Dámaso Alonso

Biografía y amplia selección de poemas de Dámaso Alonso. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (17 poemas seleccionados)

A los que van a nacer

¡Cuán cerca todavía

de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento

rugir entre los cedros del Levante?

¿Hay en vuestras pupilas rabos de oro,

vedijitas, aún, incandescentes,

de la gran lumbrarada creadora?

¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa

-sonrisillas de Dios, niños dormidos-

y juerga en vuestras salas,

niño eternal, gran inventor de juegos?

Oh, vosotros le veis, seres profundos,

y saltáis en el vientre de la madre.

¿Qué peces de colores

os surcan aguas del dorado sueño?

¿Qué divinos esquifes

-juguetes sin engaño-

cruzan el día albar de vuestro cauce?

¿De qué extraña ladera

son esas pedrezuelas diminutas

que bullen al manar de vuestras aguas?

Oh fuentes silenciosas.

Oh soterradas fuentes

de los enormes ríos de la vida.

Seréis torrente en furia

que va a rodar al páramo. Seréis

indagación y grito sin respuesta.

Ay, guardad esta luz estremecida.

Ay, refrenad el agua,

volved al centro exacto.

Ay de vosotros.

... Ay de estos cieguecitos

de leche no cuajada,

de tierna pulpa vegetal, dormida.

Ay, copos de manteca,

que hacia el mercado vais –de sus ordeños

modelados por Dios, aún en su música,

con las gotas aún de su rocío-

entre las verdes hojas de los úteros.

Dámaso Alonso

Amor

¡Primavera feroz! Va mi
ternura

por las más hondas venas derramada,
fresco hontanar, y furia
desvelada,

que a extenuante pasmo se apresura.

¡Oh qué acezar, qué hervir,
oh, qué premura
de hallar, en la colina clausurada,
la llaga roja de
la cueva helada,

y su cura más dulce, en la locura!

¡Monstruo fugaz, espanto de
mi vida,

rayo sin luz, oh tú, mi primavera,
mi alimaña feroz, mi arcángel
fuerte!

¿Hacia qué hondón sombrío
me convida,

desplegada y astral, tu cabellera?
¡Amor. amor, principio de la
muerte!

Dámaso Alonso

¡ay,

¡Ay, terca niña!...

¡Ay, terca niña!
Le
dices que no al viento,
a la niebla y al agua:
rajas al viento,

partes la niebla,
hiendes el agua.
Te niegas a la luz profundamente:

la rechazas,
ya teñida de ti: verde, amarilla,
- vencida ya -
gris, roja, plata.

Y celas de la noche,
la
ardua
noche de horror de tus entrañas sordas.

Cuando la mano intenta
poseerte,
siente la piel tus límites:
la muralla, la cava
de tu
enemiga fe, siempre en alerta.

Nombre te puse, te marcó mi
hierro,
«cáliz», «brida», «clavel», «cenefa», «pluma»...
(Era tu
sombra lo que aprisionaba.)
Al interior sentido
convoqué contra ti. Y,
oh burladora,
te deshiciste en forma y en color,
en peso o en
fragancia.
¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprehensible!

¡Ay, niña terca.
Ay,
voluntad del ser, presencia hostil,
límite frío a nuestro amor! ¡Ay
turbia
bestezuela de sombra,
que palpitas ahora entre mis dedos,

que repites ahora entre mis dedos
tu dura negativa de alimaña.

Dámaso Alonso

Burla

Por las praderas hondas,

avizor y azoradas

-oh ciervas en huída-

las ideas se escapan

con tan ligeros pies,

que si se abate el rayo,

raptor del alto cielo,

no encuentra más que campo:

paréntesis de cauce,

asomos de colina,

árbol agudo, huella

de pie veloz: sonrisa.

Dámaso Alonso

Ciencia de amor

No sé. Sólo me llega, en el
venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de dios; sólo en tus labios, la
caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.

