Poesía Universal

Claudio Rodríguez

Biografía y amplia selección de poemas de Claudio Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Claudio Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Claudio Rodríguez

12 poemas seleccionados
1.

Adiós

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña

		si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin 
		vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por 
		qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte 
		ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos

		dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la 
		piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este 
		suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,

		que yo me iré donde la noche quiera.
2.

Ahí mismo

Te 
		he conocido por la luz de ahora,
tan silenciosa y limpia,
al 
		entrar en tu cuerpo, en su secreto,
en la caverna que es altar y 
		arcilla,
y erosión.
Me modela la niebla redentora, el humo ciego

		ahí, donde nada oscurece.
Qué trasparencia ahí dentro,
luz de 
		abril,
en este cáliz que es cal y granito,
mármol, sílice yagua. 
		Ahí, en el sexo,
donde la arena niña, tan desnuda,
donde las 
		grietas, donde los estratos,
el relieve calcáreo,
los labios 
		crudos, tan arrasadores
como el cierzo, que antes era brisa,
ahí, 
		en el pulso seco, en la celda del sueño,
en la hoja trémula

		iluminada y traspasada a fondo
por la pureza de la amanecida.

		Donde se besa a oscuras,
a ciegas, como besan los niños,
bajo la 
		honda ternura de esta bóveda,
de esta caverna abierta al resplandor

		donde te doy mi vida.
Ahí mismo: en la oscura
inocencia.
3.

Ajano

Ajeno


		Largo se le hace el día 
		a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del 
		cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su 
		puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas

		se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,

		le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie 
		oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice 
		aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, 
		abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie 
		porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la 
		tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día 
		largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.

		Entrará. Y nunca habitará su casa.
4.

Al fuego del hogar

Aún no pongáis las manos junto al fuego. 
Refresca ya, y las mías 
		
están solas; que se me queden frías. 
Entonces qué rescoldo, qué 
		alto leño, 
		
cuánto humo subirá, como si el sueño, 
toda la vida se prendiera. 
		¡Rama 
		
que no dura, sarmiento que un instante 
es un pajar y se consume, 
		nunca, 
		
nunca arderá bastante 
la lumbre, aunque se haga con estrellas! 
		
Este al menos es fuego 
de cepa y me calienta todo el día. 

		
Manos queridas, manos que ahora llego 
casi a tocar, aquella, la 
		más mía, 
		
¡pensar que es pronto y el hogar crepita, 
y está ya al rojo 
		vivo, 
		
y es fragua eterna, y funde, y resucita 
aquel tizón, aquel del 
		que recibo 
		
todo el calor ahora, 
el de la infancia! Igual que el aire en 
		torno 
		
de la llama también es llama, en torno 
de aquellas ascuas humo 
		fui. La hora 
		
del refranero blanco, de la vieja 
cuenta, del gran jornal 
		siempre seguro. 
		
¡Decidme que no es tarde! Afuera deja 
su ventisca el invierno y 
		está oscuro. 
		
Hoy o ya nunca más. Lo sé. Creía 
poder estar aún con vosotros, 
		pero 
		
vedme, frías las manos todavía 
esta noche de enero 
junto al 
		hogar de siempre. Cuánto humo 
		
sube.  Cuánto calor habré perdido. 
Dejadme ver en lo que se 
		convierte, 
		
olerlo al menos, ver dónde ha llegado 
antes de que despierte, 
		
antes de que el hogar esté apagado.
5.

Canto del caminar

...ou le Pays des Vignes?

                                                                     
		Rimbaud

		

		Nunca había sabido que mi paso

		era distinto sobre tierra roja,

		que sonaba más puramente seco

		lo mismo que si no llevase un hombre,

		de pie, en su dimensión. Por ese ruido

		quizá algunos linderos me recuerden.

		Por otra cosa no. Cambian las nubes

		de forma y se adelantan a su cambio

		deslumbrándose en él, como el arroyo

		dentro de su fluir; los manantiales

		contienen hacia fuera su silencio.

