Poesía Universal

César Dávila Andrade

Biografía y amplia selección de poemas de César Dávila Andrade. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de César Dávila Andrade. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de César Dávila Andrade

10 poemas seleccionados
1.

Canciã“n

Canción a la bella distante


		No era mi poesía. Mis poemas no eran.
Eras tú solamente, perfecta 
		como un surco 
		
abierto por palomas.

Eras tú solamente como un hoyo de lirios

		o como una manzana que se abriera el corpiño.
Eras tú, oh distante 
		presencia del olvido!

		
Clara como la boca del cristal en el agua,
tierna como las nubes 
		que atraviesan el trigo 
		
por los lados de mayo.

Dulce como los ojos dorados de la 
		abeja;
nerviosa como el viaje primero de la alondra.

		
Eras tú y tenías delgadas de esperanza
las manos que me huyeron.

		En tu sien, extraviadas, bullían las sortijas.
En tus perfectos ojos 
		abril amanecía.
Estoy tan impregnado de tu voz siempreviva
que 
		hasta esta inmensa noche parece que sonríe
y percibo el borde líquido 
		de tu alma.

		
Andabas como andan en el árbol los astros.
Rezabas en silencio 
		como una margarita.

		
Oh quién te viera abriendo esos libros que amabas
con el alma 
		inclinada a la luz de las fábulas!
Qué viñeta de rosas tenían tus 
		mejillas
cuando abrías los labios de amor de las palabras.
Y qué 
		resplandeciente ciudad de serafines
descubrías, de pronto, en el 
		cielo de estío.
Quiero besarte íntegra como luna en el agua.

		
Mañana en los delgados calendarios de ausencia
te encontraré 
		buscando una pedrezuela tierna
para marcar una hora lejana que aún 
		espero.

		
Recuerdo aquella tarde cuando quise besarte.
Tenían los cristales 
		un fondo de mimosas
y la antigua ventana mecía los jardines.
Las 
		llamas de los árboles se tornaban oscuras
y un ángel de eucalipto se 
		apoyaba en el muro.

		
Escuchamos de pronto la carreta profunda
que atraviesa los prados 
		con su carga de junio.
Pienso en aquella tarde y me encuentro más 
		solo!

		
Las casas recogían la luz del occidente,
los caminos bajaban como 
		arroyos en llamas,
la brisa estaba fija en el borde del álamo.

		Pienso en aquella tarde y no sé por qué lloro...
2.

Canción a Teresita

(Apasionadamente)


		Pálida Teresita del 
		Infante Jesús,
quién pudiera encontrarte en el trunco paisaje 
		
                                               
		de las estalactitas, 
o en esa nube que baja, de tarde, a los 
		dinteles,
entre manzanas blancas, en una esfera azul. 
		


		Caperucita parda,

		quién pudiera mirarte las palmas de las manos, 
		
la raíz de la voz.
Y hallar sobre tus sienes mínimos crucifijos, 
		
bajando en la corriente de alguna vena azul. 
                         
		Colegiala descalza,
                         
		aceite del silencio, 
                         
		violeta de la luz.


		Cómo siento en la noche 
		tu frente de muchacha, 
encristalada en luna bajar hasta mi sien. 

		Cómo escucho el silencio de tu paseo en niebla, 
		
bajando la escalera de notas del laúd.


		Cuando amanece enero, 
		con su frío de nácar, 
sé que tu pecho quema su materia estelar;
y 
		que la doble nube de tus desnudos hombros 
		
se ampara en la esquina delgada de la cruz.


		Cómo escucho en la 
		noche de caídos termómetros, 
volar, rotas las alas, el ave de tu 
		tos;
y llorar en la isla de una desierta estrella 
		
a jóvenes arcángeles enfermos como tú. 
Teresita:
esa hierba 
		menuda que viene de puntillas 
		
desde el cielo a las torres;
ese borde de guzla que nace en los 
		tejados;
esa noción de beso que comienza en los párpados; 
		
la trémula angostura del abrazo en los senos: 
todo lo que aún no 
		irisa la sal de los sentidos
y es sólo aurora de agua y antecede a la 
		gota, 
		
y tiene únicamente matriz en lo invisible;
lo mínimo del límite, 
		le que aún no hace línea, 
		
eres tu, Teresita, castidad del espectro.
La comunión primera de 
		la carne v el cielo. 
		

