Poesía Universal

Diego Jesús Jiménez

Biografía y amplia selección de poemas de Diego Jesús Jiménez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Diego Jesús Jiménez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Diego Jesús Jiménez

8 poemas seleccionados
1.

Ángel de la oscuridad

Libertad aparente la palabra en el aire;

		la espesura del verso,

		penumbra iluminada por vocablos oscuros.

		Solitarios, los pájaros, recorren

		como una sombra más las sombras en el bosque.

		

                                                                                          
		La claridad

		siempre es distancia; apenas un intento

		de llegar a la luz. Ángel perverso

		y bello, donde la noche anuncia

		su lenguaje habitable.

		

		Nunca hallarás, al otro lado de estas sombras,

		vida alguna; luz que te aleje, pájaro de las tinieblas, con sus nombres 
		ambiguos

		de las ruinas del tiempo.


		De 
		"Itinerario para naúfragos" 1997
2.

I.los

I.Los lagartos dibujan 
		en el tiempo

		su muerte mineral. Hay mastines que sueñan con rocío en los ojos

		y que entornan las noches ante el infortunio. No sé por qué

		tras las últimas casas de los barrios extremos

		imagina uno el mar. La luz es un estanque

		que habita la memoria, un estanque con algas y secas humedades

		donde los días yacen en sus salas de espera.

                                                         
		Los cementerios de automóviles

		atraviesan urgentes madrugadas

		de hospitales y de óxidos. Deja la claridad, entre las flores,

		un mundo submarino abierto. Sueñan los dormitorios

		enfermedades plateadas, y hay un temblor difuso en las paredes

		y muñecas sin ojos arrastrando

		su universo olvidado. Hay vacíos océanos

		y animales pacientes que ahogan el insomnio.

		La tortuga invernal, entre la lluvia,

		avanza más aprisa que los trenes

		que atraviesan los cielos. Nadie

		recuerda nada aquí. Todo está aislado en su inseguridad; la luz es un 
		naufragio

		de hogueras apagadas. De humo estrellado

		son las sombras, y hay navajas que brillan de incertidumbre

		como un escalofrío. Hay testigos de espuma en los alrededores

		y recodos de horas que no terminan nunca. Hierve la Historia

		en una sola página. La ciudad,

		a lo lejos, tiene un maduro resplandor

		de palacio de invierno.
3.

Ii.

II.
		Oigo desde aquí los 
		aljibes, los desagües

		desde donde las ratas y los pobres comparten sus negocios

		de cartón y de humo; ya los ejecutivos,

		con la seguridad de los prestidigitadores,

		ascender por el aire; ya los asentadores,

		ya los intermediarios de todo cuanto un día en los campos

                                                     
		fue bello; o a los que distribuyen

		su mercancía invisible y, poco a poco, adquieren

		esa pátina helada de los santos, en los ojos el frío

		de los peces que han muerto.

                                                           
		Ved que el robo es defensa

		y la piedad mentira; que en estas calles

		donde es dolor la Historia y la vida pecado,

		por las que se presume

		tanto de libertad como de pobreza,

		ya no se lucha a muerte. Baja del Guadarrama un viento

		de rendición. Entre los árboles

		deja la espuma de la noche sus párpados abiertos.
4.

Iii.

III. La ciudad

		brilla como una ola de ceniza sobre la lejanía. Es agosto

		y, desde aquí, ves tenderse

		el fatigado cuerpo del silencio en las lomas, la quemadura

		vegetal de los parques que, a lo lejos, encienden con sus llamas

		lentas flores de sombra.

		

                                                  
		En las afueras

		hay un olor portuario

		de mercancía muerta; es un muelle la tarde

		donde yace la lluvia en apagados trenes; y hay hélices y anclas

		de barcos que no existen, y ruidos que se esconden

		en las profundidades de las sombras como animales ciegos.

		Lo mismo que en los puertos

		ves frutos que se pudren como auroras calladas

		y restos de periódicos que vuelan, sin razón,

		por los aires.

		

                           
		No es el silencio aquí

		como el de las murallas o como el de las frondas

		de los ríos abiertos. Una edad medieval

		discurre en los contornos, sueña en los alrededores de las cosas.

		Hay una luz de atardecer entre las fábricas

		que dura todo el día. Huele a fatiga ya cartón, a riesgo, a vida 
		peligrosa

		en estos barrios donde

		no tiene el cielo crédito ni la infancia fortuna.


		                                                                                    
		Abre la calma de la tarde sus puertas

		de calor a la noche; y atraviesan

		en vuelo errante, como cenizas de la luz, el silencio

		los pájaros.
5.

