Poesía Universal

Derek Walcott

Derek Walcott es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras co...

Biografía lírica

Vida

Derek Walcott es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Derek Walcott

7 poemas seleccionados
1.

Desenlace

Yo vivo solo

		al borde del agua sin esposa ni hijos.

		He girado en torno a muchas posibilidades

		para llegar a lo siguiente:

		

		una pequeña casa a la orilla de un agua gris,

		con las ventanas siempre abiertas

		hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

		

		Mas somos lo que hemos hecho.

		Sufrimos, los años pasan,

		dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

		

		de cargar con algo. El amor es una piedra

		que se asentó en el fondo del mar

		bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

		

		la poesía sino buenos sentimientos,

		ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,

		podemos sentarnos a mirar las aguas grises,


		y en una vida 
		inmaculada

		por la mediocridad y la basura

		vivir al modo de las rocas.


		Voy a olvidar la 
		sensibilidad,

		olvidaré mi talento. Eso será más grande

		y más difícil que lo que pasa por ser la vida.
2.

El amor después del amor

El tiempo vendrá

			cuando, con gran alegría,

			tú saludarás al tú mismo que llega

			a tu puerta, en tu espejo,

			y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,

			y dirá, siéntate aquí. Come.

			Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.

			Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor

			a ti mismo, al extraño que te amó

			toda tu vida, a quien no has conocido

			para conocer a otro corazón, 

			que te conoce de memoria.

			Recoge las cartas del escritorio,

			las fotografías, las desesperadas líneas,

			despega tu imagen del espejo.

			Siéntate. Celebra tu vida.
3.

El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...

El mar del verano, la 
		carretera de asfalto caliente en declive, esta
                                                                        
		hierba, estas chozas que me hicieron,
jungla y cuchilla siembran 
		hierba brillando tenuemente junto a la cuneta,
el filo del arte;

		las cochinillas bullen en el bosque sagrado,
nada puede hacerlas 
		salir con fuego, están en la sangre;
sus bocas rosas, como querubes, 
		cantan de la lenta ciencia
del morir -todo cabezas, con, en cada 
		oreja, un ala diáfana.
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que 
		las ramas irrumpan en el mar,
miré por la ventana móvil y herbosa y 
		pensé «pinos»
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir
en 
		este calor tropical con su idea infantil de Rusia.
Entonces, de 
		pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores
de la fe que 
		traicioné, o la fe que me traicionó-
mariposas amarillas alzándose en 
		la carretera a Valencia
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí, 
		sí es nuestra respuesta»,
El Nunc Dimittis de su coro verdadero.

		¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados
con 
		hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo,
mientras el 
		Verbo, apenado, se volvió hacia la poesía?
¡Ah, pan de vida que sólo 
		el amor sabe leudar!
Ah, Joseph, aunque ningún hombre muera jamás en 
		su propio país,
la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.


		Versión de Vicente  
		Araguas
Huerga y Fierro Editores
4.

En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...

En los otros ochenta, 
		cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico, la 
		idea del cielo
de un hedonista era el aparador de una cocina 
		francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los 
		Impresionistas,
el arte era 
		une tranche de vie, queso o pan horneado en casa-
la luz, en 
		su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única 
		verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer; 
		la profundidad de 
		nature morte
era que la propia muerte es sólo otra superficie

		como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento.
Cien 
		veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas,
faldas 
		almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua,

		muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.

		Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos
se 
		amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que una 
		explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza 
		muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le vale
al 
		pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros.


		Versión de Vicente  
		Araguas
Huerga y Fierro Editores
5.

Fama

Esto es la fama: domingos, 

		una sensación de vacío 

		como en Balthus,

		

		callejuelas empedradas, 

		iluminadas por el sol, resplandecientes,

		una pared, una torre marrón

		

		al final de una calle, 

		un azul sin campanas, 

		como un lienzo muerto

		

		en su blanco 

		marco, y flores: 

		gladiolos, gladiolos

		

		marchitos, pétalos de piedra 

		en un jarrón. Las alabanzas elevadas 

		al cielo por el coro

		

		interrumpidas. Un libro 

		de grabados que pasa él mismo 

		las hojas. El repiqueteo

		

		de tacones altos en una acera. 

		Un reloj que arrastra las horas. 

		Un ansia de trabajo.


		Versión de Antonio 
		Rasines
6.

Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc...

Has olvidado el calor. 
		Podría venir ardiendo de una cerca de zinc.
Ni siquiera las palmeras 
		de la orilla del mar se agitan en paz.
El Imperio se mofa de todos 
		los pensamientos en futuro.
Sólo los bajíos de este océano interior 
		murmuran
versos de otro mar, al que éste recuerda-
mitos de islas 
		análogas de olivo y mirto,
el sueño del Golfo adormilado. Aunque sus 
		templos,
bloques blancos contra el verde, sean hoteles, y sus 
		pórticos
centros comerciales, con el tiempo harán buenas ruinas;

		por lo tanto ¿qué más da si la mano del Imperio es tan lenta como
una 
		tortuga firmando el oleaje en lo que se refiere a tratados?
El genio 
		llegará a contradecir la historia,
y está ahí en sus cuerpos 
		tostados, en las olivas de los ojos,
como cuando los chulos de la 
		Atenas demótica entretejieron el caos
de Asia, y las chicas de las 
		aldeas de estacas, putas teñidas de alheña,
eran las hetairas. La 
		marea vespertina baja, y el hedor
de imperios ulteriores -alzándose 
		de bayas que orlan
los dobladillos de tiranos y playas- alcanza un 
		tribunal
donde las nubes descienden sus escalones como senados que 
		pasan,
no diferentes de cuando, bajo hojas de mirto que canturrean,

		compartieron una sombra, el poeta y el asesino.


		Versión de Vicente  
		Araguas
Huerga y Fierro Editores
7.

Las gaviotas discuten con el rocío de las olas...

Las gaviotas discuten 
		con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados
hacen círculos 
		durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife
donde un 
		pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres

		llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras,

		o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como

		hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas

		cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar,
que se precia de 
		que ningún hombre la marque,
aún ofrece tales lugares para la pluma 
		egoísta,
y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la 
		república
del pólipo fue construida para nosotros -cuevas 
		hipnotizadas
que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean

		con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a 
		pique.
Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción
de los 
		bancos de arena cañoneados por las olas,
y los robos a pico armado 
		que las gaviotas practican entre sí
porque todo es en honor del dios 
		gaviota. Pero hay islotes donde nuestra
sombra es anónima, con 
		pececillos cuya similitud se nos
escapa mientras la cadena del ancla 
		matraquea desde la proa.


		Versión de Vicente  
		Araguas
Huerga y Fierro Editores

Versos y pensamientos de Derek Walcott

4 citas
« Yo vivo solo / al borde del agua sin esposa ni hijos. »
Derek Walcott · Desenlace
« El tiempo vendrá / cuando, con gran alegría, »
Derek Walcott · El amor después del amor
« El mar del verano, la / carretera de asfalto caliente en declive, esta »
Derek Walcott · El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...
« En los otros ochenta, / cien veranos que marcharon »
Derek Walcott · En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...
Biblioteca poética

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