Charles Baudelaire

Selección antológica de la obra poética y versos inolvidables de Charles Baudelaire.

Antología lírica (42 poemas seleccionados)

Las flores del mal:

(Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión)

Charles Baudelaire

2. El albatros

Por distraerse, a veces, suelen los marineros

Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,

Que siguen, indolentes compañeros de viaje,

Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,

Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,

Dejan penosamente arrastrando las alas,

Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!

Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!

¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,

Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,

Que habita la tormenta y ríe del ballestero.

Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,

Sus alas de gigante le impiden caminar.

* * * * *

Charles Baudelaire

* * * * *

3. Elevación

Por encima de estanques, por encima de valles,

De montañas y bosques, de mares y de nubes,

Más allá de los soles, más allá de los éteres,

Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te
desplazas, mi espíritu, con toda agilidad

Y como un nadador que se extasía en las olas,

Alegremente surcas la inmensidad profunda

Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,

Sube a purificarte al aire superior

Y apura, como un noble y divino licor,

La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares

Que abruman con su peso la neblinosa vida,

¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo

Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,

Levantan hacia el cielo matutino su vuelo

-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,

La lengua de las flores y de las cosas mudas!

* * * * *

Charles Baudelaire

5. La voz

Se encontraba mi cuna junto a la biblioteca,

Babel sombría, donde novela, ciencia, fábula,

Todo, ya polvo griego, ya ceniza latina

Se confundía. Yo era alto como un infolio.

Y dos voces me hablaban. Una, insidiosa y firme:

«La Tierra es un pastel colmado de dulzura;

Yo puedo (¡y tu placer jamás tendrá ya término!)

Forjarte un apetito de una grandeza igual.»

Y la otra: «¡Ven! ¡Oh ven! a viajar por los sueños,

lejos de lo posible y de lo conocido.»

Y ésta cantaba como el viento en las arenas,

Fantasma no se sabe de que parte surgido

Que acaricia el oído a la vez que lo espanta.

Yo te respondí: «¡Sí! ¡Dulce voz!» Desde entonces

Data lo que se puede denominar mi llaga

Y mi fatalidad. Detrás de los paneles

De la existencia inmensa, en el más negro abismo,

Veo, distintamente, los más extraños mundos

Y, víctima extasiada de mi clarividencia,

Arrastro en pos serpientes que mis talones muerden.

Y tras ese
momento, igual que los profetas,

Con inmensa ternura amo el mar y el desierto;

Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo

Y encuentro un gusto grato al más ácido vino;

Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas

Y por mirar al cielo caigo en pozos profundos.

Más la voz me consuela, diciendo: «Son más bellos

los sueños de los locos que los del hombre sabio».

* * * * *

Charles Baudelaire

6. Me gusta recordar esas desnudas épocas...

Me gusta recordar esas desnudas épocas

En que placía a Febo las estatuas dorar ,

En tanto hombre y mujer, en su esplendor más alto,

Sin angustia gozaban y sin mentira alguna,

Y, el amoroso cielo envolviendo sus cuerpos,

La salud de su noble máquina ejercitaban.

Mostrábase Cibeles fértil y generosa,

No hallando que sus hijos fuesen gravosa carga;

Antes bien, loba henchida de ternezas comunes,

Nutría al universo con sus oscuras ubres.

Elegante y robusto, el hombre se preciaba

Entre bellezas múltiples que por rey le acataban.

Frutos aún no ultrajados y carentes de grietas,

¡Cuya bruñida pulpa incitaba al mordisco!

Hoy el Poeta, cuando pretende imaginar

Tal nativa grandeza y acude a los lugares

En que hombres y mujeres sin velos aparecen,

Siente envuelto su espíritu en tenebroso frío,

Ante ese negro cuadro que rebosa de espanto.

¡Oh monstruosidades llorando sus vestidos!

¡Oh ridículos torsos que son propios de máscaras!

Pobres cuerpos torcidos, fláccidos o ventrudos,

Que el Señor de lo útil, sereno e implacable,

Envolvió desde niños en pañales de bronce.

Y vosotras, mujeres, pálidas como cirios,

En quienes la lujuria se ceba, y esas vírgenes

Arrastrando la herencia de los maternos vicios

¡Y todos los horrores de la fecundidad!

Tenemos, ello es cierto, naciones corrompidas,

A los antiguos pueblos de ignorado esplendor:

Los rostros devorados por las llagas cordiales

Y algo que llamaríamos desmayadas bellezas;

Más esas invenciones de las musas tardías,

Jamás impedirán a las razas decrépitas

Rendir a las más jóvenes un profundo homenaje,

-A la juventud santa de simple y dulce frente,

De mirar claro y limpio como agua saltarina,

Y que marcha, inconsciente, por doquier esparciendo,

como el azul del cielo, las flores y los pájaros,

Sus perfumes, sus cánticos y sus suaves calores.

* * * * *

Charles Baudelaire

8. La musa enferma

Mi Pobre musa, !ay! ¿qué tienes este día?

Pueblan tus vacuos ojos las visiones nocturnas

Y alternándose veo reflejarse en tu tez

La locura y el pánico, fríos y taciturnos.

¿El súcubo verdoso y el rosado diablillo

El miedo te han vertido, y el amor, de sus urnas?

¿Con su puño te hundieron las foscas pesadillas

En el fondo de algún fabuloso Minturno?

Quisiera que, exhalando un saludable olor,

Tu seno de ideas fuertes se viese frecuentado

Y tu cristiana sangre fluyese en olas rítmicas,

Como los sones múltiples de las sílabas viejas

Donde, reinan Por turno Febo, padre del canto,

Y el gran Pan, cuyo imperio se extiende por las mieses.

* * * * *

Charles Baudelaire

9. La musa venal

Tú que amas los palacios, oh musa de mi vida,

¿Tendrás, cuando el Bóreas

Charles Baudelaire

²

, sea el dueño de Enero,

Mientras cae la nieve en tediosas veladas,

Para caldear tus pies violáceos, un tizón?

¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas

En los nocturnos rayos que filtran los postigos?

¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües

Con el oro que esplende en la bóveda azul?

Debes, para ganar tu pan de cada noche,

Agitar como niño de coro el incensario

Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees,

Reiterando tus gracias, como hambriento payaso

Y tu risa velada por lágrimas secretas,

Para ver cómo estalla la vulgar carcajada.

²dios
que personificaba el viento del Norte en la mitología griega.

* * * * *

Charles Baudelaire

11.

El enemigo

Mi juventud no fue sino un gran temporal

Atravesado, a rachas, por soles cegadores;

Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros

Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

He alcanzado el otoño total del pensamiento,

y es necesario ahora usar pala y rastrillo

Para poner a flote las anegadas tierras

Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,

Hallarán en mi suelo, yermo como una playa,

El místico alimento que les daría vigor?

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,

Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,

Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

* * * * *

Charles Baudelaire

12. La mala suerte

Para alzar un peso tan grande

¡Tu coraje haría falta, Sísifo!

Aun empeñándose en la obra

El Arte es largo y breve el Tiempo.

Lejos de célebres túmulos

En un camposanto aislado

Mi corazón, tambor velado,

Va redoblando marchas fúnebres.

-Mucha gema duerme oculta

En las tinieblas y el olvido,

Ajena a picos ya sondas.

-Mucha flor con pesar exhala

Como un secreto su grato aroma

En las profundas soledades.

* * * * *

Charles Baudelaire

21. La máscara

Estatua alegórica

a la manera del renacimiento

a Ernest Christophe, escultor

Contempla ese tesoro de gracias florentinas;

En la forma ondulante del musculoso cuerpo,

Son hermanas divinas la Elegancia y la Fuerza.

Esta mujer, fragmento en verdad milagroso,

Noblemente robusta, divinamente esbelta,

Nació para reinar en lechos suntuosos

Y entretener los ocios de un príncipe o de un papa.

-Observa esa sonrisa voluptuosa y fina

Donde la Fatuidad sus éxtasis pasea,

Esos taimados ojos lánguidos y burlones,

El velo que realza esa faz delicada

Cuyos rasgos nos dicen con aire triunfador:

«¡El Deleite me nombra y el Amor me corona!»

A un ser que está dotado de tanta majestad,

¡Qué encanto estimulante le da la gentileza!

Acerquémonos trémulos de su belleza en torno.

¡Oh
blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal!

La divina mujer, que prometía la dicha

¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo

¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado,

Ese rostro que luce un mohín exquisito,

Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados,

La auténtica cabeza, el rostro más real,

Se ocultan al amparo de la cara que miente.

¡Oh mi pobre belleza! El río esplendoroso

De tu llanto se abisma en mi hondo corazón.

Me embriaga tu mentira y se abreva mi alma

En la ola que en tus ojos el Dolor precipita.

-Mas, ¿por qué llora? En esa belleza inigualable

Que tendría a sus pies todo el género humano,

¿Qué misterioso mal roe su flanco de atleta?

-¡Insensata, solloza sólo porque ha vivido!

¡Y porque vive! Pero lo que lamenta más,

Lo que hasta las rodillas la hace estremecer

Es que mañana, ¡ay!, continuará viviendo,

¡Mañana, al otro día, siempre! ¡Igual que nosotros!

* * * * *

Charles Baudelaire

23.

Las joyas

Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos,

Sólo había conservado las sonoras alhajas

Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor

Que las esclavas moras tienen en días fastos.

Cuando en el aire lanza su sonido burlón

Ese mundo radiante de pedrería y metal

Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí

Las Cosas en que se une el sonido a la luz.

Ella estaba tendida y se dejaba amar,

Sonriendo de dicha desde el alto diván

A mi pasión profunda y lenta como el mar

Que ascendía hasta ella como hacia su cantil.

Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado,

Con aire soñador ensayaba posturas

Y el candor añadido a la lubricidad

Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;

Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos

Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes,

Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;

Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,

Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal

Para turbar la paz en que mi alma estaba

Y para separarla del peñón de cristal

Donde se había instalado solitaria y tranquila.

Y creí ver
unidos en un nuevo diseño

-Tanto hacía su talle resaltar a la pelvis-

Las caderas de Antíope al busto de un efebo,

¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez!

-Y habiéndose la lámpara resignado a morir

Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto,

Cada vez que exhalaba un destello flamígero

Inundaba de sangre su piel color del ámbar.

* * * * *

Charles Baudelaire

24. Perfume exótico

Cuando entorno los ojos bajo el sol otoñal

Y respiro el aroma de tu cálido seno,

Ante mí se perfilan felices litorales

Que deslumbran los fuegos de un implacable sol.

Una isla perezosa donde Naturaleza

Produce árboles únicos y frutos sabrosísimos,

Hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados

Y mujeres con ojos donde pinta el asombro.

Guiado por tu aroma hacia mágicos climas

Veo un puerto colmado de velas y de mástiles

Todavía fatigados del oleaje marino,

Mientras del tamarindo el ligero perfume,

Que circula en el aire y mi nariz dilata,

En mi alma se mezcla al canto marinero.

* * * * *

Charles Baudelaire

25. La cabellera

¡Oh vellón, que rizándose baja hasta la cintura!

¡Oh bucles! ¡Oh perfume cargado de indolencia!

¡Éxtasis! Porque broten en esta oscura alcoba

Los recuerdos dormidos en esa cabellera,

La quiero hoy agitar, cual si un pañuelo fuese.

Languidecientes asias y áfricas abrasadas,

Todo un mundo lejano, ausente, casi muerto,

Habita tus abismos, ¡arboleda aromática!

Tal como otros espíritus se pierden en la música,

El mío, ¡oh mi querida!, navega en tu perfume.

Lejos iré, donde árbol y hombre, un día fuertes

Fatalmente se agostan bajo climas atroces;

Firmes trenzas, sed olas que me arranquen al fin.

Tu albergas, mar de ébano, un deslumbrante sueño

De velas, de remeros, de navíos, de llamas:

Un rumoroso puerto donde mi alma bebiera

A torrentes el ruido, el perfume, el color;

Donde naos surcando el oro y el moaré,

Abren inmensos brazos para estrechar la gloria

De un puro cielo, donde vibre eterno calor.

Y hundiré mi cabeza sedienta de embriaguez

En ese negro océano, donde se encierra el otro,

Y mi sutil espíritu que el vaivén acaricia

Os hallará otra vez, ¡oh pereza fecunda!

¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

Oh
cabellos azules, oscuros pabellones

Que me entregáis, inmensa, la bóveda celeste;

En las últimas hebras de esas crenchas rizadas,

Confundidos, me embargan los ardientes olores

Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

Durante edades, siempre, en tu densa melena

Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros,

Para que el deseo mío no puedas rechazar.

¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva

A sorbos infinitos el vino del recuerdo?

26. Te adoro como adoro la bóveda nocturna

¿Oh vaso de tristeza! ¡Oh mi gran taciturna!

Y tanto más te adoro cuanto te escapas más,

Y cuando me parece, ¡oh lujo de mis noches!

Que con más ironía amontonas las leguas

Que separan mis brazos de la inmensidad azul.

Me dispongo al ataque y acometo el asalto

Como tras un cadáver un coro de gusanos

Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel!

Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella.

27. En tu calleja harías entrar, mujer impura,

Al universo entero. El hastío te hace cruel.

Para entrenar tus dientes en juego tan insólito,

Cada día necesitas morder un corazón.

Tus encendidos ojos igual que escaparates

O brillantes bengalas en bulliciosas fiestas,

Usan con arrogancia de un prestado poder

Sin conocer jamás la ley de su belleza.

¡Máquina ciega y sorda, fecunda en crueldades,

Saludable instrumento, bebedora de sangre!

¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste

En todos los espejos decrecer tus encantos?

La enormidad del mal, en que te crees tan sabia,

¿No te hizo jamás retroceder de espanto

Cuando Naturaleza, con ocultos designios,

De ti puede servirse, ¡oh reina del pecado!

-De ti, vil animal- para engendrar un genio?

¡Oh fangosa grandeza! ¡Oh sublime ignominia!

* * * * *

Charles Baudelaire



Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de
aire indolente;

Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu
abundosa crin;

Sepultar mi cabeza dolorida
En tu falda colmada de perfume

Y respirar, como una ajada flor,
El relente de mi amor
extinguido.

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la
muerte, dulce,

Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el
cobre.

Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo
lecho;

El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos
el Leteo.

Mi destino, desde ahora mi delicia,
Como un predestinado
seguiré;

Condenado inocente, mártir dócil
Cuyo fervor se acrece en el
suplicio.

Para ahogar mi rencor, apuraré
El nepentes

Charles Baudelaire

37. El gato

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;

Retén las uñas de tu pata,

Y deja que me hunda en tus ojos hermosos

Mezcla de ágata y metal.

Mientras mis dedos peinan suavemente

Tu cabeza y tu lomo elástico,

Mientras mi mano de placer se embriaga

Al palpar tu cuerpo eléctrico,

A mi señora creo ver. Su mirada

Como la tuya, amable bestia,

Profunda y fría, hiere cual dardo,

Y, de los pies a la cabeza,

Un sutil aire, un peligroso aroma,

Bogan en torno a su tostado cuerpo.

* * * * *

Charles Baudelaire

45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...

¿Qué dirás esta noche
pobre alma solitaria,

Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,

A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,

Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?

-El orgullo emplearemos
en cantar sus loores;

Nada iguala al encanto que hay en su autoridad;

Su carne espiritual tiene un perfume angélico,

Y nos visten con ropas purísimas sus ojos.

En medio de la noche y de la soledad,

O a través de las calles, del gentío rodeado,

Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno

Que por amor a mí no améis sino lo Bello;

Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona».

* * * * *

Charles Baudelaire

48. Reversibilidad

Ángel
lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia,

La culpa, la vergüenza, el hastío, los sollozos

Y los vagos terrores de esas horribles noches

Que al corazón oprimen cual papel aplastado?

Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia?

Ángel de
bondad lleno, ¿sabes lo que es el odio,

Las lágrimas de hiel y los puños crispados,

Cuando su infernal voz levanta la venganza

Y en capitán se erige de nuestras facultades?

Ángel de bondad lleno: ¿sabes lo que es el odio?

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre,

Que a lo largo del muro del lechoso hospital,

Como los exiliados, marcha con pie cansino,

En pos del sol escaso y moviendo los labios?

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre?

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

¿Y el miedo a envejecer, y ese odioso tormento

De leer el secreto horror del sacrificio

En ojos donde un día los nuestros abrevaron?

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!

David

Charles Baudelaire



 agonizante curación pediría

A las emanaciones de tu cuerpo hechicero;

Pero de ti no imploro, ángel, sino plegarias,

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!

David:
alusión a la leyenda, según la cual, el rey David, debilitado por la
edad,

trató de recobrar sus fuerzas mediante el contacto con cuerpos jóvenes.

* * * * *

Charles Baudelaire

49. Confesión

Una vez, una sola, mujer dulce y amable,

En mi brazo el vuestro pulido

Se apoyó ( sobre del denso fondo de mi alma

Ese recuerdo no ha palidecido);

Era tarde; al igual que una medalla nueva,

La Luna llena apareció,

Y la solemnidad nocturna, como un río,

Sobre París dormido se extendía.

Los gatos, por debajo de las puertas de coches,

Deslizábanse furtivos

El oído al acecho o, como sombras caras,

Nos seguían despacio.

Y de súbito, en medio de aquella intimidad,

Abierta en la luz pálida,

De Vos, rico y sonoro instrumento en que vibra

La más luminosa alegría,

De vos, clara y alegre igual que una fanfarria

En la mañana chispeante,

Una quejosa nota, una insólita nota

Vacilante se escapó,

Como un niño sombrío, horrible y enfermizo

Que a su familia avergonzara,

Y al que durante años, para ocultarlo al mundo,

En una cueva habría encerrado.

Vuestra discorde nota, ¡mi pobre ángel! cantaba:

«Que aquí abajo nada es firme,

Y que siempre, aunque mucho se disfrace,

El egoísmo humano se traiciona;

Que es un oficio duro el de mujer hermosa

Y que es más bien tarea banal,

De la loca y helada bailarina fijada

En maquinal sonrisa;

Que fiar en corazones es algo bien estúpido;

Que es todo trampa, belleza y amor,

Y al final el Olvido los arroja a un cesto

¡Y los torna a la Eternidad!»

Esa luna
encantada evoqué con frecuencia,

Ese silencio y esa languidez,

Y aquella confidencia penosa, susurrada

Del corazón en el confesionario.

* * * * *

Charles Baudelaire

74. El surtidor

Se cansaron tus ojos, ¡pobre amante!

Que se queden cerrados largo rato,

En esa postura indolente

En que el placer te sorprendió.

El murmullo del surtidor,

Que día y noche permanece,

Prolonga dulcemente el éxtasis

En que el amor me sumiera.

El amplio chorro

En flores mil,

Donde Febea

Charles Baudelaire

75. Tristezas de la luna

Esta noche la luna sueña con más pereza,

Cual si fuera una bella hundida entre cojines

Que acaricia con mano discreta y ligerísima,

Antes de adormecerse, el contorno del seno.

Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes,

Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis,

Y pasea su mirada sobre visiones blancas,

Que ascienden al azul igual que floraciones.

Cuando sobre este globo,
con languidez ociosa,

Ella deja rodar una furtiva lágrima,

Un piadoso poeta, enemigo del sueño,

De su mano en el hueco,
coge la fría gota

como un fragmento de ópalo de irisados reflejos.

Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.

* * * * *

Charles Baudelaire

84. La campana hendida

En las noches de invierno es amargo y es dulce

Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,

Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos

Al son de carillones que suenan en la bruma.

¡Feliz campana aquella de enérgica garganta

Que, pese a su vejez, conservada y alerta,

Con fidelidad lanza su grito religioso

Como un viejo soldado que vigila en su tienda!

Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,

Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,

Con frecuencia sucede que su cansada voz

Semeja al estertor de un herido olvidado

Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,

Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.

Charles Baudelaire

104. El sol

Por la vieja barriada, donde, de las casuchas

Las persianas ocultan las lujurias secretas

Cuando el astro cruel furiosamente hiere

La ciudad y los campos, los techos y sembrados,

Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica

Husmeando en los rincones azares de la rima,

Tropezando en las sílabas, como en el empedrado,

Acaso hallando versos que hace tiempo soñé.

Ese padre nutricio, que huye de las clorosis,

En los campos despierta los versos y las rosas;

Logra que se evaporen hacia el éter las penas

Saturando de miel cerebros y colmenas.

Es el quien borra años al que lleva muletas

Y le torna festivo como las bellas mozas,

Y a las mieses ordena madurar y crecer

En la inmortal entraña que desea florecer.

Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades,

Ennoblece la suerte de las cosas mas viles,

Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa,

Tanto en las casas regias como en los hospitales.

* * * * *

Charles Baudelaire

110. Recogimiento

Sé sabia,
Pena mía, y permanece en calma.

Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí:

Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura

A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

Mientras
que la gran masa de los viles mortales,

Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,

Cosecha sinsabores en la fiesta servil,

Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos

Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas

Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

Descansa bajo un arco el moribundo sol

Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente,

Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.

* * * * *

Charles Baudelaire

117.

El amor engañoso

Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente,

Paseando el hastío de tu mirar profundo,

Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento

Mientras suena la música que se pierde en los techos.

Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola,

Tu frente aureolada de un mórbido atractivo

Donde las luces últimas del sol traen a la aurora,

Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,

Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña!

El taraceado recuerdo, pesada y regia torre,

La corona, y su corazón, prensado como fruta,

Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.

¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores?

¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas?

¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos,

Almohadón acariciante o canastilla de flores?

Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía

Que no guardan escondido ningún precioso secreto,

Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias

Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.

Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia,

Alegrando al corazón que huye de la verdad?

¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia?

Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.

* * * * *

Charles Baudelaire

118. Todavía no he olvidado...

Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad,

Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila,

La Pomona de estuco y la antigua Afrodita

Velando su pudor tras una rala fronda,

Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio

Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos,

Parecía, gran pupila en el cielo curioso,

Contemplar nuestras largas y solitarias cenas,

Derramando sus bellos reflejos alongados

En el estor de sarga y en el frugal mantel.

* * * * *

Charles Baudelaire

119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa...

A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa

Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba,

Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores.

Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares

Y cuando lanza Octubre su viento melancólico

Que despoja a los árboles en torno de las tumbas,

A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos

Por dormir tibiamente bajo sus cobertores,

Mientras que, devorados por negras pesadillas,

Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho,

Esqueletos helados que trabajó el gusano,

Ellos sufren las nieves goteantes del invierno,

Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos,

Reemplacen los jirones que penden de sus verjas.

Cuando silba y crepita el leño, si una noche,

Tranquila, en el sillón la viera reclinarse,

Si en una noche azul y helada de Diciembre

La encontrara encogida en un rincón del cuarto,

Grave y recién llegada de su lecho perenne,

Ciñendo al niño grande con maternal mirada,

A aquella alma piadosa ¿qué le respondería

Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?

* * * * *

Charles Baudelaire

121. Sueño parisiense

a Constantin Guys

I

De aquel terrible paisaje

Como nunca vio mortal,

Esta mañana, aún la imagen

Vaga y lejana perdura.

¡Lleno está el sueño de magia!

Por un singular capricho

Desterré de ese espectáculo

Al barroco vegetal,

Y, pintor fiel de mi sueño,

En el cuadro saboreé

La monotonía embriagante

De agua, mármol y metal.

Babel de arcos y escaleras,

Era un palacio infinito

lleno de fuentes y aljibes

En oro bruñido o mate;

Y rumorosas cascadas,

Como cortinas de vidrio,

Se suspendían destellantes

Sobre murallas metálicas.

No
árboles, sino columnas,

Ceñían estanques dormidos,

Donde gigantescas náyades

Como damas se miraban.

Capas de agua se extendían,

Por muelles rosas y verdes,

Durante miles de leguas,

Hacia el fin del universo;

Había piedras inauditas

Y olas mágicas; había

Inmensos hielos absortos

Por lo que ellos reflejaban.

Taciturnos y distantes,

Ganges en el firmamento,

Arrojaban sus tesoros

En diamantinos abismos.

Arquitecto de mis magias

Hacía, a mi voluntad,

Bajo un enjoyado túnel

Pasar un manso océano;

Y hasta los negros colores

Parecían claros y limpios;

Fundía su gloria el líquido

En el rayo cristalino.

No había vestigio de astros,

¡Ni siquiera el sol poniente,

Para alumbrar los prodigios

Que con su fuego brillaban!

Y sobre
esas maravillas

Planeaba (¡atroz novedad!

Presente el ojo, no el oído)

Un infinito silencio.

II

Al abrir mis ardientes ojos,

Miré el horror de mi cuarto

Y sentí, de nuevo en mi alma,

De la inquietud el aguijón;

El fúnebre son del péndulo,

Me recordó el mediodía;

Caía la oscuridad

Sobre el embotado mundo.

* * * * *

Charles Baudelaire

122. El crepúsculo matutino

La diana resonaba en todos los cuarteles

Y apagaba las lámparas el viento matutino.

Era la hora en que enjambres de maléficos sueños

Ahogan en sus almohadas a los adolescentes;

Cuando tal palpitante y sangrienta pupila,

La lámpara en el día traza una mancha roja

Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado,

Imita los combates del día y de la lámpara.

Como lloroso rostro que enjugase la brisa,

Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas

Y se cansan los hombres de escribir y de amar.

Empiezan a humear acá y allá las casas,

Las hembras del placer, con el párpado lívido,

Reposan boquiabiertas con derrengado sueño;

Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos,

Soplan en los tizones y soplan en sus dedos.

Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío,

Las parturientas sienten aumentar sus dolores;

Como un roto sollozo por la sangre que brota

El canto de los gallos desgarra el aire oscuro;

Baña los edificios un océano de niebla,

y los agonizantes, dentro, en los hospitales,

Lanzan su último aliento entre hipos desiguales.

Los libertinos vuelven, rotos por su labor.

La friolenta aurora en traje verde y rosa

Avanzaba despacio sobre el Sena desierto

Y el sombrío Paris, frotándose los ojos,

Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.

Charles Baudelaire

123. El alma del vino

Cantó una noche el alma del vino en las botellas:

«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,

Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,

Un cántico fraterno y colmado de luz!»

Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,

Penar y sudar bajo un sol abrasador,

Para engendrar mi vida y para darme el alma;

Mas no seré contigo ingrato o criminal.

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo

En la boca del hombre al que agota el trabajo,

y su cálido pecho es dulce sepultura

Que me complace más que mis frescas bodegas.

¿Escuchas resonar los cantos del domingo

y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?

De codos en la mesa y con desnudos brazos

Cantarás mis loores y feliz te hallarás;

Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;

Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,

Siendo para ese frágil atleta de la vida,

El aceite que pule del luchador los músculos.

Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno,

Porque de nuestro amor nazca la poesía

Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»

* * * * *

Charles Baudelaire

126. El vino del solitario

La singular mirada de una mujer galante

Que llega hasta nosotros como la blanca luz

Que enviara la luna al lago tembloroso

Cuando quiere bañar su indolente belleza;

Los últimos escudos que tiene un jugador;

Un beso lujurioso de la flaca Adelina;

Los ecos de una música cálida y enervante

Como el grito lejano del humano sufrir,

No vale todo ello, oh botella profunda,

El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre

Ofrece al corazón del poeta abrumado;

Tú le dispensas vida, juventud y esperanza

-Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria

Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes.

* * * * *

Charles Baudelaire

127. El vino de los amantes

¡Hoy el espacio es fabuloso!

Sin freno, espuelas o brida,

Partamos a lomos del vino

¡A un cielo divino y mágico!

Cual dos torturados ángeles

Por calentura implacable,

En el cristal matutino

Sigamos el espejismo.

Meciéndonos sobre el ala

De la inteligente tromba

En un delirio común,

Hermana, que nadas próxima,

Huiremos sin descanso

Al paraíso de mis sueños.

Charles Baudelaire

128. La destrucción

A mi lado sin tregua el Demonio se agita;

En torno de mi flota como un aire impalpable;

Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones

De un deseo llenándolos culpable e infinito.

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,

De la más seductora mujer las apariencias,

y acudiendo a especiosos pretextos de adulón

Mis labios acostumbra a filtros depravados.

Lejos de la mirada de Dios así me lleva,

Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro

De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,

Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,

¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!

* * * * *

Charles Baudelaire

130. La plegaria de un pagano

No dejes morir tus llamas;

Caldea mi sordo corazón,

¡Voluptuosidad, cruel tormento!

Diva! supplicem exaudî!

Diosa en el aire difundida,

Llama de nuestro subterráneo,

Escucha a un alma consumida

Que alza hacia ti su férreo canto,

¡Voluptuosidad, sé mi reina!

Toma máscara de sirena

Hecha de carne y de brocado,

O viérteme tus hondos sueños

En el licor informe y místico,

¡Voluptuosidad, fantasma elástico!

* * * * *

Charles Baudelaire

134. Las dos buenas hermanas

Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas,

Pródigas de sus besos y ricas en salud

Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren,

Bajo la eterna siembra jamás fructificó.

Al poeta siniestro, tara de las familias,

Valido del infierno, cortesano sin paga,

Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel,

Un lecho que jamás la inquietud frecuentó

Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias,

Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas,

Placeres espantosos y dulzuras horrendas.

Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás?

¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante,

A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?

* * * * *

Charles Baudelaire

136. Alegoría

Es una
mujer bella y de espléndido porte,

Que en el vino arrastrar deja su cabellera.

Las garras del amor, los venenos del antro,

Resbalan sin calar en su piel de granito.

Se chancea de la muerte y del Libertinaje:

Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera,

Ha respetado siempre, en sus juegos fatales,

La ruda majestad de ese cuerpo arrogante.

Camina como diosa, posa como sultana;

Una fe mahometana deposita en el goce

y con abiertos brazos que los senos resaltan,

Con la mirada invita a la raza mortal.

Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen,

Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo,

Que la hermosura física es un sublime don

Que de toda ignominia sabe obtener clemencia.

Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora,

Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche,

Contemplará de frente el rostro de la Muerte,

Como un recién nacido -sin odio ni pesar.

* * * * *

Charles Baudelaire

138. La metamorfosis del vampiro

La mujer, entre tanto, de su boca de fresa

Retorciéndose como una sierpe entre brasas

Y amasando sus senos sobre el duro corsé,

Decía estas palabras impregnadas de almizcle:

«Son húmedos mis labios y la ciencia conozco

De perder en el fondo de un lecho la conciencia,

Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.

Y hago reír a los viejos con infantiles risas.

Para quien me contempla desvelada y desnuda

Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas.

Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites,

Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos

O cuando a los mordiscos abandono mi busto,

Tímida y libertina y frágil y robusta,

Que en esos cobertores que de emoción se rinden,

Impotentes los ángeles se perdieran por mí.»

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula

y muy lánguidamente me volvía hacia ella

A fin de devolverle un beso, sólo vi

Rebosante de pus, un odre pegajoso.

Yo cerré los dos ojos con helado terror

y cuando quise abrirlos a aquella claridad,

A mi lado, en lugar del fuerte maniquí

Que parecía haber hecho provisión de mi sangre,

En confusión chocaban pedazos de esqueleto

De los cuales se alzaban chirridos de veleta

O de cartel, al cabo de un vástago de hierro,

Que balancea el viento en las noches de invierno.

* * * * *

Charles Baudelaire

140. El amor y el cráneo

Viñeta antigua

Se sienta el Amor en el cráneo

De la
Humanidad,

Y sobre tal solio el profano,

Con
risa procaz,

Sopla alegremente redondas burbujas,

Que en
el aire suben,

Como para juntarse a los mundos

Al
fondo del Éter.

El globo luminoso y frágil

En un
amplio vuelo,

Revienta y escupe su alma pequeña

Como un
áureo sueño.

Y oigo al cráneo, a cada burbuja,

Rogar y
gemir:

-«Este fuego feroz y ridículo,

¿Cuándo
acabará?

Pues lo que tu boca cruel

Esparce
en el aire,

Monstruo asesino, es mi cerebro,

¡Mi
sangre y mi carne!»

Charles Baudelaire

146. La muerte de los artistas

¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir

Y besarte la frente, triste caricatura?

Para dar en el blanco, de mística virtud,

Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?

En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos,

Y más de un bastidor hemos de destruir,

Antes de contemplar la acabada Criatura

Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.

Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo,

Escultores malditos que el oprobio marcó,

Que se golpean con saña en el pecho y la frente,

Sin más
que una esperanza, !Capitolio sombrío!

Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado,

Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.

* * * * *

Charles Baudelaire

148. Sueño de un curioso

a F. N.

Conoces,
tal mi caso, ese dolor sabroso,

Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!»

-Iba a morir. Y había en mi alma amorosa,

Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento;

Angustia y
esperanza, sin humor encontrado.

Mientras más se vaciaba la arena ineluctable,

Más deliciosa y áspera resultó mi tortura;

Se desgajaba mi alma del mundo familiar.

Y era como ese niño, ávido de espectáculos,

Que odia el telón igual que se odia una barrera.

Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló:

Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora

Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin?

El telón se había alzado y yo aguardaba aún.

* * * * *

Charles Baudelaire

150. Epígrafe para un libro condenado

Lector
apacible y bucólico,

Ingenuo y sobrio hombre de bien,

Tira este libro saturniano,

Melancólico y orgiástico.

Si no
cursaste tu retórica

Con Satán, el decano astuto,

¡Tíralo! nada entenderás

O me juzgarás histérico.

Mas si de hechizos a salvo,

Tu mirar tienta el abismo,

Léeme y sabrás amarme;

Alma curiosa que padeces

Y en pos vas de tu paraíso,

¡Compadéceme!... ¡O te maldigo!

* * * * *

Charles Baudelaire

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