Poesía Universal

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras ...

Biografía lírica

Vida

Edgar Allan Poe es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Edgar Allan Poe

8 poemas seleccionados
1.

A

...

	
Las enramadas donde veo
en sueños, las más variadas
aves cantoras, 
	son labios y son
tus musicales palabras susurradas.

	
Tus ojos, entronizados en el cielo,
caen al fin desesperadamente

	¡oh Dios!, en mi funérea mente
como luz de estrellas sobre un velo.

	
Oh, tu corazón... suspiro al despertar
y duermo para soñar hasta que 
	raya el día
en la verdad que el oro jamás podrá comprar
y en las 
	bagatelas que sí podría.


	Versión de Andrés 
	Ehrenhaus
2.

Amigos que por siempre nos dejaron...

Amigos que por siempre 

    nos dejaron, 

    

    caros amigos para siempre idos,

    fuera del Tiempo 

    y  fuera del Espacio!

    

    Para el alma nutrida de pesares, 

    para el transido corazón, acaso".


    Edgar 
	Allan Poe
3.

Annabel Lee

Hace de esto ya muchos, 
		muchos años,
cuando en un reino junto al mar viví,
vivía allí una 
		virgen que os evoco
               
		por el nombre de Annabel Lee;
y era su único sueño verse siempre

		por mí adorada y adorarme a mí.


		Niños éramos ambos, en 
		el reino
junto al mar; nos quisimos allí
con amor que era amor de 
		los amores,
                 
		yo con mi Annabel Lee;
con amor que los ángeles del cielo

		envidiaban a ella cuanto a mí.


		Y por eso, hace mucho, 
		en aquel reino,
en el reino ante el mar, ¡triste de mí!,
desde una 
		nube sopló un viento, helando
para siempre a mi hermosa Annabel Lee

		Y parientes ilustres la llevaron
                    
		lejos, lejos de mí;
en el reino ante el mar se la llevaron
hasta 
		una tumba a sepultarla allí.


		¡Oh sí! -no tan felices 
		los arcángeles-,
llegaron a envidiarnos, a ella, a mí.
Y no más 
		que por eso -todos, todos
en el reino, ante el mar, sábenlo así-,

		sopló viento nocturno, de una nube,
robándome por siempre a Annabel 
		Lee.


		Mas, vence nuestro 
		amor; vence al de muchos,
más grandes que ella fue, que nunca fui;

		y ni próceres ángeles del cielo
ni demonios que el mar prospere en 
		sí,
separarán jamás mi alma del alma
                        
		de la radiante Annabel Lee.


		Pues la luna 
		ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como 
		estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y 
		reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;

		con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel 
		Lee.


		Versión de Carlos 
		Obligado
4.

Balada nupcial

En mi dedo el anillo,

		la guirnalda nupcial mi sien decora;
de sedas y diamantes busco el 
		brillo,
y soy feliz ahora.


		Y mi señor me brinda 
		amor seguro;
pero al decirme ayer cuánto me adora,
tembló mi 
		corazón, como al conjuro,
de "quien cayó en la guerra", al pie del 
		muro,
y que es feliz ahora.


		Pero él tranquilizóme, 
		y en mi frente
besó la palidez que le enamora.
Y he aquí que en un 
		ensueño, vi presente,
al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente,
fue 
		el beso; y suspiré ( ¡cuán dulcemente! ):
"-¡Ah, soy feliz ahora!"


		Y si pude otorgar 
		palabra nueva,
así el voto juré, y aunque traidora,
y aunque un 
		luto de amor el alma lleva,
ved brillar ese anillo que "me prueba"

		que soy feliz ahora.


		¡Ah! ilumíneme Dios 
		aquel pasado,
pues si sueña o no sueña el alma ignora,
y el 
		corazón se oprime, y conturbado
pregúntase, oh Señor, si el 
		"Olvidado"
será feliz ahora!


		Versión de Carlos 
		Obligado
5.