De "Itinerario para naúfragos" 1997

IV. De la noche desciende como un ángel huido de los cielos.

		Desciende de sus pétalos grises y de sus manos muertas.

		Sueña por los fríos sepulcros de los invernaderos

		donde el rocío no existe y está el tiempo callado.

		

		Llega desde la muerte,

		desde negros océanos deshabitados, con veloces caballos purísimos y 
		errantes;

		sus caballos glaciares cuyo galope eterno pisotea las flores,

		las flores que penetran ahogándose en las clínicas, donde

		hay un llanto eléctrico por las enfermedades.

		

		Regresa de las lágrimas de los amaneceres, perdida en la marea de sus 
		ojos vacíos

		donde eligen los árboles sus insectos dorados y los ricos sus pobres.

		Desde sus sienes abrasadas por extraños arcángeles de ceniza y de niebla 
		desciende,

		regresa enfurecida a sus más bajos fondos.

		

		¡Oh, altísima ciudad, flor de infortunio, luz disecada entre las páginas

		donde llora la Historia arrepentida! ¡Altísimo pecado de cristal y 
		silencio!

		Dime que no es verdad la noche, ni la muerte ni el llanto

                                                                      
		con los que te disfrazas de papeles y líquidos.

		

		Hay un lóbrego viento de submarinos invisibles y manzanas podridas.

		La soledad busca sus cuerpos destrozados por los rincones de los 
		hospitales

		donde ascienden heridos por las blancas paredes de sus habitaciones

		solitarios difuntos que, de pronto, se nublan

		y su duelo consiste en su propio cadáver.

		

		Está en las madrugadas que abandonan los parques,

		entre vómitos pálidos y cisternas amargas, donde hay pájaros muertos

		y fermenta el sonido de sus viejas heridas

		entre algodones y tijeras que han abierto los ojos.

		Con su dolor se nutren los poetas; sus versos le traicionan entre las 
		mariposas y las nubes.

		¡Ay, dime que no son ciertos tus dioses con gusanos ni tus cuerpos de 
		estiércol!

		Dime tú que no existe el pan de cieno que no tiene memoria y has dejado 
		mordido.

		Llegas de las afueras y los túneles, de metales cerrados y fábricas en 
		llamas.

		Estás en la garganta de las larvas que oxidan a los años.

		Dime que no es verdad el día de tus negros espejos

		ni tus desheredados con asma interminable, ni el eterno silencio

		de los que más humillas: a los que robas cada día, cuando los 
		atardeceres

		yacen en los suburbios, y navegan los pobres en barcas naufragadas

		tu olvido.


		De 
		"Itinerario para naúfragos" 1997
6.

Coro de ánimas

Ved ahí el púlpito

		de nuestra gloria, ahí el callado altar, los ciegos 

		comulgatorios del vicio; la estropeada 

		sonrisa de los hombres.

                                        
		Ahí nace 

		con el humo

		y la paz, nuestra humana discordia. Velas 

		bajo la sombra de un último 

		cadáver. Un desterrado y solitario coro 

		de ánimas, baja del techo 

		o de la cúpula. Se oye su voz aquí, en el sonoro 

		sepelio de la carne.

                                        
		Solos,

		solos ante el sonido de la muerte; solos 

		en la alegría, avergonzados 

		ante la soledad.

                                        
		¡Padre!, ¡madre!, tú, vosotros, 

		todos, los inútiles

		muertos, los distraídos, que con palabras que nunca 

		pude entender, me habláis; ¿dónde poneros?; vosotros, los que nunca 

		me traicionáis, los más amigos, ¿como os conoceré?.

		

		Mi avergonzada soledad

		os ama. Así, así, estériles, pálidos, señores 

		del hastío, sombras lejanas 

		donde vive el amor, ¡vosotros!, el único deseo 

		de mi vida, ¿dónde 

		os puse, qué hice 

		con tan alto disfraz?, ¿dónde 

		pude esconderos?

                                        
		Este

		es el oscuro canto

		de la elegancia. Os deseo, os deseo, ¡os amo!, seres 

		de la desgracia y el fracaso;

                                                         
		yo, 

		que os veo con el duro 

		silencio de mi vida, 

		con la fértil caricia 

		de la esterilidad, ¿cómo 

		puedo olvidaros?

		

                                    
		Oigo las voces, entro 

		en la clara abadía, piso el refugio 

		de vuestro convento. Aquí, 

		sobre las piedras frías de este templo, os hablo. Aquí, 

		sobre la nieve os beso 

		con dolor.

