« Antes que llamara y la carne me abriese, / que mis líquidas manos golpearan »
Dylan Thomas
Dylan Thomas es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Dylan Thomas es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Dylan Thomas
1.
Antes
Antes
que llamara y la carne me abriese... Antes que llamara y la carne me abriese, que mis líquidas manos golpearan en el vientre, yo, que era entonces informe como el agua que formaba el Jordán junto a mi casa era hermano de la hija de Mnetha y hermana del gusano que gestaba la vida. Yo que era sordo ante la primavera y el verano, que no sabía los nombres de la luna y el sol, ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne, aunque existía sólo en forma de infusorio, veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso que mi padre balanceaba en su cúpula. Conocía el mensaje del invierno, los dardos del granizo y la nieve pueril y el viento era mi hermana pretendiente; en mí saltaba el viento, el rocío infernal; y mis venas fluían con los climas de oriente; antes que me engendraran supe el día y la noche. Antes que me engendraran ya por cierto sufría; el potro de tortura de los sueños enroscaba mi osamenta de lirio en una cifra viva, la carne era cortada para cruzar los bordes de las horcas en cruces sobre el hígado y las zarzas de los cerebros estrujados. Mi garganta conocía la sed antes de la estructura de vena y piel alrededor del pozo donde palabras y agua se entremezclan sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre, mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre; al gusano yo olía entre mis propias heces. Después el tiempo envió a mi mortal criatura a derivar o ahogarse en los océanos habituados a la aventura de la sal en las mareas que jamás tocan las orillas. Yo que era rico, me hice más rico aún sorbiendo poco a poco el vino de los días. Nacido del espectro y la carne, no era espectro ni hombre, sino espectro mortal. Y luego me abatió la pluma de la muerte. Fui mortal hasta el último suspiro prolongado que llevó hacia mi padre el mensaje de su agónico cristo. Tú que te inclinas en la cruz y el altar acuérdate de mí y apiádate de Aquel que mi carne y mi sangre tomó por armadura y llegó a traicionar el vientre de mi madre. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
2.
Cuando
Cuando
de pronto los cerrojos del crepúsculo... Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo ya no encerraron el largo gusano de mi dedo ni maldijeron al mar enroscado en mi puño, la boca del tiempo sorbió como una esponja el ácido lechoso en cada gozne y se tragó los líquidos del pecho hasta secarlo. Cuando el mar de galaxia fue sorbido y liberado todo el lecho seco del mar, envié a mi criatura para explorar el globo, el mismo globo de pelos y osamenta que cosido a mí mismo por mi mente y mis nervios, mi frasco de materia ligara a su costilla. Mis fusibles calcularon el tiempo para impulsar su corazón, él estalló, hecho polvo, hacia la luz y celebró con el sol un pequeño sabático, pero cuando los astros asumiendo su forma dibujaron las briznas del sueño en sus ojos, ahogó dentro de un sueño las magias de su padre. Todo surgió armado de la tumba el cáncer pelirrojo, vivo aún, los ojos velados de cataratas con sus turbios tejidos; algunos muertos deshicieron sus quijadas tupidas, y hubo bolsas de sangre que soltaron sus moscas; él supo de memoria el sendero de cruces funerarias. El sueño navega las mareas del tiempo; el áspero sargazo de la tumba entrega a sus muertos en este mar tan laborioso; y el sueño mudo rueda por los lechos donde las sombras comen el alimento de los peces y a través de las flores, emergen hacia el cielo. Cuando de pronto giraron las tuercas del crepúsculo, y la leche materna fue dura como arena, envié a mi propio embajador hacia la luz; por truco o por azar él se durmió y por arte de magia se armó de una osamenta para robarme los fluidos en su corazón. Despierta, mi durmiente, hacia el sol, trabajador en la mañana pueblerina y deja a este soñoliento en el sitio en que yace; han caído los cercos de la luz, sólo quedan en pie los jinetes más diestros, y hay mundos que cuelgan de los árboles. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
3.
De
De
los suspiros algo nace... De los suspiros algo nace que no es la pena, porque la he abatido antes de la agonía; el espíritu crece olvida y llora: algo nace, se prueba y sabe bueno, todo no podía ser desilusión: tiene que haber, Dios sea loado, una certeza, si no de bien amar, al menos de no amar, y esto es verdadero luego de la derrota permanente. Después de esa lucha que los más débiles conocen. hay algo más que muerte; olvida los grandes sufrimientos o seca las heridas, él sufrirá por mucho tiempo porque no se arrepiente de abandonar una mujer que espera por su soldado sucio con saliva de palabras que derraman una sangre tan ácida. Si eso bastase, bastaría para calmar el sufrimiento, arrepentirse cuando se ha consumido el gozo que en el sol me hizo feliz, qué feliz fui mientras duró el gozar, si bastara la vaguedad y las mentiras dulces fueran suficiente, las frases huecas podrían soportar todo el sufrimiento y curarme de males. Si eso bastase: hueso, sangre y nervio, la mente retorcida, el lomo claramente formado, que busca a tientas la sustancia bajo el plato del perro, el hombre debería curarse de su mal. Pues todo lo que existe para dar yo lo ofrezco: unas migas, un granero y un cabestro. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
4.