Cuando el olivo orea su balanza de nidos, 
cuando el agua 
		humedece la niñez del oxígeno, 
		
cuando la tiza entreabre en las manos del joven 
la blancura de 
		un lirio que expiró en la botánica, 
		
allí estas tú, Teresita, víspera del rocío,
en la hornacina pura 
		de un nevado corpiño, 
		
con tu fantasma tenue, concebido en la línea 
ligera y sensitiva 
		en que nacen las sílfides.


		                          
		Suave, sombra, celeste, 
                          
		soledad silenciosa.


		¿Quién te entreabrió 
		ese hoyo de dalia en la sonrisa? 
¿Quién te vistió de clara canela 
		carmelita
como a una mariposa? 
		
¿Quién colocó en tus plantas 
los descalzos patines de celuloide 
		y ámbar? 
		
¿Quién te ungió las manos de divina tardanza 
para que no 
		pudieras
jamás herir las cosas? 
		


		                           
		Tenue, tímida, tibia, 
                           
		traslúcida, turgente.


		Por tu amor, la madera 
		se vuelve una sortija 
y la niebla, sonata al pasar por los álamos.


		Por tu amor, en el éter se conservan los trinos, 
		
las plegarias se tornan cascabeles azules
y la espiga, una trenza 
		del color de los cálices. 
		


		                            
		Delgada, dulce, débil,
                            
		divina, delicada.


		Tu doncellez intacta 
		crea nardos ilesos
sobre ese fino valle del aire en los cristales, 
		
cuando sólo es un trémulo sonido que no alcanza 
a embozar en el 
		tímpano el espectro del canto. 
		

Novia que viajas sola
en un velero de hostias.
Enamorada 
		pura en la edad de la garza. 
		


		                             
		Niña, nupcial, nerviosa,
                             
		nívea, naciente, núbil.


		Cómo veo tus manos 
		pasar por los bordados 
y abrir una acuarela de anclas y corazones; 

		tus ojos que conocen esos duendes de cera 
		
que andan con las abejas al pie de los altares. 


		Cómo siento tus trenzas 
		ocultas en una gruta, 
donde se agrupa el oro bajo un toldo de lino.


		                              
		Ideal, ilusa, íntima, 
                              
		irreal, iluminada.


		¿Quién podrá olvidar tu 
		nombre, Teresita?
¿Tu nombre que comienza en una noche de estrellas 

		y ha cambiado el sentido de la lluvia y las rosas? 
		


		Lo pronuncian los niños 
		al llamar a las aves,
o al decir que las cosas les nacen en los ojos. 


		Las bellas colegialas 
		que recogen en coro
      	
una llovizna azul en el hoyo de las faldas. 


		Las novicias que cantan 
		entre muros de nieve 
y crucifijos pálidos.


		Los monjes que hicieron 
		de su sangre una nube 
para guardar los campos con escuadrillas de 
		ángeles. 


		Por tu finura de ángel 
		con alas de violeta
y tu ternura inmensa que, a veces, se hace pena, 

		un Amor Infinito escribió en el cielo
la inicial de tu nombre con un 
		grupo de estrellas.
3.

Canción espiritual del árbol derribado

No fue el ciclón con sus campanas desgarradas. 

		Fueron los hombres que viven a tu sombra. 

		Trajeron hachas finas por el aire. 

		Trajeron siete hachas por el aire. 

		Siete delgadas concubinas de odio. 

		Fue una tarde de ancho ocaso rojo. 

		Tenían los leñadores sal verde y afilada en las axilas. 

		Los golpes de las hachas corrían por el bosque 

		con pies planos y huecos. 

		Se volvían las ramas azules de sonido. 

		Hasta que cayó el árbol sobre el dulce costado 

		cual alto dios antiguo, 

		con un ruido plural de abejas verdes 

		y venas arrancadas.

		

		Con aroma de pan y de azucenas se abrieron sus cimientos. 

		Pero quedó su alma: una fruta alargada y transparente, 

		sin agua, sin albúmina, sin tiempo. 

		Su alma de libres llamas corporales, con cintura de heno 

		y pálida camisa de avena.

		

		Con un temblor de candelabros líquidos 

		entró en la inmensa desnudez del cielo.

		Se hizo un gran silencio de manzanas vacías, 

		y de la orilla de todos los bosques 

		partieron a la música navíos, 

		y una hojarasca de aves invisibles. 

