« El recto andar del agua prisionera / se hizo círculo y copla en tus »
Dionisio Ridruejo · A la piedra del molino
Biografía y amplia selección de poemas de Dionisio Ridruejo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Dionisio Ridruejo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
El recto andar del agua prisionera se hizo círculo y copla en tus ardores, pan de roca, en tu danza molinera, alegres de tus albas mis rumores. Sol de espigas, tus labios giradores, labios del llanto, pesadez ligera, enmudecen tu amarga primavera, luna muerta en el llanto de las flores. Hoy te miro, descanso del camino, moneda del recuerdo abandonada en la quieta nostalgia del molino. Cíclope triste, el ojo sin mirada y la forma andadora sin destino, en el eje del aire atravesada.
Desnuda y vertical, pero ceñida, la línea de la tierra a la pereza de una carne que cede, cuando empieza la perfección del sueño, su medida. Materia sin amor, pero encendida por el número fiel de la pureza donde la fría carne se adereza sin el gusto del tiempo y de la vida. ¡Oh, dócil a los ojos y apartada del fuego de la sangre, muda gloria en éxtasis de tierra levantada! Antigua juventud fresca y gastada que aflige la pasión de su memoria en esta eternidad tan sosegada.
Suave y firme tu mano. No tembló tu corazón; era un instante de calma y superficie en tu voz como plata con arena y en la húmeda pizarra de tus ojos. Ha sido ahora, ausente, cuando el tacto recuerda una caricia y sangre adentro va tu aroma alzando el oleaje y quema tu piel de oro. Sufro extrañado en esta mano nueva con su emoción de almendro, que late y crea al recordar. La paso por los objetos de costumbre: el hierro, la madera, el cristal, la lana -tuyos- y una descarga eléctrica de rosas los hace carne viva.
Como ofrenda del trigo aventurada para dar su pasión a la marina avanzabas, esbelta y matutina, de oro gentil vestida y coronada. Mediodía del sol, tierra postrada con niebla de estupor, siesta salina; y agosto en ti, con la sazón divina de una torre solar, libre y pausada. Espada fresca, el aire de tu paso, calmaba la aridez mientras ardía sosteniendo los cielos, milagrosa. Sólo mi corazón era el ocaso; mi alma detrás, la noche sólo mía, para sólo tu lumbre victoriosa.
Nos junta el resplandor en esta hoguera que tu alabastro transparenta y dora, y en lenguas alegrísimas devora una viña de muerta primavera. Astros de velocísima carrera resbalan en tus ojos, y me explora todo tu ser en ascua tentadora, el corazón que consumido espera. Amada sin secreto, tan cercana, veo íntima y abierta, en un ocaso que hace el sol en ti misma, cómo mana tu savia ardiente bajo limpio raso; y hago sarmiento de mi amor, que gana oro para la sed en que me abraso.
Anteayer dormí en el prado sobre el olor de la hierba, ayer entre los pinares, hoy en la tranquila selva, mañana, raso con raso, solo entre el cielo y la tierra. El alba de cada sol nuevo campo me revela, y el sueño de cada noche las mismas hondas estrellas. En el día se recorre lo que en la noche se sueña: siempre la misma esperanza bajo distinta promesa, y en la noche se vigila todo lo que el paso deja, compañía militar en camino de la ausencia. ¿Cuánto será lo que avanza y cuánto lo que regresa? Corazón aventurado: ¿qué miras en lo que sueñas? La sangre, toda la sangre. La tierra, toda tu tierra.
Quien le dé un corazón a este minuto yerto, a este fluir sin armonía, a esta mi sangre dolorosa y fría, a este seco dolor sin voz ni luto. Quien pula aristas al diamante bruto, quien vuelva al ave su perdida guía, quien haga soledad y compañía, voz y silencio al cántico absoluto. Quien me devuelva todos mis paisajes y vea, en mis quietudes recogida, costa anhelada y velo de mis viajes; Quien la salud me torne con su herida, quien a mis sueños vista con sus trajes, ¡ansia sin forma! cumplirá mi vida.
Es, si en olvidos dolorosos entro, tu voz jamás oída la que grita. Fuiste eterno después y eterna cita que no cumplió el minuto del encuentro. Como órbita turbada por su centro que en fugas torna y el contacto evita, con la certeza del amor escrita, vivías lejos y latías dentro. Ni caricia ni voz se conocieron, ni el aire sospechó nuestros amores que en un tiempo sin horas se durmieron. Ojos tuvo el amor, siembra sin flores, y en aquellos sin llanto que me vieron aún me verán las lágrimas que llores.
« El recto andar del agua prisionera / se hizo círculo y copla en tus »
« Desnuda y vertical, pero ceñida, / la línea de la tierra a la pereza »
« Suave y firme tu mano. / No tembló tu corazón; era un instante »
« Como ofrenda del trigo aventurada / para dar su pasión a la marina »
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