« Al borde del antiguo bosque o del lago desecado, / en agosto, tanta lluvia, al atardecer. »
César Antonio Molina · A filo de obsidiana
Biografía y amplia selección de poemas de César Antonio Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de César Antonio Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Al borde del antiguo bosque o del lago desecado, en agosto, tanta lluvia, al atardecer. Sombras que huyen. El pájaro carpintero sin llegar. La calle serpentea lentamente. Pasé junto con la calle. Al otro lado la tapia colorada. Los árboles se movían como antepasados. Montículos y colinas que fueron. Quién sufría bajo cascos herrados. La calle se detuvo frente a destinos cruzados. ¡Nadie! Sólo una gran plaza esbelta y otra y otra. Una balsa de piedra. Todo en el orden de las proporciones. Terrazas, tiendas, oficinas y hasta el Parnaso cerrado. Una gran fuente. Coyotes abrevando. La calle te llevaba. Entonces salió un grito del bosque: dos, tres, hasta cuatro veces. ¡Un grito! No sé quién sufría a filo de obsidiana. Ninguna luz se encendió. La lluvia y el viento borraron todas las huellas. ¿Del grito o del sueño? Y así, al margen, en esta calle al margen del tiempo y de la vida, sobre la sombra del mundo la cama sin hacer. Los gritos de pájaros oscuros en medio de la llanura que amanece de nuevo a filo de obsidiana.
Era tan hermosa como pude imaginármela. Los cabellos dorados como el trigo maduro. Los ojos más profundos que las profundidades de las aguas tranquilas. La vi aquella tarde de diciembre donde son tantos y todos sin meta los caminos brumosos de la madrugada. Nos cruzamos en los acantilados. Nos cruzamos en el Cotillón do Cabo d'Area. Nos cruzamos en el atrio y entre las dunas de la playa. La miré con mis mortales ojos la única vez. Y su silencio fue como el de un jardín cerrado. Ella no dijo nada. y yo no dije nada. Yo iba a donde todos van. Ella venía de Bristol.
Allí está larguísimo el camino dorado en su mañana. A un lado, en medio del boscaje, las ruinas plateadas. Al otro, ningún pasaje secreto. Miro a mi alrededor: allí fui la que soy aquí, aquí soy la que fui allí. Palomas torcaces se sobresaltan. Pasos y buen aire en los pulmones para errar por esta Tebaida bajo nubes de medianoche. Yen cada encrucijada aquél y éste miran en torno. La rama astillada del sauce cae. Allí un remolino, la estatua rota esconde su rostro. ¿Dónde están?: los maizales más repletos, la alta hierba ocultando a la liebre, la hoja de mirto entre el ciprés severo, la luz de una luciérnaga en el país de las hadas. y los lagartos a la paz del sol sobre losas esculpidas rudamente. ¿Soy el alba que despereza el césped estrellado, o la niebla que la oculta? Pasos y buen aire en los pulmones. Pero, al tercer día, el desaliento. ¿Dónde la armadura en la que iba a ver mi espíritu? Allí está larguísimo el camino dorado en su mañana. La mentira quiere el olvido, la culpa expía el perdón. Alrededor de puertas enmohecidas suplica una sombra, mientras de las costas de los varios mundos viene ya la caballería como una inmensa ola.
Aunque las olas del río de los sueños crezcan como un maremoto y la espuma blanquecina -danzando una infernal zarabanda- se ilumine con el esperma de una ballena, remaremos más aprisa antes de que se vaya la noche hacia los lugares, en los eternos espacios, donde aparecen por todos los lados los nombres que tan bien recuerdan nuestros corazones y la reliquia de la antigua ruina de los varios mundos.
Caminemos entre la blanca nieve atravesando el más afilado silencio con pasos tan suaves y tan lentos que nunca dejaremos de caminar. Pisemos su pecho de gaviota blanca, de colmillo de ballena sin tallar. Y a donde quiera que no lleguemos, el silencio se esparcirá como el rocío sobre el aún más blanco y blando silencio. Caminemos entre la blanca nieve...
