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Claudio Rodríguez · Adiós
Biografía y amplia selección de poemas de Claudio Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Claudio Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Cualquier cosa valiera por mi vida esta tarde. Cualquier cosa pequeña si alguna hay. Martirio me es el ruido sereno, sin escrúpulos, sin vuelta de tu zapato bajo. ¿Qué victorias busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas estas calles? Ni miro atrás ni puedo perderte ya de vista. Esta es la tierra del escarmiento: hasta los amigos dan mala información. Mi boca besa lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma del labio es la del viento. Adiós. Es útil norma este suceso, dicen. Queda tú con las cosas nuestras, tú, que puedes, que yo me iré donde la noche quiera.
Te he conocido por la luz de ahora, tan silenciosa y limpia, al entrar en tu cuerpo, en su secreto, en la caverna que es altar y arcilla, y erosión. Me modela la niebla redentora, el humo ciego ahí, donde nada oscurece. Qué trasparencia ahí dentro, luz de abril, en este cáliz que es cal y granito, mármol, sílice yagua. Ahí, en el sexo, donde la arena niña, tan desnuda, donde las grietas, donde los estratos, el relieve calcáreo, los labios crudos, tan arrasadores como el cierzo, que antes era brisa, ahí, en el pulso seco, en la celda del sueño, en la hoja trémula iluminada y traspasada a fondo por la pureza de la amanecida. Donde se besa a oscuras, a ciegas, como besan los niños, bajo la honda ternura de esta bóveda, de esta caverna abierta al resplandor donde te doy mi vida. Ahí mismo: en la oscura inocencia.
Ajeno Largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe. Y él oye ese tañido corto y curo del cuerpo, su cascada canción, siempre sonando a lejanía. Cierra su puerta y queda bien cerrada; sale y, por un momento, sus rodillas se le van hacia el suelo. Pero el alba, con peligrosa generosidad, le refresca y le yergue. Está muy clara su calle, y la pasea con pie oscuro, y cojea en seguida porque anda sólo con su fatiga. Y dice aire: palabras muertas con su boca viva. Prisionero por no querer, abraza su propia soledad. Y está seguro, más seguro que nadie porque nada poseerá; y él bien sabe que nunca vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama, ¿cómo podemos conocer o cómo perdonar? Día largo y aún más larga la noche. Mentirá al sacar la llave. Entrará. Y nunca habitará su casa.
Aún no pongáis las manos junto al fuego. Refresca ya, y las mías están solas; que se me queden frías. Entonces qué rescoldo, qué alto leño, cuánto humo subirá, como si el sueño, toda la vida se prendiera. ¡Rama que no dura, sarmiento que un instante es un pajar y se consume, nunca, nunca arderá bastante la lumbre, aunque se haga con estrellas! Este al menos es fuego de cepa y me calienta todo el día. Manos queridas, manos que ahora llego casi a tocar, aquella, la más mía, ¡pensar que es pronto y el hogar crepita, y está ya al rojo vivo, y es fragua eterna, y funde, y resucita aquel tizón, aquel del que recibo todo el calor ahora, el de la infancia! Igual que el aire en torno de la llama también es llama, en torno de aquellas ascuas humo fui. La hora del refranero blanco, de la vieja cuenta, del gran jornal siempre seguro. ¡Decidme que no es tarde! Afuera deja su ventisca el invierno y está oscuro. Hoy o ya nunca más. Lo sé. Creía poder estar aún con vosotros, pero vedme, frías las manos todavía esta noche de enero junto al hogar de siempre. Cuánto humo sube. Cuánto calor habré perdido. Dejadme ver en lo que se convierte, olerlo al menos, ver dónde ha llegado antes de que despierte, antes de que el hogar esté apagado.
...ou le Pays des Vignes?
Rimbaud
Nunca había sabido que mi paso
era distinto sobre tierra roja,
que sonaba más puramente seco
lo mismo que si no llevase un hombre,
de pie, en su dimensión. Por ese ruido
quizá algunos linderos me recuerden.
Por otra cosa no. Cambian las nubes
de forma y se adelantan a su cambio
deslumbrándose en él, como el arroyo
dentro de su fluir; los manantiales
contienen hacia fuera su silencio.
¿Dónde estabas sin mí, bebida mía?
Hasta la hoz pregunta más que siega.
Hasta el grajo maldice más que chilla.
Un concierto de espiga contra espiga
viene con el levante del sol. ¡Cuánto
hueco para morir! ¡Cuánto azul vívido,
cuánto amarillo de era para el roce!
Ni aun hallando sabré: me han trasladado
la visión, piedra a piedra, como a un templo.
¡Qué hora: lanzar el cuerpo hacia lo alto!
Riego activo por dentro y por encima
transparente quietud, en bloques, hecha
con delgadez de música distante
muy en alma subida y sola al raso.
Ya este vuelo del ver es amor tuyo.
Y ya nosotros no ignoramos que una
brizna logra también eternizarse
y espera el sitio, espera el viento, espera
retener todo el pasto en su obra humilde.
