Poesía Universal

Dylan Thomas

Dylan Thomas es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...

Biografía lírica

Vida

Dylan Thomas es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Dylan Thomas

9 poemas seleccionados
1.

Antes

que llamara y la carne me abriese...


	Antes que llamara y la carne me abriese,
que mis líquidas manos golpearan 
	en el vientre,
yo, que era entonces informe como el agua
que formaba 
	el Jordán junto a mi casa
era hermano de la hija de Mnetha
y hermana 
	del gusano que gestaba la vida.

	
Yo que era sordo ante la primavera y el verano,
que no sabía los 
	nombres de la luna y el sol,
ya sentía el latido bajo la armadura de mi 
	carne,
aunque existía sólo en forma de infusorio,
veía las plomizas 
	estrellas, el martillo lluvioso
que mi padre balanceaba en su cúpula.

	
Conocía el mensaje del invierno,
los dardos del granizo y la nieve 
	pueril
y el viento era mi hermana pretendiente;
en mí saltaba el 
	viento, el rocío infernal;
y mis venas fluían con los climas de oriente;

	antes que me engendraran supe el día y la noche.

	
Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de 
	los sueños
enroscaba mi osamenta de lirio
en una cifra viva,
la 
	carne era cortada para cruzar los bordes
de las horcas en cruces sobre el 
	hígado
y las zarzas de los cerebros estrujados.

	
Mi garganta conocía la sed antes de la estructura
de vena y piel 
	alrededor del pozo
donde palabras y agua se entremezclan
sin pausa 
	alguna, hasta pudrir la sangre,
mi corazón conocía el amor, mi vientre el 
	hambre;
al gusano yo olía entre mis propias heces.

	
Después el tiempo envió a mi mortal criatura
a derivar o ahogarse en 
	los océanos
habituados a la aventura de la sal
en las mareas que jamás 
	tocan las orillas.
Yo que era rico, me hice más rico aún
sorbiendo 
	poco a poco el vino de los días.

	
Nacido del espectro y la carne, no era espectro
ni hombre, sino 
	espectro mortal.
Y luego me abatió la pluma de la muerte.
Fui mortal 
	hasta el último suspiro prolongado
que llevó hacia mi padre
el mensaje 
	de su agónico cristo.

	
Tú que te inclinas en la cruz y el altar
acuérdate de mí y apiádate 
	de Aquel
que mi carne y mi sangre tomó por armadura
y llegó a 
	traicionar el vientre de mi madre.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
2.

Cuando

de pronto los cerrojos del crepúsculo...

	
Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo
ya no encerraron el 
	largo gusano de mi dedo
ni maldijeron al mar enroscado en mi puño,
la 
	boca del tiempo sorbió como una esponja
el ácido lechoso en cada gozne

	y se tragó los líquidos del pecho hasta secarlo.

	
Cuando el mar de galaxia fue sorbido
y liberado todo el lecho seco 
	del mar,
envié a mi criatura para explorar el globo,
el mismo globo de 
	pelos y osamenta
que cosido a mí mismo por mi mente y mis nervios,
mi 
	frasco de materia ligara a su costilla.

	
Mis fusibles calcularon el tiempo para impulsar su corazón,
él 
	estalló, hecho polvo, hacia la luz
y celebró con el sol un pequeño 
	sabático,
pero cuando los astros asumiendo su forma
dibujaron las 
	briznas del sueño en sus ojos,
ahogó dentro de un sueño las magias de su 
	padre.

	
Todo surgió armado de la tumba
el cáncer pelirrojo, vivo aún,
los 
	ojos velados de cataratas con sus turbios tejidos;
algunos muertos 
	deshicieron sus quijadas tupidas,
y hubo bolsas de sangre que soltaron 
	sus moscas;
él supo de memoria el sendero de cruces funerarias.

	
El sueño navega las mareas del tiempo;
el áspero sargazo de la tumba

	entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;
y el sueño mudo rueda 
	por los lechos
donde las sombras comen el alimento de los peces
y a 
	través de las flores, emergen hacia el cielo.

	
Cuando de pronto giraron las tuercas del crepúsculo,
y la leche 
	materna fue dura como arena,
envié a mi propio embajador hacia la luz;

	por truco o por azar él se durmió
y por arte de magia se armó de una 
	osamenta
para robarme los fluidos en su corazón.