		El viento prolongó, al pasar, mi pulso, 

		y la materia ardiente de mis sienes. 

		El viento llenó el agua de cipreses y silencio. 

		El alto viento levantó del árbol la sustancia anillada de la música, 

		el peso de acuarela de los pájaros, las balas de coral de la madera.

		

		Qué material tan puro el de sus yemas. 

		Qué cera tan sagrada la que entreabrió sus flores

		en tenue sexo de inquietos alfileres.

		

		¿No volveremos a ver manos azules 

		subiendo por el aire del otoño? 

		¿No veremos ya más su domingo encendido de cerillas 

		por los niños traslúcidos del día? 

		¿No veremos ya más esa muchacha ciega 

		que en puntillas buscaba una sortija de resina?

		

		Deja que ponga bajo tu nuca blanca 

		esta almohada inquieta de peces de mi anhelo.

		

		No has muerto. No eres hijo de odio ni de muerte. 

		Vives ahora en el piso más delgado de los cielos.
4.

Canción para una muchacha de ojos verdes

Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre.

		Arbolillos de leche tiemblan en tu retina
junto a islas de verde 
		sustancia evaporada.

		
El más pálido aire, reverdece a tu paso;
como un libro de 
		alfombras y nardos deshojados;
como un ángel desnudo en un claro del 
		bosque ;
como el color muriente que atraviesan los nómades...

		
Tú, en las manos que imploran, al caer, con los náufragos; 
en 
		las alas que arrastran los sauces caminantes;
en el sulfato ileso del 
		océano amargo ,
en la albúmina tierna que roen las cigarras;
en el 
		ramo erizado que abrazan las novicias
muriendo como lirios, en 
		soledad de sexo...

		
Tú en el agua viajera, redonda como el mundo,
en el éxtasis breve 
		de la hierba naciente.

		
Suavidad en la escala más tierna del Domingo.
Ligera como un ala 
		de menta en las falanges.
Ligera como el hoyo de un nido en los 
		manzanos.

		
Vaporosa nodriza de una cuna de tréboles,
ala de margarita que 
		retoña las hadas...

		
Tu mirada es la infancia del color de la tierra.
El camino de 
		azúcar que abre la primavera,
con una cuadrilla exacta de golondrinas 
		ágiles
en la clara materia que alimenta los campos...
5.

Carta a una colegiala

Para leer esta carta

		baja hasta nuestro río.
Escucharás, de pronto, una cosecha de aire 
		
pasar sollozando en la corriente.
Escucharás la desnudez unánime 
		
del agua y el sonido.
Y el rumor del minuto más antiguo 

		formado con el átomo de un día.
Mas, de repente, escucharás, oh bella 
		música femenina,
		
la catarata inmóvil del silencio.


		Entonces, te hablaré 
		desde las letras: 
		
Era enero. Salimos del colegio.


		Veo tu blusa de naranja 
		ilesa.
Tus principiantes senos de azucena, 
		
y siento que me duele la memoria.


		Bella aprendiz de 
		cartas y de melancolía, 
con los ojos cerrados y las bocas unidas, 

		tomamos esa tarde una lección de idiomas 
		
sobre el musgo que hablaba de la cartografía. 


		¿Cómo has pasado estas 
		vacaciones? 
		
¿Sientes alguna vez entre los labios
ese azúcar azul de la 
		distancia? 
		


		Mañana son dos años, 
		siete meses. 
		
Te conocí con toda mi alma ausente; 
sufría entonces, por la 
		primavera, 
		
un bellísimo mal que ya no tengo. 


		Recuerdo: producías con 
		los labios 
		
un delgado chasquido de violeta.
Pienso en la estatua de aire de 
		tu olvido 
		
mirándome de todas las esquinas,
mi colegiala mía, música 
		femenina.


		Tú, en el divino campo. 
		Yo, en la ciudad terrestre. 
La calle pasa con su algarabía.
Un 
		fraile. Unas mujeres de la vida... 
		
Un niño con un cesto de hortalizas... 
Un carro lento dividido en 
		siglos...


		Mañana entramos ya en 
		el mes de junio. 
		
Flotarán en su cielo de anchos aires 
objetos de uso azul como 
		las aguas;
y una lejana inquietud de rosas 
		
habrá en el horizonte de la tarde. 
En este claro mes de agua 
		plateada 
		
te conocí. Entonces yo sufría
una enfermedad de primavera,
un 
		bellísimo mal que ya no tengo ...
6.