Y cómo sufre cualquier luz y cómo
sufre en la claridad de la protesta.
Desde siempre me oyes cuando, libre
con el creciente día, me retiro
al oscuro henchimiento, a mi faena,
como el cardal ante la lluvia al áspero
zumo viscoso de su flor; y es porque
tiene que ser así: yo soy un surco
más, no un camino que desabre el tiempo.
Quiere que sea así quien me aró. -¡Reja
profunda!- Soy culpable. Me lo gritan.
Como un heñir de pan sus voces pasan
al latido, a la sangre, a mi locura
de recordar, de aumentar miedos, a esta
locura de llevar mi canto a cuestas,
gavilla más, gavilla de qué parva.
Que os salven, no. Mirad: la lavandera
de río, que no lava la mañana
por no secarla entre sus manos, porque
la secaría como a ropa blanca,
se salva a su manera. Y los otoños
también. Y cada ser. Y el mar que rige
sobre el páramo. Oh, no sólo el viento
del Norte es como un mar, sino que el chopo
tiembla como las jarcias de un navío.
Ni el redil fabuloso de las tardes
me invade así. Tu amor, a tu amor temo,
nave central de mi dolor, y campo.
Pero ahora estoy lejos, tan lejano
que nadie lloraría si muriese.
Comienzo a comprobar que nuestro reino
tampoco es de este mundo. ¿ Qué montañas
me elevarían? ¿Qué oración me sirve?
Pueblos hay que conocen las estrellas,
acostumbrados a los frutos, casi
tallados a la imagen de sus hombres
que saben de semillas por el tacto.
En ellos, qué ciudad. Urden mil danzas
en torno mío insectos y me llenan
de rumores de establo, ya asumidos
como la hez de un fermentado vino.
Sigo. Pasan los días, luminosos
a ras de tierra, y sobre las colinas
ciegos de altura insoportable, y bellos
igual que un estertor de alondra nueva.
Sigo. Seguir es mi única esperanza.
Seguir oyendo el ruido de mis pasos
con la fruición de un pobre lazarillo.
Pero ahora eres tú y estás en todo.
Si yo muriese harías de mí un surco,
un surco inalterable: ni pedrisca,
ni ese luto del ángel, nieve, ni ese
cierzo con tantos fuegos clandestinos
cambiarían su línea, que interpreta
la estación claramente. ¿ y qué lugares
más sobrios que estos para ir esperando?
¡Es Castilla, sufridlo! En otros tiempos,
cuando se me nombraba como a hijo,
no podía pensar que la de ella
fuera la única voz que me quedase,
la única intimidad bien sosegada
que dejara en mis ojos fe de cepa.
De cepa madre. Y tú, corazón, uva
roja, la más ebria, la que menos
vendimiaron los hombres, ¿cómo ibas
a saber que no estabas en racimo,
que no te sostenía tallo alguno?
-He hablado así tempranamente, ¿y debo
prevenirme del sol del entusiasmo?
Una luz que en el aire es aire apenas
viene desde el crepúsculo y separa
la intensa sombra de los arces blancos
antes de separar dos claridades:
la del día total y la nublada
de luna, confundidas un instante
dentro de un rayo último difuso.
Qué importa marzo coronando almendros.
Y la noche qué importa si aún estamos
buscando un resplandor definitivo.
Oh, la noche que lanza sus estrellas
desde almenas celestes. Ya no hay nada:
cielo y tierra sin más. ¡Seguro blanco,
seguro blanco ofrece el pecho mío!
Oh, la estrella de oculta amanecida
traspasándome al fin, ya más cercana.
Que cuando caiga muera o no, que importa.
Qué importa si ahora estoy en el camino.
Clávame con tus ojos esa nube... Clávame con tus ojos esa nube y esta esperanza de hombre que me queda. ¿Por dónde yo si estaba en la alameda de tus ojos mintiendo cuando estuve? Disciplina de todo lo que sube. De lo que mira y ve, mientras se enreda su triste agilidad, como en la rueda de tus campos del cielo que no anduve. Y es por seguir cegueras sin mancilla por lo que tanta bruma nos separa y hace del resplandor su maravilla, su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño después, cuando tus ojos son la clara locura de no verme siempre extraño!
Como si nunca hubiera sido mía, dad al aire mi voz y que en el aire sea de todos y la sepan todos igual que una mañana o una tarde. Ni a la rama tan sólo abril acude ni el agua espera sólo el estiaje. ¿Quién podrá decir que es suyo el viento, suya la luz, el canto de las aves en el que esplende la estación, más cuando llega la noche y en los chopos arde tan peligrosamente retenida? ¡Que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre! La flor vive tan bella porque vive poco tiempo y, sin embargo, cómo se da, unánime, dejando de ser flor y convirtiéndose en ímpetu de entrega. Invierno, aunque no esté detrás la primavera, saca fuera de mí lo mío y hazme parte, inútil polen que se pierde en tierra pero ha sido de todos y de nadie. Sobre el abierto páramo, el relente es pinar en el pino, aire en el aire, relente sólo para mí sequía. Sobre la voz que va excavando un cauce qué sacrilegio éste del cuerpo, éste de no poder ser hostia para darse.