	
Despierta, mi durmiente, hacia el sol,
trabajador en la mañana 
	pueblerina
y deja a este soñoliento en el sitio en que yace;
han caído 
	los cercos de la luz,
sólo quedan en pie los jinetes más diestros,
y 
	hay mundos que cuelgan de los árboles.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
3.

De

los suspiros algo nace...


	De los suspiros algo nace
que no es la pena, porque la he abatido

	antes de la agonía; el espíritu crece
olvida y llora:
algo nace, se 
	prueba y sabe bueno,
todo no podía ser desilusión:
tiene que haber, 
	Dios sea loado, una certeza,
si no de bien amar, al menos de no amar,

	y esto es verdadero luego de la derrota permanente.

	
Después de esa lucha que los más débiles conocen.
hay algo más que 
	muerte;
olvida los grandes sufrimientos o seca las heridas,
él sufrirá 
	por mucho tiempo
porque no se arrepiente de abandonar una mujer que 
	espera
por su soldado sucio con saliva de palabras
que derraman una 
	sangre tan ácida.

	
Si eso bastase, bastaría para calmar el sufrimiento,
arrepentirse 
	cuando se ha consumido
el gozo que en el sol me hizo feliz,
qué feliz 
	fui mientras duró el gozar,
si bastara la vaguedad y las mentiras dulces 
	fueran suficiente,
las frases huecas podrían soportar todo el sufrimiento

	y curarme de males.

	
Si eso bastase: hueso, sangre y nervio,
la mente retorcida, el lomo 
	claramente formado,
que busca a tientas la sustancia bajo el plato del 
	perro,
el hombre debería curarse de su mal.
Pues todo lo que existe 
	para dar yo lo ofrezco:
unas migas, un granero y un cabestro.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
4.

Desde

la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno segundo...

	
Desde la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno 
	segundo
hasta el hueco minuto del vientre,
desde el primer atisbo 
	hasta el tijeretazo umbilical
la edad del pecho y la época feliz del 
	delantal cuando ninguna boca
se agitaba en torno al hambre suspendido,

	y el mundo entero era uno solo, una nada ventosa,
bautizaron mi mundo en 
	un fluir de leche.
Y la tierra y el cielo fueron un solo cerro al aire,

	el sol y la luna derramaban una misma luz blanca.

	
Desde la primera huella del pie descalzo, desde la mano que se eleva

	y la irrupción del pelo,
desde el primer secreto del corazón, el fantasma 
	que advierte,
y hasta el primer asombro mudo ante la carne,
el sol fue 
	rojo y la luna fue gris,
y la tierra y el cielo fueron cual dos montañas 
	que se encuentran,

	
El cuerpo prosperó, los dientes en las encías meduladas,
los huesos 
	que crecían, el murmullo del semen
dentro de la glándula santificada, la 
	sangre bendijo al corazón,
y los cuatro vientos, que tanto tiempo 
	soplaron al unísono
abrillantaron mis orejas con la luz del sonido,

	llamaron en mis ojos con el sonido de la luz.
Y fue amarilla la 
	multiplicación de las arenas,
cada grano dorado salpicaba la vida en su 
	vecino,
verde era la casa cantarina.

	
La ciruela que mi madre arrancara maduró dulcemente,
el niño que 
	dejara caer desde la oscuridad de su costado
hacia el regazo cavado de la 
	luz, creció fuerte,
musculoso, enmarañado, atento a los gemidos del muslo

	y a la voz que, como una voz de hambre,
arañaba en el sonido del viento y 
	del sol.

	
Y desde el primer deterioro de la carne
yo aprendí el lenguaje del 
	hombre para enroscar las formas del pensar
en el idioma pétreo del 
	cerebro,
para llenar de sombras y tejer nuevamente la trama de palabras

	dejada por los muertos que, en su césped sin luna,
no necesitan del calor 
	de la palabra.
La raíz de las lenguas se termina en un cáncer exangüe,

	no es más que un nombre que los gusanos hacen cruz.

	
Aprendí los verbos de la voluntad y supe mi secreto;
las claves de la 
	noche golpearon en mi lengua;
donde antes había sólo una, hubo de pronto 
	muchas mentes sonoras.

