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Cintio Vitier · Ahora que
empieza a caer, del cielo...
Biografía y amplia selección de poemas de Cintio Vitier. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Cintio Vitier. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Ahora que empieza a caer, del cielo... A mi esposa Ahora que empieza a caer, del cielo de nuestra vida, que sólo nosotros podemos ver, profundo, estrellado, carne y alma nuestra, ese polvillo sagaz en tu nocturno pelo, ahora que el lápiz finísimo, grabando una medida sagrada, una cantidad misteriosa del vino que sube en la jarra de la ofrenda, empieza a trazar, junto a tus ojos, vivos como ciervos bebiendo en el agua extasiada, junto a tus labios que han dicho todas las palabras que adoro, las huellas del tránsito de nuestra juventud, ahora, lleno de un fuego y de un peso de amor que desconocía porque estábamos engendrándolo secretamente en nuestro corazón y es algo mucho más terrible y precioso que el amor que diariamente conocíamos, ahora, mujer, ahora, destinada mía, es cuando quiero hacerte un canto de amor, un homenaje, que dice únicamente así: Te amo, lo mismo en el día de hoy que en la eternidad, en el cuerpo que en el alma, y en el alma del cuerpo y en el cuerpo del alma, lo mismo en el dolor que en la bienaventuranza, para siempre.
Algo le falta a la tarde, no están completos los pinos, y yo mirando a las nubes siento lo que no he sentido. A cada instante pregunto por el tesoro perdido cuya sombra se desplaza con melancólico frío. Mirándome está el deseo, nocturno, solo, infinito; callada va la nostalgia llameando eternos vestigios. No llega nunca mi gesto a la tierra del destino; la vida acaba inconclusa, quedan los sueños en vilo.
entra dice la ene de la nieve
que sólo existe para el calendario
si entre eros y héroe no se atreve
a prescindir del año imaginario
sigue la fe que nos sopló el primero
al segundo del canto
gregoriano
miniatura del sol feble y ligero
que todavía el frío
hace lejano
las lomas de su M dan a un mar
rizándose con oes jubilosas
anunciando entretiempos de soñar
zigzagueos de amor entre las cosas
abre la i lo que la ele lanza
con lucidez que a la mirada inunda
“oh luna cuánto abril” es su semblanza
la primavera en sí su reino
funda
llega la lluvia sacudiendo el rayo
como una forma natural del
arte
la tarde azul deja de ser ensayo
la flor toma el poder y lo
reparte
ah junio amigo de la poesía
con tus letras no he de jugar
("perdona
llamas al viento, nieve a la memoria")
y si pudiera
"clámide" diría
el ser solar avanza a los umbrales
de la maduración de los
colores
en las umbrías úes coloniales
como en la plaza de los
resplandores
agosto al gusto ya lo agosta intacto
en la encendida miel del
fruto abierto
fosco el mirar de tan radiante tacto
dormido el
corazón de tan despierto
empieza a dispersarse la dulzura
en las sierpes nubosas del ocaso
secreto tinte vagamente dura
la noche extiende de rocío el brazo
"escalando sereno las
ventanas"
octubre encubre del ciclón el rosa
que lo circunda con
extrañas ganas
de ser halo fatal o faz furiosa
no vi su nombre no sentí su sombra
sino de vuelo en tránsito en
andenes
como aquél de mi infancia que se asombra
porque siguen
silbando aquellos trenes
sensación de llegar -honda familia
callada eternidad cada momento
sabores del hogar en la vigilia-–
ya 2todo el tiempo" un solo nacimiento.
27 de marzo 1999
¡Oh dulcísimo callar del ángel de mi sigilo! ¡Oh dulcísimo callar del mundo en mi corazón! ¡Oh dulcísima miseria de mis ojos en la flor, de mi soñar en el ro, de mi tacto por el cielo!
Porque tal es el rostro del fracaso que el espejo devuelve ciegamente aun antes de llegar, dulce y demente, el último rescoldo del ocaso: frente de la obsesión y del rechazo, ojos que sólo vieron lo renuente, nariz que impide el aire, boca ausente en su amargo sabor: extraño vaso a punto de volverse puro hueso: porque tal es el fin, tal la ceniza cuyo suave huracán todo lo arrasa, dejar de letras quise un ramo grueso que ardiera un poco más donde la brisa orea la aridez, sonríe y pasa.