¿Eres limpio cristal, o
ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su
cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.

yo no sé si eres muerte o
eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a
ti cuando te llamo.

Junco en el agua o sorda
piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy
hombre y que te amo.

Dámaso Alonso

¿cã“mo

¿Cómo era?

¿Cómo era Dios mío, cómo era?

Juan Ramón Jiménez

La puerta franca.

Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera
inclinación de nave

y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de
armonía

ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría

porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal,
cincel inepto

deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente,
humildemente,

la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el
alma toda.

Dámaso Alonso

Destrucción inminente

¿Te quebraré, varita de
avellano,

te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor
nacida,

tú, frágil ser que oprimo con mi mano!

Un chispazo fugaz, sólo un
liviano

crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,

cuánto pudo la muerte en un verano.

Mas, no; te dejaré... Juega
en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí,
hoja tras hoja.

Dame otoño también, Señor,
que siento

no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu
llamarada roja.

Dámaso Alonso

Dolor

Hacia la madrugada
me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor,

un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.

Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.

Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban,
crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,

durísimos
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,

como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,

según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana primaveral.

Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,
como un sutil
dibujo,
como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas
eléctricas,
que entrechocaban con descargas breves,
entrelazándose,
disgregándose,
para fundirse en nódulos o abrirse
en abanico.

¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de
seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,

y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer

y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,

pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún,
aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado
en sombra junto a un gigante cósmico.

Y fue como un incendio,
como si mis huesos ardieran,
como si la
médula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se
estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose,
aún incesantemente

se repusiera su materia combustible.

Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas,
frías:

minutos, siglos, eras:
el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a
él un incendio
universal, inextinguible.

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo

sin cesar,
mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes
de azufre,
con terribles silbidos y crujidos,
siempre,
mi gran
hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche,

soltando un río líquido y metálico
de fuego,
como los altos hornos

que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.

Dámaso Alonso

El indiferente

Batientes en sus goznes,

de tierra aún, los sueños,

en tanto desamparo,

los ojos dan, abiertos,

a esquilas amorosas,

resabios de ganado,

que aun tiemblan si es que gime

al cobijo del álamo.

Del álamo implacable,

pastor sutil del viento,

a esquilas de estos sotos

-¡belleza suya!- ciego.

Dámaso Alonso

En la sombra

Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,

que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el
terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha
sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió
la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu
revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu
inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin
rumor se invierte en el
agua salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como
esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz
de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero
el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche,

indiferente y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,

miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le
baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.

Dámaso Alonso

¿Existes? ¿No existes?

I
¿Estás? ¿No estás? Lo
ignoro; sí, lo ignoro.
Que estés, yo lo deseo intensamente.
Yo lo
pido, lo rezo. ¿A quién? No sé
¿A quién? ¿a quién? Problema es infinito.

¿A ti? ¿Pues cómo, si no sé
si existes?
Te estoy amando, sin poder saberlo.
Simple, te estoy
rezando; y sólo flota
en mi mente un enorme «Nada» absurdo.

Si es que tú no eres, ¿qué
podrás decirme?
¡Ah!, me toca ignorar, no hay día claro;
la pregunta
se hereda, noche a noche:
mi sueño es desear, buscar sin nada.

Me lo rezo a mi mismo:
busco, busco.
Vana ilusión buscar tu gran belleza.
Siempre necio creer
en mi cerebro:
no me llega más dato que la duda.

¿Quizá tú eres visible? ¿O
quizá sólo
serás visible, a inmensidad soberbia?
¿Serás quizá materia
al infinito,
de cósmica sustancia difundida?

¿Hallaré tu existir si
intento, atónito,
encontrarte a mi ver, o en lejanía?
La mayor
amplitud, cual ser inmenso,
buscaré donde el mundo me responda.