		¿Dónde estabas sin mí, bebida mía?

		Hasta la hoz pregunta más que siega.

		Hasta el grajo maldice más que chilla.

		Un concierto de espiga contra espiga

		viene con el levante del sol. ¡Cuánto

		hueco para morir! ¡Cuánto azul vívido, 

		cuánto amarillo de era para el roce!

		Ni aun hallando sabré: me han trasladado

		la visión, piedra a piedra, como a un templo.

		¡Qué hora: lanzar el cuerpo hacia lo alto!

		Riego activo por dentro y por encima

		transparente quietud, en bloques, hecha

		con delgadez de música distante

		muy en alma subida y sola al raso.

		Ya este vuelo del ver es amor tuyo. 

		Y ya nosotros no ignoramos que una

		brizna logra también eternizarse

		y espera el sitio, espera el viento, espera

		retener todo el pasto en su obra humilde.

		Y cómo sufre cualquier luz y cómo

		sufre en la claridad de la protesta.

		Desde siempre me oyes cuando, libre

		con el creciente día, me retiro

		al oscuro henchimiento, a mi faena,

		como el cardal ante la lluvia al áspero

		zumo viscoso de su flor; y es porque

		tiene que ser así: yo soy un surco

		más, no un camino que desabre el tiempo.

		Quiere que sea así quien me aró. -¡Reja

		profunda!- Soy culpable. Me lo gritan.

		Como un heñir de pan sus voces pasan

		al latido, a la sangre, a mi locura

		de recordar, de aumentar miedos, a esta

		locura de llevar mi canto a cuestas,

		gavilla más, gavilla de qué parva.

		Que os salven, no. Mirad: la lavandera

		de río, que no lava la mañana

		por no secarla entre sus manos, porque

		la secaría como a ropa blanca,

		se salva a su manera. Y los otoños

		también. Y cada ser. Y el mar que rige

		sobre el páramo. Oh, no sólo el viento

		del Norte es como un mar, sino que el chopo

		tiembla como las jarcias de un navío.

		Ni el redil fabuloso de las tardes

		me invade así. Tu amor, a tu amor temo,

		nave central de mi dolor, y campo.

		Pero ahora estoy lejos, tan lejano

		que nadie lloraría si muriese.

		Comienzo a comprobar que nuestro reino

		tampoco es de este mundo. ¿ Qué montañas

		me elevarían? ¿Qué oración me sirve?

		Pueblos hay que conocen las estrellas,

		acostumbrados a los frutos, casi

		tallados a la imagen de sus hombres

		que saben de semillas por el tacto.

		En ellos, qué ciudad. Urden mil danzas

		en torno mío insectos y me llenan

		de rumores de establo, ya asumidos

		como la hez de un fermentado vino.

		Sigo. Pasan los días, luminosos

		a ras de tierra, y sobre las colinas

		ciegos de altura insoportable, y bellos

		igual que un estertor de alondra nueva.

		Sigo. Seguir es mi única esperanza.

		Seguir oyendo el ruido de mis pasos

		con la fruición de un pobre lazarillo.

		Pero ahora eres tú y estás en todo.

		Si yo muriese harías de mí un surco,

		un surco inalterable: ni pedrisca,

		ni ese luto del ángel, nieve, ni ese

		cierzo con tantos fuegos clandestinos

		cambiarían su línea, que interpreta

		la estación claramente. ¿ y qué lugares

		más sobrios que estos para ir esperando?

		¡Es Castilla, sufridlo! En otros tiempos,

		cuando se me nombraba como a hijo,

		no podía pensar que la de ella

		fuera la única voz que me quedase,

		la única intimidad bien sosegada

		que dejara en mis ojos fe de cepa.