Estoy despierto, sí, estoy mirando fríamente algunas cosas que van dejando ya de ser secretas. Están ahí, como los árboles en el desnudo aire. Sí, estoy despierto. Hasta la casa de mi infancia es de los otros: la han pintado de un color chillón, entran y salen por los cuartos de mi alma, hablando de otro asunto. La luz invade el patio de mis ocultas nadas. También miro con deseo ese rostro que es ninguno y que viene como un ave malherida de los que sufren y sonríen. ¡Oh pueblo innumerable! Estoy despierto. Estoy mirando el polvo bañado por la luz, las tinieblas disueltas en el aire cuando empieza a dibujarse la verdad: el árbol, la alegría, el sacrificio. Y sé que aún tengo más recuerdos en la sangre de los que puedo recordar, y más olvido del que puede olvidarse en este mundo. Pero qué importa, al fin, si la mitad de aquella vida se me desprende y cae, si tanto sueño, al fin, ha despertado, si no hay sitio que no me esté mirando ni instante en que el azar no me visite. Quiero ser como tú, ¡oh rostro de los pobres!, misterio del dolor y la sonrisa, porque el aire, el simple aire límpido y vacío, llenará nuestras voces y esperanzas.
No son mías las palabras ni las cosas. Ellas tienen sus fiestas, sus asuntos que a mí no me conciernen, espero sus señales como el fuego que está en mis ojos con oscura indiferencia. No son míos el tiempo ni el espacio (ni mucho menos la materia). Ellos entran y salen como pájaros por las ventanas sin puertas de mi casa. Alguien habla detrás de esta pared. Si cruzara, sería en la otra estancia: el que habla soy yo, pero no entiendo. Tal vez mi vida es una hipótesis que alguno se cansó de imaginar, un cuento interrumpido para siempre. Estoy solo escuchando esos fantasmas que en el crepúsculo vienen a mirarme con ansia de que yo los incorpore: ¿querría usted negar, sufrir, envanecerse? No es mía, les respondo, la mirada, negar sería espléndido, sufrir, interminable, esas hazañas no me pertenecen. Pero de pronto no puedo disuadirlos, porque no oigo ya mi soledad y estoy lleno, saciado, como el aire, de mi propio vacío resonante. Y continúo diciéndome lo mismo, que no tengo ninguna idea de quién soy, dónde vivo, ni cuándo, ni por qué. Alguien habla sin fin en la otra estancia. Nada me sirve entonces. No estoy solo. Estas palabras quedan afuera, incomprensibles, como los guijarros de la playa.
Estás haciendo cosas: música, chirimbolos de repuesto, libros, hospitales pan, días llenos de propósitos, flotas, vida, con tan pocos materiales. A veces se diría que no puedes llegar hasta mañana, y de pronto uno pregunta y sí, hay cine, apagones, lámparas que resucitan, calle mojada por la maravilla, ojo del alba, Juan y cielo de regreso. Hay cielo hacia delante. Todo va saliendo más o menos bien o mal o peor, pero se llena el hueco, se salta, sigues, estás haciendo un esfuerzo conmovedor en tu pobreza, pueblo mío, y hasta horribles carnavales, y hasta feas vidrieras, y hasta luna. Repiten los programas, no hay perfumes (adoro esa repetición, ese perfume): no hay, no hay, pero resulta que hay. Estás, quiero decir, Estamos.
Cuántas
veces ha sido humillada tu soberbia:
la soberbia del maniqueo.
Cuántas veces has tenido que beberte las lágrimas de hiel
de no ser puro como un ángel.
¿De qué vale sutilizar los
argumentos?
-Sí, has colaborado con todo lo que odias,
con la múltiple,
infinita cara del mal.
¿En mínima medida? ¿Sólo por omisión? ¿Sólo para ganar el pan?
Nada puede consolarte.
-Nada: porque mientras menor o más irrechazable haya sido tu
complicidad,
más esencial es tu miseria,
y mientras creías estar
amparando en tu casa a los dioses siempre
derrotados,
no eras más que un oscuro obrero de la monstruosa
construcción.
Y así, cuando llegues a la presencia de tu Señor, no podrás
decirle:
fui puro, no pacté, no mezclé mi alma con las tinieblas,
sino
tendrás que confesarle: soy
esta mezcla deleznable,
me fue impuesto el insulto de la
promiscuidad,
tuve que dar al César lo que es del César
y al cuerpo lo que es
del cuerpo,
soy uno más, perdido y manchado, en el rebaño,
-quise salvar la
luz, pero no pude.