II
¿Pedir sólo lo
inmenso conocido?
¿Pedir o preguntar al Universo?
No al universo de la
tierra nuestra,
bajo, insensible, monstruoso, duro;

sí al Universo enorme, ya
sin límites,
con planetas, los astros, las galaxias:
tal un dios
material, flotando luces
en billones de años, sin fronteras.

Allí hay humanidades
infinitas;
las llamo tal, mas son de extrañas formas:
nada igual a los
hombres de esta tierra,
que aquí lloramos nuestra vida inmunda.

¡Extremado universo,
inmenso, hermoso!
Con eterna amplitud, materias cósmicas,
avanzan
infinitas las galaxias,
nebulosas: son gas, sólidas, líquidas.

III
Inmensidad, cierto
es.

Mas yo no quiero
inmensidad-materia; otra es la mía,
inmateria que
exista ( ¡ay, si no existe! ),
eterna, de omnisciencia, omnipotente.

No material, ¿pues que? Te
llamo espíritu
( porque en mi vida espíritu es lo sumo ).
Yo ignoro si
es que existes; y si espíritu.
Yo, sin saber, te adoro, te deseo.

esto es máximo amor; mi
amor te inunda;
el alma se me irradia en adorarte;
mi vida es tuya
sólo ( ¿ya no dudo? ).
Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo.

Dámaso Alonso

Y era un dolor inmenso el mar.

Gota pequeña, mi dolor...

Gota pequeña, mi dolor.

La tiré al mar.

Al hondo mar.
Luego me dije: ¡A tu sabor

ya puedes navegar!

Más me perdió la poca fe...

La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el
mar.

Dámaso Alonso

Gozo del tacto

Estoy vivo y toco
Toco,
toco, toco.
Y no, no estoy loco.

Hombre, toca, toca
lo
que te provoca:
seno, pluma, roca,

pues mañana es cierto

que ya estarás muerto,
tieso, hinchado, yerto.

Toca, toca, toca,
¡qué
alegría loca!
Toca. Toca. Toca.

Dámaso Alonso

Insomnio

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres

(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y
me incorporo

en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas
horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,

o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo
como el huracán,

ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre
caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se
pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad

de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el
mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que
se te sequen los grandes rosales del día,

las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

Lucía

Lucía es rubia y pálida.
Sus quietas
pupilas de princesa vagamente
miran hacia el ocaso, y en
su frente
se muere una ilusión. Las violetas

de sus grandes ojeras
melancólicas
parece que presienten el intenso
olor del camposanto y el
incienso
de preces funerarias y católicas.

Sobre su falda tiene un
libro abierto...
Mueve el aire los árboles del huerto,
y a la hoja del
libro va una hoja

otoñal...

( En el libro se refiere
cómo besa una hoja que se muere
a una rosa
carnal que se deshoja... )

Qué sutil gracia
tiene
tu amor, Amada!

Hoy las rosas eran más
rosas
y las palomas blancas, más blancas
y la risa del niño paralítico

del paseo de invierno estaba

suspensa, quieta, azul y
diluida
para ti y para mí.

¡Qué sutil gracia
tiene
tu amor, Amada!

Dámaso Alonso

Madrigal de las once

Desnudas han caído
las
once campanadas.

Picotean la sombra de los
árboles

las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando
encima.

La mañana
ha roto su collar desde la
torre.

En los troncos, se rascan
las cigarras.

Por detrás de la verja del
jardín,

resbala,

quieta,

tu sombrilla blanca.

Dámaso Alonso

Mujeres

Oh, blancura. ¿Quién puso
en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales
este claror de
luces siderales,

estas nieves, con sueño enardecidas?

Oh dulces bestezuelas
perseguidas.

Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh
cristales.

Oh velas altas, de la mar surgidas.

Ay, tímidos fulgores, orto
puro,

quién os trajo a este pecho de hombre duro,
a este negro fragor de
odio y olvido?

Dulces espectros, nubes,
flores vanas...

¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
tristes mujeres, de aire o de
gemido!

Dámaso Alonso

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