Berenice

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
                                                                                                                  
		curas meas aliquantulum fore levatas.
                                                                                                                                                                          
		EBN ZAIAT

La desdicha es muy variada. La desgracia cunde 
		multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como 

		el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez 
		tan distintos y tan íntimamente unidos. 
		

		¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la 
		belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza 

		y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es 
		consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. 

		O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que 
		son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de 
		pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país 
		torres más venerables que las de mi sombría 

		y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y 
		en muchos sorprendentes detalles, en el carácter 

		de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los 
		tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares 

		de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, 
		en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza  

		muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar 
		esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con 
		esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. 

		Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había 
		vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. 

		¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no 
		intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo 

		de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos 
		musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; 

		una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y 
		como una sombra también por la imposibilidad 

		de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
En esa 
		mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que 
		parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones 

		de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del 
		pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño 

		que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que 
		malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud 

		en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la 
		madurez me encontrara viviendo aun en la mansión 

		de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes 
		de mi vida, asombrosa la inversión completa en 

		el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo 
		terrestre me afectaron como visiones, sólo como  

		visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el 
		contrario, se tornaron no en materia de mi existencia  

		cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.


		Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros 
		antepasados. Pero crecimos de modo distinto: 

		yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de 
		fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios 

		del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y 
		alma a la intensa y penosa meditación; ella, 
		

		vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino 
		ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras.  

		¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se 
		conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. 

		¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y 
		de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! 

		¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! 
		Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, 

		y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad 
		mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo 

		la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su 
		mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma 

		más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La 
		fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? 

		Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.

		Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y 
		fatal, que desencadenó una revolución tan horrible 

		en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más 
		angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que 

		con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la 
		extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, 

		se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia 
		enfermedad -pues me han dicho que no debería darle otro

		nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, 
		asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva

		y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por 
		fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. 

		Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa 
		irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia  

		psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no 
		me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma  

		posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de 
		esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de 
		meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se 
		concentraban en la contemplación de los objetos 

		más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con 
		la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o 
		en su tipografía; 

		estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra 
		extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre 

		la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una 
		lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros 

		con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común 
		hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, 

		dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del 
		movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta 

		y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran 
		algunas de las extravagancias más comunes y menos  

		perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en 
		realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo 

		de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, 
		intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no 
		tiene que 

		confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los 
		hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas  

		de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al 
		principio, una situación grave ni la exageración de esa  

		tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un 
		caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto 
		

		normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de 
		deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, 

		al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el 
		incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece  

		completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era 
		invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión 

		perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si 
		había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente 
		

		al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran 
		agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos 

		de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente 
		exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una 
		palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como 
		ya he dicho, las de la atención; 
	

		mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
Mis 
		libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el 
		trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por 

		su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del 
		trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado 

		del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni 
		Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de 

		San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De 
		carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus 
		est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: 
		certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas

		semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
Así se 
		verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón 
		se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, 
		que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más 
		feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de 
		la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido 
		pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la 
		condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría 
		proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y 
		anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no 
		era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de 
		Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total 
		de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, 
		amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a 
		producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas 
		reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como 
		las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común 
		de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en 
		los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la 
		constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación 
		de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza 
		incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis 
		sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de 
		la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del 
		bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella 
		había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice 
		viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una 
		moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para 
		admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema 
		de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba 
		en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando 
		amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho 
		tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y 
		cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde 
		de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y 
		brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo 
		sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la 
		biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
¿Fue mi 
		imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta 
		luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su 
		figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No 
		sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo 
		hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi 
		cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad 
		devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un 
		rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su 
		delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se 
		mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin 
		sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente 
		serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía 
		parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con 
		innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban 
		discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. 
		Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé 
		involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y 
		contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los 
		dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. 
		¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, 
		hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al 
		levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero 
		de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se 
		podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota 
		en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus 
		bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi 
		memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los 
		dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles 
		y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los 
		pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante 
		en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi 
		monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible 
		influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en 
		los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás 
		preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa 
		contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi 
		mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la 
		esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los 
		vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié 
		sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de 
		su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder 
		sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad 
		de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous 
		ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que 
		toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo 
		pensamiento me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan 
		desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, 
		devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la 
		oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una 
		segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en 
		aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el 
		fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una 
		claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras 
		de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y 
		consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, 
		mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi 
		asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a 
		una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no 
		existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y 
		ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su 
		ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré 
		sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado 
		de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la 
		puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, 
		o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin 
		embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más 
		horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una 
		página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos 
		siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue 
		en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo 
		y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho 
		algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes 
		ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi 
		lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No 
		tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía 
		al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por 
		qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta 
		estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un 
		libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas 
		palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum 
		amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al 
		leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las 
		venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido 
		como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus 
		ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy 
		baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito 
		salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre 
		reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono 
		espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba 
		profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que 
		aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban 
		manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la 
		mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que 
		había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un 
		grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por 
		mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en 
		pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de 
		cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, 
		de marfil, que se desparramaron por el suelo.
6.

¿Deseas que te amen?

¿Deseas que te amen? No 
		pierdas, pues,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has 
		de ser
y aquello que no eres, no.
Así, en el mundo, tu modo sutil,

		tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el 
		amor... un sencillo deber.


		Versión de Andrés 
		Ehrenhaus
7.

El cuervo

I
En una noche pavorosa, inquieto

		releía un vetusto mamotreto
cuando creí escuchar
un extraño ruido, 
		de repente
como si alguien tocase suavemente
a mi puerta: «Visita 
		impertinente
es, dije y nada más » .


		II
¡Ah! 
		me acuerdo muy bien; era en invierno
e impaciente medía el tiempo 
		eterno
cansado de buscar
en los libros la calma bienhechora
al 
		dolor de mi muerta Leonora
que habita con los ángeles ahora
¡para 
		siempre jamás!


		III

		Sentí el sedeño y crujidor y elástico
rozar de las cortinas, un 
		fantástico
terror, como jamás
sentido había y quise aquel ruido

		explicando, mi espíritu oprimido
calmar por fin: «Un viajero perdido

		es, dije y nada más ».


		IV
Ya 
		sintiendo más calma: «Caballero
exclamé, o dama, suplicaros quiero

		os sirváis excusar
mas mi atención no estaba bien despierta
y fue 
		vuestra llamada tan incierta...»
Abrí entonces de par en par la 
		puerta:
tinieblas nada más.


		V
Miro 
		al espacio, exploro la tiniebla
y siento entonces que mi mente puebla

		turba de ideas cual
ningún otro mortal las tuvo antes
y escucho 
		con oídos anhelantes
«Leonora » unas voces susurrantes
murmurar 
		nada más.


		VI

		Vuelvo a mi estancia con pavor secreto
y a escuchar torno pálido e 
		inquieto
más fuerte golpear;
«algo, me digo, toca en mi ventana,

		comprender quiero la señal arcana
y calmar esta angustia sobrehumana 
		»:
¡el viento y nada más!


		VII
Y 
		la ventana abrí: revolcando
vi entonces un cuervo venerando
como 
		ave de otra edad;
sin mayor ceremonia entró en mis salas
con gesto 
		señorial y negras alas
y sobre un busto, en el dintel, de Palas

		posóse y nada más.


		VIII

		Miro al pájaro negro, sonriente
ante su grave y serio continente
y 
		le comienzo a hablar,
no sin un dejo de intención irónica:
«Oh 
		cuervo, oh venerable ave anacrónica,
¿cuál es tu nombre en la región 
		plutónica? »
Dijo el cuervo: «Jamás ».