18 de
septiembre de 1961
Para Antonio Guerrero Faltabas tú, poeta. La injusticia no podía omitirte en su venganza: ella sabe con lúcida impudicia lo que el amor a la belleza alcanza. Mas no le importa. Su misión inicia creyendo que encadena la esperanza, que prostituye el verbo a la avaricia, que entrega a mercaderes la balanza. Tú en cambio tienes la risa de tu hijo, la fuerza de tu madre, la palabra del que por siempre a los cubanos dijo: Solo será posible lo imposible. Salud, Antonio. Tu alegato labra la estrofa de los cinco, ya invencible. 28 de diciembre del 2001
Quedará lo que ella afirma no lo dice su decir es no decir y no decir y no decir no infinitamente sino Tres Veces tres infinitas veces En su rostro escribo y es un rostro sin más rasgos que mi escritura que ella tornará blancor de mente, jeroglífico de espuma, nada Una hoja tras otra no hacen un árbol sino un libro un libro tras otro no hacen un árbol sino una colección de libros Una colección tras otra hacen una biblioteca En la biblioteca dicen que no hay pájaros pero yo los he visto Lo que no he visto es libros en el bosque Claro que el bosque mismo puede considerarse un libro etc. Etcétera es la única palabra que la hoja abomina.
Una luz arrasada de ciclón, aquella misma luz que vi de niño en las mañanas nupciales del miedo, estaba esperándome aquí, pero aún más pobre, más secreta y huraña todavía, como si no hubiera lámpara capaz de agrupar nuestras sombras dispersadas, ni pudiera la abuela regresar con aquel vaso de espumoso chocolate hasta mi cama para decir: la dicha existe, la inminencia es un tren que estremece las maderas cargado de luces y dulzura. Por las calles oculto yo corría gritando como un pino indominable, destellando la honda piedra de presagios, discutiendo silencioso con las nubes, a comprar un martillo y unos clavos para clavar la casa contra el miedo, y al fin huíamos del mar, en orden, por los campos, buscando el ojo del ciclón que nos miraba como un animal remoto y triste. Esa luz está aquí, ya sin peligro, toda exterior y plana, establecida en la absoluta soledad del Cayo, pura intemperie de mi ser, diciéndome: no queda nada, no era nada, no tengas miedo ni esperes otras nupcias, arde tranquilo como yo, árida y sola, no esperes nada más, ésta es la gloria que aguardaba y merece (único amparo) tu flor desierta. ( De Testimonios )
Mientras más guardo en mis despensas, soy más menesteroso, siempre ante el mismo muro, de nada me han servido las lámparas que encendí. Es de noche. Estoy solo. Las estancias aun tibias del festejo desiertas, ni un gesto, ni una sílaba, ni un aroma, podrían ayudarme. Tengo que hacerlo todo otra vez, de la raíz para encontrar al cabo que no poseo nada, que el pabellón oscuro se inclina a la intemperie.
Esta es la voz de un contemplativo, no de un hombre de acción.
Ambas
razas, las únicas que realmente existen, se miran con
recelo.
Es verdad que ha habido gloriosas excepciones, aunque bien
mirarlos los rostros, bien oídas las voces,
la sagrada diferencia se
mantiene se mantiene, y aún se torna
trágica.
Pero el contemplativo entiende y muchas veces ama el rayo de
la
acción. Casi nunca lo contrario ocurre.
Esta es la voz absorta de
un oscuro, de un oculto, que ha tenido
peregrinas ambiciones.
Enumerarlas seria realizar un inventario del delirio.
Baste
decir que ha querido romper los límites del fuego en las
palabras
y ha vuelto al círculo del hogar con un puñado de cenizas.
No, sin dudas no lo comprenderéis, salvo los que sois del
indecible oficio.
Estos hombres se alimentan de lo que hacen; hasta sus sueños y
sus fantasmagorias son quehaceres, hechos.
¿Como entender a uno
que no ha poseído nunca nada; que no ha
tocado una cosa desnuda de alusión;
que sólo vive y muere en el
mundo de lo otro, en el inalcansable
reino de las transposiciones:
a uno que, de pronto, necesita
escribir, cómo se necesita la
comida o la mujer?
Su Suerte es dura, extraña, también irrenunciable. Y sin embargo
o por lo mismo, ya no me preguntéis,
cada vez
que oye la voz arrasadora de la vida, arroja su
fantástico tesoro
y sale
cantando y llorando y resplandeciendo, y va silencioso a
ocupar el
puesto que le asignan.
Marzo de
1960
Lejos, lejos nací, lejos de mi alma: separada la vida de la mirada. Lejanía que fue toda la patria, como una cicatriz que no cerrara. No pude atravesar la tarde rara: lejos, lejos de mí, no me abarcaba. He visto, comprendiendo, la mar morada, el confín misterioso, la doble playa.
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