ¿dónde mi ciudad

		y mi Templo destruido?

		

		Están, mujer, en nuestros corazones.

		Están, mujer, en nuestros gritos.

		Están, mujer, en las horas

		doradas de nuestros siete cirios.

		

		Ay, ay, ¿dónde mi vida?

		¿Apagada con las siete penas?

		¿Apagada con los siete pozos?

		¿Apagada con los siete cirios?

		

		He aquí, mujer, tu pena.

		He aquí, mujer, tu vida.

		He aquí, mujer, tu ciudad

		y el Templo destruido.

		

		Resucitados en nuestros corazones.

		Resucitados en nuestros gritos.

		Resucitados en las horas

		doradas de nuestros siete cirios.


		* * * * *

Versos y pensamientos de Edmond Jabès

4 citas
« El libro / de las preguntas es el libro de la memoria. »
Edmond Jabès · Introducción
« En el cementerio de Bagneux, departamento del Sena, / descansa mi madre. En el viejo Cairo, en el cementerio »
Edmond Jabès · Dedicatoria
« («A ti, / que crees que existo, »
Edmond Jabès · * * * * *
« 5. El diálogo de las dos rosas / -Así pues, audaz amiga, me desafías en el alma. »
Edmond Jabès · -Entonces, ¿por qué quieres arrebatarme a mis amantes?
Biblioteca poética

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