	
Un solo vientre, un solo espíritu vomitó la materia.
Un pecho 
	amamantó al fruto de la fiebre,
aprendí la otra cara del cielo que 
	divorcia,
el globo dos veces enmarcado que giraba;
un millón de 
	cerebros alimentaron al retoño
que divide mis ojos;
la juventud, de 
	veras se abrevió; las lágrimas de la primavera
se diluyeron en el verano 
	y en las cien estaciones;
un sólo sol, un único maná, fue calor y 
	alimento.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
5.

Donde

una vez las aguas de tu rostro...

Donde una vez las aguas de tu rostro
giraron 
	impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma,
los muertos alzan 
	la mirada;
donde un día asomaron el pelo los tritones
a través de tu 
	hielo, el viento áspero navega
por la sal, la raíz, las huevas de los 
	peces.

	
Donde una vez tus verdes nudos hundieron su atadura
en el cordón de 
	la marea, allí camina ahora
el vegetal destejedor,
con tijeras 
	filosas, empuñando el cuchillo
para cortar los canales en su origen
y 
	derribar los frutos empapados.
    
	
Invisibles, tus mareas medidoras del tiempo
irrumpen en las camas 
	galantes de las algas;
el alga del amor se vuelve mustia;
allí en 
	torno a tus piedras
sombras de niños van, que desde su vacío
lloran 
	ante el mar colmado de delfines.

	
Secos como la tumba, tus coloreados párpados
no serán aherrojados 
	mientras la magia se deslice
sabia sobre el cielo y la tierra;
habrá 
	corales en tus lechos,
habrá serpientes en tus mareas,
hasta que 
	mueran todos nuestros juramentos del mar.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
6.

El

jorobado en el parque

	

	El jorobado en el parque

	solitario señor

	apuntalado entre los árboles y el agua

	desde que el candado del jardín se abre

	para que entren los árboles y el agua

	hasta la lóbrega campana dominguera en el crepúsculo,

	

	come el pan que ha traído en un diario

	bebe el agua del jarro encadenado

	que los niños llenaron de pedruscos

	en el estanque donde hice navegar mi barco,

	por la noche durmió en una perrera

	pero sin que nadie le pusiera cadenas.

	

	Como los pájaros del parque ha venido temprano

	se sentó como el agua

	y señor lo llamaban eh señor

	los chiquillos bribones del lugar

	que escapaban apenas los oía

	hasta alejarse de su vista

	

	más allá del lago y los rosales

	riéndose cuando el otro agitaba su diario

	encorvado en la burla

	pasaban por el zoológico sonoro de la arboleda de los sauces

	esquivando al cuidador del parque

	con su palo de juntar las hojas.

	

	Y el viejo perro aletargado

	solitario entre las niñeras y los cisnes

	mientras desde los sauces los chiquillos

	hacían que los tigres saltaran de sus ojos

	para rugir entre las piedras rocosas

	y los bosques se azulaban de marineros

	

	trabajó el día entero hasta la hora de cerrar

	en una figura de mujer sin fallas

	erguida como un joven olmo

	alta y erguida surgió de sus huesos torcidos

	para que de noche se pusiese de pie

	tras los cerrojos y las cadenas

	

	Toda la noche en el parque deshecho

	tras los arbustos y las rejas

	los pájaros el pasto los árboles el lago

	y los niños inocentes como fresas

	habían ido en pos del jorobado

	hasta su perrera en las sombras.

	

	Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
7.

En mi oficio o mi arte sombrío...

En mi oficio o mi arte sombrío

	ejercido en la noche silenciosa

	cuando sólo la luna se enfurece

	y los amantes yacen en el lecho

	con todas sus tristezas en los brazos,

	junto a la luz que canta yo trabajo

	no por ambición ni por el pan

	ni por ostentación ni por el tráfico de encantos

	en escenarios de marfil,

	sino por ese mínimo salario

	de sus más escondidos corazones.

	

	No para el hombre altivo

	que se aparta de la luna colérica

	escribo yo estas páginas de efímeras espumas,

	ni para los muertos encumbrados 

	entre sus salmos y ruiseñores,

	sino para los amantes, para sus brazos

	que rodean las penas de los siglos,

	que no pagan con salarios ni elogios

	y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.

	

	Versión de 
	Elizabeth Azcona Cranwell
8.

Este

pan que yo parto fue alguna vez avena...


	Este pan que yo parto fue alguna vez avena,
este vino en un árbol 
	extranjero
se zambulló en su fruta;
durante el día el hombre y por la 
	noche el viento
segaron las cosechas, rompieron el gozo de la uva.

	
Alguna vez, en este vino, la sangre del verano
golpeteaba en la carne 
	que vestía la viña,
un día en este pan
la avena al viento era alegría,

	el hombre rompió el sol, abatió el viento.

	
Esta carne que partes, esta sangre a la que dejas
sembrar desolación 
	entre las venas
fueron avena y uva
nacieron de la raíz sensual y de la 
	savia;
mi vino que te bebes, el pan que me arrebatas.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
9.

Mi

mundo es pirámide


	Mitad del padre camarada
cuando imita al Adán que el mar sorbiera
en 
	su casco vacío,
Mitad de la madre camarada
cuando salpica con su leche 
	lasciva
la zambullida del mañana,
las sombras bifurcadas por el hueso 
	del trueno
saltan hacia la sal que no ha nacido.

	
La mitad camarada era de hielo
cuando una primavera corrosiva

	brotaba en la cosecha del glaciar.
la sombra y la simiente camarada

	murmuraban el vaivén de la leche
encrespado en el pecho,
pues la mitad 
	del amor era sembrada en el fantasma
estéril y perdido.

	
Las mitades dispersas se han vuelto camaradas
en un ente lisiado

	la muleta que la médula golpea sobre el sueño
renguea en la calle del 
	mar, entre la turba
de cabezas con lengua de marea y vejigas al fondo

	y empala a los durmientes en la tumba salvaje
donde ríe el vampiro.

	
Las mitades zurcidas se partían huyendo
por el bosque de los cerdos 
	salvajes y la baba en los árboles,
sorbiendo las tinieblas sobre el 
	cianuro se abrazaban
y desataban víboras prendidas en su pelo;
las 
	mitades que giran perforan como cuernos
al ángel arterial.

	
¿De qué color es la gloria? ¿La pluma de la muerte?
tiemblan esas 
	mitades que taladran el ojo de la aguja en el aire
y a través del dedal 
	horadan el espacio, manchado de pulgares.
El fantasma es un mudo que 
	farfullaba entre la paja,
el fantasma que tramaba el saqueo en su vuelo

	enceguece sus ojos rastreadores de nubes.

	
II
Mi mundo es pirámide. La sigilosa máscara
llora sobre el ocre 
	desierto y el verano
agresivo de sal.
Con mi armadura egipcia 
	fundiéndose en su sábana
araño la resina hasta un hueso estrellado
y 
	un falso sol de sangre.

	
Mi mundo es un ciprés y un valle de Inglaterra
yo remiendo mi carne 
	que retumbó en los patios
roja por la salva de Austria.
Oigo a través 
	del tambor de los muertos, que mutilados jóvenes
mientras siembran sus 
	vísceras desde un cerro de huesos
gritan Eloi a los cañones.

	
El cruce del Jordán arrasa mi sepulcro.
El casquete del Ártico y la 
	hoya del sur
invaden mi jardín de casa muerta.
El que me busca lejos 
	señalando en mi boca
las pajas de Asia me pierde cuando doblo
por el 
	maíz atlántico.

	
Las mitades amigas, partidas mientras giran
en redes de mareas, se 
	enredan a las valvas
y hacen crecer la barba del diablo no nacido,

	sangran desde mi horquilla ardiente y huelen mis talones
las lenguas 
	celestiales murmuran mientras yo me deslizo
atando la capucha de mi 
	ángel.

	
¿Quién sopla la pluma de la muerte? ¿De qué gloria es el color?
en la 
	vena yo soplo esta pluma lanuda
es el lomo la gloria en una laboriosa 
	palidez.
Mi arcilla ignora el pecho y mi sal no ha nacido,
niño 
	secreto, yo vago por el mar
en seco, sobre el muslo a medias derrotado.

	
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

Versos y pensamientos de Dylan Thomas

4 citas
« Antes que llamara y la carne me abriese, / que mis líquidas manos golpearan »
Dylan Thomas · Antes
« Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo / ya no encerraron el »
Dylan Thomas · Cuando
« De los suspiros algo nace / que no es la pena, porque la he abatido »
Dylan Thomas · De
« Desde la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno / segundo »
Dylan Thomas · Desde
Biblioteca poética

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