		De cepa madre. Y tú, corazón, uva

		roja, la más ebria, la que menos

		vendimiaron los hombres, ¿cómo ibas

		a saber que no estabas en racimo,

		que no te sostenía tallo alguno?

		

		-He hablado así tempranamente, ¿y debo

		prevenirme del sol del entusiasmo?

		Una luz que en el aire es aire apenas

		viene desde el crepúsculo y separa

		la intensa sombra de los arces blancos

		antes de separar dos claridades:

		la del día total y la nublada 

		de luna, confundidas un instante 

		dentro de un rayo último difuso. 

		Qué importa marzo coronando almendros.

		Y la noche qué importa si aún estamos 

		buscando un resplandor definitivo. 

		Oh, la noche que lanza sus estrellas 

		desde almenas celestes. Ya no hay nada: 

		cielo y tierra sin más. ¡Seguro blanco,

		seguro blanco ofrece el pecho mío! 

		Oh, la estrella de oculta amanecida 

		traspasándome al fin, ya más cercana. 

		Que cuando caiga muera o no, que importa. 

		Qué importa si ahora estoy en el camino.
6.

Clávame

Clávame con tus ojos esa 
		nube...


		Clávame con tus ojos 
		esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si 
		estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?


		Disciplina de todo lo 
		que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste 
		agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.


		Y es por seguir 
		cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del 
		resplandor su maravilla,


		su clavel mudo. ¡Y qué 
		ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no 
		verme siempre extraño!
7.

Como si nunca hubiera sido mía...

Como si nunca hubiera sido mía, 
dad al aire mi voz y que en el aire 
		
sea de todos y la sepan todos 
igual que una mañana o una tarde. 
		
Ni a la rama tan sólo abril acude 
ni el agua espera sólo el 
		estiaje. 
		
¿Quién podrá decir que es suyo el viento, 
suya la luz, el canto 
		de las aves 
		
en el que esplende la estación, más cuando 
llega la noche y en 
		los chopos arde 
		
tan peligrosamente retenida? 
¡Que todo acabe aquí, que todo 
		acabe 
		
de una vez para siempre! La flor vive 
tan bella porque vive poco 
		tiempo 
		
y, sin embargo, cómo se da, unánime, 
dejando de ser flor y 
		convirtiéndose 
		
en ímpetu de entrega.  Invierno, aunque 
no esté detrás la 
		primavera, saca 
		
fuera de mí lo mío y hazme parte, 
inútil polen que se pierde en 
		tierra 
		
pero ha sido de todos y de nadie. 
Sobre el abierto páramo, el 
		relente 
		
es pinar en el pino, aire en el aire, 
relente sólo para mí 
		sequía. 
		
Sobre la voz que va excavando un cauce 
qué sacrilegio éste del 
		cuerpo, éste 
		
de no poder ser hostia para darse.
8.

Cómo veo los árboles ahora...

Cómo veo los árboles 
		ahora. 
		
No con hojas caedizas, no con ramas 
sujetas a la voz del 
		crecimiento. 
		
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas 
no la siento como 
		algo de la tierra 
		
ni del cielo tampoco, sino falta 
de ese color de vida con 
		destino. 
		

Y a los campos, al mar, a las montañas, 
muy por encima de su 
		clara forma 
		
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada? 
¿Es que voy a morir? 
		Decidme, ¿cómo 
		
veis a los hombres, a sus obra, almas 
inmortales? Sí, ebrio 
		estoy sin duda. 
		
La mañana no es tal, es una amplia 
llanura sin combate, casi 
		eterna, 
		
casi desconocida porque en cada 
lugar donde antes era sombra el 
		tiempo, 
		
ahora la luz espera ser creada. 

No sólo el aire deja más su 
		aliento: 
		
no posee ni cántico ni nada; 
se lo dan, y él empieza a rodearle 
		
con fugaz esplendor de ritmo de ala 
e intenta hacer un hueco 
		suficiente 
		
para no seguir fuera. No, no sólo 
seguir fuera quizá, sino a 
		distancia. 
		
Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico. 
¡Si lo oyeseis! Y el 
		sol, el fuego, el agua, 
		
cómo dan posesión a estos mis ojos. 
¿Es que voy a vivir? ¿Tan 
		pronto acaba 
		
la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora 
los árboles, qué pocos días 
		faltan...
9.

Don de la ebriedad

Siempre la claridad 
		viene del cielo; 
		
es un don: no se halla entre las cosas 
sino muy por encima, y 
		las ocupa 
		
haciendo de ello vida y labor propias. 
Así amanece el día; así 
		la noche 
		
cierra el gran aposento de sus sombras. 

Y esto es un don. 
		¿Quién hace menos creados 
		
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda 
los contiene en su amor? 
		¡si ya nos llega 
		
y es pronto aún, ya llega a la redonda 
a la manera de los vuelos 
		tuyos 
		
y se cierne, y se aleja y, aún remota, 
nada hay tan claro como 
		sus impulsos! 
		

Oh, claridad sedienta de una forma, 
de una materia para 
		deslumbrarla 
		
quemándose a sí misma al cumplir su obra. 
Como yo, como todo lo 
		que espera. 
		
Si tú la luz te la has llevado toda, 
¿cómo voy a esperar nada 
		del alba? 
		

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca 
espera, y mi alma 
		espera, y tú me esperas, 
		
ebria persecución, claridad sola 
mortal como el abrazo de las 
		hoces, 
		
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
10.

El

baile de Águedas


		Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora

		no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro estos 
		pies cojos!
Tú siempre tan bailón, corazón mío.
¡Métete en fiesta; 
		pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! 
		¡Al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando 
		llegue la hora!
Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la 
		esperanza
hombres de todo el mundo! Ya se ponen
a dar fe de su 
		empleo de alegría
¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del 
		año
no los pasó guardando bien la ropa
para el día de hoy? Y ya ha 
		llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de 
		lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se 
		pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!
Echo de menos 
		ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre 
		como el suero al queso.
Entonces sí que daban
su vida al sol, su 
		aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.

		Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la 
		noche pronta de febrero.
y aún sin bailar: yo solo.
¡Venid, bailad 
		conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los 
		pasos a vuestro aire hermoso!
¡Águedas, aguedicas,
decidles que me 
		dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, 
		decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.

		Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte 
		cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de 
		Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no 
		la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya 
		nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, 
		bailas.

		
"Conjuros" 1958
11.

Espuma

Miro 
		la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.

		Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es 
		fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento 
		bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. 
		El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo 
		la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra

		la flor, nace la espuma. y es en ella
donde rompe la muerte, en su 
		madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el 
		hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A 
		este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,

		me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo

		muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las 
		espumas imperecederas.

		
"Alianza y condena" 1965
12.

Esta iluminación de la materia...

Esta iluminación de la 
		materia, 
		
con su costumbre y con su armonía, 
con el sol madurador, 
con 
		el toque sin calma de mi pulso, 
		
cuando el aire entra a fondo 
en la ansiedad del tacto de mis 
		manos 
		
que tocan sin recelo, 
con la alegría del conocimiento, 
esta 
		pared sin grietas, 
		
y la puerta maligna, rezumando, 
nunca cerrada, 
cuando se va 
		la juventud, y con ella la luz, 
		
salvan mi deuda.

Versos y pensamientos de Claudio Rodríguez

4 citas
« Cualquier cosa valiera por mi vida / esta tarde. Cualquier cosa pequeña »
Claudio Rodríguez · Adiós
« Te / he conocido por la luz de ahora, »
Claudio Rodríguez · Ahí mismo
« Ajeno / Largo se le hace el día »
Claudio Rodríguez · Ajano
« Aún no pongáis las manos junto al fuego. / Refresca ya, y las mías »
Claudio Rodríguez · Al fuego del hogar
Biblioteca poética

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