Desde
Desde
la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno segundo... Desde la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno segundo hasta el hueco minuto del vientre, desde el primer atisbo hasta el tijeretazo umbilical la edad del pecho y la época feliz del delantal cuando ninguna boca se agitaba en torno al hambre suspendido, y el mundo entero era uno solo, una nada ventosa, bautizaron mi mundo en un fluir de leche. Y la tierra y el cielo fueron un solo cerro al aire, el sol y la luna derramaban una misma luz blanca. Desde la primera huella del pie descalzo, desde la mano que se eleva y la irrupción del pelo, desde el primer secreto del corazón, el fantasma que advierte, y hasta el primer asombro mudo ante la carne, el sol fue rojo y la luna fue gris, y la tierra y el cielo fueron cual dos montañas que se encuentran, El cuerpo prosperó, los dientes en las encías meduladas, los huesos que crecían, el murmullo del semen dentro de la glándula santificada, la sangre bendijo al corazón, y los cuatro vientos, que tanto tiempo soplaron al unísono abrillantaron mis orejas con la luz del sonido, llamaron en mis ojos con el sonido de la luz. Y fue amarilla la multiplicación de las arenas, cada grano dorado salpicaba la vida en su vecino, verde era la casa cantarina. La ciruela que mi madre arrancara maduró dulcemente, el niño que dejara caer desde la oscuridad de su costado hacia el regazo cavado de la luz, creció fuerte, musculoso, enmarañado, atento a los gemidos del muslo y a la voz que, como una voz de hambre, arañaba en el sonido del viento y del sol. Y desde el primer deterioro de la carne yo aprendí el lenguaje del hombre para enroscar las formas del pensar en el idioma pétreo del cerebro, para llenar de sombras y tejer nuevamente la trama de palabras dejada por los muertos que, en su césped sin luna, no necesitan del calor de la palabra. La raíz de las lenguas se termina en un cáncer exangüe, no es más que un nombre que los gusanos hacen cruz. Aprendí los verbos de la voluntad y supe mi secreto; las claves de la noche golpearon en mi lengua; donde antes había sólo una, hubo de pronto muchas mentes sonoras. Un solo vientre, un solo espíritu vomitó la materia. Un pecho amamantó al fruto de la fiebre, aprendí la otra cara del cielo que divorcia, el globo dos veces enmarcado que giraba; un millón de cerebros alimentaron al retoño que divide mis ojos; la juventud, de veras se abrevió; las lágrimas de la primavera se diluyeron en el verano y en las cien estaciones; un sólo sol, un único maná, fue calor y alimento. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
5.
Donde
Donde
una vez las aguas de tu rostro...
Donde una vez las aguas de tu rostro
giraron
impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma,
los muertos alzan
la mirada;
donde un día asomaron el pelo los tritones
a través de tu
hielo, el viento áspero navega
por la sal, la raíz, las huevas de los
peces.
Donde una vez tus verdes nudos hundieron su atadura
en el cordón de
la marea, allí camina ahora
el vegetal destejedor,
con tijeras
filosas, empuñando el cuchillo
para cortar los canales en su origen
y
derribar los frutos empapados.
Invisibles, tus mareas medidoras del tiempo
irrumpen en las camas
galantes de las algas;
el alga del amor se vuelve mustia;
allí en
torno a tus piedras
sombras de niños van, que desde su vacío
lloran
ante el mar colmado de delfines.
Secos como la tumba, tus coloreados párpados
no serán aherrojados
mientras la magia se deslice
sabia sobre el cielo y la tierra;
habrá
corales en tus lechos,
habrá serpientes en tus mareas,
hasta que
mueran todos nuestros juramentos del mar.
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
6.
El
El
jorobado en el parque El jorobado en el parque solitario señor apuntalado entre los árboles y el agua desde que el candado del jardín se abre para que entren los árboles y el agua hasta la lóbrega campana dominguera en el crepúsculo, come el pan que ha traído en un diario bebe el agua del jarro encadenado que los niños llenaron de pedruscos en el estanque donde hice navegar mi barco, por la noche durmió en una perrera pero sin que nadie le pusiera cadenas. Como los pájaros del parque ha venido temprano se sentó como el agua y señor lo llamaban eh señor los chiquillos bribones del lugar que escapaban apenas los oía hasta alejarse de su vista más allá del lago y los rosales riéndose cuando el otro agitaba su diario encorvado en la burla pasaban por el zoológico sonoro de la arboleda de los sauces esquivando al cuidador del parque con su palo de juntar las hojas. Y el viejo perro aletargado solitario entre las niñeras y los cisnes mientras desde los sauces los chiquillos hacían que los tigres saltaran de sus ojos para rugir entre las piedras rocosas y los bosques se azulaban de marineros trabajó el día entero hasta la hora de cerrar en una figura de mujer sin fallas erguida como un joven olmo alta y erguida surgió de sus huesos torcidos para que de noche se pusiese de pie tras los cerrojos y las cadenas Toda la noche en el parque deshecho tras los arbustos y las rejas los pájaros el pasto los árboles el lago y los niños inocentes como fresas habían ido en pos del jorobado hasta su perrera en las sombras. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
7.