		

                     
		¿De qué alta

		cartuja, de qué débil

		sacristía estáis hechos? Solo,

                                                           
		lo que es cornisa pura 

		para la sangre, la herencia inútil 

		de vuestro sosiego, la calma 

		de vuestra voz, la vacía memoria y el pulso 

		desgastado. ¿Dónde, dónde 

		podéis estar?

                           
		Si os hice

		ver, si os hice

		respirar, si estáis tallados 

		con lo mejor que tuve 

		y tengo, con lo que nunca 

		poseí. Si con todo mi amor oscuro 

		me amáis, decidme: ¡cómo!, ¡cómo 

		he podido perderos!

		

		De "Coro de ánimas" 1968
7.

El

silencio

		

		¿Dónde podré esconderme 

		si no es ahí, en estas 

		palabras de amor?

                                    
		Ante vosotras, 

		hijas del turbio hospicio 

		de mi alma -mis dóciles 

		doncellas-, llora mi desconsuelo. 

		Yo les escribo

		a las pequeñas manchas de tinta 

		de tus manos, como si fuesen

                                                   
		cartas que debo 

		contestar en la noche. Toco el falso 

		disfraz, el picaporte 

		de tu oscuro colegio; en él 

		suena mi vida, discurre 

		como un río mi vida.

                                       
		Llega ya el príncipe 

		de tus libros azules, sobrevuelan las hadas 

		que te ocultan y encienden. En tu cuello alargado 

		se oscurecen mis sueños, tus caderas sin nadie

		me preguntan; ya llegan 

		como calientes besos, como nubes lejanas 

		tus rodillas; me bendice tu sombra 

		clandestina. ¿Dónde

                                         
		están tus ojos, 

		que a todo respondían?

		Entonces

		eran tus pechos nidos, eran pequeños pájaros 

		sin vuelo; eran llanuras, pueblos 

		deshabitados, llaves 

		de pequeñas iglesias, de alacenas 

		vacías.

		Hoy,

		que el deseo se cumple, este 

		negro silencio de la noche nieva 

		en el alma, nieva 

		sobre la oscuridad;

                                       
		como la lumbre 

		de los romeros o de las aliagas, yo oigo 

		tus calladas respuestas.

		

		De "Coro de ánimas" 1968
8.

Espacio para un sueño

Para Nena y Juan Kreisler

		

		Escondido repite,

		por cipreses y yedras, un pájaro su canto.

		Celebra la mirada

		una batalla con el tiempo esta tarde de otoño 

		incendiada de nieblas. Y pensando en la Historia 

		-una nube de polvo en el paisaje, 

		las piedras estañadas por los tonos azules 

		que ha dejado la lluvia en las almenas- ves derramarse el tiempo.

		

		En la antigua arquería, los fragmentos

		de una inscripción indescifrable, poco a poco, se han ido convirtiendo
		

		en pequeños reptiles disecados: belleza aniquilada 

		que aún deslumbra a tus ojos. Es el tiempo 

		que, como los ríos, huye

		-rehén de sus espejos-, al obsesivo espacio de cuanto no ha vivido. 

		

		Si debemos morir, ¿por qué la vida,

		sobre cualquier lugar de la memoria, continúa esperándonos?

		

		Aletargados por el sol, decoran el silencio 

		cuantos signos contemplas.

                                                           
		Tan sólo purifica

		la calma vegetal que respiras, el canto del jilguero

		que la enramada oculta. Así habitas su edad

		llena de sufrimiento; la geometría invisible de su música eterna.

		

		Los malvarreales, centinelas de acequias 

		y de ruinas, la claridad de humo

		de esta tarde de octubre, edifican el reino que contemplas.

                                     
		No sabes ya si vives,

		o si sueñas o has muerto y no te has dado cuenta. En sus altares 

		lo irremediable de la Historia es venerado. Nace de las orillas de un 
		infinito océano 

		la luz cansada de cuanto te deslumbra. No otra cosa difunde 

		su corazón ahora, que no sea la muerte 

		que continúa latiendo.


		De 
		"Itinerario para naúfragos" 1997

Versos y pensamientos de Diego Jesús Jiménez

4 citas
« Libertad aparente la palabra en el aire; / la espesura del verso, »
Diego Jesús Jiménez · Ángel de la oscuridad
« I.Los lagartos dibujan / en el tiempo »
Diego Jesús Jiménez · I.los
« Oigo desde aquí los / aljibes, los desagües »
Diego Jesús Jiménez · Ii.
« III. La ciudad / brilla como una ola de ceniza sobre la lejanía. Es agosto »
Diego Jesús Jiménez · Iii.
Biblioteca poética

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