		IX
En 
		este caso al par grotesco y raro
maravilléme al escuchar tan claro

		tal nombre pronunciar
y debo confesar que sentí susto
pues ante 
		nadie, creo, tuvo el gusto
de un cuervo ver, posado sobre un busto

		con tal nombre: «Jamás ».


		X
Cual 
		si hubiese vertido en ese acento
el alma, calló el ave y ni un 
		momento
las plumas movió ya,
«otros de mí han huido y se me 
		alcanza
que él partirá mañana sin tardanza
como me ha abandonado 
		la esperanza »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »


		XI
Una 
		respuesta al escuchar tan neta
me dije, no sin inquietud secreta,

		«Es esto nada más.
Cuanto aprendió de un amo infortunado,
a quien 
		tenaz ha perseguido el hado
y por solo estribillo ha conservado

		¡ese jamás, jamás! »  
		


		XII

		Rodé mi asiento hasta quedar enfrente
de la puerta, del busto y del 
		vidente
cuervo y entonces ya
reclinado en la blanda sedería
en 
		ensueños fantásticos me hundía,
pensando siempre que decir querría

		aquel jamás, jamás.


		XIII

		Largo tiempo quedéme así en reposo
aquel extraño pájaro ominoso

		mirando sin cesar,
ocupaba el diván de terciopelo
do juntos nos 
		sentamos y en mi duelo
pensaba que Ella, nunca en este suelo
lo 
		ocuparía más.


		XIV

		Entonces parecióme el aire denso
con el aroma de quemado incienso

		de un invisible altar;
y escucho voces repetir fervientes:
«Olvida 
		a Leonor, bebe el nepenthes
bebe el olvido en sus letales fuentes »;

		dijo el cuervo:  «¡Jamás! »


		XV

		«Profeta, dije, augur de otras edades
que arrojaron las negras 
		tempestades
aquí para mi mal,
huésped de esta morada de tristura,

		dí, fosco engendro de la noche oscura,
si un bálsamo habrá al fin a 
		mi amargura »:
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »


		XVI

		«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo
por Dios, por mí, por mi 
		dolor acerbo,
por tu poder fatal
dime si alguna vez a Leonora

		volveré a ver en la eternal aurora
donde feliz con los querubes mora 
		»;
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »


		XVII

		«Sea tal palabra la postrera
retorna a la plutónica rivera,»

		grité:  «¡No vuelvas más,
no dejes ni una huella, ni una pluma

		y mi espíritu envuelto en densa bruma
libra por fin el peso que le 
		abruma! »
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »


		XVIII
Y 
		el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto
sigue siempre de Palas sobre el 
		busto
y bajo mi fanal,
proyecta mancha lúgubre en la alfombra
y 
		su mirada de demonio asombra...
¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra

		se librará? ¡Jamás!


		
		Versión de Carlos Arturo Torres
8.

El cuervo 2°versión

Una fosca media noche, 
	cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados 
	cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí 
	llamar;
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano 
	tímida a tocar:
"¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi 
	puerta:
eso es todo y nada más!". 
	

¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su 
	espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuan ansioso el nuevo día 
	deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda 
	desventura de la muerta Leonora;
la radiante, la sin par
virgen rara a 
	quien Leonora los querubes llaman, ahora
ya sin nombre... ¡nunca más! 
	

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me 
	aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de 
	mi pecho palpitante
procurando dominar,

	"¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia-
que a mi alcoba 
	quiere entrar:
un tardío visitante a las puertas de mi estancia...,

	eso es todo, y nada más!". 
	

Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:

	"Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando;
mas, el caso es que 
	dormía, y con tanta gentileza
me vinísteis a llamar,
y con tal 
	delicadeza y tan tímida constancia
os pusísteis a tocar,
que no oí", 
	dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
¡sombras sólo y... nada 
	más! 
	

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé 
	allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños;
más profundo era el 
	silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno..., resonar
sólo un 
	nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,

	y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
Esto apenas, ¡nada más! 
	