En mi oficio o mi arte sombrío...
En mi oficio o mi arte sombrío...
En mi oficio o mi arte sombrío ejercido en la noche silenciosa cuando sólo la luna se enfurece y los amantes yacen en el lecho con todas sus tristezas en los brazos, junto a la luz que canta yo trabajo no por ambición ni por el pan ni por ostentación ni por el tráfico de encantos en escenarios de marfil, sino por ese mínimo salario de sus más escondidos corazones. No para el hombre altivo que se aparta de la luna colérica escribo yo estas páginas de efímeras espumas, ni para los muertos encumbrados entre sus salmos y ruiseñores, sino para los amantes, para sus brazos que rodean las penas de los siglos, que no pagan con salarios ni elogios y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
8.
Este
Este
pan que yo parto fue alguna vez avena... Este pan que yo parto fue alguna vez avena, este vino en un árbol extranjero se zambulló en su fruta; durante el día el hombre y por la noche el viento segaron las cosechas, rompieron el gozo de la uva. Alguna vez, en este vino, la sangre del verano golpeteaba en la carne que vestía la viña, un día en este pan la avena al viento era alegría, el hombre rompió el sol, abatió el viento. Esta carne que partes, esta sangre a la que dejas sembrar desolación entre las venas fueron avena y uva nacieron de la raíz sensual y de la savia; mi vino que te bebes, el pan que me arrebatas. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
9.
Mi
Mi
mundo es pirámide Mitad del padre camarada cuando imita al Adán que el mar sorbiera en su casco vacío, Mitad de la madre camarada cuando salpica con su leche lasciva la zambullida del mañana, las sombras bifurcadas por el hueso del trueno saltan hacia la sal que no ha nacido. La mitad camarada era de hielo cuando una primavera corrosiva brotaba en la cosecha del glaciar. la sombra y la simiente camarada murmuraban el vaivén de la leche encrespado en el pecho, pues la mitad del amor era sembrada en el fantasma estéril y perdido. Las mitades dispersas se han vuelto camaradas en un ente lisiado la muleta que la médula golpea sobre el sueño renguea en la calle del mar, entre la turba de cabezas con lengua de marea y vejigas al fondo y empala a los durmientes en la tumba salvaje donde ríe el vampiro. Las mitades zurcidas se partían huyendo por el bosque de los cerdos salvajes y la baba en los árboles, sorbiendo las tinieblas sobre el cianuro se abrazaban y desataban víboras prendidas en su pelo; las mitades que giran perforan como cuernos al ángel arterial. ¿De qué color es la gloria? ¿La pluma de la muerte? tiemblan esas mitades que taladran el ojo de la aguja en el aire y a través del dedal horadan el espacio, manchado de pulgares. El fantasma es un mudo que farfullaba entre la paja, el fantasma que tramaba el saqueo en su vuelo enceguece sus ojos rastreadores de nubes. II Mi mundo es pirámide. La sigilosa máscara llora sobre el ocre desierto y el verano agresivo de sal. Con mi armadura egipcia fundiéndose en su sábana araño la resina hasta un hueso estrellado y un falso sol de sangre. Mi mundo es un ciprés y un valle de Inglaterra yo remiendo mi carne que retumbó en los patios roja por la salva de Austria. Oigo a través del tambor de los muertos, que mutilados jóvenes mientras siembran sus vísceras desde un cerro de huesos gritan Eloi a los cañones. El cruce del Jordán arrasa mi sepulcro. El casquete del Ártico y la hoya del sur invaden mi jardín de casa muerta. El que me busca lejos señalando en mi boca las pajas de Asia me pierde cuando doblo por el maíz atlántico. Las mitades amigas, partidas mientras giran en redes de mareas, se enredan a las valvas y hacen crecer la barba del diablo no nacido, sangran desde mi horquilla ardiente y huelen mis talones las lenguas celestiales murmuran mientras yo me deslizo atando la capucha de mi ángel. ¿Quién sopla la pluma de la muerte? ¿De qué gloria es el color? en la vena yo soplo esta pluma lanuda es el lomo la gloria en una laboriosa palidez. Mi arcilla ignora el pecho y mi sal no ha nacido, niño secreto, yo vago por el mar en seco, sobre el muslo a medias derrotado. Versión de Elizabeth Azcona Cranwell
Versos y pensamientos de Dylan Thomas
4 citas« Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo / ya no encerraron el »
« De los suspiros algo nace / que no es la pena, porque la he abatido »
« Desde la primera fiebre del amor a su infortunio, desde el tierno / segundo »
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