Cómo veo los árboles ahora. No con hojas caedizas, no con ramas sujetas a la voz del crecimiento. Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas no la siento como algo de la tierra ni del cielo tampoco, sino falta de ese color de vida con destino. Y a los campos, al mar, a las montañas, muy por encima de su clara forma los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada? ¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo veis a los hombres, a sus obra, almas inmortales? Sí, ebrio estoy sin duda. La mañana no es tal, es una amplia llanura sin combate, casi eterna, casi desconocida porque en cada lugar donde antes era sombra el tiempo, ahora la luz espera ser creada. No sólo el aire deja más su aliento: no posee ni cántico ni nada; se lo dan, y él empieza a rodearle con fugaz esplendor de ritmo de ala e intenta hacer un hueco suficiente para no seguir fuera. No, no sólo seguir fuera quizá, sino a distancia. Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico. ¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua, cómo dan posesión a estos mis ojos. ¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora los árboles, qué pocos días faltan...
Siempre la claridad viene del cielo; es un don: no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias. Así amanece el día; así la noche cierra el gran aposento de sus sombras. Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda los contiene en su amor? ¡si ya nos llega y es pronto aún, ya llega a la redonda a la manera de los vuelos tuyos y se cierne, y se aleja y, aún remota, nada hay tan claro como sus impulsos! Oh, claridad sedienta de una forma, de una materia para deslumbrarla quemándose a sí misma al cumplir su obra. Como yo, como todo lo que espera. Si tú la luz te la has llevado toda, ¿cómo voy a esperar nada del alba? Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca espera, y mi alma espera, y tú me esperas, ebria persecución, claridad sola mortal como el abrazo de las hoces, pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
baile de Águedas Veo que no queréis bailar conmigo y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora no hice más que pisaros, si hasta ahora no moví al aire vuestro estos pies cojos! Tú siempre tan bailón, corazón mío. ¡Métete en fiesta; pronto, antes de que te quedes sin pareja! ¡Hoy no hay escuela! ¡Al río, a lavarse primero, que hay que estar limpios cuando llegue la hora! Ya están ahí, ya vienen por el raíl con sol de la esperanza hombres de todo el mundo! Ya se ponen a dar fe de su empleo de alegría ¿Quién no esperó la fiesta? ¿Quién los días del año no los pasó guardando bien la ropa para el día de hoy? Y ya ha llegado. Cuánto manteo, cuánta media blanca, cuánto refajo de lanilla, cuánto corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como esa moza se pone su pañuelo, poned el alma así, bien a lo vivo! Echo de menos ahora aquellos tiempos en los que a sus fiestas se unía el hombre como el suero al queso. Entonces sí que daban su vida al sol, su aliento al aire, entonces sí que eran encarnados en la tierra. Para qué recordar. Estoy en medio de la fiesta y ya casi cuaja la noche pronta de febrero. y aún sin bailar: yo solo. ¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo arrimar la cintura bien, que puedo mover los pasos a vuestro aire hermoso! ¡Águedas, aguedicas, decidles que me dejen bailar con ellos, que yo soy del pueblo, soy un vecino más, decid a todos que he esperado este día toda la vida! Oídlo. Ãyeme tú, que ahora pasas al lado mío y un momento, sin darte cuenta, miras a lo alto y a tu corazón baja el baile eterno de Águedas del mundo, óyeme tú, que sabes que se acaba la fiesta y no la puedes guardar en casa como un limpio apero, y se te va, y ya nunca... tú, que pisas la tierra y aprietas tu pareja, y bailas, bailas. "Conjuros" 1958
Miro la espuma, su delicadeza que es tan distinta a la de la ceniza. Como quien mira una sonrisa, aquella por la que da su vida y le es fatiga y amparo, miro ahora la modesta espuma. Es el momento bronco y bello del uso, el roce, el acto de la entrega creándola. El dolor encarcelado del mar, se salva en fibra tan ligera; bajo la quilla, frente al dique, donde existe amor surcado, como en tierra la flor, nace la espuma. y es en ella donde rompe la muerte, en su madeja donde el mar cobra ser, como en la cima de su pasión el hombre es hombre, fuera de otros negocios: en su leche viva. A este pretil, brocal de la materia que es manantial, no desembocadura, me asomo ahora, cuando la marea sube, y allí naufrago, allí me ahogo muy silenciosamente, con entera aceptación, ileso, renovado en las espumas imperecederas. "Alianza y condena" 1965
Esta iluminación de la materia, con su costumbre y con su armonía, con el sol madurador, con el toque sin calma de mi pulso, cuando el aire entra a fondo en la ansiedad del tacto de mis manos que tocan sin recelo, con la alegría del conocimiento, esta pared sin grietas, y la puerta maligna, rezumando, nunca cerrada, cuando se va la juventud, y con ella la luz, salvan mi deuda.
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