Carta de la ternura distante

Estoy solo. La niñez vuelve a veces
con sus blancos cuadernos de 
		ternura.
Oigo entonces el ruido del molino
y siento el peso de los 
		días caer desde la torre de la iglesia 
con un sonido de aves de 
		ceniza.
Pienso qué harás ahora frente al camino blanco
por el que 
		cierto día pasó mi soledad.
¿En dónde estás? ¿Qué haces?
¿Bajas 
		aún al pueblo los domingos?
¿Y a la feria de rosas de castilla?

		
Recuerdo: tenían tus pupilas color de té y de arenilla
y bullían 
		en el fondo de tus ojos
esos mínimos puntos luminosos
con que 
		escriben los músicos
las más azules y hondas melodías.

		
Cómo recuerdo tu cabello, hecho con las panojas del estío
y con 
		la leve arborescencia fina
de la miel del topacio,
y de la crencha 
		ardiente de la espiga.

		
Tenías creo ya sobre los senos
dorados terroncitos
y algo como 
		el azul de la azucena...
Tenías creo ya sobre las sienes
la 
		sagrada blancura de la nieve
y una hebra distante y tan delgada que 
		moría en el cielo.
¿Tienes aún ese hoyo de nardo en la sonrisa?
¿Y 
		ese nudo de rosas que te rodeaba los tobillos?

		
¿Por qué tu andar me ha parecido siempre
el temblor de un 
		jilguero entre los mimbres?
¿Recuerdas esos barcos de papel cargados 
		de semillas
que, a veces, pusimos en el río?

		
Llevaban como en éxtasis nuestras más dulces lilas.
Todas han 
		muerto en soledad y en frío.

		
¿Y el pan que abrimos juntos con los dientes?
Salió de él como un 
		ángel su perfume.
Aquí hay pan abundante, pero no tiene aroma
y la 
		ternura esconde como un niño las manos.
Qué extraño es todo lo que me 
		rodea!
Volveré algún día.
El maestro de capilla de la aldea

		tocará para los dos aquella música
que tiende sobre un río siete 
		puentes de rosas.

		
Y por ahora basta. Volveré algún día.
Afuera son las nueve de la 
		noche.
Se esconden poco a poco mis palabras...
7.

Después de nosotros

Mañana, después de nosotros,
volverá a la pradera, en dulce péndulo

		a recorrer la música, un delirante festival.

		
Las alcobas cerradas
pasarán cabeceando hacia los arrecifes
de 
		una ancha rosa azul.

		
¿Quién mirará en silencio
cruzar por los cristales detenidos

		las cosas que terminan con la lluvia ?

		
¿Quién abrirá de noche la unánime
novela que se lee alma adentro,

		para buscar el fuego de los días
en la ardorosa y blanca intimidad ?

		
¿Y, quién verá en las noches de diciembre
salir, al través de las 
		ventanas,
la música delgada de Franz Schubert
que, sollozando, cae 
		en los jardines?


		¡Ah, mañana, después de 
		nosotros!

		
Cuando la primavera alce sus hojas,
qué luminosas potras de 
		topacio
se empinarán de amor
sobre nuestros sepulcros apagados!

		
Sobre nosotros pasarán en junio
misas de punta azul y espuma 
		blanca,
los gaseosos orfebres del crepúsculo
y el agua circular de 
		las carretas
que marchan a cambiar largas hileras
de música con 
		pensativas cosas.

		
Oh, si esta tierra inexorable
que hoy me cose los párpados, 
		amada;
si esta tierra, al fin, se aclarara, 
		
lloraría, temblando, sobre tus manos blancas
como cuando la 
		fiebre me adelgazaba el alma...

		
¡Pero esta honda noche, se hace tarde!

Ah, y otra vez, 
		errantes, los gitanos
volverán una tarde a nuestra aldea.
Sé que 
		preguntarán por nuestras manos...
Les dirán que ya nadie puede leer 
		en ellas,
que tenemos la línea de la vida
borrada por dos años de 
		azucenas.
8.

Elogio de la gracia iluminada

Cuando vagamos en las hondas criptas,
en la imprecisa antípoda 
		del sueño;
con purpúreo sonido de espejos encendidos
aparece ella 
		en la impaciente libertad de la pupila.

		
Viene de un mundo de blancas columnatas
y paralelogramos de 
		alabastro
labrados con los bloques de la luna.
Se yergue en el 
		fino aire celeste
que mece las semillas,
y llega en una clara 
		fluencia de libélula;
en una suave brisa de ruedas vegetales,

		flotando en la descalza porcelana del pie.

		
Juventud inasible de la brisa,
ápice iluminado,
incorpórea 
		espiga cristalina;
mínima estrella sobre una vara de agua.
Tallo 
		de luna y vidrio florecido,
leve espuma de lirio,
yema de nácar 
		sensitivo,
llama turgente de flores encendidas!

		
Líquida luz de música en movimiento,
ala huidiza, en evasión 
		perenne.
Perfil de nube que bajo el sol asciende;
ánfora iluminada 
		por incoloro fuego;
matinal epidermis del acuario...

		
En la voluble orla de su falda
reviven los diagramas del zodíaco;

		y se encienden los ágiles fosfatos
que aprisiona la tierra.
Deja 
		en su breve huella un vago impulso
de alondras refrenadas en el 
		vuelo,
y el tenue tornasol que el pez agita
al morir en la arena.

		
Hombros de leve nube, perfumados;
piel de calor arcangélica.

		Diadema de panojas del verano
en sus cabellos de ligero incienso

		que son como el temblor reminiscente
de los más puros vinos 
		castellanos,
en el nudo de miel de su peinado.
Diadema y danza de 
		la luz dorada
sobre el cristal ileso de sus sienes...

		
Tiene la grácil inquietud de las gramíneas
heridas por el viento 
		de Septiembre
sobre el bisel de las llanuras.
Sus dedos tintinean 
		en un viento de plata;
y una nupcial canción de oro tenue
se alza 
		en sus manos de certeras flechas.
La traslúcida sal de su sonrisa

		inaugura en celdillas;
la claridad de los diamantes
y el ámbar de 
		las mandarinas...
El brocado de mieses del estío
le dará una 
		brizna de oro cristalino;
el pedernal oscuro: un grano sensitivo;

		el plenilunio: una ánfora de vidrio
y el tímpano del aire, su 
		apasionado trino!
9.

En qué lugar

Quiero que me digas; de cualquier
modo debes decirme,
indicarme. 
		Seguiré tu dedo, o
la piedra que lances

		haciendo llamear, en ángulo, tu codo.

		
Allá, detrás de los hornos de quemar cal,
o más allá aún,
tras 
		las zanjas en donde
se acumulan las coronas alquímicas de Urano
y 
		el aire chilla, como jengibre,
debe de estar Aquello.

		
Tienes que indicarme el lugar
antes de que este día se coagule.

		
Aquello debe tener el eco
envuelto en sí mismo,
como una 
		piedra dentro de un durazno.

		
Tienes que indicarme, tú,
que reposas más allá de la Fe
y de 
		la Matemática.

		
¿Podré seguirlo en el ruido que pasa
y se detiene
súbitamente

		en la oreja de papel?

		
¿Está, acaso, en ese sitio de tinieblas,
bajo las camas,
en 
		donde se reúnen
todos los zapatos de este mundo?
10.

Encuentros

Nuestros encuentros no tienen mundo.
     Se 
		hacen
de pensamiento a pensamiento
     en el 
		éter
o en la vivacidad de los sepulcros,
a mil insectos por 
		centímetro.

		
Nuestros encuentros se sirven
de microorganismos
y partículas 
		de cobre.

		
Podemos esperar mil años, y aún más.
Nuestros encuentros se 
		realizan en el Iodo
o entre el rumor de herraduras y lienzos
que 
		precede
a las grandes migraciones:

		
Nuestros encuentros se hacen
en el ser instantáneo
que pasta y 
		muere,
-como pastor y bestia-
entre surcos y siglos paralelos.


		Nuestros encuentros no 
		tienen
número ni punto.

Versos y pensamientos de César Dávila Andrade

4 citas
« Canción a la bella distante / No era mi poesía. Mis poemas no eran. »
César Dávila Andrade · Canciã“n
« (Apasionadamente) / Pálida Teresita del »
César Dávila Andrade · Canción a Teresita
« No fue el ciclón con sus campanas desgarradas. / Fueron los hombres que viven a tu sombra. »
César Dávila Andrade · Canción espiritual del árbol derribado
« Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre. / Arbolillos de leche tiemblan en tu retina »
César Dávila Andrade · Canción para una muchacha de ojos verdes
Biblioteca poética

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