« Las enramadas donde veo / en sueños, las más variadas »
Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...
Vida
Edgar Allan Poe es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Edgar Allan Poe
1.
A
A
... Las enramadas donde veo en sueños, las más variadas aves cantoras, son labios y son tus musicales palabras susurradas. Tus ojos, entronizados en el cielo, caen al fin desesperadamente ¡oh Dios!, en mi funérea mente como luz de estrellas sobre un velo. Oh, tu corazón... suspiro al despertar y duermo para soñar hasta que raya el día en la verdad que el oro jamás podrá comprar y en las bagatelas que sí podría. Versión de Andrés Ehrenhaus
2.
Amigos que por siempre nos dejaron...
Amigos que por siempre nos dejaron...
Amigos que por siempre
nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo
y fuera del Espacio!
Para el alma nutrida de pesares,
para el transido corazón, acaso".
Edgar
Allan Poe
3.
Annabel Lee
Annabel Lee
Hace de esto ya muchos,
muchos años,
cuando en un reino junto al mar viví,
vivía allí una
virgen que os evoco
por el nombre de Annabel Lee;
y era su único sueño verse siempre
por mí adorada y adorarme a mí.
Niños éramos ambos, en
el reino
junto al mar; nos quisimos allí
con amor que era amor de
los amores,
yo con mi Annabel Lee;
con amor que los ángeles del cielo
envidiaban a ella cuanto a mí.
Y por eso, hace mucho,
en aquel reino,
en el reino ante el mar, ¡triste de mí!,
desde una
nube sopló un viento, helando
para siempre a mi hermosa Annabel Lee
Y parientes ilustres la llevaron
lejos, lejos de mí;
en el reino ante el mar se la llevaron
hasta
una tumba a sepultarla allí.
¡Oh sí! -no tan felices
los arcángeles-,
llegaron a envidiarnos, a ella, a mí.
Y no más
que por eso -todos, todos
en el reino, ante el mar, sábenlo así-,
sopló viento nocturno, de una nube,
robándome por siempre a Annabel
Lee.
Mas, vence nuestro
amor; vence al de muchos,
más grandes que ella fue, que nunca fui;
y ni próceres ángeles del cielo
ni demonios que el mar prospere en
sí,
separarán jamás mi alma del alma
de la radiante Annabel Lee.
Pues la luna
ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como
estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y
reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;
con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel
Lee.
Versión de Carlos
Obligado
4.
Balada nupcial
Balada nupcial
En mi dedo el anillo, la guirnalda nupcial mi sien decora; de sedas y diamantes busco el brillo, y soy feliz ahora. Y mi señor me brinda amor seguro; pero al decirme ayer cuánto me adora, tembló mi corazón, como al conjuro, de "quien cayó en la guerra", al pie del muro, y que es feliz ahora. Pero él tranquilizóme, y en mi frente besó la palidez que le enamora. Y he aquí que en un ensueño, vi presente, al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente, fue el beso; y suspiré ( ¡cuán dulcemente! ): "-¡Ah, soy feliz ahora!" Y si pude otorgar palabra nueva, así el voto juré, y aunque traidora, y aunque un luto de amor el alma lleva, ved brillar ese anillo que "me prueba" que soy feliz ahora. ¡Ah! ilumíneme Dios aquel pasado, pues si sueña o no sueña el alma ignora, y el corazón se oprime, y conturbado pregúntase, oh Señor, si el "Olvidado" será feliz ahora! Versión de Carlos Obligado
5.
Berenice
Berenice
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT
La desdicha es muy variada. La desgracia cunde
multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como
el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez
tan distintos y tan íntimamente unidos.
¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la
belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza
y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es
consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza.
O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que
son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de
pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país
torres más venerables que las de mi sombría
y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y
en muchos sorprendentes detalles, en el carácter
de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los
tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares
de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos,
en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza
muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar
esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con
esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar.
Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había
vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa.
¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no
intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo
de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos
musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar;
una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y
como una sombra también por la imposibilidad
de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
En esa
mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que
parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones
de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del
pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño
que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que
malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud
en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la
madurez me encontrara viviendo aun en la mansión
de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes
de mi vida, asombrosa la inversión completa en
el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo
terrestre me afectaron como visiones, sólo como
visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el
contrario, se tornaron no en materia de mi existencia
cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros
antepasados. Pero crecimos de modo distinto:
yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de
fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios
del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y
alma a la intensa y penosa meditación; ella,
vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino
ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras.
¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se
conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas.
¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y
de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza!
¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes!
Y entonces..., entonces todo es misterio y terror,
y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad
mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo
la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su
mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma
más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La
fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba?
Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y
fatal, que desencadenó una revolución tan horrible
en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más
angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que
con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la
extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos,
se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia
enfermedad -pues me han dicho que no debería darle otro
nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez,
asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva
y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por
fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente.
Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa
irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia
psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no
me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma
posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de
esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de
meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se
concentraban en la contemplación de los objetos
más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con
la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o
en su tipografía;
estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra
extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre
la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una
lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros
con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común
hasta que el sonido, gracias a la continua repetición,
dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del
movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta
y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran
algunas de las extravagancias más comunes y menos
perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en
realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo
de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva,
intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no
tiene que
confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los
hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas
de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al
principio, una situación grave ni la exageración de esa
tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un
caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto
normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de
deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que,
al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el
incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece
completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era
invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión
perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si
había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente
al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran
agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos
de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente
exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una
palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como
ya he dicho, las de la atención;
mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
Mis
libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el
trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por
su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del
trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado
del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni
Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de
San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De
carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus
est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit:
certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas
semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
Así se
verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón
se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión,
que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más
feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de
la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido
pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la
condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría
proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y
anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no
era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de
Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total
de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia,
amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a
producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas
reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como
las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común
de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en
los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la
constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación
de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza
incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis
sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de
la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del
bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella
había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice
viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una
moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para
admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema
de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba
en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando
amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho
tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y
cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde
de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y
brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo
sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la
biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
¿Fue mi
imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta
luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su
figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No
sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo
hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi
cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad
devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un
rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su
delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se
mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin
sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente
serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía
parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con
innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban
discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro.
Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé
involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y
contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los
dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos.
¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos,
hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al
levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero
de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se
podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota
en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus
bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi
memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los
dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles
y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los
pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante
en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi
monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible
influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en
los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás
preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa
contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi
mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la
esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los
vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié
sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de
su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder
sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad
de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous
ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que
toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo
pensamiento me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan
desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz,
devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la
oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una
segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en
aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el
fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una
claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras
de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y
consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas,
mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi
asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a
una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no
existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y
ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su
ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré
sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado
de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la
puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta,
o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin
embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más
horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una
página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos
siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue
en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo
y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho
algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes
ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi
lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No
tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía
al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por
qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta
estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un
libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas
palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum
amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al
leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las
venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido
como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus
ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy
baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito
salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre
reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono
espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba
profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que
aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban
manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la
mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que
había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un
grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por
mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en
pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de
cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos,
de marfil, que se desparramaron por el suelo.
6.
¿Deseas que te amen?
¿Deseas que te amen?
¿Deseas que te amen? No pierdas, pues, el rumbo de tu corazón. Sólo aquello que eres has de ser y aquello que no eres, no. Así, en el mundo, tu modo sutil, tu gracia, tu bellísimo ser, serán objeto de elogio sin fin y el amor... un sencillo deber. Versión de Andrés Ehrenhaus
7.
El cuervo
El cuervo
I En una noche pavorosa, inquieto releía un vetusto mamotreto cuando creí escuchar un extraño ruido, de repente como si alguien tocase suavemente a mi puerta: «Visita impertinente es, dije y nada más » . II ¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno e impaciente medía el tiempo eterno cansado de buscar en los libros la calma bienhechora al dolor de mi muerta Leonora que habita con los ángeles ahora ¡para siempre jamás! III Sentí el sedeño y crujidor y elástico rozar de las cortinas, un fantástico terror, como jamás sentido había y quise aquel ruido explicando, mi espíritu oprimido calmar por fin: «Un viajero perdido es, dije y nada más ». IV Ya sintiendo más calma: «Caballero exclamé, o dama, suplicaros quiero os sirváis excusar mas mi atención no estaba bien despierta y fue vuestra llamada tan incierta...» Abrí entonces de par en par la puerta: tinieblas nada más. V Miro al espacio, exploro la tiniebla y siento entonces que mi mente puebla turba de ideas cual ningún otro mortal las tuvo antes y escucho con oídos anhelantes «Leonora » unas voces susurrantes murmurar nada más. VI Vuelvo a mi estancia con pavor secreto y a escuchar torno pálido e inquieto más fuerte golpear; «algo, me digo, toca en mi ventana, comprender quiero la señal arcana y calmar esta angustia sobrehumana »: ¡el viento y nada más! VII Y la ventana abrí: revolcando vi entonces un cuervo venerando como ave de otra edad; sin mayor ceremonia entró en mis salas con gesto señorial y negras alas y sobre un busto, en el dintel, de Palas posóse y nada más. VIII Miro al pájaro negro, sonriente ante su grave y serio continente y le comienzo a hablar, no sin un dejo de intención irónica: «Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica, ¿cuál es tu nombre en la región plutónica? » Dijo el cuervo: «Jamás ». IX En este caso al par grotesco y raro maravilléme al escuchar tan claro tal nombre pronunciar y debo confesar que sentí susto pues ante nadie, creo, tuvo el gusto de un cuervo ver, posado sobre un busto con tal nombre: «Jamás ». X Cual si hubiese vertido en ese acento el alma, calló el ave y ni un momento las plumas movió ya, «otros de mí han huido y se me alcanza que él partirá mañana sin tardanza como me ha abandonado la esperanza »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XI Una respuesta al escuchar tan neta me dije, no sin inquietud secreta, «Es esto nada más. Cuanto aprendió de un amo infortunado, a quien tenaz ha perseguido el hado y por solo estribillo ha conservado ¡ese jamás, jamás! » XII Rodé mi asiento hasta quedar enfrente de la puerta, del busto y del vidente cuervo y entonces ya reclinado en la blanda sedería en ensueños fantásticos me hundía, pensando siempre que decir querría aquel jamás, jamás. XIII Largo tiempo quedéme así en reposo aquel extraño pájaro ominoso mirando sin cesar, ocupaba el diván de terciopelo do juntos nos sentamos y en mi duelo pensaba que Ella, nunca en este suelo lo ocuparía más. XIV Entonces parecióme el aire denso con el aroma de quemado incienso de un invisible altar; y escucho voces repetir fervientes: «Olvida a Leonor, bebe el nepenthes bebe el olvido en sus letales fuentes »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XV «Profeta, dije, augur de otras edades que arrojaron las negras tempestades aquí para mi mal, huésped de esta morada de tristura, dí, fosco engendro de la noche oscura, si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »: dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVI «Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo por Dios, por mí, por mi dolor acerbo, por tu poder fatal dime si alguna vez a Leonora volveré a ver en la eternal aurora donde feliz con los querubes mora »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVII «Sea tal palabra la postrera retorna a la plutónica rivera,» grité: «¡No vuelvas más, no dejes ni una huella, ni una pluma y mi espíritu envuelto en densa bruma libra por fin el peso que le abruma! » dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVIII Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto sigue siempre de Palas sobre el busto y bajo mi fanal, proyecta mancha lúgubre en la alfombra y su mirada de demonio asombra... ¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra se librará? ¡Jamás! Versión de Carlos Arturo Torres
8.
El cuervo 2°versión
El cuervo 2°versión
Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones inclinaba soñoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar; como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar: "¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta: eso es todo y nada más!". ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo. Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerta Leonora; la radiante, la sin par virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora ya sin nombre... ¡nunca más! Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, de tal modo que el latido de mi pecho palpitante procurando dominar, "¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia- que a mi alcoba quiere entrar: un tardío visitante a las puertas de mi estancia..., eso es todo, y nada más!". Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando: "Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando; mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza me vinísteis a llamar, y con tal delicadeza y tan tímida constancia os pusísteis a tocar, que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia: ¡sombras sólo y... nada más! Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno..., resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...! Esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia, Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia: "De seguro-dije-es algo que se posa en mi persiana, pues, veamos de encontrar la razón abierta y llana de este caso raro y serio, y el enigma averiguar: ¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...: es el viento, y nada más!". La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño, Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal; sobre el busto que de Pallas representa fue y posóse, y ¡nada más! Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza con su grave, torva y seria, decorosa gentileza; y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro no eres cuervo nocturnal, ¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...! Dime, ¿cuál tu nombre, cuál, En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...? Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada, con tal nombre: "Nunca más". Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar... Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado, y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual mis sueños han volado". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, "no hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo de: ¡Jamás, y nunca más!". Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa, mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber que pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: "¡Nunca jamás!". Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminosa mi fanal, terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla a oprimir, ¡ah, nunca más! Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado. "¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído, y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!". Dijo el cuervo: "Nunca más". ¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo imploro. ¿Llegaré jamas a hallar algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?. Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida, presa infausta del pesar, si jamás en otra vida la doncella arrobadora a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora...". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida -grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida, la plutónica ribera de la noche y de la bruma...! ¡De tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". ¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura, sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura.... y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, las visiones ve del mal; y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca se alzará..., nunca jamás! Versión de Juan Antonio Pérez Bonalde ( Tomado de Texto Sentido)
Versos y pensamientos de Edgar Allan Poe
4 citas« Amigos que por siempre / nos dejaron, »
« Hace de esto ya muchos, / muchos años, »
« En mi dedo el anillo, / la guirnalda nupcial mi sien decora; »
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