« Yo vivo solo / al borde del agua sin esposa ni hijos. »
Derek Walcott
Derek Walcott es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras co...
Vida
Derek Walcott es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Derek Walcott
1.
Desenlace
Desenlace
Yo vivo solo al borde del agua sin esposa ni hijos. He girado en torno a muchas posibilidades para llegar a lo siguiente: una pequeña casa a la orilla de un agua gris, con las ventanas siempre abiertas hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas. Mas somos lo que hemos hecho. Sufrimos, los años pasan, dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad de cargar con algo. El amor es una piedra que se asentó en el fondo del mar bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a la poesía sino buenos sentimientos, ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa, podemos sentarnos a mirar las aguas grises, y en una vida inmaculada por la mediocridad y la basura vivir al modo de las rocas. Voy a olvidar la sensibilidad, olvidaré mi talento. Eso será más grande y más difícil que lo que pasa por ser la vida.
2.
El amor después del amor
El amor después del amor
El tiempo vendrá cuando, con gran alegría, tú saludarás al tú mismo que llega a tu puerta, en tu espejo, y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro, y dirá, siéntate aquí. Come. Seguirás amando al extraño que fue tú mismo. Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor a ti mismo, al extraño que te amó toda tu vida, a quien no has conocido para conocer a otro corazón, que te conoce de memoria. Recoge las cartas del escritorio, las fotografías, las desesperadas líneas, despega tu imagen del espejo. Siéntate. Celebra tu vida.
3.
El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...
El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...
El mar del verano, la
carretera de asfalto caliente en declive, esta
hierba, estas chozas que me hicieron,
jungla y cuchilla siembran
hierba brillando tenuemente junto a la cuneta,
el filo del arte;
las cochinillas bullen en el bosque sagrado,
nada puede hacerlas
salir con fuego, están en la sangre;
sus bocas rosas, como querubes,
cantan de la lenta ciencia
del morir -todo cabezas, con, en cada
oreja, un ala diáfana.
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que
las ramas irrumpan en el mar,
miré por la ventana móvil y herbosa y
pensé «pinos»
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir
en
este calor tropical con su idea infantil de Rusia.
Entonces, de
pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores
de la fe que
traicioné, o la fe que me traicionó-
mariposas amarillas alzándose en
la carretera a Valencia
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí,
sí es nuestra respuesta»,
El Nunc Dimittis de su coro verdadero.
¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados
con
hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo,
mientras el
Verbo, apenado, se volvió hacia la poesía?
¡Ah, pan de vida que sólo
el amor sabe leudar!
Ah, Joseph, aunque ningún hombre muera jamás en
su propio país,
la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
4.
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon como la luz de un paraíso doméstico, la idea del cielo de un hedonista era el aparador de una cocina francesa, manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los Impresionistas, el arte era une tranche de vie, queso o pan horneado en casa- la luz, en su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía. El ojo era la única verdad, y aquello que atraviesa la retina se desvanece al amanecer; la profundidad de nature morte era que la propia muerte es sólo otra superficie como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento. Cien veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas, faldas almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua, muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas. Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos se amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos menos reales que una explosión fatal de crisantemos, idéntico carmesí para la naturaleza muerta y la matanza de jóvenes. Tenían razón -todo le vale al pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros. Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores
5.
Fama
Fama
Esto es la fama: domingos, una sensación de vacío como en Balthus, callejuelas empedradas, iluminadas por el sol, resplandecientes, una pared, una torre marrón al final de una calle, un azul sin campanas, como un lienzo muerto en su blanco marco, y flores: gladiolos, gladiolos marchitos, pétalos de piedra en un jarrón. Las alabanzas elevadas al cielo por el coro interrumpidas. Un libro de grabados que pasa él mismo las hojas. El repiqueteo de tacones altos en una acera. Un reloj que arrastra las horas. Un ansia de trabajo. Versión de Antonio Rasines
6.
Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc...
Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc...
Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc. Ni siquiera las palmeras de la orilla del mar se agitan en paz. El Imperio se mofa de todos los pensamientos en futuro. Sólo los bajíos de este océano interior murmuran versos de otro mar, al que éste recuerda- mitos de islas análogas de olivo y mirto, el sueño del Golfo adormilado. Aunque sus templos, bloques blancos contra el verde, sean hoteles, y sus pórticos centros comerciales, con el tiempo harán buenas ruinas; por lo tanto ¿qué más da si la mano del Imperio es tan lenta como una tortuga firmando el oleaje en lo que se refiere a tratados? El genio llegará a contradecir la historia, y está ahí en sus cuerpos tostados, en las olivas de los ojos, como cuando los chulos de la Atenas demótica entretejieron el caos de Asia, y las chicas de las aldeas de estacas, putas teñidas de alheña, eran las hetairas. La marea vespertina baja, y el hedor de imperios ulteriores -alzándose de bayas que orlan los dobladillos de tiranos y playas- alcanza un tribunal donde las nubes descienden sus escalones como senados que pasan, no diferentes de cuando, bajo hojas de mirto que canturrean, compartieron una sombra, el poeta y el asesino. Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores
7.
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas...
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas...
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados hacen círculos durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife donde un pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras, o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar, que se precia de que ningún hombre la marque, aún ofrece tales lugares para la pluma egoísta, y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la república del pólipo fue construida para nosotros -cuevas hipnotizadas que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a pique. Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción de los bancos de arena cañoneados por las olas, y los robos a pico armado que las gaviotas practican entre sí porque todo es en honor del dios gaviota. Pero hay islotes donde nuestra sombra es anónima, con pececillos cuya similitud se nos escapa mientras la cadena del ancla matraquea desde la proa. Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores
Versos y pensamientos de Derek Walcott
4 citas« El tiempo vendrá / cuando, con gran alegría, »
« El mar del verano, la / carretera de asfalto caliente en declive, esta »
« En los otros ochenta, / cien veranos que marcharon »
Libros de Derek Walcott recomendados
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: