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Cesar Pavese
Cesar Pavese es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Cesar Pavese es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Cesar Pavese
1.
Alter Ego
Alter Ego
Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje
en su pecho sedoso: una
mujer rojiza
incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí
debajo
brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.
Transcurría el día entre blasfemias y silencios.
Si la mujer no fuese
un tatuaje y estuviese viva
y aferrada a su pecho peludo, ese hombre
bramaría aún fuerte en su pequeña celda.
Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.
Un profundo
hálito de mar ascendía
de su cuerpo de huesos grandes y recios:
estaba
tendido
al igual que en cubierta.
Pesaba sobre el lecho
como quien ha despertado y podría saltar de él.
Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba
un sudor solar. La pequeña
celda
era insuficiente para el alcance de una mirada suya.
Al
verle las manos, se pensaba en la mujer.
Versión de Carles José i Solsora
2.
Celos
Celos
1 Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos lentamente, contemplando fijamente al rival con adversa mirada. Después se espera el borboteo del vino. Se mira al vacío, Bromeando. Si tiemblan todavía los músculos, también le tiemblan al rival. Hay que esforzarse para no beber de un trago y embriagarse de golpe. Allende el bosque, se oye el bailable y se ven faroles bamboleantes -sólo han quedado mujeres en el entarimado. El bofetón asestado a la rubia congregó a todo el mundo para regodearse con el lance. Los rivales notaban en la boca un gusto de rabia y de sangre; ahora notan el gusto del vino. Para liarse a golpes, es preciso estar solos, como para hacer el amor, pero siempre está la noche. En el entarimado, los faroles de papel y las mujeres no están quietos con el aire fresco. La rubia, nerviosa, se sienta e intenta reír, pero se imagina un prado en que los dos contienden y se desangran. Les ha oído vocear más allá de la vegetación. Melancólica, sobre el entarimado, una pareja de mujeres pasea en círculo; alguna que otra rodea a la rubia y se informan acerca de si en verdad le duele la cara. Para liarse a golpes es preciso estar solos. Entre los compañeros siempre hay alguno que charla y es objeto de bromas. La porfía del vino ni siquiera es un desahogo: uno nota la rabia borboteando en el eructo y quemando el gaznate. El rival, más sosegado, ase el vaso y lo apura sin interrupción. Ha trasegado un litro y acomete el segundo. El calor de la sangre, al igual que una estufa, seca pronto los vasos. Los compañeros en derredor tienen rostros lívidos y oscilantes, las voces apenas se oyen. Se busca el vaso y no está. Por esta noche -incluso venciendo- la rubia regresa sola a casa. 2 El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche, tiene una mujer que es suya -que hasta ayer fue suya. Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra, y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra, esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados. Se ha sentado el viejo esta noche al borde de su campo desnudo, pero no escruta la mancha del seto lejano, no extiende su mano para arrancar la hierba. Contempla entre los surcos un pensamiento candente. La tierra revela si alguien ha colocado sus manos sobre ella y la ha violado: lo revela incluso en la oscuridad. Más no hay mujer viviente que conserve el vestigio del abrazo del hombre. El viejo ha advertido que la mujer sonríe únicamente con los ojos cerrados, esperando supina, y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo. El viejo ya no contempla el campo en la sombra. Se ha arrodillado, estrechando la tierra como si fuese una mujer que supiera hablar. Pero la mujer, tendida en la sombra, no habla. Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida al hombro lívido. Revela en su cuerpo, finalmente, el abrazo de un hombre: el único que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.
3.
Creación
Creación
Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera
continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La
clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.
A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la
mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y
fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del
viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar
desnudo.
Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor
está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán
al
descubierto.
Estarán el sol radiante y
la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada
cual hará sentir su
voz.
No hay voz que
quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se
estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese
despierto.
Versión de Carles José i Solsora
4.
El paraíso sobre los tejados...
El paraíso sobre los tejados...
Será un día tranquilo, de luz fría como el sol que nace o muere, y el cristal cerrará el aire sucio fuera del cielo. Se nos despierta una mañana, una vez para siempre, en la tibieza del último sueño: la sombra será como la tibieza. Llenará la estancia, por la gran ventana, un cielo más grande. Desde la escalera, subida una vez para siempre, no llegarán voces, ni rostros muertos. No será necesario dejar el lecho. Sólo el alba entrará en la estancia vacía. Bastará la ventana para vestir cada cosa con una tranquila claridad, casi una luz. Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido. Será los recuerdos como grumos de sombra aplastados como las viejas brasas en el camino. El recuerdo será la llama que todavía ayer mordía en los ojos apagados. Versión de Carles José i Solsora
5.
Last blues, to be read some day
Last blues, to be read some day
Era un sólo galanteo, seguramente lo sabías- alguien fue herido hace mucho tiempo. Todo está igual, el tiempo ha pasado- un día llegaste, un día morirás. Alguien murió hace mucho tiempo- alguien que intentó, pero no supo. Versión de Carles José i Solsora
6.
Mañana
Mañana
La ventana entornada recuadra un rostro sobre el campo del mar. Los lindos cabellos acompañan el tierno ritmo del mar. No hay recuerdos en este rostro. Sólo una sombra huidiza, como de nubes. La sombra es húmeda y dulce como la arena de una intacta caverna, bajo el crepúsculo. No hay recuerdos. Sólo un susurro que es la voz del mar convertida en recuerdo. En el crepúsculo, el agua mullida del alba, que se impregna de luz, alumbra el rostro. Cada día es un milagro intemporal, bajo el sol: lo impregnan una luz salobre y un sabor a vívido marisco. No existe recuerdo en este rostro. No hay palabra que lo contenga o vincule con cosas pasadas. Ayer, se desvaneció de la angosta ventana, tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza ni humanas palabras, sobre el campo del mar.
7.
Pensamientos de Dina
Pensamientos de Dina
Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida
y fresca de sol: a
esta hora no hay nadie.
Al rozarlas, las cortezas de los chopos te
hacen estremecer
mucho más que el agua crepitante de un chapuzón.
Bajo el
agua todavía está oscuro
y hace un frío que pela, pero
basta emerger al sol
y se vuelven a mirar las cosas con ojos lavados.
Es un placer tenderse desnuda sobre la hierba ya caliente
y
buscar con los ojos entornados las grandes colinas
que sobrepasan los
chopos y me ven desnuda
y nadie de allí se percata. Aquel viejo en
ropa interior
y sombrero, que iba de pesca, me ha visto zambullirme,
pero ha creído que era un muchacho y no ha dicho ni pío.
Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo
-aquellos hombres
que me sonríen por la calle no saben
que ahora estoy tendida aquí,
desnuda-, regreso vestida
a recoger sonrisas. Aquellos hombres no
saben
que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo
y seré otra mujer. Nadie me ve aquí abajo:
y más allá de las plantas
hay dragadores más fuertes
que aquellos que sonríen: nadie me ve.
Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos,
será como si
estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá
que podría encontrarme
aquí sola. Seré como ellos.
Tan sólo que, los muy necios, querrán abrazarme estrechamente,
susurrarme pícaras proposiciones. ¿Pero qué me importan
sus caricias? Sé hacerme caricias yo sola.
Esta noche deberíamos
poder estar desnudos y vernos
sin pícaras sonrisas. Yo sonrío sola
al tenderme aquí entre la hierba y nadie lo sabe.
Versos y pensamientos de Cesar Pavese
4 citas« 1 / Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos »
« Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba. / Mi compañera »
« Será un día tranquilo, de luz fría / como el sol que nace o muere, »
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