A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
Pronto oí 
	llamar de nuevo, esta vez con más violencia:
"De seguro-dije-es algo que 
	se posa en mi persiana,
pues, veamos de encontrar
la razón abierta y 
	llana de este caso raro y serio,
y el enigma averiguar:
¡Corazón, 
	calma un instante, y aclaremos el misterio...:
es el viento, y nada 
	más!". 
	

La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño,
Entró un 
	cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante 
	ni señales dar de susto,
con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un 
	busto de Minerva que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el busto 
	que de Pallas representa
fue y posóse, y ¡nada más!
Trocó entonces el 
	negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, 
	decorosa gentileza;
y le dije: 
	"Aunque la cresta calva llevas, de seguro
no eres cuervo nocturnal,

	¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...!
Dime, ¿cuál 
	tu nombre, cuál,
En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...?

	Dijo el cuervo: 
	"¡Nunca más!". 

Asombrado quedé oyendo así hablar al 
	avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
pues 
	preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
que lograse contemplar

	ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
ave o bruto reposar

	sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,
con tal nombre: "Nunca 
	más". 
	

Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla,
sólo 
	dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada, ni una pluma 
	sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar...
Dije entonces al 
	momento: "Ya otros antes se han marchado,
y la aurora al despuntar,

	él también se irá volando cual mis sueños han volado".
Dijo el 
	cuervo: 
	"¡Nunca más!". 

Por respuesta tan abrupta como justa 
	sorprendido,
"no hay ya duda alguna 
	-dije-, lo que dice es aprendido;
aprendido de algún amo desdichoso 
	a quien la suerte
persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, 
	hasta el punto de, en su duelo,
sus canciones terminar
y el clamor de 
	su esperanza con el triste ritornelo
de: ¡Jamás, y nunca más!". 
	

Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi 
	sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa;
luego, 
	hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
dime entonces a juntar,

	por saber que pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial,

	aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
al graznar: 
	"¡Nunca jamás!". 

Quedé aquesto investigando frente al 
	cuervo, en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.

	Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo 
	
me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva 
	huella
luminosa mi fanal,
terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá 
	élla
a oprimir, ¡ah, nunca más! 
	

Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario
que un 
	querube columpiase de mi alcoba en el santuario,
perfumado. "¡Miserable 
	ser-me dije-Dios te ha oído,
y por medio angelical,
tregua, tregua y 
	el olvido del recuerdo de Leonora
te ha venido hoy a brindar:
bebe, 
	bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!".
Dijo el cuervo: 
	"Nunca más".

¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al 
	fin, ya seas
ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas
por los 
	ábregos barrido a esta playa, desolado
pero intrépido, a este hogar

	por los males devastado, dime, dime, te lo imploro.
¿Llegaré jamas a 
	hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?.
Dijo el 
	cuervo: "¡Nunca más!". 
	

"¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo
de 
	zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo
a quien ambos adoramos, 
	dile a esta alma dolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás en otra 
	vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar,
la alma virgen 
	a quien llaman los arcángeles Leonora...".
Dijo el cuervo: 
	"¡Nunca más!". 

"¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la 
	partida
-grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida,
la 
	plutónica ribera de la noche y de la bruma...!
¡De tu horrenda falsedad

	en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi 
	soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!".

	Dijo el cuervo: 
	"¡Nunca más!". 

¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo 
	en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura....

	y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del 
	mal;
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca 
	
se alzará..., nunca jamás! 

Versión de Juan Antonio 
	Pérez Bonalde    ( Tomado de 
	 
	
	Texto Sentido)

Versos y pensamientos de Edgar Allan Poe

4 citas
« Las enramadas donde veo / en sueños, las más variadas »
Edgar Allan Poe · A
« Amigos que por siempre / nos dejaron, »
Edgar Allan Poe · Amigos que por siempre nos dejaron...
« Hace de esto ya muchos, / muchos años, »
Edgar Allan Poe · Annabel Lee
« En mi dedo el anillo, / la guirnalda nupcial mi sien decora; »
Edgar Allan Poe · Balada nupcial
Biblioteca poética

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