¡Oh!, todo estaba encendido. La música impelía torpemente hacia adelante y hacia atrás. Entraban y salían gentes desconocidas. Y había muchas voces y lenguas diversas. Pero la que más recuerdo es la tuya, la que no se oía.
Ella pedalea al borde de una dársena seca recordando los versos de un examen suspenso. En este puerto, cuando yo era tan joven, las lanchas que zarpaban y regresaban casi se tocaban en este mismo beso. ¿De dónde partió y a dónde llegó? Ella pedalea y ya no está el espejo de agua en donde mirar si se es digno de morir sin ser digno de la muerte.
Cuando nace el sol y es claro, templado, sin nube alguna. Cuando la luna naciente muestra su luz alrededor y sus círculos son blancos, amarillos y dorados. Cuando las estrellas están quietas y muy resplandecientes y se ven correr, de una parte a otra, exhalaciones. Cuando el Arco Iris surge de entre la lluvia y al salir el solo al ponerse relámpagos sin truenos. Cuando al alba hace frío y el rocío se posa y el humo asciende por encima de las aguas detenidas y los prados. Cuando después de alguna borrasca se aparece en la vela un tenue resplandor y un soplo. Cuando los halcones están sosegados en las riberas. Cuando las grullas vuelan en lo alto y callan sin graznar. Cuando los milanos juegan los unos con los otros. Cuando los palomos planean muchas veces de una a otra parte y cantan. Cuando los cuervos abren la boca mirando al sol. Cuando los peces de los ríos y del mar saltan. Y cuando la televisión se ha terminado y todas las luces de los patios se apagan y cae la noche sobre el jardín que se cavó a la sombra y vuelven las más espesas tinieblas y mi pensamiento aún no está conmigo, sino que se demora combatiendo en ultramar con aquella felina dependienta en la batalla de las esmeraldas.
(variaciones) I Quien te ve se vuelve culpable. Quien no te ve no te deseará. Pues de todo deseo son los ojos los culpables. II Puse dos yunques a tus pies. III Qué mortal tu arco sin flecha IV La luz del faro cae al alcance del ahogado que no encuentra el camino de la oscuridad. V También toda la sangre llega a su quietud. VI Pozos de verdad clara y negra donde tiembla una estrella fugaz que cae al alcance de un cocodrilo. VII Estrecha fuga para tanta herida.
En el viejo jardín de la casa se recogían las hojas con rocío. Las gotas del río celeste con las que escribir los deseos atados a las ramas combadas de los sauces. En el viejo jardín de la casa por el filo del puente de plata se huía en soledad hacia el Solitario.
I No es el alma la que tiene alas sino el deseo. El duro deseo de durar, el duro durar del deseo. Bajo la luna de rápido parto el horizonte oculta su silueta en una sábana de cardos. II En los tálamos de las duraciones, en la paz de tu pez, volver hacia atrás y regresar a pisarte antiguo rostro. Besar en tu boca muerta la espina luciente de estrellas. Esa llaga que, de cierto, es la puerta estrecha. III En la paz de tu pez, en los tálamos de las duraciones a la deriva de los imanes cardar eclipses en el atolón de ánforas. Oír al claro de luna el serrallo de las ánimas en lágrimas. IV Mientras en las conchas de tortugas arde el aceite de ballena, las ánforas llenas de panales esperan a que suba la marea de obsidiana. ¡Oh, los bordes, el resplandor que las orla! Tocar sus vientres: centro o mediodía. Y pensar que las tomarán como dianas unos arponeros que no saben asaetear al deseo. El duro deseo de durar.
« Al borde del antiguo bosque o del lago desecado, / en agosto, tanta lluvia, al atardecer. »
« Era tan hermosa como pude imaginármela. / Los cabellos dorados como el trigo maduro. »
« Allí está larguísimo el camino dorado en su mañana. / A un lado, en medio del boscaje, las ruinas plateadas. »
« Aunque las olas del río de los sueños / crezcan como un maremoto »
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